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viernes, 8 de julio de 2011

La Ley del Progreso


Hoy quiero ponerme un poco serio. Tan sólo un rato, lo suficiente para contar una pequeña historia que viene a colación de los controvertidos “derechos de autor” casi siempre en la palestra y hoy más que nunca con motivo del desafortunado “affaire” protagonizado por la SGAE. Uno más.

La historia es la siguiente: Mi padre tenía un oficio muy peculiar. Era artesano de la madera; concretamente, tornero. Pero el oficio se morirá con él. Como tantas otras ocupaciones que se han visto avocadas a la desaparición debido a un cambio en la tecnología. Si en un momento dado, la aparición de una nueva tecnología favoreció su oficio al reemplazar su ‘torno eléctrico’ al arcaico ‘torno de pie’, décadas más tarde un nuevo cambio tecnológico, concretamente la aparición del ‘torno copiador’, acabó con su forma artesanal de tornear la madera.
Y es que el mundo cambia en la medida que se van sucediendo distintos cambios tecnológicos. Estos favorecen a ciertos sectores de la población y perjudican a otros, pero es la “ley del progreso”.

Pero mi padre, además, complementaba sus ingresos con otra ocupación que le ayudaba a mantener a su familia: la Música. Tras haber aprendido desde la niñez a tocar un instrumento se dedicó muchos años a amenizar los bailes de aquí de allá. Dura ocupación la de este tipo de músicos: ensayos, viajes, carga y montaje de equipos, veladas interminables, ausencia de festivos... Yo no recuerdo haber pasado ninguna Nochevieja con mi padre, ni día de Reyes, fecha similar.
Pero este oficio, como todos los demás también está y estuvo al albur de los cambios tecnológicos. Hace unas décadas los artistas de relumbrón iban de plaza en plaza con las partituras debajo del brazo o, si acaso, acompañados de un pianista. Cuando llegaban a la sala donde actuaban allí estaba la orquesta titular conformada por músicos como mi padre. A estos les facilitaban las partituras, éstos como buenos profesionales que eran interpretaban aquellas partituras, ensayaban unas cuantas veces y actuar “en vivo” ante el público. De esta manera, parte del caché de las estrellas iba para los músicos que les acompañaban.
Pero vino un importante cambio tecnológico: la música grabada, o sea, el conocido como “playback”. Y esto, como siempre, favoreció a unos y perjudicó a otros. Como favorecidos, los “artistas” que ya no traían partituras ni pianista, simplemente traían la música enlatada. Ya no les hacía falta acompañamiento, ni tan siquiera ensayos, ni cuidar su voz y, lo más importante, ya no tenían que deducir parte de sus emolumentos. Y esto les pareció un invento excelente ¡cómo no! ¡que viva la tecnología! Los perjudicados fueron gente como mi padre, músicos al fin y al cabo (tanto o más que los “artistas”), que se quedaron sin esos ingresos. Pero había que “ir con los tiempos...”
La nueva tecnología también ofrecía a los “artistas” la oportunidad de grabar discos (que sus seguidores pagaban a precio de oro) que les permitían divulgar su música y obtener pingües beneficios sin tener que hacer viajes, cargar con el material, trasnochar, etc., etc. E incluso esa misma tecnología a ellos sí les permitía pasar la Nochevieja con su familia y amigos, viéndose a sí mismos en la televisión cantando (haciendo que cantaban) y sin ningún músico detrás. ¡Qué buena la tecnología! ¡Qué cosa más grande es esto del progreso! Mientras tanto yo seguía sin poder pasar esa misma noche con mi padre que seguía dando tumbos de escenario en escenario.

Pero los cambios no se detienen nunca y lo que otrora te favorece más tarde te perjudica y es que arrieros somos. El paso del tiempo trajo el último cambio tecnológico: Internet. Y claro está, de nuevo hubo un sector de la población que se benefició de lo que se les ofrecía: la gente de la calle se podía obtener música sin tener que pagar por ella. Adiós a los discos a precio de oro.
Pero, ¡ay! lamentablemente, esta vez los perjudicados iban a ser los “esforzados artistas” que, tan molestos como lo estuvo mi padre en su momento cuando los cambios acabaron con sus dos ocupaciones principales, se quejaron amargamente al ver comprometidos sus ingresos. Algunos de ellos se pusieron a temblar al pensar que en vez de comprarse dos Ferraris tal vez sólo podrían comprar uno. ¡Qué lástima!
No hay derecho –decían–, así se acabará con los músicos e incluso con la Música, repetían. Al parecer, aquellos a los que, en su momento, dejaron en la calle y quitaron el pan de la boca (en nombre del progreso) no eran músicos ni hacían Música. Al parecer una ocupación “vocacional” como es la Música no será apetecible para nadie si con ella no se puede uno comprar una casa en Miami.
Mozart, que algo tenía de músico y de artista, como otros muchos murió en la más absoluta indigencia, pero estuvo creando sus obras hasta el último día de su vida sin pensar en dedicarse a otra ocupación más rentable. Y no lo hizo porque esa era su vocación además de su oficio. De hecho la creación artística, desgraciadamente, siempre ha ido pareja a una vida cargada de privaciones sin que ello haya supuesto un impedimento para los artistas vocacionales.

