jueves, 23 de marzo de 2017

La gallina áfona

Antes de entrar en materia, me considero obligado a hacer una advertencia:  lo que a continuación se detalla puede que no sea del agrado de un amplio sector de la población asturiana. Puede que alguno vea herida su sensibilidad o menoscabadas sus sacrosantas creencias nacionalistas. Me refiero, en concreto,  a todos aquellos que ven en el folklore uno de los baluartes más sólidos de la idiosincrasia astur y en especial a los amantes de la música asturiana en general, y a los diletantes de la gaita en particular. No es la primera vez que desde este foro realizo aseveraciones que son ciertamente controvertidas por atentar contra una de las cosas más sagradas: el sentimiento patriótico astur.
Por ello, debo decir que lo siento y me adelanto a pedir  disculpas de antemano.

El hecho es que,  desde siempre, cada vez que veo una gaita me recuerda a una gallina. Qué le voy a hacer, no puedo evitarlo. Y no lo digo por el sonido que emite la una y la otra, que poco o nada tiene que ver; lo digo por la cresta.
En efecto, no se me negará que el fuelle de la gaita, en especial si es del tradicional color rojo (no las mariconadas que ahora se ven por ahí), tiene cierto  parecido a la cresta de una gallina. Y no digamos con la de un espléndido y pletórico gallo.
Digamos que el fuelle sería,  a mi entender, como un crestón gallináceo de tamaño antediluviano.
Pues bien, esta singular apreciación personal, con el paso del tiempo, ha ido conformándose en mi interior de manera tal que devino en una consideración análoga pero inversa. Me explico: en un proceso elucubrativo bastante natural, según mi entender, pasé de ver la gaita como una gallina a ver una gallina como una gaita.
Así las cosas,  es ver una gallina y me imagino a un paisano vestido de porruano ejecutando el Pericote, el Xiringüelu o  la jota de Pajares.

Pero la cosa no quedó ahí. No sé en qué momento empezó a torcerse algo en mi cabeza y apuntó a germinar en ella una peregrina idea que, con el paso del tiempo, dio en obsesionarme: ¿Sería posible inflar la cresta de una gallina? Me refiero, y siguiendo con la analogía, a que igual que se infla el fuelle de la gaita, de igual manera se inflara el apéndice de la testuz de la citada ave.
Pues bien, he concluido que sí. Pero esto es una aseveración bastante arriesgada que habría de demostrar empíricamente,  claro está, en aras de satisfacer de forma adecuada el procedimiento científico.

Al igual que, tras un larguísimo período de evolución, las alas de las gallináceas fueron perdiendo su función y privaron a estas aves de la enviada virtud de volar. Así, de manera análoga, habría pasado con su cresta. Desconozco qué función era realmente la que tenía este órgano pero es evidente que ya no la ejerce pues salta a la vista que no le  sirve absolutamente para nada. Más allá de que, en ciertas partes de la geografía nacional, tengan el dudoso gusto de servirlas como aperitivo que acompaña el vermú dominical.

Todos hemos oído decir que las aves, junto con los reptiles,  son los animales más próximos a los desaparecidos dinosaurios. Y todos hemos visto en el cine (o en los documentales de La 2) cómo alguno de estos bichejos hacía uso de ciertas membranas que, mediante algún tipo de resorte, se ponían enhiestas con el fin de asustar y/o sorprender a sus depredadores o presas.
Pues bien, tengo yo para mí que la cresta de las aves es un vestigio de una de estas membranas que, debidamente infladas cual si fuera la papada de un sapo, cumpliría la misión antes descrita. Pero, al igual que estos animalitos de Dios perdieron la capacidad de volar habrían perdido la de inflar su cresta. Pero inflable lo es o debería serlo.

Y ahora viene la siguiente cuestión: ¿cómo? Es decir, para poder confirmar esta mi tesis habría que proceder a inflar, de algún modo, la cresta. La tarea no es baladí y debo decir que le he dado bastantes vueltas hasta que al fin supuse que lo lógico sería soplar por el pico hasta conseguir un inflado satisfactorio. Más o menos, habría que proceder de forma semejante a como se hace en una técnica de reanimación boca a boca. Pero en este caso de "boca a pico".
Antes de poner en práctica la hipótesis, más que nada por la carencia de una gallina, decidí dar a la cuestión una vuelta más  y repasé una vez más la analogía con la gaita.
En efecto, al soplar el fuelle del instrumento, una vez inflado por completo el aire debe salir. De hecho ese es el postrero fin de la acción primaria, obteniendo como resultado, como no se le escapa a nadie, la consecuente melodía musical.
Pero aquí es donde se produce una significativa variación en la analogía seguida hasta el momento. Exacto, existe una discrepancia manifiesta en el fin, aun cuando los medios sean los mismos. En caso de la gaita, el fin es el sonido; en el caso de la gallina, obviamente, no. En este último caso, el fin no va más allá del pretendido inflado de la cresta. Luego para evitar el sonido, considerado como un fin último indeseado, habrá que evitar la salida del aire.
¿Cómo? Pues fácil, procediendo a taponar todos los orificios por los que el aire suministrado a la gallina pudiera salir.
Pero, esto plantea dos importantes consideraciones, una buena y otra mala. La buena, es que la gallina es un animal fisiológica y anatómicamente bastante simple. La mala es que, precisamente por ello, el número de orificios a considerar se reduce exclusivamente a uno.
Esto es una mala noticia pues para poner a prueba la hipótesis considerada  es necesario que a al tiempo que se sopla por el pico de la gallina, simultáneamente, hay que proceder a introducir un dedo en el único orificio por donde puede escaparse el aire, consiguiendo de esa manera el inflado de la cresta en cuestión.

Bien se sabe que la ciencia experimental obliga a ciertos sacrificios de los que está libre la mera especulación teórica. Pero todo sea por la ciencia. Pienso poner a prueba mis conjeturas la próxima vez que tenga a mano un gallina aunque. Pero,  por si acaso, procuraré llevar a efecto la maniobra necesaria alejado de miradas curiosas que puedan malinterpretar la acción que, sacada torticeramente de contexto, podría poner en evidencia al más reputado de los científicos.

Sé que el alcance de estas líneas en bastante moderado y por tanto la difusión de mi pretensión no será grande. No obstante, prefiero que quede constancia por escrito de mi pretensión de llevar a cabo una maniobra bastante singular a ojos vista de un espectador ignorante de propósito científico que se persigue.
Así pues, si algún día ven o les llega noticia de que alguien vio o creyó ver a un sujeto intentando hacer sonar a una gallina cual si fuera una gaita, recuerden lo que aquí queda escrito y no den rienda suelta a su primer impulso que imagino no será otro que el de llamar a un manicomio.
Otrosí, siempre que emprendo este tipo de peculiares prácticas pienso en la Arqueología. Quiero decir, a menudo, no somos conscientes de que nuestro presente, será pasado. Y el pasado, será "muy pasado". Tanto que lo que "ahora" es el "ahora" en un futuro muy lejano será un resto arqueológico y, en consecuencia, objeto de estudio por sesudos científicos que, como ahora, tratarán de sacar conclusiones a partir de unos mínimos vestigios descubiertos por azar.
 Y es que el azar es muy puñetero y la imaginación humana demasiado libre y disoluta.
Supongamos que se diera la circunstancia de que se desatara un súbito terremoto y éste desencadenara un movimiento de tierras que de forma malhadada me dejara sepultado justo en el preciso instante en que yo (repito que en aras de la ciencia) estoy realizando la peculiar maniobra de soplar por el pico de una gallina mientras tapono con un dedo su orificio anal.
Si, por añadidura, se dieran las condiciones que, al parecer, son necesarias para que se produzca una fosilización y tanto la gallina como yo pasásemos a un mero vestigio pétreo ya estaría montado el cisco.
La imagen plasmada sobre la piedra de un ancestro homínido intentando hacer sonar una gallina puede dar a sabe Dios qué interpretaciones en la calenturienta y libérrima imaginación de un arqueólogo.

Así las cosas, estoy planteándome  seriamente el llevar a efecto  la comprobación empírica de mi tesis no vaya a ser que, tanto una mala interpretación de un coetáneo como de un futurible observador, ponga en tela de juicio mi buen nombre aunque sea después de muerto. Y de la gallina, por supuesto.

jueves, 28 de abril de 2016

El Clan del Machacador

A horcajadas sobre aquel muro y con aquellas dos fieras lanzándome dentelladas que a duras penas podía esquivar, fue cuando empecé a replantearme mi idea de hurgar en mi árbol genealógico.
En circunstancia tan aciaga y a la espera de que alguien oyese mis demandas de auxilio, maldije una y otra vez el día en que se me ocurrió la peregrina idea de buscar por toda Asturias una posible parentela siguiendo el rastro de las andanzas de mi abuelo Pedro.
En efecto, había iniciado yo meses atrás una indagación que llevaba años proyectando. Y todo por satisfacer una curiosidad avivada en mis adentros por los comentarios familiares sobre una eventual progenie secreta que mi abuelo habría dejado esparcida por distintos puntos de la geografía asturiana.
Mi abuelo era "machacador". Quiero decir que manejaba una machacadora. Hablando con propiedad: una apisonadora. Esto es, por aquella época, una enorme máquina de vapor con la que se apisonaba el firme de las carreteras a las que luego se echaba un riego asfáltico.
Para precisar aún más diré que mi ancestro era funcionario de obras públicas de la extinta Diputación de Oviedo (léase, Asturias), con el cargo de oficial maquinista de maquinaria pesada. Y su trabajo consistía en alquitranar distintas carreteras repartidas por toda la provincia.
Pero en el ámbito familiar siempre nos referíamos a mi abuelo como Pedro, el de la machacadora, o simplemente el "machacador". Pero, al parecer, era tal su dedicación a aquel singular oficio que lo ejercía incluso fuera de su horario laboral. Esto es, "machacaba" también en sus ratos libres. Es por ello que, según fui creciendo y adquiriendo más consciencia del mundo que me rodeaba, empecé a notar un cierto retintín cuando se referían a él de esa manera.
Más tarde, fueron haciéndome partícipe a mí también, entre cuchicheos y murmullos, de lo que era un vergonzante secreto a voces dentro de mi numerosa familia: mi abuelo era un mujeriego de tomo y lomo, y al parecer con bastante éxito. Característica esta que bien me hubiese gustado heredar a mí, pero no. Heredé otra, de la que luego hablaré, que no me dio ninguna satisfacción, antes al contrario.
Pues bien, como quiera que, por cuestiones laborales, debía desplazarse a lugares bastante alejados de su hogar, se veía en la necesidad de pernoctar fuera de casa a lo largo de la semana. Ante la imposibilidad, en aquella época, de encontrar alojamientos hoteleros dignos de tal nombre, solía encontrar acomodo en casas particulares donde, tras un precio pactado, gozaba de la hospitalidad de la familia de turno.
Al parecer, gracias su atractivo personal, la hospitalidad de la que era objeto, a menudo era de amplio espectro, es decir, que era frecuente que durante su estancia alcanzara el estatus de miembro de la familia de pleno derecho lo que le confería permiso para meterse en la cama con alguna de las mujeres de la casa y gozar de una sobremesa (más bien, sobrecama) bastante gratificante y provechosa.
Así las cosas, si tenemos en cuenta que el acondicionamiento de las carreteras avanza camino alante con el tiempo, él iba cambiando de alojamiento según avanzaba la obra. De manera que iba esparciendo sus genes, de manera totalmente altruista, a lo largo de toda la carretera. Al igual que los marinos tienen una novia en cada puerto, mi abuelo tenía amantes ocasionales en cada uno sus lugares de pernocta; amantes a las que, en no pocas ocasiones, dejaba, como regalo de despedida, una incipiente preñez.
Los fines de semana volvía a su casa pero no por ello olvidaba su esmerada dedicación a su labor. Fruto de esa dedicación, también en casa dejó constancia de su fertilidad en forma de doce hermosos hijos (e hijas), una de las cuales, a la postre, dio en ser mi madre.
No era infrecuente que, en las reuniones familiares, cuando el alcohol desataba las lenguas, se comentara, más o menos jocosamente, que la estirpe de nuestra familia debía estar esparcida por toda Asturias. Y siempre había alguien que proponía la peregrina idea de localizar a todos los hijos secretos de mi abuelo y reunirlos en una convención mundial de hijos del "machacador". Mi imaginación se desataba entonces y me parecía ver ya una enorme pancarta anunciando el fastuoso evento: "I Convención Mundial del Clan del Machacador".
Pues bien, decidí ser yo quien diera un paso adelante y me fijé un objetivo: encontrar a mis ignotos parientes; carne de mi carne; a la postre, ¡mi familia!
Para ello tracé un plan y una metodología adecuada para su ejecución. Sabía durante qué años mi abuelo había ejercido su profesión, así que bastaba recurrir a los archivos de la antigua Diputación y determinar qué carreteras habían sido objeto de alquitranado durante aquel período. Esto delimitaría el ámbito de actuación y centraría la búsqueda.
Mayor problema planteaba, sin embargo, el trabajo de campo. ¿Cómo identificar sobre el terreno a los posibles candidatos a ser miembros del clan familiar? Pues bien, se me ocurrió que precisamente otra peculiar característica de mi abuelo, esta de carácter fisonómico, y que habíamos heredado casi todos sus descendientes (y en esta sí que me incluyo) serviría de indicio. Esta característica física no era otra que la de un remolino de pelo en la nuca que me planteó (y plantea) no pocos problemas a la hora de ir a la barbería. Pero esa es otra historia que contaré en otra ocasión.
Obviamente, la población objeto de estudio se movía en una determinada horquilla de edad lo cual también contribuía a reducir considerablemente la búsqueda de los individuos.
Eso era todo lo que tenía, un ámbito geográfico de estudio y un procedimiento para identificar a los candidatos. Bastaba pues, caminar a lo largo de una determinada carretera, entrar en las casas aledañas y preguntar, lo más amablemente posible, si podrían darse la vuelta y enseñarme su nuca. Tal vez, suene un poco descabellado, pero mi determinación era tal que me pareció suficiente como punto de partida para principiar tan audaz tarea. Todo ello en pro del reunir al "Clan del Machacador".
Empecé mi estudio por una carretera que iba de Pravia a Salas, pasando por Malleza. Y debo decir que advertí, con sorpresa, que la gente era más amable de lo uno se cree pues a la petición de: "¿Sería usted tan amable de mostrarme su nuca". La mayoría de las personas, aunque un poco extrañadas, colaboraban sin mayores reparos.
Bien es verdad que, generalmente, solía darles una explicación que venciera posibles reticencias. Por supuesto que no era la razón verdadera, utilizaba lo que, metodológicamente se da en llamar una "máscara". Así, les contaba que estaba realizando un estudio patrocinado por la Universidad de Oviedo y desarrollado por el Departamento de Genética Capilar de la Facultad de Biología, consistente en determinar si había una correlación significativa entre la morfología del bello del pestorejo y la estructura fenotípica atribuida a la población autóctona asturiana considerada como paradigma. Estudios más peregrinos se han visto, la verdad.
Una buena apariencia merced a un traje oscuro; una carpeta y un bolígrafo en la mano y cierto aplomo y circunspección al pronunciar terminología aparentemente científica obran milagros. Así que, aunque los resultados no fueron, en principio, prometedores no me desanimé.
Sin embargo, la cosa se torció: empecé a tener experiencias desagradables. Como el estudio debía hacerlo en mis ratos libres pasaba cierto tiempo entre las tandas de entrevistas, así que imagino que debió correrse la voz de que andaba por la zona un personaje raro haciendo preguntas extrañas y mi suerte cambió.
Antes de que encontrara a algún posible pariente me vi envuelto en situaciones un tanto embarazosas. Y al final, allí terminé subido en aquella tapia con dos enormes perrazos comiéndome uno un zapato y el otro la carpeta, mientras, oculta tras los visillos de una ventana, veía a la dueña de la casa esperar acontecimientos que yo imaginaba bastante trágicos.
Aquella noche cuando, maltrecho, llegué por fin a casa tomé la decisión de abandonar. Tras mucho cavilar concluí que, tal vez, mi abuelo "El Machacador", desde su tumba había ejercido una malévola influencia para que sus "clandestinas andanzas" no salieran a la luz. Incluso, aquella misma noche, soñé que me gritaba desde su machacadora y su voz se perdía entre el estruendo de aquella mastodóntica máquina infernal, pero, a duras penas, logré entender que me decía: "Lo que pasa en la carretera, se queda en la carretera".
Así sea, pues.

viernes, 22 de abril de 2016

MAYITO

Tenía Mayito por entonces, ocho años. "Ocho y tres cuartos" protestaba él. Y aquella mañana era la primera de vacaciones en el pueblo, con todo el verano por delante.
 Desde la cama le despertó el insistente sonido de unos golpes en la habitación. Permaneció adormilado y acurrucado en colchón un buen rato sin saber muy bien dónde estaba. Hasta que escuchó refunfuñona la voz de su abuela que le llamaba desde el piso de abajo. La voz se acompañaba, de nuevo, por aquellos golpes: era la escoba golpeando el techo de la cocina que daba justo debajo de la cama.
Abrió los ojos y por las rendijas de la contraventana vio que el sol de junio brillaba con esplendor. Dio un salto y se arrojó de la altísima cama; se vistió lo más aprisa que pudo y se tiró escaleras abajo hasta la cocina. Allí estaba su abuela trajinando de aquí para allá. En la mesa tenía un gran tazón de leche y un plato con rebanadas de pan de hogaza untadas de natas con azúcar por encima.

--¿Ya marcharon a la yerba? --Preguntó inquieto y aún con voz de sueño.
--Cuántu ha ya, alma cándida --replicó la abuela--. Qué crees, ¿qué van a estar esperándote?
--Y... ¿que fueron, a La Campa?
--P'allá tan, sí. Nel práu Cristales, ¿acuérdeste ónde ta?
--Sí, sí. Bueno, pues marcho -- dijo Mayito y arrancó en dirección a la puerta.
--Hey, hey, hey. ¿Ónde va el señoritu? --protestó la abuela--. Enantes, desayuna.
--Pero...
--No hay pero que valga. Desayuna lo primero. Luego coges el abrigu y subes si quies. Pero lo primero ye lo primero. Y si non vas a faceme casu, vuelves a Xixón con tu ma. ¿Tamos?

Mayito sabía que su abuela no se andaba con bromas así que, a regañadientes, volvió sobre sus pasos y, sin sentarse, apuró el tazón de leche de un sólo trago. Limpió el bigote blanco con la manga y dio un par de enormes mordiscos a una de las rebanadas, cogió la otra y se puso en marcha de nuevo.
La abuela, sin darse la vuelta, pues la condenada "debía tener ojos en la nuca", le gritó de nuevo:

--¡El abrigu!
--¡Pero si ye verano, güelita!
--Ye lo mismo. Después, póneste malu y échenme a mí la culpa. Tú llévalu por si acasu, que nunca se sabe. Y nun hay más que hablar. ¡Coyme col dichosu guaje!

Con resignación, descolgó el abrigo del perchero. Metió sólo una manga pues en la otra mano llevaba aún una rebanada y salió a toda prisa camino de La Campa dejando a su abuela hablando sola en la cocina.
No bien había corrido unos metros se encontró con el primer barrizal fruto de la lluvia de la recién acabada la primavera.

--¡Meca, los chanclos!

Volvió de nuevo a la casa y allí estaba su abuela con los chanclos en la mano. Aquella mujer estaba en todo.

--¿Ónde ibes tú d'alpargatines? ¿Ónde crees que tas, en Xixón? Tas buenu tú. Un día vas a olvidar la cabeza.

Calzó los chanclos casi sin detenerse, terminó de poner bien el abrigo y arremetió caleya arriba en busca de los mayores. No estaba cerca, ni era cómodo el camino, pero no había cuesta tan pina que frenara su afán por llegar. Así que, en no más de media hora, estaba en la llanada de La Campa, sudando a mares, más por el abrigo que por la cuesta. Media docena de personas estaban afanadas en voltear y cargar la yerba y apenas si repararon en su llegada.

--Ya toy aquí, tíu. --gritó.
--¡Coño!, salió el sol. ¿Pegáronsete les sábanes, ho? ¿Qué vienes, a echanos una mano, manguán?
--Sí, ¿qué hago?
--Mira ver de iguar un ingazu y apaña es yerba de por ahí, anda.
Recorrió toda la finca con la vista en busca de un rastrillo pero nada vio. Fue hasta donde estaba el carro y tampoco.

--Oye, Marcelino --gritó a su tío-- no encuentro con qué trabayar.

Marcelino, dejó un momento la tarea, se incorporó, quitó el pañuelo anudado a la cabeza y pasó su antebrazo por la frente.

--¿Nun atopes l'ingazu? Mira, vas facer una cosa --dijo en un tono de voz que puso sobre aviso al resto de los presentes que, conocedores del percal, de inmediato repararon en que se fraguaba una burla de las de Marcelino. Así que detuvieron también su quehacer y atendieron a ver qué tramaba.

--Como nun hay ingazu --prosiguió-- vas tener que facelo con escoba. Y como aquí tampocu la hay, baxa hasta casa tu güela y pide-y una ¿oyes? Luego, subes otra vez. Di-y que te dea la escoba de la cuadra pa barrer el práu. ¿Oyístilo bien? Pues hala.

No había acabado de hablar cuando Mayito ya estaba corriendo camino abajo como una flecha en busca de la escoba.

--Estos guajes de la ciudá tan sin malear --comentó Marcelino meneando la cabeza y saboreando ya los comentarios que iba a dar la broma al volver a casa. Y siguió con la tarea, mas no pudo menos que sonreír imaginando la cara que iba a poner la abuela del chaval cuando le fuera con aquella ocurrencia.

La bajada, obviamente, resultó más llevadera, aun así aquel dichoso abrigo con que su abuela le mortificaba le traía a mal traer, pero no lo quitó pues, si llegaba a casa con él en la mano, temía cuál podía ser su reacción.
Empezó a gritar cuando aún faltaba un buen trecho para llegar:

--¡Güelita, güelita! La escoba.

Un poco alarmada, la abuela se asomó desde el corredor y vio venir al chaval al galope.

--¡Non pegues voces, rediós, que ya t'oyí! ¿Qué pasa? ¿Qué quies?
--La escoba. Díjome Marcelino que me dieras la escoba de la cuadra.
--¿Y pa qué quier el mi fíu una escoba, si pué sabese?
--No. No. Ye pa mí. Ye pa barrer el práu. Ye que no tienen ingazu que dame. Y no tengo con qué ayudalos.

La abuela, una vez recuperada de la ocurrencia, no sabía si reír o llorar. Tratando de mantenerse seria y oficiar como corresponde a su condición de abuela cascarrabias, dijo:

--¡Válgame Dios! Pero... tú ¿qué tas fatu, fíu? ¿La escoba? ¿Ónde se vio? ¿Pa barrer el práu? Venga p'arriba otra vez. Y di-y a tu tíu  que si ta ociusu. Que cuando baxe voy coger la escoba y voy davos encima'l llombu  a ti y a él. ¡A los dos!
--Pero... --protestó Mayito.
--Nin pero nin pera. Y como nun marches p'arriba ahora mesmo póngote a carretar cuchu toa la mañana. ¡Corre, p'allá! Home, ¿cómo lo pasará tu tíu? Una escoba. Voy da-y yo... --Y volvió a entrar en la casa refunfuñando, como siempre.

Mayito quedó de piedra mirando para arriba, al corredor, sin entender muy bien lo que pasaba, aunque empezó a sospechar que Marcelino le había tomado el pelo. Pero antes de marchar gritó a su abuela:

--Güelita, ¿puedo dejar aquí el abrigu? Haz muchu calor.
--Que no --gritó su abuela desde dentro con enfado--, ni se te ocurra. Y como me entere yo de que lu quites, vas llevales. Recoña... Esti condenáu rapacín...

Y otra vez volvió, Mayito, caleya arriba todo lo rápido que la fatiga y el abrigo le permitían.
Cuando lo vieron venir de nuevo, esta vez todos dejaron de trabajar para asistir a la mofa del tío Marcelino.

--¿Ú ta la escoba, rapaz? --dijo muy serio.
--No quiso dámela --replicó el chaval un poco sorprendido por la seriedad de su tío--, y dijo que nos iba a dar a ti y a mí con ella.
--¿Que no te la dio? Home... lo que me faltaba. Paezme a mí que lo quier tu guela ye que nun trabayes. Claro, como sabe que yes un señoritu, nun te la quiso dar pa que nun te cansares trabayando. Bueno, pues si ella nun quier que trabayes, nun voy a ser yo quien-y lleve la contraria, que buena ye. Así que, anda, siéntate ahí onde'l carru y descansa puquiñín, que tarás frayau.

Un poco descorazonado y efectivamente cansado, Mayito optó por seguir el consejo, aunque de mala gana.

--¿Nun tienes muchu calor con esi abrigu, guaje? --añadió Marcelino más tarde con mucha sorna.
--¡Jolín! Toy asau. Pero díjome güelita que ni se me ocurriera quitalu.
--Y sede. ¿Nun tienes sede? Bebi un poco de la bota que ta debaxu'l carru, ho.

La novia de Marcelino, Rosa, que estaba ayudando en la tarea, murmuró escandalizada mirando para él:

--Marce... que ye vino, ho.
--Déxalu, a ver qué fae. Qué dañu-y va hacer, muyer.

El chaval fue directo al carro, cogió la bota e intentó echar un trago lo mejor que pudo. Como no estaba él muy puesto en aquello de la bota, echó más vino por la pechera del abrigo que en el gaznate pero algo bebió. Y como estaba fresco no le desagradó demasiado.
Su tío miró para su novia con una risa reprimida comentó:

--Esti guaje ye la de Dios.
--Como se entere tu madre, mátate --sentenció la novia.

El chaval sentóse al sol apoyado en la rueda del carro y allí estuvo un rato. Cuando tenía sed, y como tenía el permiso del tío, cogía la bota y se aplicaba un buen trago al coleto.
Así que, entre el sol, el abrigo y el vino, se apoderó de él un terrible sopor y entró en un estado de letargo del que le despertó Marcelino tras un buen rato.

--Qué, guaje. Tas cocíu, ¿eh? Venga vamos pa casa a comer. ¿Tienes fame?

Iniciaron la marcha cuando el sol estaba ya en todo lo alto y durante la bajada el tío no dejó de meter cizaña:

--¡Ay, guaje! Con esti calor y tú con esi abrigu... Vas cocer. ¿Cómo nun lu quites, ho? Mira que hace-y casu a tu güela. Claro, como ella nun tien que llevalu. Si fuera yo, iba a ponelu... Tiénlo claro. ¿Cómo lo pasará? Menudu calorón... Esto ye fuego. Oye, y tú en tu casa, en Xixón, ¿andes tamién con esi abrigu puestu? ¿Vas a la playa con él, ho? Vaya cruz. Mira p'ahí que sudá lleva... Nun ye de creer. --Y seguía ahondando en la herida con toda la sorna del mundo.
--Déjalu en paz, Marce --decía la moza-- nun seas pesáu. ¡Probe...!

El chaval los seguía a ambos mudo y un poco mareado; con unas ganas horribles de deshacerse del puñetero abrigo.
Cuando llegaron a la antojana de casa, Marcelino, acabó sentenciando:

--Oye, Mayito. Ahora que nun te ve tu güela, quita esi abrigu, ho. ¡Qué coño! yo que tu quitábalu ahora mesmo y picábalu col hachu. Cagón ros... Mayito, ¿a qué esperes? Si, además tiéneslu tou manchau de vino; como te lu ve tu güela, cobres... Dafechu.

El chaval miró a su tío con cierta incredulidad, pero entre la seriedad con lo que lo decía, el mareo que tenía encima y calentón que tenía en la cabeza, no lo dudó más. Desembarazóse del abrigo con decisión, lo puso sobre el tronco de cortar la leña, agarró como pudo el hacha de la abuela y allá, mal que bien, se lió a hachazos con el dichoso abrigo.

--Di-y que pare, Marce --dijo Rosa-- que va a matalu tu ma.

Marcelino la miró con la con aquella sorna tan suya y no hizo más. Cuando el abrigo ya estaba lo bastante troceado, pese a lo cual el chaval seguía empecinado con el hacha, Marcelino se asomó a la ventana de la cocina donde estaba su madre ultimando la comida.

--Oye, mama ¿mandaste-y al guaje que picara leña?
--¿Entós? Por qué lo dices. Yo no-y mandé na. ¿Qué ta faciendo?
--Nun sé, pero... ta ahí, day que day al hachu que parez que ta endemoniau.
--¿Qué ye, ho? Ya-y dixe que nun lu quiero ver col hachu, eh --dejó todo lo que estaba haciendo la abuela y salió a la antojana secando las manos al mandil.

Cuando vio al nieto, como un poseso, destrozando el abrigo con el hacha creyó morirse.

--Pero... ¿qué tas faciendo, Mayito? Yo mátolu. Mira p'ahí que estropiciu de abrigu.

Y según dijo eso cogió de la puerta de casa una de las varas de avellano de las de guiar el ganado y arremetió contra el zagal. Y si no fuera porque se interpuso Marcelino, a buen seguro que se la hubiera roto sobre el lomo.

--Pero, mama como-y vas a dar con la guiá, ¿tas lloca, ho? --dijo Marcelino aguantando la risa.
--Belarmina, muyer, tranquila que seguro que tien arreglu --se le unió Rosa a parar el envite.

A todo esto, el chaval viendo venir a la abuela enfurecida y temiendo por su integridad, soltó el hacha y echo a correr caleya abajo.
La abuela lloraba:

--Mira p'ahí que traces de abrigu. Y ahora que-y digo yo a la madre. ¡Cojona! col rapacín. Yo mátolu. ¡Mátolu! Voy a arranca-y les oreyes en cuanto aparezca por aquí. Será castrón...

Y mientras Rosa trataba de consolar y tranquilizar a la abuela, Marcelino salió en busca de Mayito que había puesto tierra de por medio, mucha. Pero no dio con él por más que buscó. Y así estuvo perdido el resto del día.

Lo encontró Rosaura, la del Poyeu, de la que iba para casa a eso de las diez de la noche, agazapado detrás un lavadero por la zona de Amandi.

--¿Qué faes ahí, rapaz? ¿Tú nun yes el nietu Palmira, ne? ¡Ay madre, tas fríu como un merucu! ¿Qué faes que nun vas pa casa?
--Ye que quier matame mi güela. --sólo acertaba a decir el chaval.
--Nun te apures, hombre. Vienes conmigo y verás como nun te fai na. Anda, avérate a mí que tas tiritando, fíu.

Costó trabajo convencerlo para que volviera a casa, pero el cansancio, el hambre, el frío y el miedo a la noche le hicieron claudicar aun a riesgo de las temibles consecuencias de su tropelía.
Mal había empezado las vacaciones y pese a que no era del todo consciente de haber hecho algo malo pues, al fin y al cabo, lo que hizo fue obedecer a su tío, se prometió a sí mismo enmendarse en lo sucesivo. Difícil tarea, no obstante.
La abuela ya había digerido parte del atragantón y, aunque un poco preocupada, sabía que el chaval terminaría apareciendo pero también estaba segura de aquella había sido la primera travesura del verano pero aún quedaban muchas más. ¡Qué verano le esperaba! Así que con resignación pensaba para su adentros:

--¡Ay, Mayito, Mayito! ¡Menuda pieza tas hechu!

jueves, 20 de agosto de 2015

Livingstone

Encontrar una ciudad no africana que esté habitada casi en exclusiva por negros es bastante peculiar. Perdón, quise decir habitada por señores de color. ¿De qué color?: negro.
Como digo resulta bastante extraño. Se dice que Atlanta, en Estados Unidos, o Cienfuegos, en Cuba, tienen un alto índice de personas de esta raza entre sus habitantes. Pero que, de forma casi exclusiva, constituyan el total de la población es bastante raro. Más raro es aún si esa ciudad está en Centroamérica.
Si además esa ciudad, pese a no estar en una isla, sólo es accesible por mar al carecer de carretera o aeropuerto que pueda considerarse tal, entonces es más peculiar aún.
Pues, en efecto, esa ciudad existe; se llama Livingstone. Su nombre parece más propio de un país anglosajón o puede que africano como recuerdo del ilustre explorador escocés.
De hecho existen ciudades homónimas en Luisiana, Alabama o Texas en Estados Unidos, y también en la africana Zambia.  Pero como dije esta ciudad está ubicada en el centro de América, concretamente en Guatemala y es algo tan distinto que se diría es un mundo dentro del mundo.
Se trata de una pequeña ciudad asentada en el extremo de una poco pronunciada península en la desembocadura del río Dulce. Dos mares la aíslan del mundo: uno azul, el Caribe y otro verde, una impenetrable selva tropical.
Apenas cuenta con unas cuantas calles asfaltadas sin apenas coches; ¿para qué? si no pueden ir a ninguna parte. El resto son callejas todas ellas flanqueadas por casitas de madera un tanto destartaladas con diminutos porches donde enormes matronas negras, de celosa intimidad (¡fotos no, fotos no!), se balancean en pesadas mecedoras mientras contemplan como enjambres de críos semidesnudos se rebozan en el polvo con la excusa de algún juego.
La calle principal, por así decir, está bien surtida de establecimientos hosteleros donde los turistas tratan de aliviar el calor ahogándose en cerveza mientras contemplan el ir y venir de los lugareños y de otros turistas. Éstos arrastrando sus cámaras prestas al disparo; los otros, arrastrando las chanclas perezosamente mientras acarrean los más peregrinos objetos. Eso es todo lo que ofrece la ciudad. Eso y una agitada vida nocturna en garitos salidos de un anuncio de ron. Las mañanas resacosas tienen el alivio de unas playas largas y estrechas donde tumbarse a la sombra de cocoteros que se inclinan inverosímilmente sobre las olas como si quisieran darse un chapuzón.
Al parecer el origen de esta ciudad está en el asentamiento que fueron haciendo los esclavos negros (de color) que en su día decidieron recuperar su libertad aun a costa de verse atrapados en tan aislado lugar. Este tipo de leyendas, ciertas o no, resultan difíciles de creer pues si los escapados sabían a dónde acudir, es de suponer que los esclavizadores también sabrían del lugar por lo que sólo tendrían que pasarse por allí de vez en cuando a recuperar "sus posesiones". En fin, no seré yo quien ponga en duda la historiografía de nadie.
Sea como fuere, se comenta en la ciudad que ese áurea de aislamiento, de confinamiento más bien, resulta ser el mayor atractivo de la ciudad. De esta manera, con el paso de los años ha ido recalando por allí, con el fin de "perderse", la más variada fauna de personajes.
Allí recalan "hippies" trasnochados en busca de paz (y amor), místicos que buscan encontrarse a sí mismos (tras hacer el Camino de Santiago y no conseguirlo), ejecutivos agresivos que vieron la luz tras leer un libro de autoayuda, perroflautas malavaristas que buscaban nuevas experiencias, lectores de Claudio Coello y Jorge Bucay que perdieron el poco juicio que tenían tras meterse entre pecho y espalda las obras completas de ambos. También están, claro está, los avergonzados de sí mismos o de sus actos. Cuentan las malas lenguas que por allí recalan prófugos de la justicia y sotto voce esas mismas lenguas cuchichean algo sobre pederastia y otros delitos nefandos.
Que digo yo de nuevo que, si fuese así, poco crédito me merece la Interpol si no se da una vuelta por allí para ver lo que se cuece.
De ahí que el mayor divertimento de la pequeña ciudad es sentarse en una terraza pertrechado de una bebida bien fría, ver pasar gente y dejar correr la imaginación respecto a la supuesta vida pasada de la fauna que deambula del pequeño puerto a la playa y al revés.
En eso estaba yo aquella noche cuando mi acompañante, un mulato de tan divertida conversación como fácil carcajada, me contaba rocambolescas historias de la ciudad de la que era asiduo desde hacía años por motivos laborales. En un momento dado de la conversación, acertó a pasar por allí una pareja de lugareños, acompañados de un tierno infante de no más de dos años. Todos negros (de color) como un tizón. Saludaron muy efusivamente a mi acompañante y a mí con educada cortesía. Entablaron una amena charla que denotaba familiaridad y en un momento dado mi compañero les pidió que posaran los tres para una foto con el fin de enviársela a un amigo común. Ellos muy dispuestos, se colocaron ufanos y esbozaron una amplia sonrisa mirando a la cámara.
Luego, un rato más de cháchara y despedida tan efusiva como el encuentro y plagada de buenos deseos y parabienes. No bien se hubieron ido los tres "livingstonianos" mi amigo repasó la foto recién hecha en su cámara digital. Su rostro esbozó una sonrisa que devino en sonoras carcajadas. Como quiera que no dejaba de reír hasta las lágrimas no pude por menos de preguntar la causa de su hilaridad. Él, como pudo, se recompuso y me enseñó la foto.
La verdad sea dicha que a mí me costó distinguir algo en la instantánea. En la pequeña pantalla no se veía otra cosa que oscuridad. Fue entonces cuando él, entre risas, me hizo ver que en eso radicaba precisamente la gracia: en que no se veía nada. Me hizo reparar en algo apenas perceptible y que era el motivo de su mofa. Efectivamente, fijándose bien, de entre la oscuridad más absoluta destacaban, a duras penas, unas manchas blancas que debidamente interpretadas correspondían al blanco de los ojos y los dientes de los recién fotografiados. Por lo demás, la oscuridad de la noche se había fundido con la negritud de sus amigos de manera tal que todo era un enorme fondo negro con tres sonrisas y seis ojos.
Evidentemente no pude por menos que secundar la risa de mi amigo al cual le divertía la idea de la cara que iba a poner el destinatario de la foto que por mucho empeño que pusiera no iba a poder reconocer a nada ni a nadie.
Más tarde me dio por pensar que la Interpol lo tenía más fácil aún: si hace una redada por la noche, basta con detener como sospechosos a los paseantes que vea, es decir, a los blancos. El resto, son de allí, fijo que no son prófugos, y si alguna vez huyeron de la justicia fue hace mucho tiempo, tanto que seguro los delitos ya han prescrito. Si es verdad lo que se cuenta, claro.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

K-Ghon: El héroe anónimo

No soy yo hombre dado a grandes alardes de valentía. Antes al contrario, si de algo me confieso pecador es de un exceso de prudencia lo que es una eufemística forma de decir que soy un auténtico cagón. Nunca mejor dicho como bien se podrá comprobar más adelante.
 Así pues, pierde su tiempo quien busque mi nombre en los murales lapidarios de héroes patrios. Soy cobarde, sí, pero aspiro a ser longevo y los valientes héroes lo son durante poco tiempo. Más vale viejo cobarde que joven héroe muerto.
Ahora bien, dejada constancia del anterior principio, debo decir que en alguna que otra ocasión me vi obligado a afrontar con valentía ciertas situaciones  que pusieron  en riesgo mi vida aunque fuera de forma más o menos consciente. Debo reconocer, no obstante, que en esas contadas ocasiones, lo que pudiera interpretarse como un acto de valentía no fue más que una huida hacia adelante so pena de males que, si bien nunca serían tan graves como la propia muerte, si me hubiesen traído nefastas consecuencias.

Dejo hoy aquí reseña de una de esas ocasiones e inauguro con ello un tema hasta ahora inédito en este blog. Tema que por escabroso nunca me atreví abordar pese a que supondría, sin duda,  un inagotable filón de anécdotas personales pero que, por contrario, puede llevarme hacia una deriva  de insondables repercusiones.  El tema en cuestión no es otro que la  escatología. Y no me refiero a los menesteres postmortuorios sino a los más mundanos de origen fisiológico.
Pero, sin más prolegómenos, entremos en materia. Hallábame yo cumpliendo el servicio militar cuando, sin yo quererlo, me vi asomado al abismo de una muerte trágica a la par que ridícula y todo ello por una inoportuna llamada de la naturaleza. Y es que la fisiología tiene sus razones que la razón no entiende.
Era mi primer servicio como conductor. La tarea era simple: ir a buscar a "mi general" a su casa y llevarlo a su oficina en el Cuartel General del Ejercicio sito en los suntuosos y céntricos jardines de la plaza de Cibeles, en Madrid.  Acabada la jornada, desandaba el camino y lo retornada a su hogar sin más complicaciones.
Ahora bien, toda vez que yo era un novato, a la par que suplente del chófer oficial, no tenía las preceptivas credenciales que me permitieran el acceso al edificio del Cuartel. En consecuencia, por extraño que pueda parecerle a todo aquel que no conoce los entresijos del Ejército,  debía permanecer de 9 a 5 en el aparcamiento, al pie del vehículo oficial. Sin comer, sin beber, sin... Sin nada de nada.
Pero he aquí que la fisiología humana no entiende de las estrictas y absurdas reglas militares. Y mi vientre tuvo la inoportuna ocurrencia de recordarme que él había ido a la "mili" conmigo pero que tenía vida propia. Así que empezó a susurrarme  su apremio por resolver sus asuntos lo que me provocó un escalofrío y arrancó de mis labios un lastimero: ¡ Ay, Dios!
No sabía yo del paradero de ningún habitáculo habilitado para menesteres tan prosaicos toda vez que aquellas no eran mis habituales dependencias. No obstante, deduje que en el cuartel anejo al noble edificio, donde residía la tropa, habría en abundancia. Allí me dirigí pero se me informó tan desabridamente como era habitual que no se podía pasar pues estaban a la espera de "dar novedades"; lo que en la jerga cuartelera quiere dar a entender que acaban de limpiar y debía permanecer "limpio"  así hasta que llegara la autoridad competente a dar el visto bueno a la faena realizada.
Sea como sea, a mí se me encogió el corazón un poco más. Los avisos de mi vientre empezaban a subir de tono de forma alarmante. Salí de allí  con un preocupante temblor de piernas y a punto del desmayo. No obstante, no podía darme al abandono so pena dejar tras de mí un maloliente reguero de evidente origen.
Tras un instante de abatimiento y vacilación recordé el botiquín. Allí tenía yo un conocido que seguramente me auxiliará en un momento tan aciago. A duras penas llegué pero no tuve  éxito. Mi amigo no estaba y el capitán médico no entendió bien lo de la urgencia y me echó a cajas destempladas.
Pues bien, allí estaba yo de nuevo en el punto de partida, esto es, en el aparcamiento, rodeado de coches y jardines. Empecé a darle vueltas a la cabeza acuciado por la desesperación. Se desató entonces una virulenta tormenta de ideas en busca de una solución por descabellada que ésta fuera.
¡En el jardín! Tras un matorral. Aunque no tenía papel; ese sería el menor de mis problemas. En una fugaz faena "de alivio" podría salir del atolladero. Pero ¡quiá! Todo el jardín estaba patrullado por los energúmenos de la policía militar y si me interceptaban en plena faena eran capaces de fusilarme allí mismo.
¡En el coche! En el piso del asiento del conductor y disimulando el resultado con la alfombrilla podría colar. