martes, 5 de enero de 2010
Peculiar encuentro
Forman parte del acervo popular, siempre hemos oído hablar de ellos relacionados con diferentes circunstancias, pero resulta difícil, por no decir imposible, hacerse una idea de cómo eran o son, en el caso de que aún existan y doy fe que alguno existe.
Estoy hablando de criaturas como Perico, el de los palotes; o bien Antón, el pirulero; Benito el de la purga milagrosa o también Jorge el de la tripa que estira y encoje; de Piruja la inolvidable bruja...
Cuántos y cuántos personajes de los que todos hablamos y que seguro nadie se imaginó cuál sería su aspecto o si lo imaginó lo hizo de niño que es de cuando datan nuestras primeras referencias historiográficas de los mismos. El caso es que se trata de personajes absolutamente “conocidos” sin nadie en realidad los conozca o refiera que los haya conocido.
Pues héteme aquí, que, por increíble que parezca, en cierta ocasión tuve la inusitada oportunidad de conocer a uno de esos personajes. Fue en un viaje a lo más profundo del Magreb, ¡quién lo iba a decir!
Atar, es un pueblo perdido en un pedregoso desierto de los muchos que constituyen la árida Mauritania. Es un cruce de caminos que van y vienen de sabe Alá dónde. Caminos que se pierden de vista en una trayectoria infinita apuntando a un horizonte de piedra y arena (¡qué poética imagen, pardiez! Aconsejo su relectura para empaparse hasta las trancas de tan bella escena).
No tiene Atar más interés, a ojos de un sacrificado turista, que un destartalado mercado típico de aquellos lares en que los parroquianos acuden a hacer sus compras con tanto desinterés como desgana parecen tener los vendedores.
Pero es parada obligada. Varias razones así lo aconsejan: Primero, porque no son en exceso abundantes los pueblos en los desiertos (normal, si no no lo serían); segundo, porque pese a lo vasto del desierto el personal femenino no suele encontrar acomodo donde aliviar su vejiga y tercero, porque, tras horas y horas de atravesar páramos eternos, arenales infinitos y pedregales sin límite hay que estirar las piernas y refrescar el gaznate.
Así que allí nos hallábamos, sentados en una destartalada y polvorienta terraza de un mísero bar. Con la mente puesta en una cerveza fría pero dando cuenta de una Coca-cola caliente. Y es que la realidad se impone: en una república islámica está prohibido el consumo de alcohol (al menos en público) y, por otra parte, el concepto de “frío” en un desierto es algo muy relativo. Lo que para los mauritanos es una bebida gélida para nosotros es un sopicaldo calentorro de difícil ingestión. Pero en fin, es lo que hay.
Allí estábamos, digo, y no muy lejos de nosotros, nuestros guías y conductores, estaban haciendo chanzas en su jerigonza incomprensible. Se reían a grandes carcajadas seguramente de nosotros. Cosa que nada tendría de extrañar que así fuese.
Al cabo de un rato, acertó a pasar por allí una mujer con un aspecto similar al de tantas del país: enjuta, menuda y envuelta en mil sayas multicolores. Se acercó a nuestros acompañantes y se entabló una conversación en el habitual tono elevado y algo airado que se estila por esos países y del que los españoles hemos tomado cumplida herencia. Pero pronto la cosa fue a más, el tono de la charla se tornó violento y la mujer empezó a gritarles mientras ellos replicaban con más chanzas y carcajadas. Estas elevaron su volumen cuando ella se lió a darles manotazos y proferir voces que seguro no eran piropos precisamente. Escupía por aquella boca vocablos cargados de veneno y que seguro hacían una indecorosa referencia a la parentela de los interpelados que seguían tomándose a chunga el cabreo de la mujer.
La gente cercana asistía al espectáculo con distraído interés y completa pasividad. Ella se fue alejando de ellos pero, presa de una arrebato que iba en aumento, comenzó a tirarles piedras y palos, munición bastante abundante por cierto. El grupo de hombres que la había emprendido con ella esquivaban como podían los proyectiles sin perder por ello un ápice de su hilaridad.
Ya lejos, las piedras ni siquiera se acercaban a la diana pero no así lo insultos que se intuían muy graves a juzgar por la saña con la que los profería y en los que insistió aun cuando había desaparecido de nuestra vista.
Con la vuelta de la normalidad, desconcertados por el espectáculo, preguntamos a los conductores que aún seguían con la sonrisa en la cara, qué había sucedido. Por señas nos hicieron saber que nada grave, y llevando su dedo índice a la sien, en un gesto absolutamente comprensible en todo el mundo, nos transmitieron que se trataba de una loca.
Y entonces fue cuando reparamos en un hecho insólito. Sin apenas darnos plena cuenta, habíamos asistido a un encuentro inusitado con uno de los personajes a los que antes me refería. Efectivamente habíamos tenido delante de nuestras narices, en carne y hueso, a la mismísima “Loca de Atar”. Tantas veces habíamos oído hablar de ella y allí estaba, ¿dónde sino? Inolvidable.
jueves, 6 de agosto de 2009
¿Lechuga? No, gracias

Recientemente ha llegado a mis manos un artículo de prensa que, en términos generales, suscribo sin reservas. Estoy convencido de que el firmante es un alma gemela a la mía lo cual me reconforta en extremo puesto que abre un esperanzador resquicio de esperanza que me libera de la angustia de sentirme solo. Efectivamente, durante todo este tiempo me creí solo ante el mundo en mi cruzada contra el “lechugismo” imperante en esta nuestra sociedad actual.
Y entiendo por “lechugismo” a la recia dictadura que, desde distintos sectores sociales, se nos impone tratando de convencernos de todas las bondades que las ensaladas nos ofrecen. Y entiendo, a su vez, por “ensaladas” aquellos preparados en los que abunda con gran profusión toda clase de elementos del reino vegetal, pues me adelanto a aseverar que tolero aquellas otras que coquetean con elementos no precisamente vegetarianos (huevos, atún, queso...), e incluso apetezco de aquellas otras que se adentran valientemente en el ubérrimo mundo de los manjares verdaderamente suculentos, “verbi gratia”: ensalada de pulpo sobre cama de langostinos salpicado con virutillas de jamón ibérico y tropezones de higo macerado en brandy.
Efectivamente, sostengo que existe una confabulación internacional de oscuros intereses que pretende imponer como saludable y, peor aún, como exquisita la ingesta habitual de lechugas varias y otros forrajes por el estilo. Y más tarde demostraré que se trata de una imposición que, como tal, atenta contra la esencia de la más elemental democracia gastronómica, pues si democracia implica el gobierno de las mayorías, lo es siempre con el respeto de las minorías.
Sostengo yo y, al parecer, mi alma gemela que las ensaladas (las verdes, digo) son un auténtico coñazo que alguien (luego diré quién) inventó para entretenernos pastando hierba mientras llegan los manjares verdaderamente sabrosos, apetecibles y que hacen de nuestra vida un auténtico placer (en ausencia o escasez de otros).
Consiento en que, puestas en la mesa, las ensaladas hacen bonito pero, ¡qué caramba!, también tiene el mismo efecto estético un florero o un sencillo centro de mesa y no por eso tengo que comérmelo. Si se trata de una cuestión estética, sea. Pero con todo y con eso, he de confesar que, en más de una ocasión y como acto de rebeldía ante la imposición lechugil, he aderezado con el aliño correspondiente un centro de mesa y luego me lo he comido antes de que me sirvieran los entremeses para escándalo de mis acompañantes y disgusto del camarero.
Siempre estuve convencido de que en las ensaladas me encontraba con ciertos hierbajos con peor aspecto que las “malas hierbas” que yo arrancaba de mi jardín. Por ello me preguntaba: ¿porqué estas sí y aquellas no? No entendía la razón de que tuviera sobre mi plato y, peor aun, dentro de mi estómago cosas que no consideraba válidas para mi propio jardín.
Tal es el paralelismo entre unas especies y otras que en cierto momento tentando estuve a deshacerme de la máquina cortacésped y, convoy de aliño en mano, salir al jardín, arrodillarme y ponerme a pastar directamente de la “suculenta” pradera: ¡Qué mejor! ¡Qué más fresco!
¿Quién ha decidido qué malas hierbas pueden entrar a formar parte de mi dieta? ¿Qué criterios se han seguido para semejante elección? Me adelanto a descartar criterios de sabor habida cuenta de que, en un empírico afán de alcanzar una respuesta, he llegado a ingerir toda clase de plantas forrajeras que, convenientemente aderezadas, perfectamente podrían haber entrado a formar parte de cualquier ensalada al uso. Doy fe.
La respuesta a tales cuestiones creo haberla encontrado en el artículo al que me refiero. Su autor, muy acertadamente, sostiene que algún astuto y avispado cocinero que, al no saber qué hacer con las malas hierbas de su jardín y tras agotársele el herbicida selectivo, las fue arrancando y dándoles sonoros nombres como rúcula, brotes de primavera, canónigo, etc. Luego se dedicó a vendérselas a sus clientes en forma de ensaladas avaladas, claro está, por su prestigio. Completaría el cuadro unos comensales tan crédulos como influenciables socialmente que lo dieron por bueno, ya que ¿quién se atreve a poner objeciones a un chef con prestigio? Convencido estoy de que si uno de estos gurús de los fogones sostiene que hay que sustituir el café por cagarrutas de cabrito el arbusto del cafeto afrontaría su pronta extinción y Juan Valdez engrosaría las listas del paro.
Si a todo esto añadimos que la clase médica y adláteres parecen tener como único fin el hacernos la vida más ingrata y difícil (actitud manifiestamente denunciable ante el tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo y que contraviene los principios más básicos del juramento hipocrático); y para ello no escatiman en perversiones como la de recomendar la ingesta abundante y prolongada de lechugoides, ya tenemos el cuadro completo; ya están sentadas las bases de la dictadura lechugil. Comer verde no sólo resulta moderno y estético, sino saludable.
Así las cosas no hay forma de sentarse a una mesa sin que alguien proponga con entusiasmo digno de mejor causa la feliz idea de comenzar el ágape por una ensalada. Idea secundada con no menor entusiasmo por el resto de los asistentes sin que haya lugar a discrepancia alguna. Y es aquí la dictadura toma cuerpo y se manifiesta la ruina de la democracia puesto que aunque uno haga ostensibles reparos a tal idea nadie lo librará de ver sobre la mesa tan insulso y poco aprovechable condumio. E incluso se verá obligado a la degustación con la mejor cara so pena de ser tachado de individuo socialmente “raro”.
Y es que con la ensalada ocurre una cosa que no ocurre con el resto de las viandas. Me explico. Si a una cena asisten varios comensales con el fin de compartir unas suculentas raciones en buen amor y compaña siempre es costumbre, en virtud de un tácito acuerdo, pedir diferentes manjares que sean del agrado de todos, bien entendido que, habiendo de dónde escoger, porqué hacerlo de aquellos guisos que a alguno de los comensales disguste. Pues bien, esta regla no escrita pero absolutamente razonable no reza en el caso de las ensaladas. Si uno, como es mi caso, manifiesta abiertamente su oposición a comer tales fruslerías y entiende como mejor el trocarlas por alimentos más sustanciosos y contundentes de nada servirá. La dictadura lechugil entra en acción y aplastará sin miramientos cualquier objeción o acto rebeldía y al rato verá ante sus narices un centro de mesa supuestamente comestible que será recibido con profusión de comentarios festivos absolutamente desproporcionados. Tan desproporcionados como su precio; porque eso es otra: la tarifa que los restaurantes aplican a cuatro miserables brotes verdes está tan fuera de lugar que la OCU debería tomar cartas en el asunto, cuando no la Fiscalía pues hay hechos tipificados como estafa que son absolutamente veniales en comparación con tamaño atraco.
Pero basta ya de tanta imposición, tanta dictadura, tanto atropello. Ahora sé que no estoy solo: cuanto menos somos dos y seguro que habrá más. Pongamos freno a tales tropelías. Es llegado el momento de que todos los que se sientan subyugados por esta dictadura lechugil unamos nuestras fuerzas y levantemos la voz. ¡Basta ya!
Y desde aquí proclamo: Víctimas de la lechuga y el hinojo, uníos. Represaliados de la endibia y la borraja, haceros oír. Damnificados del apio y la escarola, rebelaros. Oprimidos por la rúcula y el canónigo, en pie. Todos juntos, por fin, unamos nuestras fuerzas al liberador y unánime grito de “¡¿Lechuga? No, gracias!”.
martes, 7 de abril de 2009
Locuacidad impresionante
Claro está que su capacidad para la expresión verbal parece estar suficientemente contrastada desde un punto estrictamente científico. Son muchos los estudios que ponen de manifiesto una predisposición genética que les confiere un cerebro “lingüístico”, con un mayor número de conexiones neuronales en las áreas relacionadas con la compresión y expresión verbal.
Bien. Pero con todo y con eso sigue maravillándome que su proverbial locuacidad sea capaz de alargar hasta extremos inverosímiles una conversación sobre un tema sobre el cual dos hombre no serían capaces de enlazar más de cuatro palabras seguidas.
Refrenda lo que digo la realidad cotidiana. Y mi propia realidad no es una excepción. Cada mañana me desplazo al trabajo en autobús en un trayecto que no demora más allá de treinta minutos. Pues bien, asisto maravillado, cada día, a un ejemplo de lo que digo.
Pongo por caso lo que sigue.
Acurrucado en mi asiento, en una suerte de catatonia directamente relacionada con lo intempestivo del horario, asisto a la subida al autobús de una fémina que da en sentarse en el asiento anterior al mío donde permanece, en estado de asombrosa vigilia, otra mujer de parecido aspecto a la recién llegada.
No bien se acomoda se inicia el portento.
-¡Ay! ¿Qué fuiste a la peluquería?
-Sí, boba... Hacíame una falta....
-Pero ... ¿Qué pusiste meches?
-No, no. Sólo corté les puntes y eché un plis.
-Buena falta me hacía a mí porque téngolo...
-No fía, tampoco está tan mal. Tú sólo con lavar y marcar ya vas lista.
-Calla, calla, muyer, si tengo unos pelos de lloca que paqué. Pero ye que me da tanta pereza.
-Y a mí también, chica, pero ye que llega un momento en que empieza a enrédaseme el cepillu que no hay manera...
-Y, entonces, ¿cómo no aprovechaste pa poner les meches?
-Ay, porque eso a mí sí que me da pereza. Casi, que prefiero haceme la permanente y así estar unos mesinos sin ir.
-Pues a ti suele quédate muy bien.
-¿Tú crees?
-Sí, chica. Si fuese yo... pero tú. Quédate todo tan mono.
-Pues tu, chica, con esi pelín tan agraciao que tienes... no sé como no lo dejes así. Con un bañín de color y listo.
-No sé, ye que me veo rara... son tantos años... chica.
¡¡Y así treinta minutos!! Y porque el viaje toca a su fin que si en vez de ir de Gijón a Oviedo, fuera de París a Tombuctú la conversación seguiría en los mismos términos sin solución de continuidad. ¡Qué barbaridad! ¡Qué capacidad para el diálogo!
Por otra parte resulta imposible transcribir exactamente el transcurso literal de la conversación pues, por motivos obvios, la plasmación literaria de una conversación conlleva una sucesión temporal de intervenciones alternantes. Sin embargo, en el plano real las intervenciones tienen lugar de forma no sucesiva, sino más bien simultánea. De manera que aun cuando no haya terminado la alocución de una interlocutora, la otra ya está iniciando la respuesta que antes de acabar se verá solapada por la interpelación de la contraria y así sucesivamente. Y todo ello con la absoluta seguridad de que ambas las dos están enterándose por completo de lo que está diciendo la otra sin perder un ápice. ¡Una maravilla! ¡Un portento!
Si una situación semejante se produjera entre dos interlocutores varones, puedo dar fe que sería harto distinta.
Cuando el recién llegado iniciase la conversación todo quedaría resuelto en escasos segundos de una manera semejante a la que sigue:
-Hombre... ¿Qué? ¿Vinieron los indios?
-Ya ves... ya me hacía falta, ya.
-Bien, hombre, bien...
-Si.
Y eso es todo. ¿Qué más se podría decir? Ya está dicho todo se dirán ambos interlocutores. Uno ha cortado el pelo y el otro, en un alarde de perspicacia y dotes observadoras, se ha percatado de ello y se lo hace saber con una frase tan original como jocosa. El otro siente la necesidad de justificarse y el primero lo entiende y lo aprueba. Y es que lo del pelo no da para más. O eso se creen ellos.
Bien. Antes de que las atentas lectoras, como siempre suele ocurrir, se sientan agraviadas con estos comentarios; algo totalmente injustificado si atendemos a la admiración que me causa lo descrito. Antes, digo, de que eso ocurra y que manifiesten (con razón, por supuesto, como siempre) que si se tratase de otros temas la cosa cambiaría, me adelanto a darles la razón, como digo.
Efectivamente, sólo hay un tema en el que los hombres son capaces de mostrar una habilidad semejante. Se trata, por supuesto, del fútbol.
Es curiosa esta habilidad tan específica y especializada. No hay estudios al respecto que expliquen cómo el fútbol es capaz de transformar el tosco cerebro de un hombre en un grácil y flexible cerebro de mujer dando de sí una locuacidad sin parangón. Estaríamos hablando de un potencial lingüístico que se plasmaría en verbo fácil a partir de un único y determinado estímulo. Sería lo que los psicólogos darían en llamar especificidad estímulo-respuesta, pero cuya funcionalidad depende de resortes y mecanismos psico-fisiológicos difíciles de interpretar.
En efecto, no son escasas las veces que he asistido en el mismo escenario a una prueba palpable de lo antedicho. Hecho que añade unas peculiares características difíciles de explicar como es el hecho de la conversación se inicia, a juicio del observador (oyente), sin las claves suficientes para determinar de qué o de quién se está hablando. Hecho éste que denota, a su vez, una extraña especialización y una asombrosa capacidad para intuir, a bote pronto, de qué y quién se debe hablar en ese preciso momento.
Así, la escena sería la siguiente: Un grupo reducido de hombres está (como siempre) medio adormilados en la última fila del autobús. Se incorpora al grupo uno con un poco más de ánimo y comienza el espectáculo:
-Qué... ¿viste? ¿Qué te decía yo?
-Calla, calla. No me hables. Pa matalos.
-Ye que así, no vamos a ninguna parte.
-Eso mismo díjelo yo, hai un par de meses.
-Y luego sal el otru faltosu y diz que... bueno, ¿pa qué? ¿tú creeslo?
-Esi, otru babayu...
-Sí, home, sí. Babayu pero ahí lu tienes...
-Pero ye que ye too igual ¿oíste?... Yo voy borrame.
-Y haríes bien. Yo, si no lo hago, ye pol guaje.
-Pues voy decite más: no voy anque me paguen.
-Ye que non hai derechu... Con les perres que ganen.
-Había que matalos a toos...
-A toos.
Y así hasta Oviedo. Obsérvese, la extraña capacidad de hablar de algo y de alguien sin haber hecho ninguna referencia a ello ni a cuándo ocurrió, y sin embargo ambos interlocutores son capaces de reconocer, no sé bien gracias a qué invisibles claves, el tema, los protagonistas, la situación espacio-temporal... todo. Se diría que se trata de una misma conversación iniciada, quién sabe cuándo, y que continúa justo en el punto donde se dejó la última vez que tuvo lugar el encuentro. Una maravilla.
Lástima que tal capacidad en el caso de los varones se reduzca única y exclusivamente al fútbol. Suponiendo que de lo que estén hablando sea de eso, claro.
Yo mismo... sin ir más lejos
Observo, no sin cierta perplejidad, que todo “bloguero” que se precie abre su alma al mundo y muestra sin tapujos sus intimidades. Así, sin recato alguno, deja plasmado su perfil indicando todo aquello que le gusta o disgusta, lo que odia o quiere, lo que apetece o abomina y sobre todo cuáles son sus manías.
En principio, dos serían las objeciones que pondría yo a tal forma de proceder. La primera sería que escaso valor tiene como imagen la que uno tiene de sí mismo como no se vea complementada con la que los demás tienen de uno. La segunda es que abriendo de par en par las puertas de tu personalidad, qué interés y atractivo puede tener el ir descubriendo a la persona. No obstante, hago caso omiso estas iniciales objeciones decidido como estoy, digo, en hacer lo que dicta el reglamento no escrito de un buen bloguero.
Vayan pues aquí una pequeña muestra de rasgos y manías que dan en caracterizarme. Dejo para otro momento, en que el pudor me lo permita, el desnudo integral de mi personalidad (si en realidad existe tal).
- Tengo la absurda manía de despertarme cada día a las seis de la mañana. Pero es la única manera que he encontrado de hacer callar al maldito aparato que, con gran estruendo, le da por sonar cada jornada. A continuación, suelo maldecir una y otra vez sin abrir la boca para no despertar a nadie.
- Lo primero que hago al levantarme es poner el pie derecho sobre el suelo. Manías. Lo segundo, poner el izquierdo. He intentado pasar de lo segundo pero resulta harto incómodo y me crea serios problemas de desplazamiento. No soy a moverme bien sobre un solo pie. No hay forma de llegar a tiempo a ninguna parte.
- Cuando, por fin abandono mi casa y me encamino al trabajo, me despido de mis perros. Ellos apenas se enteran: abren lánguidamente un ojo pero siguen inmóviles en su camastro. Yo maldigo de nuevo en voz baja. Cien mil años de evolución, cultura, conocimiento y tecnología y ese es el resultado: yo me voy a trabajar y ellos viven mejor que yo. ¡Vida de perros... ¡ ¡La mía!
- Suelo comerme las uñas, especialmente cuando estoy nervioso o cuando veo la televisión. Intenté dejarlo pero se me llenaban de suciedad, así que procuro ponerme nervioso más a menudo como medida de higiene. Si viera más la televisión también serviría, pero entonces mermaría mi higiene mental.
- Procuro ocupar siempre la misma plaza en el tren que me lleva al trabajo. He intentado cambiar de sitio pero no es lo mismo: aunque sean más confortables creo que las otras plazas son de pago.
- Como todo el mundo (pero yo lo confieso) me hurgo la nariz en los semáforos. Con el producto de tal actividad fabrico bolitas perfectas que suelo tirar disimuladamente a los viandantes que pasan por la acera.
- No soporto la impuntualidad, me parece una falta de respeto. Tengo la manía de la precisión: cuando quedo a una hora siempre, siempre, siempre llego media hora más tarde; así todo el mundo sabe a qué hora llegaré y no les falto al respeto. ¿Impuntual?, no: preciso.
- No soporto la mentira. Prefiero faltar a la verdad antes que mentir, resulta más elegante. ¿No es cierto?
- Rechazo rotundamente cualquier comportamiento machista y, por supuesto, la violencia que genera. La deseada y deseable sumisión de la mujer debe ser consustancial a la propia naturaleza de su sexo y nunca impuesta por la fuerza. Faltaría más.
- Son un agnóstico absolutamente convencido y espero serlo durante muchos años si Dios quiere.
- Soy una persona en extremo tolerante, dialogante y flexible, así pues no tolero de ninguna manera bromas al respecto y esa es mi última palabra y no pienso cambiar de opinión.
- Deploro los halagos pues creo que fomentan la vanidad a la que considero ajeno. Si hay algo de lo que estoy especialmente orgulloso es de haber alcanzado altos grados de perfección personal con el propio esfuerzo y sin haberme sustentado en el halago fácil de los demás, por muy merecido que éste fuera en todo momento.
- Soy un hombre de sólidos principios, son los más sólidos que he tenido hasta el momento después de haber probado con muchos otros que resultaron ser poco útiles para mis propósitos en la vida.
- Tras años de abnegado esfuerzo y dedicación diaria he alcanzado altísimos niveles de virtuosismo en la mediocridad. Eso implica estar tan equidistantemente alejado de la genialidad como de la idiocia.
- En absoluto son un hombre racista. Como muestra diré que a mi me parece que a los negros les sienta muy bien su color y lo considero un rasgo distintivo de su idiosincrasia que en absoluto debería ser motivo para el maltrato, antes al contrario, deberían evitar esas circunstancias apartándolos lo suficientemente lejos como para que nadie les pueda causar daño. ¿Qué tal en un continente propio?
viernes, 21 de noviembre de 2008
Asturias Masai
Efectivamente, resulta notorio para cualquier foráneo que nos visita la especial tendencia que los asturianos mostramos por la polémica: somos capaces de iniciar una sonora trifulca por los temas más baladíes. Más que polémicos diría yo que damos en un "pelín" pendencieros. Yo he visto con estos ojos, que se ha de comer la tierra, discutir agriamente sobre si Luis Enrique medía un metro ochenta o tan solo un metro setenta y cinco. Cinco centímetros dan para horas de discusión.
Pero con carácter general, en todas partes, hay temas especialmente sensibles a la polémica. A la cabeza de los mismos se sitúan, cómo no, grandes temas como la Política y la Religión. Tanto es así, que en la mesa de las buenas familias está terminantemente prohibida sacar a colación esos temas y mezclar los evangelios con las patatas fritas o la socialdemocracia con la bechamel.
No le van a la zaga otros asuntos que, de habitual, irritan ciertas sensibilidades, condición desencadenante de la polémica. Dejando a un lado las cuestiones futbolísticas (discusión que forma parte de la idiosincrasia patria), uno de ellos es el viejo tema de las diferencias hombre/mujer (ya abordado en otra entrada de este blog).
Pero polémico entre los polémicos siempre está el tema de los nacionalismos y/o regionalismos. Siempre que se suscita esta temática salen a relucir los más atávicos y ancestrales sentimientos, que promueven los más bajos instintos que ponen
en juego el armamento dialéctico más pesado, cuando no, de otros argumentos manifiestamente más contundentes.
Pues bien, como buen asturiano que soy, no rehuyo la polémica. Antes al contrario, no me arredro un ápice ante esa perspectiva y por ello estoy decidido a abordar hoy un tema tan espinoso como el del "Nacionalismo Astur" sin miedo a la crítica y a las consecuencias. Pretendo arrostrar con valentía el tema tabú de los presuntos orígenes del pueblo asturiano con el fin de entablar un fiero debate del que no dudo saldrán vencedoras mis novedosas tesis sobre el tema.
En efecto, pretendo exponer una revolucionaria y novedosa teoría sobre el origen de los asturianos que presumo herirá más de una sensibilidad y socavará los principios del nacionalismo asturiano y hará temblar los sacrosantos fundamentos de los llamados "asturtzales".
De todos es sabido que el sentimiento nacionalista astur se asienta en el principio, hasta ahora incuestionado e incuestionable, de un supuesto origen celta de los actuales asturianos de pura raza, lo que nos hermanaría con conjunto de pueblos sembrados por todo el arco atlántico europeo. Cualquier opinión en contrario sería como mentarle a la madre a los más recios nacionaliegos, pues su tierra es su madre y a ti te encontré en la calle. Pues bien, en un inusitado arranque de audacia pretendo refutar tal teoría por falaz y demostrar con fehacientes pruebas que los asturianos no tenemos un origen céltico sino que provienen de "Centro África". Sí, sí. Ya está dicho.
Hago aquí una pausa valorativa para que se asimile debidamente la enjundia de tamaña aseveración y porque narrativamente permite un momento suspense que viene muy bien para captar la curiosidad del lector. Si bien, también puede servir, me temo, para que muchos abandonen la lectura después de haber proferidos serios exabruptos atentatorios contra el buen nombre de mi estirpe. Por si sigue habiendo alguien ahí, sigo mi discurso...
Tras largos años de sesudos estudios y de una farragosa recopilación de datos estoy en condiciones de aseverar y demostrar que, efectivamente, lejos de provenir de pueblos norteuropeos, los asturianos somos parientes lejanos de tribus originarias de una amplísima zona comprendida entre el valle del Riff hasta los vastos territorios al sur del Níger.
Más concretamente, estos pueblos, en una emigración tan peligrosa como enigmática y por vía marítima a bordo de rudimentarios cayucos, habrían desembarcado en las costas asturianas a la altura de lo que más tarde se conoció como el Puerto de Luanco, en Gozón. Pero adentrémonos decididos en las innumerables pruebas que avalan mi teoría, para satisfacer cuanto antes la desmedida curiosidad de los más escépticos, a los que imagino boquiabiertos y ojipláticos, al borde del suicidio aplastándose la cabeza entre dos madreñas o abriéndolsela directamente con una fesoria. La primera prueba, paradójicamente, se puede encontrar en uno de los iconos fundamentales del nacionalismo astur, es decir, en Don Pelayo. Dice la leyenda que hallada que fue su tumba, se encontró en su sarcófago un trisquel y un fémur de grandes dimensiones. Los estudiosos, en una sesgada y torticera interpretación pronacionaliega, centráronse únicamente en el símbolo celta como prueba irrefutable de la tesis tradicional. Obviaron pues el peculiar resto óseo que, a mi modo de ver, tiene una vital importancia, en lo que aquí se cuenta. Este nos hablaría de un individuo de considerables dimensiones. No es que los celtas fuesen precisamente pigmeos pero tampoco estaban emparentados con los ancestros de Ardidas Sabonis.
Un individuo de esta altura (aproximadamente dos metros) sólo podría ser ¡un Masai!
Es más que evidente, que el mismo origen centroafricano tienen ciertos rasgos de nuestra lengua. Resultaría bien poco científico hacer aquí referencia a los muy manidos comentarios bufos que suelen hacerse sobre cómo dos aldeanos, al hablar entre sí, recuerdan la lengua masai. Me refiero al consabido diálogo de: "U ta tu pa?" "Ta pa Ponga" etc., etc.
Poco científico será pero, no obstante, denota un parentesco considerable, que no está más que haciendo referencia a un incuestionable hecho, cual es que muchos de los topónimos asturianos, tienen una clara reminiscencia centroafricana; basta cambiar un poco la grafía y el acento para darse cuenta de que podríamos estar hablando perfectamente de pueblos de Kenia o Tanzania. Verbigracia: Pon-gha, Ison-gho, Tebon-gho, Trion-gho, Karan-gha, Kolun-gha. O bien, Thara-mundhi, Treban-dhi, Khan-ghas; y por supuesto, el mismísimo referente de la asturianía: Kova-dhonga. Soy legión los vocablos que por su sonoridad recuerdan sobremanera al swahili o a la lengua masai dialecto de los cuales podría considerarse nuestro asturiano, si bien esta aseveración requiere aún más profundos estudios lingüísticos que se escapan a mi preparación académica.
¿Más pruebas? Por supuesto que las hay. Como antes dejé dicho sostengo que la invasión centroafricana debió producirse por tierras de Gozón, hecho que se constata con un dato tan sutil como contundente: uno de los apellidos más notables e ilustres de la zona es el de Mori, que derivó en Morís por otros lares. Pues bien, aquellos conocedores y amantes de la buena música africana, recordarán que, en su momento, fue exportada a la vieja Europa, y por ello no les será ajeno el nombre de un gran cantante llamado Mori-Kanté. Obsérvese la plena coincidencia entre patronímicos harto significativa. Pero, aún hay más, resulta asombroso que el nombre de la canción que, a la sazón, le dio fama en nuestro país, llevaba por título el de "Yeke Yeke". Y "ye que" no cabe mejor demostración de la relación entre ambos pueblos ¿o no?
Y qué decir de aquella curiosa circunstancia, ajena por supuesto a la mera coincidencia, que significó la contratación por parte del Sporting de Gijón (otro de los idolatrados iconos de la asturianía, al menos para algunos) de un delantero centroafricano y que respondía al sonoro nombre de "Ye-Kini".
--¡Ye Kini, Ye Kini!-- gritaba enfervorecida la grada.
--Que no, coño, qué va a ser Quini, si ye negro (lease, de color) -- Respondía cierto sector del público que asistía al encuentro desde Babia.
Cabe decir que tan ilustre deportista que deambuló con su buen hacer por medio mundo, de equipo en equipo, cuando llegó a Gijón, fue como si hubiese retornado a su casa y en ella pretendió quedarse y así habría sido si una inoportuna lesión de rodilla lo hubiese impedido. De no ser por este avatar aún hoy haría las delicias del público gijonés, esta vez reconvertido en el Rey Baltasar de la tradicional cabalgata; y los niños gritarían: ¡Melchor, Gaspar.... Ye-Kini! Pero me estoy yendo por la ramas.
Años más tarde con el avance de la investigación técnico-genética se supo que, efectivamente, había una relación a nivel genético entre ambos delanteros lo que explicaría que compartiesen una ancestral olfato de gol. Este fundamental dato no se reveló en su momento por interesadas presiones pro-nacionalistas no exentas de un tufillo bastante racista que siempre tuvieron cierta tirria al oscuro Baltasar y que se sentían más identificados con el más rubio y céltico Gaspar.
Basta ya de negar la evidencia. Está claro que por estas y otras cuantiosas pruebas que sería prolijo enumerar, se puede asegurar que asturianos y centroafricanos estamos entroncados en un mismo pasado lejano. El hecho de que la pátina del tiempo haya aclarado nuestra piel y suavizado ciertos rasgos, físicos y culturales, no puede ser razón suficiente para renunciar e ignorar a nuestros ancestros y con ellos a una cultura milenaria de la que debemos estar harto orgullosos.
Yo sé que llevo dentro un negro y cada vez que oigo retumbar el "djembé" se me saltan las lágrimas tanto o más que con el roncón de la gaita.
Como colofón diré que, la prueba definitiva, el determinante absoluto de la veracidad de mi tesis está a punto de salir a la luz, toda vez que se solucionen unos pequeños inconvenientes de última hora. Me explico: Hace tiempo hice partícipe de mi teoría a una buena amiga, de espíritu inquieto y vocación viajera. Esta, movida por la curiosidad que logré transmitirle, partió rumbo a Africa, donde pasó varios meses dedicada, entre otros menesteres que no vienen al caso, a estudios de campo que corroborasen tan arriesgada tesis.
Pues bien, no hace mucho recibí un escueto y enigmático mensaje que decía: "¡Albricias! He encontrado pruebas irrefutables de la existencia de tus ancestros en la zona. En breve, te remitiré datos concretos".
Desgraciadamente, no he vuelto a tener noticias suyas. Solo espero que esos datos cruciales confirmatorios de mi tesis y por extensión, mi propia amiga, no se encuentren en estos momentos en el húmedo, frío y negro vientre de un cocodrilo, en el fondo del río Kiragüira, allá entre el Serengueti y el Masai-Mara. Sería una pena por los datos y por ella también, claro.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Clavos y Tornillos
En cambio, en el caso de la especie humana las diferencias no son en absoluto tan evidentes, siempre y cuando descartemos como tales los muchos aderezos culturales de los que ambos sexos suelen hacer gala. Más allá del tamaño y el peso, no hay más diferencias que las que se observan en algunos caracteres sexuales secundarios. Y ¡benditas diferencias!, pues me apresuro a decir, que son éstas las que proporcionan abundante regocijo a unos y otras. Más a unos que a otras, me temo.
Pero por tratarse de diferencias morfológicas bastante evidentes apenas si hay controversia respecto a las mismas. Así, pues, no es esa la aproximación que pretendo hacer aquí al tema del dimorfismo sexual humano. Para los interesados en esa perspectiva más científica remito al lector a los parsimoniosos estudios abordados por los más doctos en Psicobiología que han tomado como paradigma de estudio una peregrina, por no decir ridícula, tesis: la contribución al dimorfismo morfológico por parte del órgano bomero-nasal de la rata de laboratorio. Profusa documentación habrán de encontrar en la abundante literatura científica que sobre el tema se halla en los más especializados establecimientos del ramo.
Pero como digo, no es ese el acercamiento que aquí pretendo por carecer de interés la controversia que éste pueda suscitar. No ocurre lo mismo, ni de lejos, cuando el dimorfismo sexual entre hombre y mujer se aborda desde una perspectiva intelectual o conductual. Aquí sí que uno se adentra de lleno en un proceloso jardín del que salir indemne se torna labor de titanes.
Pero, en mi afán de liberarme de mis miedos, decido lanzarme al ruedo, prescindir de lo políticamente correcto y tomar el toro por los cuernos y sin medir ni temer las consecuencias de tan audaz propósito me dispongo a exponer aquí una novedosa y audaz teoría que contribuya de una manera determinante a establecer cuáles son las principales diferencias entre machos y hembras de nuestra especie.
Recurro para ello al conocido recurso del pensamiento analógico como medio para esclarecer cuáles son las características que permiten establecer diferencias entre los hombres y las mujeres (y viceversa). Y, aunque sea brevemente, determinar cómo esas sutiles pero claras diferencias suponen un serio revés para el definitivo entendimiento entre ambos, cuando no plantean un abierto enfrentamiento entre los mismos (y mismas); enfrentamiento que recibe por mal nombre la “guerra de sexos” y que, dada la proporción de unos y otras en la demografía mundial, adquiere unas colosales dimensiones, pudiéndose considerar, por tanto, uno de los conflictos globales de mayor calado en la Historia Universal.
Sé que, por mi humilde condición de varón y por todo lo que aquí se vierta seré tildado de inmediato de “asqueroso machista” por, al menos, la mitad de los que se acerquen a este blog. ¿Adivinan qué mitad?
Ante lo que yo considero una injusta, infundada y prejuiciosa valoración me adelanto a decir varias cosas:
Una. Que una lectura detenida y desapasionada del texto revelerá bien a las claras mi reconocimiento primero y admiración después por lo que considero una clara superioridad en las cualidades femeninas.
Dos. Que mi condición de varón, es algo que me ha venido dado “de serie” y que, hasta ahora, poco o nada he podido hacer por remediarlo; pero sirva en mi descargo que actualmente sobrellevo del mejor modo posible una galopante crisis de identidad sexual que me aboca sin remisión hacia la transexualidad, sino física, al menos conceptual como digo más abajo. Pero eso es algo que abordaré más detenidamente en mejor ocasión.
Y por último: Que soy consciente de que dijera lo que dijera, cualquier aseveración está sujeta a un inevitable prejuicio “feminista”, y que cualquier acto que intentará en mi descargo, incluida una flagelación con látigo de siete colas en la plaza pública no conseguiría más que arrancar una exclamación propia de la afamada “sensibilidad femenina” que sería del siguiente jaez: “pues... no me das ninguna pena”. Curiosa sensibilidad es esa.
Pero basta ya de prolegómenos, y entremos en materia, no sin antes anunciar que me hago absolutamente responsable de lo que sigue y que estoy dispuesto a dar todas las explicaciones que se consideren necesarias o acometer todos los actos de desagravio que se me exijan con cristiana e humilde resignación del que se sabe pecador. Pues antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un hombre sea perdonado por hablar (aunque sea bien) de las mujeres.
El enunciado general de mi tesis respecto al dimorfismo sexual se resume en una simple pero asequible analogía: los hombres son clavos; las mujeres, tornillos.
El desarrollo de tan audaz y novedosa teoría, ya es harina de otro costal y requiere un parsimonioso análisis de todo lo que en sí encierra para alcanzar una correcta interpretación de tan escueta pero contundente aseveración.
Hagamos, pues, una detenida descripción de estos cotidianos objetos; un pequeño estudio de sus características, tipos, funcionalidades e, incluso, de su idiosincrasia, si de tal pudiera hablarse al tratarse de objetos inanimados. Luego, será el momento de extrapolar el análisis a los distintos sexos y nos pasmaremos ante la absoluta identidad entre los conceptos: hombre-clavo y

Ambos objetos, tienen básicamente una misma función, esto es, tienen un mismo sentido en este mundo: se les utiliza para unir fuertemente un objeto a otro con muy distintos fines. Es decir, conceptualmente podría decirse que comparten funcionalidad básica que es lo mismo que decir, que básicamente serían una misma cosa. Pero hay notables diferencias entre ambos.
Un clavo es un instrumento muy simple tanto en la forma como en el uso. Y subrayo lo de “simple”. Salvo en características como el tamaño, poco difieren unos de otros. Los hay más grandes y más pequeños, pero al fin y a la postre son una misma cosa. Otro tanto cabe decir de su funcionamiento. Su uso no requiere sutileza alguna, basta con golpear sobre su cabeza para que éste se introduzca en el material elegido en cada caso, siempre y cuando éste posea una dureza ligeramente inferior al propio clavo. Si el golpe no fuera suficiente, basta repetir la operación tantas veces como se considere oportuno hasta alcanzar los resultados requeridos. El instrumental necesario para tal operación tampoco requiere especial sofisticación; aunque preferentemente suele hacerse uso de un martillo, es posible realizar idéntica función con los instrumentos más variados: una piedra, un palo, un cenicero, etc. Todo depende del grado de “pensamiento divergente” que tenga el operario ocasional y que le permita transformar el objeto más insospechado en un elemento de fuerza con el que atizar sin reservas el consabido clavo.
Su extracción (difícil por otra parte) requiere de nuevo el uso de la fuerza; cuando aquélla es posible, siempre lo será en detrimento de la forma primigenia del artilugio, pues de habitual tal operación acaba descabezando o doblando ostensiblemente el artefacto, que sólo se enderezará de nuevo a base de golpes. En conclusión: los clavos son todos iguales; igualmente simples en su forma y en su utilización; basta aplicar con ellos un elemental mecanismo basado en la fuerza. Y una vez usados, se hace casi imposible su reutilización en condiciones óptimas y empleando de nuevo la fuerza.
Los tornillos, en cambio, requieren un estudio más detallado. Comparten con los clavos

Existen tornillos de cabeza plana, redondeada, barraqueros, pavonados; a su vez, pueden ser de ranura lisa, en estrella, de tipo Allen o Torx; los hay roscachapa, tirafondos, spitz... con tuerca y hasta con contratuerca.
Cada uno de ellos, como digo, necesita de un utensilio que se adapte no solo en forma sino también en tamaño a sus características. De nada sirve un destornillador plano ante un tornillo de cabeza de estrella, pero de igual modo de poco sirve una llave Allen del 4 cuando el tornillo tiene cabeza del 6. Cualquier intento de utilizar una herramienta no indicada al tornillo acabará con la integridad del mismo sin haber conseguido el más mínimo resultado en la introducción del mismo allá donde se pretenda.
Por otra parte, la introducción de los mismos, en absoluto, requiere el uso de la fuerza que, en ocasiones, llega a ser, incluso, contraproducente al extremo de descabezar la pieza. Su uso requiere de la habilidad y no de la fuerza; son necesarios sutiles movimientos de muñeca a la vez que se ejerce una leve presión sobre el mismo. Una introducción demasiado rápida puede producir el sedado de la pieza y su consecuente fractura. Es, pues, necesaria su introducción a un determinado ritmo que vendrá determinado por múltiples factores circunstancialmente concurrentes: grosor, temperatura, dureza de la pieza y velocidad de introducción... En ocasiones, resulta más fácil la introducción cuando ésta se ayuda con cualquier material deslizante como la parafina, o bien se hace necesaria la operación previa de taladrar un agujero teniendo la precaución de que éste sea del grosor y tamaño adecuado, tanto del taco que se introducirá previamente como del tornillo que en él se introducirá. Si broca, taco y/o tornillo no se adecuan unos a otros la labor será infructuosa. Toda una odisea.
La extracción requiere de idéntica pero contraria habilidad y llevada a efecto como es preceptivo se conseguirá remover la pieza en idéntico estado que cuando se introdujo.
En definitiva: los tornillos son todos distintos, son más sofisticados en forma y en uso, están reñidos con la fuerza y requieren, en cada caso, de una herramienta diseñada al efecto que se adecue a sus características. Es decir, son elementos harto difíciles en su uso y las circunstancias pueden variar en cada momento.
Obviamente, no se les escapa al lector más avispado de quién hablamos cuando lo hacemos de clavos y de quién cuando lo hacemos de tornillos. Efectivamente, todos los hombres somos iguales e igual de simples. Sólo la fuerza tiene sentido cuando se trata con nosotros y no cabe ninguna especialización o sofisticación. Es lo que hay: cualquiera puede entender nuestro simple funcionamiento sin gran preparación. Somos clavos y punto.
Pero los tornillos, ¡oh, cielos, los tornillos! Quién no se ha visto en la situación de tener que usar un tornillo, ir a por el correspondiente destornillador y al proceder a su uso advertir que no, que no es aquel el utensilio adecuado; dar la vuelta y cambiar un destornillador plano por otro de estrella, pero al volver advertir con disgusto que no, que no es de ese tamaño, volver y rebuscar hasta darse cuenta de que ¡no tenemos el adecuado! Y se acabó el asunto.
Pero esa situación se repite hasta el infinito pues cualquier labor que nos propongamos hacer y que requiera el uso de un tornillo siempre será, cada vez, con un tipo diferente, que requerirá, claro está, unas nuevas condiciones, justo las imprescindibles para esa ocasión que no para la siguiente.
No creo que nadie dude que las mujeres son igualmente difíciles de tratar que los tornillos y que no todos los hombres tenemos las herramientas necesarias para el uso de todos los distintos tipos de tornillos. Nadie, en su sano juicio, pondrá objeciones al hecho de que cada mujer, como cada tornillo es diferente y que se requiere un tratamiento único y especial con cada una y en cada momento. Que lo que sirve para una no sirve para otra, que lo que sirvió para una en una ocasión puede no servir para ella misma para la próxima. Hay dudas quizás sobre la idea de existe una mujer distinta (aunque sea la misma) para cada situación.
En sólo una cosa las mujeres superan a los tornillos y es su capacidad de mutación.
En efecto, la mujer añade sofisticación a su condición tornillística gracias a su capacidad para transformarse ora en tornillo barraquero ora en roscachapa, de cambiar de cabeza de estrella o cabeza Allen. Circunstancia ésta, claro está, que complica sobremanera la cuestión pues cuando uno cree haber encontrado la forma y manera de “tratar” un tornillo conocido, de repente, éste varía su tipología y la herramienta que hasta ese momento servía ahora queda por completo fuera de lugar y uso. Ante nuestra frustración el tornillo "se retuerce" de risa o de furia que es peor. Vaya que si es peor.
Así, las cosas, a veces sueño con ser un tornillo. ¡Qué vida tan interesante! ¡Qué sofisticación! ¡Qué especificidad! ¡Qué prodigio de ingenio! ¡Qué maravilla! Y yo, aquí, un simple clavo igual a cientos y cientos de clavos más, sin nada que aportar. ¡Qué mala suerte la mía! Decididamente me quiero convertir en tornillo. Aunque... si no fueran tan retorcidos...
martes, 26 de agosto de 2008
Las Metamorfosis
No son pocas las transformaciones físicas que experimenta una persona a lo largo de su vida. Son cambios morfológicos, afortunadamente, tan paulatinos que son absolutamente imperceptibles de día en día, pero que, con el transcurrir de los años, son realmente asombrosos y también, porqué no decirlo, absolutamente descorazonadores por el escarnio que operan en nuestra propia imagen.
Antes de que el amigo Louise Daguerre viniera a hacer el amor al suido (vulgo: joder la marrana) con su ocurrencia de plasmar la imagen de una persona para siempre, el único punto de referencia para advertir el cambio en nuestro aspecto físico era la memoria, propia o ajena. Y ésta, siempre era y es más benévola que una cruel fotografía.
Ahora basta echar un vistazo a esos álbumes familiares, dar para atrás a las hojas y ver cómo lo que otrora fueron turgentes carnes y apolíneas formas devienen hoy en flacideces varias y descolgamientos múltiples. Desolador.
Pero no es de esos cambios, que son del común, de los que quiero reflexionar aquí. Pretendo dejar constancia de otra serie de transformaciones que he ido sufriendo a lo largo de mi vida y que no resultan tan evidentes para los demás pero sí lo son para mí.
No se trata de una transformación morfológica, sino más bien de cambios conceptuales, más emparentados con la Metafísica que con la Física misma y que tienen, como principal consecuencia, una influencia atroz en mi propia autoestima como luego se verá.
Una de esas pequeñas metamorfosis es realmente sutil, como sutil es la diferencia entre los dos conceptos que definen sus dos estados diferenciados que conforman la misma: la transparencia y la invisibilidad. Efectivamente, puedo asegurar que con los años he pasado de ser un ser transparente a ser un ente invisible y ello, insisto, ha sido nefasto en para mi autoestima. Me explico.
El concepto de “transparente” es obvio que hace referencia a aquellos cuerpos o entidades físicas a través de las cuales es posible la visión. Pongamos como ejemplo un simple cristal. En cambio, el concepto de “invisible” se refiere a algo que no podemos ver; que está ahí, pero no podemos verlo. Sería paradigmático el caso del aire. Sabemos que esta ahí, lo notamos y hasta lo respiramos, pero no podemos verlo.
No se le escapa al atento lector que, en cierta medida, son dos conceptos muy próximos y que yo diría que uno englobaría al otro pues lo invisible es, en cierta medida, transparente pues podemos ver a través de ello puesto que realmente no lo percibimos.
Pues bien, como digo, una de las transformaciones que he sufrido con los años, ha sido el cambio de transparente a invisible, y todo ello referido a la visión de los distintos elementos del género femenino.
Efectivamente, en su momento pude comprobar que, cuando era joven, yo era completamente transparente para el género femenino. Cualquier mujer, en especial aquellas que eran de mi interés, veían a través de mí sin dificultad ninguna. Con ello quiero decir que con meridiana claridad veían cuáles eran mis intenciones. Intenciones que, aún no entiendo por qué, ellas siempre etiquetaban de “no excesivamente sanas” o de “definitivamente perniciosas”. Queda claro que con estos antecedentes uno gozaba de pocas oportunidades ante mis ocasionales interlocutoras que, de inmediato, se ponían en estado de alerta u optaban directamente por batirse en retirada. Frustración, grave frustración era lo que yo sentía y, en consecuencia, mi autoestima sufría considerablemente pues deducía de esos hechos mi incapacidad para acercarme al sexo opuesto sin levantar sospechas.
Pero, con los años, la cosa cambió. Inicié una pequeña metamorfosis que me mudó de transparente a invisible y la cosa fue a peor. Quiero decir, que a partir de cierta edad las mujeres dejaron de verme (pese a estar presente, claro está). No me veían ni a mí ni a mis intenciones que, me adelanto a decir, no experimentaron ningún cambio con los años como hombre de sólidos principios que soy. He constatado empíricamente este hecho con un sencillo experimento replicado una y otra vez. Cuando veo venir frente a mí a un par de ejemplares del género femenino hago lo posible por cruzarme con ellas pasando por medio ambas con evidente mala educación. Da lo mismo, ellas no se percatarán del hecho, seguirán hablando de sus cosas sin interrumpir un ápice su discurso y sin hacer la más mínima mueca, sin el más mínimo atisbo de haberse percatado de que ante sus narices ha pasado un ente físico, un hombre de carne y hueso (e intenciones, por supuesto). Nada. Ni un leve pestañeo. No me ven, y sin embargo existo. Doy fe. Soy invisible, pues. ¿Acaso esto es mejor que la transparencia? Quia. Si de positivo tiene que, al fin, ya no me ven las intenciones, qué importancia tiene si ahora tampoco me ven a mí. Conclusión, de nuevo una nueva afrenta a mi ya maltrecha autoestima. Uno no es nadie si no existe para, al menos, la mitad de la población mundial. Y, la verdad sea dicha, para la otra mitad no es que cuente mucho tampoco. Y así las cosas, cómo pretenden que uno mantenga unos mínimos niveles de amor propio.
Pero ésta malhadada circunstancia de la transparencia vital no es más que uno de los factores que han contribuido a pulverizar mis niveles óptimos de autoestima. Otros innumerables factores, de los que hablaremos en otra ocasión, han contribuido a la merma de la misma con el paso de los años, y esta penosa merma, a su vez, ha sido la desencadenante de otra de las metamorfosis conceptuales de las que he sido sujeto a lo largo de mi desarrollo ontogenético.
Efectivamente, con el gradual deterioro de mi autoestima he ido advirtiendo cambios en mi autopercepción personal que me han llevado a un lamentable y degradante discurrir por los distintos reinos biológicos: animal, vegetal y mineral.
Cuando mi autoconcepto, fruto de la excesiva juventud, era netamente positivo e incluso, diría yo, manifiestamente supravalorado, tenía yo para mí que era un “hombre”. Es más, determinadas circunstancias, que por pudor no habré de mentar aquí, me llevaron a la vanidad más absoluta y llegué a acariciar la idea de que era un “hombre objeto”. Vanidad y más vanidad. Los años y los hechos me abrieron los ojos y llegué a comprender que tenía más de lo uno que de lo otro. Esto es, era más “objeto” que “hombre”.
Pero asumida la idea de que no era más que un objeto, me dio por reflexionar sobre qué tipo de objeto sería. A qué reino biológico pertenecería. Estaba meridianamente claro por aquel entonces: era del reino animal. Abundaba en esa idea la opinión más cercana que tenía como referencia: mi esposa, la cual insistía a menudo que yo era un “pedazo de animal”. Opinión compartida por otras personas de mi entorno que presumían de conocerme bien.
Quedaba, pues, por establecer qué especie de animal era si asumía tal condición. Estaba claro, las mismas fuentes me daban la respuesta. Ora me veía perteneciente a la familia de los équidos, más concretamente un equus asinos (vulgo: burro); ora como miembro de los pórquidos o suidos, concretamente un sus domesticus (cerdo). Ambos animales estaban en boca de mi santa esposa con demasiada frecuencia cuando hacía alusión a mi humilde persona.
Pero los años, no pasan en balde, y el tiempo disipa la niebla y le acerca a uno a su verdadero ser. Eso, unido al hecho de que la vida de un adulto empieza a declinar; comienzan a desaparecer los azarosos vaivenes propios de la juventud y principia una vida sosegada que se torna más tarde en absoluta quietud. Digamos, en resumen, que uno empieza a “vegetar”.
Percatarse de ello y pensar que ya no era ni siquiera “animal” fue todo uno. En efecto, fui tomando conciencia de mi condición vegetal pese a mi apariencia antropomorfa.
Mi autoestima se desmoronaba por momentos. Mi metamorfosis aún no había concluido y me estaba degradando por momentos, hundiéndome en un proceloso abismo sin fin.
Yo era un vegetal. No me quedó la menor duda de ello cuando, fui víctima de un homeópata que me hizo comer tantos congéneres del reino vegetal (puro canibalismo, pensé más tarde), que ya no hacía la digestión, sino la función clorofílica. Además, cuando, rara vez, tenía todavía algún acceso de cólera, ya no me ponía rojo de ira, sino verde como el "Increíble Hulk”.
Pensar, pensaba poco; que no es propio de los miembros del reino vegetal, pero lo hacía lo suficiente como para preguntarme de nuevo por el tipo de vegetal que podría ser. Y, cómo no, las mismas fuentes me decantaron por un miembro de la familia de las crucíferas, una variedad de la Brassica oleracea. Esto es, estaba hecho un auténtico “berza”. He de añadir que, de siempre, debía haber sospechado mi tendencia al “vegetalismo”, toda vez que mucha gente siempre creyó de mí que era un auténtico “cardo borriquero”. A eso se le llama visión de futuro.
Optimista será el que crea que la metamorfosis ha dado a su fin. Nada más lejos. Los miembros de las nuevas generaciones que me rodean manifiestan sin tapujos (ni educación, por supuesto) su opinión sobre mí repetidas veces, hasta el punto que estoy empezando a pensar que tienen razón y que soy un auténtico “fósil”. Esto da una nueva vuelta de tuerca a mi escuálida autoestima y me aproxima peligrosamente al reino de lo mineral haciéndome claro candidato a ser un fósil de origen vegetal.
Pero, pese a todo, aún me queda un prurito de vanidad y me consuelo en pensar que seré un extraño caso objeto de curiosidad de todos los miembros de la comunidad Peleobotánica. En fin, quien no se conforma, es porque no quiere.