Si ahora los supuestos “músicos” identifican su dedicación con abultados ingresos y están dispuestos a renunciar a su “vocación artística” cuando éstos no están garantizados, tal vez tengamos suerte y nos libremos algún que otro advenedizo que está en esto del “arte” por lo que está. Así tal vez queden aquellos que realmente amen y entienden la música como una actividad artística y placentera y no estrictamente económica. Pretender que la Música desaparecerá porque su práctica no esté asociada a beneficios económicos es mucho suponer. Es tanto como decir que cualquier actividad placentera para un ser humano desaparecerá si ésta no es convenientemente remunerada. ¿No es esa suposición una visión demasiado mercantilista de la actividad artística? Que el Arte (suponiendo que lo que hacen esos señores lo sea) haya devenido en una actividad remunerada no es suficiente argumento como para concluir que el dinero es la causa o principio del Arte. El que piense así debería pensarse seriamente “hacérselo mirar”.

Pero, además, a esos “artistas” nadie les prohíbe volver a sus orígenes. Siempre pueden ganarse la vida como se la ganaron muchos otros antes que ellos: viajando, ensayando, cargando y descargando el material, trasnochando y “cantando” de verdad por esos escenarios de aquí y de allá. Cuenta ahora, además, con la ventaja de que aquellos que les darán de comer pagando entradas (nada baratas) por ir a verlos, lo harán porque previamente conocieron su “arte” gracias a la divulgación que les dará internet. Y tal vez se acuerden de favorecer a esos otros músicos (que al parecer no cuentan) llevándolos consigo a los conciertos, en lugar de llevar la música en una lata.

Y que tengan fe y paciencia. Si en algún momento les favoreció la tecnología y luego ésta se mostró esquiva, tal vez más adelante les vuelva a sonreír la suerte. Es la “ley del progreso”.

jueves, 6 de agosto de 2009

¿Lechuga? No, gracias



Recientemente ha llegado a mis manos un artículo de prensa que, en términos generales, suscribo sin reservas. Estoy convencido de que el firmante es un alma gemela a la mía lo cual me reconforta en extremo puesto que abre un esperanzador resquicio de esperanza que me libera de la angustia de sentirme solo. Efectivamente, durante todo este tiempo me creí solo ante el mundo en mi cruzada contra el “lechugismo” imperante en esta nuestra sociedad actual.
Y entiendo por “lechugismo” a la recia dictadura que, desde distintos sectores sociales, se nos impone tratando de convencernos de todas las bondades que las ensaladas nos ofrecen. Y entiendo, a su vez, por “ensaladas” aquellos preparados en los que abunda con gran profusión toda clase de elementos del reino vegetal, pues me adelanto a aseverar que tolero aquellas otras que coquetean con elementos no precisamente vegetarianos (huevos, atún, queso...), e incluso apetezco de aquellas otras que se adentran valientemente en el ubérrimo mundo de los manjares verdaderamente suculentos, “verbi gratia”: ensalada de pulpo sobre cama de langostinos salpicado con virutillas de jamón ibérico y tropezones de higo macerado en brandy.

Efectivamente, sostengo que existe una confabulación internacional de oscuros intereses que pretende imponer como saludable y, peor aún, como exquisita la ingesta habitual de lechugas varias y otros forrajes por el estilo. Y más tarde demostraré que se trata de una imposición que, como tal, atenta contra la esencia de la más elemental democracia gastronómica, pues si democracia implica el gobierno de las mayorías, lo es siempre con el respeto de las minorías.
Sostengo yo y, al parecer, mi alma gemela que las ensaladas (las verdes, digo) son un auténtico coñazo que alguien (luego diré quién) inventó para entretenernos pastando hierba mientras llegan los manjares verdaderamente sabrosos, apetecibles y que hacen de nuestra vida un auténtico placer (en ausencia o escasez de otros).
Consiento en que, puestas en la mesa, las ensaladas hacen bonito pero, ¡qué caramba!, también tiene el mismo efecto estético un florero o un sencillo centro de mesa y no por eso tengo que comérmelo. Si se trata de una cuestión estética, sea. Pero con todo y con eso, he de confesar que, en más de una ocasión y como acto de rebeldía ante la imposición lechugil, he aderezado con el aliño correspondiente un centro de mesa y luego me lo he comido antes de que me sirvieran los entremeses para escándalo de mis acompañantes y disgusto del camarero.
Siempre estuve convencido de que en las ensaladas me encontraba con ciertos hierbajos con peor aspecto que las “malas hierbas” que yo arrancaba de mi jardín. Por ello me preguntaba: ¿porqué estas sí y aquellas no? No entendía la razón de que tuviera sobre mi plato y, peor aun, dentro de mi estómago cosas que no consideraba válidas para mi propio jardín.
Tal es el paralelismo entre unas especies y otras que en cierto momento tentando estuve a deshacerme de la máquina cortacésped y, convoy de aliño en mano, salir al jardín, arrodillarme y ponerme a pastar directamente de la “suculenta” pradera: ¡Qué mejor! ¡Qué más fresco!
¿Quién ha decidido qué malas hierbas pueden entrar a formar parte de mi dieta? ¿Qué criterios se han seguido para semejante elección? Me adelanto a descartar criterios de sabor habida cuenta de que, en un empírico afán de alcanzar una respuesta, he llegado a ingerir toda clase de plantas forrajeras que, convenientemente aderezadas, perfectamente podrían haber entrado a formar parte de cualquier ensalada al uso. Doy fe.
La respuesta a tales cuestiones creo haberla encontrado en el artículo al que me refiero. Su autor, muy acertadamente, sostiene que algún astuto y avispado cocinero que, al no saber qué hacer con las malas hierbas de su jardín y tras agotársele el herbicida selectivo, las fue arrancando y dándoles sonoros nombres como rúcula, brotes de primavera, canónigo, etc. Luego se dedicó a vendérselas a sus clientes en forma de ensaladas avaladas, claro está, por su prestigio. Completaría el cuadro unos comensales tan crédulos como influenciables socialmente que lo dieron por bueno, ya que ¿quién se atreve a poner objeciones a un chef con prestigio? Convencido estoy de que si uno de estos gurús de los fogones sostiene que hay que sustituir el café por cagarrutas de cabrito el arbusto del cafeto afrontaría su pronta extinción y Juan Valdez engrosaría las listas del paro.
Si a todo esto añadimos que la clase médica y adláteres parecen tener como único fin el hacernos la vida más ingrata y difícil (actitud manifiestamente denunciable ante el tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo y que contraviene los principios más básicos del juramento hipocrático); y para ello no escatiman en perversiones como la de recomendar la ingesta abundante y prolongada de lechugoides, ya tenemos el cuadro completo; ya están sentadas las bases de la dictadura lechugil. Comer verde no sólo resulta moderno y estético, sino saludable.
Así las cosas no hay forma de sentarse a una mesa sin que alguien proponga con entusiasmo digno de mejor causa la feliz idea de comenzar el ágape por una ensalada. Idea secundada con no menor entusiasmo por el resto de los asistentes sin que haya lugar a discrepancia alguna. Y es aquí la dictadura toma cuerpo y se manifiesta la ruina de la democracia puesto que aunque uno haga ostensibles reparos a tal idea nadie lo librará de ver sobre la mesa tan insulso y poco aprovechable condumio. E incluso se verá obligado a la degustación con la mejor cara so pena de ser tachado de individuo socialmente “raro”.
Y es que con la ensalada ocurre una cosa que no ocurre con el resto de las viandas. Me explico. Si a una cena asisten varios comensales con el fin de compartir unas suculentas raciones en buen amor y compaña siempre es costumbre, en virtud de un tácito acuerdo, pedir diferentes manjares que sean del agrado de todos, bien entendido que, habiendo de dónde escoger, porqué hacerlo de aquellos guisos que a alguno de los comensales disguste. Pues bien, esta regla no escrita pero absolutamente razonable no reza en el caso de las ensaladas. Si uno, como es mi caso, manifiesta abiertamente su oposición a comer tales fruslerías y entiende como mejor el trocarlas por alimentos más sustanciosos y contundentes de nada servirá. La dictadura lechugil entra en acción y aplastará sin miramientos cualquier objeción o acto rebeldía y al rato verá ante sus narices un centro de mesa supuestamente comestible que será recibido con profusión de comentarios festivos absolutamente desproporcionados. Tan desproporcionados como su precio; porque eso es otra: la tarifa que los restaurantes aplican a cuatro miserables brotes verdes está tan fuera de lugar que la OCU debería tomar cartas en el asunto, cuando no la Fiscalía pues hay hechos tipificados como estafa que son absolutamente veniales en comparación con tamaño atraco.
Pero basta ya de tanta imposición, tanta dictadura, tanto atropello. Ahora sé que no estoy solo: cuanto menos somos dos y seguro que habrá más. Pongamos freno a tales tropelías. Es llegado el momento de que todos los que se sientan subyugados por esta dictadura lechugil unamos nuestras fuerzas y levantemos la voz. ¡Basta ya!
Y desde aquí proclamo: Víctimas de la lechuga y el hinojo, uníos. Represaliados de la endibia y la borraja, haceros oír. Damnificados del apio y la escarola, rebelaros. Oprimidos por la rúcula y el canónigo, en pie. Todos juntos, por fin, unamos nuestras fuerzas al liberador y unánime grito de “¡¿Lechuga? No, gracias!”.

martes, 7 de abril de 2009

Locuacidad impresionante

Si hay algo que llama poderosamente mi atención es la capacidad que tienen las mujeres para entablar conversaciones duraderas a partir de un tema, aparentemente trivial.
Claro está que su capacidad para la expresión verbal parece estar suficientemente contrastada desde un punto estrictamente científico. Son muchos los estudios que ponen de manifiesto una predisposición genética que les confiere un cerebro “lingüístico”, con un mayor número de conexiones neuronales en las áreas relacionadas con la compresión y expresión verbal.
Bien. Pero con todo y con eso sigue maravillándome que su proverbial locuacidad sea capaz de alargar hasta extremos inverosímiles una conversación sobre un tema sobre el cual dos hombre no serían capaces de enlazar más de cuatro palabras seguidas.

Refrenda lo que digo la realidad cotidiana. Y mi propia realidad no es una excepción. Cada mañana me desplazo al trabajo en autobús en un trayecto que no demora más allá de treinta minutos. Pues bien, asisto maravillado, cada día, a un ejemplo de lo que digo.
Pongo por caso lo que sigue.
Acurrucado en mi asiento, en una suerte de catatonia directamente relacionada con lo intempestivo del horario, asisto a la subida al autobús de una fémina que da en sentarse en el asiento anterior al mío donde permanece, en estado de asombrosa vigilia, otra mujer de parecido aspecto a la recién llegada.
No bien se acomoda se inicia el portento.
-¡Ay! ¿Qué fuiste a la peluquería?
-Sí, boba... Hacíame una falta....
-Pero ... ¿Qué pusiste meches?
-No, no. Sólo corté les puntes y eché un plis.
-Buena falta me hacía a mí porque téngolo...
-No fía, tampoco está tan mal. Tú sólo con lavar y marcar ya vas lista.
-Calla, calla, muyer, si tengo unos pelos de lloca que paqué. Pero ye que me da tanta pereza.
-Y a mí también, chica, pero ye que llega un momento en que empieza a enrédaseme el cepillu que no hay manera...
-Y, entonces, ¿cómo no aprovechaste pa poner les meches?
-Ay, porque eso a mí sí que me da pereza. Casi, que prefiero haceme la permanente y así estar unos mesinos sin ir.
-Pues a ti suele quédate muy bien.
-¿Tú crees?
-Sí, chica. Si fuese yo... pero tú. Quédate todo tan mono.
-Pues tu, chica, con esi pelín tan agraciao que tienes... no sé como no lo dejes así. Con un bañín de color y listo.
-No sé, ye que me veo rara... son tantos años... chica.

¡¡Y así treinta minutos!! Y porque el viaje toca a su fin que si en vez de ir de Gijón a Oviedo, fuera de París a Tombuctú la conversación seguiría en los mismos términos sin solución de continuidad. ¡Qué barbaridad! ¡Qué capacidad para el diálogo!
Por otra parte resulta imposible transcribir exactamente el transcurso literal de la conversación pues, por motivos obvios, la plasmación literaria de una conversación conlleva una sucesión temporal de intervenciones alternantes. Sin embargo, en el plano real las intervenciones tienen lugar de forma no sucesiva, sino más bien simultánea. De manera que aun cuando no haya terminado la alocución de una interlocutora, la otra ya está iniciando la respuesta que antes de acabar se verá solapada por la interpelación de la contraria y así sucesivamente. Y todo ello con la absoluta seguridad de que ambas las dos están enterándose por completo de lo que está diciendo la otra sin perder un ápice. ¡Una maravilla! ¡Un portento!

Si una situación semejante se produjera entre dos interlocutores varones, puedo dar fe que sería harto distinta.
Cuando el recién llegado iniciase la conversación todo quedaría resuelto en escasos segundos de una manera semejante a la que sigue:

-Hombre... ¿Qué? ¿Vinieron los indios?
-Ya ves... ya me hacía falta, ya.
-Bien, hombre, bien...
-Si.

Y eso es todo. ¿Qué más se podría decir? Ya está dicho todo se dirán ambos interlocutores. Uno ha cortado el pelo y el otro, en un alarde de perspicacia y dotes observadoras, se ha percatado de ello y se lo hace saber con una frase tan original como jocosa. El otro siente la necesidad de justificarse y el primero lo entiende y lo aprueba. Y es que lo del pelo no da para más. O eso se creen ellos.

Bien. Antes de que las atentas lectoras, como siempre suele ocurrir, se sientan agraviadas con estos comentarios; algo totalmente injustificado si atendemos a la admiración que me causa lo descrito. Antes, digo, de que eso ocurra y que manifiesten (con razón, por supuesto, como siempre) que si se tratase de otros temas la cosa cambiaría, me adelanto a darles la razón, como digo.
Efectivamente, sólo hay un tema en el que los hombres son capaces de mostrar una habilidad semejante. Se trata, por supuesto, del fútbol.
Es curiosa esta habilidad tan específica y especializada. No hay estudios al respecto que expliquen cómo el fútbol es capaz de transformar el tosco cerebro de un hombre en un grácil y flexible cerebro de mujer dando de sí una locuacidad sin parangón. Estaríamos hablando de un potencial lingüístico que se plasmaría en verbo fácil a partir de un único y determinado estímulo. Sería lo que los psicólogos darían en llamar especificidad estímulo-respuesta, pero cuya funcionalidad depende de resortes y mecanismos psico-fisiológicos difíciles de interpretar.

En efecto, no son escasas las veces que he asistido en el mismo escenario a una prueba palpable de lo antedicho. Hecho que añade unas peculiares características difíciles de explicar como es el hecho de la conversación se inicia, a juicio del observador (oyente), sin las claves suficientes para determinar de qué o de quién se está hablando. Hecho éste que denota, a su vez, una extraña especialización y una asombrosa capacidad para intuir, a bote pronto, de qué y quién se debe hablar en ese preciso momento.
Así, la escena sería la siguiente: Un grupo reducido de hombres está (como siempre) medio adormilados en la última fila del autobús. Se incorpora al grupo uno con un poco más de ánimo y comienza el espectáculo:

-Qué... ¿viste? ¿Qué te decía yo?
-Calla, calla. No me hables. Pa matalos.
-Ye que así, no vamos a ninguna parte.
-Eso mismo díjelo yo, hai un par de meses.
-Y luego sal el otru faltosu y diz que... bueno, ¿pa qué? ¿tú creeslo?
-Esi, otru babayu...
-Sí, home, sí. Babayu pero ahí lu tienes...
-Pero ye que ye too igual ¿oíste?... Yo voy borrame.
-Y haríes bien. Yo, si no lo hago, ye pol guaje.
-Pues voy decite más: no voy anque me paguen.
-Ye que non hai derechu... Con les perres que ganen.
-Había que matalos a toos...
-A toos.

Y así hasta Oviedo. Obsérvese, la extraña capacidad de hablar de algo y de alguien sin haber hecho ninguna referencia a ello ni a cuándo ocurrió, y sin embargo ambos interlocutores son capaces de reconocer, no sé bien gracias a qué invisibles claves, el tema, los protagonistas, la situación espacio-temporal... todo. Se diría que se trata de una misma conversación iniciada, quién sabe cuándo, y que continúa justo en el punto donde se dejó la última vez que tuvo lugar el encuentro. Una maravilla.
Lástima que tal capacidad en el caso de los varones se reduzca única y exclusivamente al fútbol. Suponiendo que de lo que estén hablando sea de eso, claro.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Clavos y Tornillos

El estudio del dimorfismo sexual depara curiosas y sorprendentes sorpresas; basta con reparar un momento en algunas especies de aves o insectos, donde el tamaño, la forma y el color pueden ser abrumadoramente distintos. Hasta tal punto que diríase que macho y hembra son especies diferentes.
En cambio, en el caso de la especie humana las diferencias no son en absoluto tan evidentes, siempre y cuando descartemos como tales los muchos aderezos culturales de los que ambos sexos suelen hacer gala. Más allá del tamaño y el peso, no hay más diferencias que las que se observan en algunos caracteres sexuales secundarios. Y ¡benditas diferencias!, pues me apresuro a decir, que son éstas las que proporcionan abundante regocijo a unos y otras. Más a unos que a otras, me temo.
Pero por tratarse de diferencias morfológicas bastante evidentes apenas si hay controversia respecto a las mismas. Así, pues, no es esa la aproximación que pretendo hacer aquí al tema del dimorfismo sexual humano. Para los interesados en esa perspectiva más científica remito al lector a los parsimoniosos estudios abordados por los más doctos en Psicobiología que han tomado como paradigma de estudio una peregrina, por no decir ridícula, tesis: la contribución al dimorfismo morfológico por parte del órgano bomero-nasal de la rata de laboratorio. Profusa documentación habrán de encontrar en la abundante literatura científica que sobre el tema se halla en los más especializados establecimientos del ramo.

Pero como digo, no es ese el acercamiento que aquí pretendo por carecer de interés la controversia que éste pueda suscitar. No ocurre lo mismo, ni de lejos, cuando el dimorfismo sexual entre hombre y mujer se aborda desde una perspectiva intelectual o conductual. Aquí sí que uno se adentra de lleno en un proceloso jardín del que salir indemne se torna labor de titanes.
Pero, en mi afán de liberarme de mis miedos, decido lanzarme al ruedo, prescindir de lo políticamente correcto y tomar el toro por los cuernos y sin medir ni temer las consecuencias de tan audaz propósito me dispongo a exponer aquí una novedosa y audaz teoría que contribuya de una manera determinante a establecer cuáles son las principales diferencias entre machos y hembras de nuestra especie.

Recurro para ello al conocido recurso del pensamiento analógico como medio para esclarecer cuáles son las características que permiten establecer diferencias entre los hombres y las mujeres (y viceversa). Y, aunque sea brevemente, determinar cómo esas sutiles pero claras diferencias suponen un serio revés para el definitivo entendimiento entre ambos, cuando no plantean un abierto enfrentamiento entre los mismos (y mismas); enfrentamiento que recibe por mal nombre la “guerra de sexos” y que, dada la proporción de unos y otras en la demografía mundial, adquiere unas colosales dimensiones, pudiéndose considerar, por tanto, uno de los conflictos globales de mayor calado en la Historia Universal.

Sé que, por mi humilde condición de varón y por todo lo que aquí se vierta seré tildado de inmediato de “asqueroso machista” por, al menos, la mitad de los que se acerquen a este blog. ¿Adivinan qué mitad?
Ante lo que yo considero una injusta, infundada y prejuiciosa valoración me adelanto a decir varias cosas:

Una. Que una lectura detenida y desapasionada del texto revelerá bien a las claras mi reconocimiento primero y admiración después por lo que considero una clara superioridad en las cualidades femeninas.
Dos. Que mi condición de varón, es algo que me ha venido dado “de serie” y que, hasta ahora, poco o nada he podido hacer por remediarlo; pero sirva en mi descargo que actualmente sobrellevo del mejor modo posible una galopante crisis de identidad sexual que me aboca sin remisión hacia la transexualidad, sino física, al menos conceptual como digo más abajo. Pero eso es algo que abordaré más detenidamente en mejor ocasión.
Y por último: Que soy consciente de que dijera lo que dijera, cualquier aseveración está sujeta a un inevitable prejuicio “feminista”, y que cualquier acto que intentará en mi descargo, incluida una flagelación con látigo de siete colas en la plaza pública no conseguiría más que arrancar una exclamación propia de la afamada “sensibilidad femenina” que sería del siguiente jaez: “pues... no me das ninguna pena”. Curiosa sensibilidad es esa.

Pero basta ya de prolegómenos, y entremos en materia, no sin antes anunciar que me hago absolutamente responsable de lo que sigue y que estoy dispuesto a dar todas las explicaciones que se consideren necesarias o acometer todos los actos de desagravio que se me exijan con cristiana e humilde resignación del que se sabe pecador. Pues antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un hombre sea perdonado por hablar (aunque sea bien) de las mujeres.

El enunciado general de mi tesis respecto al dimorfismo sexual se resume en una simple pero asequible analogía: los hombres son clavos; las mujeres, tornillos.
El desarrollo de tan audaz y novedosa teoría, ya es harina de otro costal y requiere un parsimonioso análisis de todo lo que en sí encierra para alcanzar una correcta interpretación de tan escueta pero contundente aseveración.

Hagamos, pues, una detenida descripción de estos cotidianos objetos; un pequeño estudio de sus características, tipos, funcionalidades e, incluso, de su idiosincrasia, si de tal pudiera hablarse al tratarse de objetos inanimados. Luego, será el momento de extrapolar el análisis a los distintos sexos y nos pasmaremos ante la absoluta identidad entre los conceptos: hombre-clavo y mujer-tornillo.

Ambos objetos, tienen básicamente una misma función, esto es, tienen un mismo sentido en este mundo: se les utiliza para unir fuertemente un objeto a otro con muy distintos fines. Es decir, conceptualmente podría decirse que comparten funcionalidad básica que es lo mismo que decir, que básicamente serían una misma cosa. Pero hay notables diferencias entre ambos.

Un clavo es un instrumento muy simple tanto en la forma como en el uso. Y subrayo lo de “simple”. Salvo en características como el tamaño, poco difieren unos de otros. Los hay más grandes y más pequeños, pero al fin y a la postre son una misma cosa. Otro tanto cabe decir de su funcionamiento. Su uso no requiere sutileza alguna, basta con golpear sobre su cabeza para que éste se introduzca en el material elegido en cada caso, siempre y cuando éste posea una dureza ligeramente inferior al propio clavo. Si el golpe no fuera suficiente, basta repetir la operación tantas veces como se considere oportuno hasta alcanzar los resultados requeridos. El instrumental necesario para tal operación tampoco requiere especial sofisticación; aunque preferentemente suele hacerse uso de un martillo, es posible realizar idéntica función con los instrumentos más variados: una piedra, un palo, un cenicero, etc. Todo depende del grado de “pensamiento divergente” que tenga el operario ocasional y que le permita transformar el objeto más insospechado en un elemento de fuerza con el que atizar sin reservas el consabido clavo.
Su extracción (difícil por otra parte) requiere de nuevo el uso de la fuerza; cuando aquélla es posible, siempre lo será en detrimento de la forma primigenia del artilugio, pues de habitual tal operación acaba descabezando o doblando ostensiblemente el artefacto, que sólo se enderezará de nuevo a base de golpes. En conclusión: los clavos son todos iguales; igualmente simples en su forma y en su utilización; basta aplicar con ellos un elemental mecanismo basado en la fuerza. Y una vez usados, se hace casi imposible su reutilización en condiciones óptimas y empleando de nuevo la fuerza.

Los tornillos, en cambio, requieren un estudio más detallado. Comparten con los clavos su variedad en el tamaño, pero su similitud se limita a eso. Existe una amplísima variedad de formas y características cada una de ellas diseñada específicamente para cumplir una misión bien diferente. Varían en el calibre, en el paso de rosca y, sobre todo, en su cabezal que establece de manera determinante qué especializado utensilio es necesario para su uso.
Existen tornillos de cabeza plana, redondeada, barraqueros, pavonados; a su vez, pueden ser de ranura lisa, en estrella, de tipo Allen o Torx; los hay roscachapa, tirafondos, spitz... con tuerca y hasta con contratuerca.
Cada uno de ellos, como digo, necesita de un utensilio que se adapte no solo en forma sino también en tamaño a sus características. De nada sirve un destornillador plano ante un tornillo de cabeza de estrella, pero de igual modo de poco sirve una llave Allen del 4 cuando el tornillo tiene cabeza del 6. Cualquier intento de utilizar una herramienta no indicada al tornillo acabará con la integridad del mismo sin haber conseguido el más mínimo resultado en la introducción del mismo allá donde se pretenda.
Por otra parte, la introducción de los mismos, en absoluto, requiere el uso de la fuerza que, en ocasiones, llega a ser, incluso, contraproducente al extremo de descabezar la pieza. Su uso requiere de la habilidad y no de la fuerza; son necesarios sutiles movimientos de muñeca a la vez que se ejerce una leve presión sobre el mismo. Una introducción demasiado rápida puede producir el sedado de la pieza y su consecuente fractura. Es, pues, necesaria su introducción a un determinado ritmo que vendrá determinado por múltiples factores circunstancialmente concurrentes: grosor, temperatura, dureza de la pieza y velocidad de introducción... En ocasiones, resulta más fácil la introducción cuando ésta se ayuda con cualquier material deslizante como la parafina, o bien se hace necesaria la operación previa de taladrar un agujero teniendo la precaución de que éste sea del grosor y tamaño adecuado, tanto del taco que se introducirá previamente como del tornillo que en él se introducirá. Si broca, taco y/o tornillo no se adecuan unos a otros la labor será infructuosa. Toda una odisea.
La extracción requiere de idéntica pero contraria habilidad y llevada a efecto como es preceptivo se conseguirá remover la pieza en idéntico estado que cuando se introdujo.
En definitiva: los tornillos son todos distintos, son más sofisticados en forma y en uso, están reñidos con la fuerza y requieren, en cada caso, de una herramienta diseñada al efecto que se adecue a sus características. Es decir, son elementos harto difíciles en su uso y las circunstancias pueden variar en cada momento.

Obviamente, no se les escapa al lector más avispado de quién hablamos cuando lo hacemos de clavos y de quién cuando lo hacemos de tornillos. Efectivamente, todos los hombres somos iguales e igual de simples. Sólo la fuerza tiene sentido cuando se trata con nosotros y no cabe ninguna especialización o sofisticación. Es lo que hay: cualquiera puede entender nuestro simple funcionamiento sin gran preparación. Somos clavos y punto.
Pero los tornillos, ¡oh, cielos, los tornillos! Quién no se ha visto en la situación de tener que usar un tornillo, ir a por el correspondiente destornillador y al proceder a su uso advertir que no, que no es aquel el utensilio adecuado; dar la vuelta y cambiar un destornillador plano por otro de estrella, pero al volver advertir con disgusto que no, que no es de ese tamaño, volver y rebuscar hasta darse cuenta de que ¡no tenemos el adecuado! Y se acabó el asunto.

Pero esa situación se repite hasta el infinito pues cualquier labor que nos propongamos hacer y que requiera el uso de un tornillo siempre será, cada vez, con un tipo diferente, que requerirá, claro está, unas nuevas condiciones, justo las imprescindibles para esa ocasión que no para la siguiente.
No creo que nadie dude que las mujeres son igualmente difíciles de tratar que los tornillos y que no todos los hombres tenemos las herramientas necesarias para el uso de todos los distintos tipos de tornillos. Nadie, en su sano juicio, pondrá objeciones al hecho de que cada mujer, como cada tornillo es diferente y que se requiere un tratamiento único y especial con cada una y en cada momento. Que lo que sirve para una no sirve para otra, que lo que sirvió para una en una ocasión puede no servir para ella misma para la próxima. Hay dudas quizás sobre la idea de existe una mujer distinta (aunque sea la misma) para cada situación.

En sólo una cosa las mujeres superan a los tornillos y es su capacidad de mutación.
En efecto, la mujer añade sofisticación a su condición tornillística gracias a su capacidad para transformarse ora en tornillo barraquero ora en roscachapa, de cambiar de cabeza de estrella o cabeza Allen. Circunstancia ésta, claro está, que complica sobremanera la cuestión pues cuando uno cree haber encontrado la forma y manera de “tratar” un tornillo conocido, de repente, éste varía su tipología y la herramienta que hasta ese momento servía ahora queda por completo fuera de lugar y uso. Ante nuestra frustración el tornillo "se retuerce" de risa o de furia que es peor. Vaya que si es peor.

Así, las cosas, a veces sueño con ser un tornillo. ¡Qué vida tan interesante! ¡Qué sofisticación! ¡Qué especificidad! ¡Qué prodigio de ingenio! ¡Qué maravilla! Y yo, aquí, un simple clavo igual a cientos y cientos de clavos más, sin nada que aportar. ¡Qué mala suerte la mía! Decididamente me quiero convertir en tornillo. Aunque... si no fueran tan retorcidos...






martes, 19 de agosto de 2008

La integración china


De unos años a esta parte, un nuevo tipo de establecimiento comercial ha entrado a formar parte de nuestras vidas para solaz de aquellos que gustan de zambullirse en la sociedad de consumo. A nadie sorprende ya encontrarse, en los mejores locales de la ciudad, un bazar chino.

Varias son las circunstancias que, en principio, llaman la atención de estos locales tan peculiares y que gozan de una sorprendente aceptación, únicamente explicable si atendemos a sus precios.

Dejaremos de lado las leyendas urbanas que rodean al colectivo chino en nuestro país. Leyendas que, sin empaque, se adentran de lleno en el escabroso y truculento asunto del canibalismo o bien rescatan una remozada versión del Sacamantecas que ahora, más acorde con los tiempos, se ha reconvertido en traficante de órganos. Asuntos ambos que por el morbo que suscitan bien merecerían un largo comentario que dejaremos para mejor ocasión.

Hay otras curiosas circunstancias que rodean estos bazares y que no son tampoco los horarios maratonianos, ni su gran tamaño y situación privilegiada, su versatilidad (uno encuentra desde paleta y caldero de playa para el niño hasta un recargador eléctrico de pilas) o su misceláneo abigarramiento.

Nada de eso. A mí me llama poderosamente la atención su nombre. Efectivamente, todos sin excepción escogen para su negocio un nombre de indudables resonancias chinas que incluso, en ocasiones, va escrito en caracteres originales. O es de suponer que eso es lo que significan esos extraños grafismos anexos al nombre en caracteres latinos. Nombres como “Hua Sing Po”, “Hi Suan Kiin” o “Toon Su Chin” ya no extrañan a nadie.

Sin embargo no conozco a nadie que cuando se dirige al correspondiente bazar de su barrio diga con naturalidad: “Voy a comprar un juego de brochas al Pong Chi Sua”; si no, “voy al chino de la esquina”. Sin entrar, por otra parte, en consideraciones sobre si estará o no abierto: tenemos la seguridad de que sí lo estará aunque sean las 2 de la madrugada. Otro cantar es: ¿quién puede necesitar un juego de brochas a tan intempestivas horas?

¿A qué se debe la elección de esos nombres? No digo yo que deban caer en el recurso facilón y llamarlos “La Flor de China”, “La Perla de Sanghai” o “La más Barata de Pekín” porque sonaría un poco antiguo. Ni que se decanten por algo tan pretendidamente chic como “Chino’s Bazar” o “Pequine’s Fashion”. Pero podrían elegir algo más propio del país y que fuera más pegadizo para los aborígenes, esto es, para nosotros.

Pongo como caso ejemplar aquella familia china que reconvirtió su negocio, un restaurante chino, en ¡una sidrería! y le puso por nombre el asturianísimo nombre de “Casa Lin”. En un paradigmático sincretismo, acertaron con algo autóctono sin renunciar a sus raíces mandarinas, toda vez, que el dueño atendía a tan escueto nombre. Pena es que tamaña audacia comercial no se viera acompañada por el éxito. La verdad sea dicha que aún existen muchos prejuicios entre los sidreros y uno de ellos es que no ven con buenos ojos que les eche un culín (Ku Lin) una joven nacida a la sombra de la portentosa muralla. Pero ese es otro tema y merece comentario aparte.

Tengo yo para mí, que esto de la elección del nombre es una muestra más de la proverbial falta de integración de la comunidad china en España, en general, y en Asturias, en particular. Efectivamente, raro es ver a un chino tomando un culín de sidra mientras da cuenta de una ración de bígaros, o a los mandos de un utilitario cagándose en la “madle que palió” al taxista que le cerró el paso. Raro es verlos quemándose “les pestañes” en la foguera de San Xuan, o dando una vueltina por el Muelle de Oriente paseando a los críos por muy del oriente que sea.

Sus bazares son su hogar; son su pequeña china. Ellos están allí en su país, no en el nuestro, y seguramente esperan que por la puerta entren sus paisanos de rasgados ojos y no los ojipláticos autóctonos. De ahí que el nombre de afuera sirva de reclamo a los chinos, no a los españoles que no atienden ni atienden lo que allí está escrito y menos cuando lo escriben en su propia lengua. Sabremos que un chino está integrado cuando cambien el rótulo de su establecimiento.

De esta conclusión se desprende un hecho altamente positivo, especialmente para aquellos que adoptan a una niña china y que últimamente son legión. Se cuenta que muchos de estos esforzados y admirables padres, con el fin de que sus hijas no olviden el poco o mucho chino que saben cuando llegan y con evidentes muestras de pensar en su futuro, las llevan a clases de chino.

Pues bien, está bien pensado pero no hace falta el esfuerzo económico de unas clases particulares. Puesto que los bazares chinos son, como hemos visto, una parcelita de China en España, podrían reconvertirse (sin renunciar a su proverbial espíritu mercantil) en guarderías donde las nuevas españolitas podrán empaparse de la cultura china sin salir de nuestro país. Además, se cuenta con la ventaja del horario: los padres no sólo podrán dejarlas durante el horario laboral sino que pueden salir a cenar y, después de la espuela, pasar a buscar a su niña y, de paso, comprarse el juego de cuchillos que tanto necesitaban y que se les había olvidado comprar por la mañana.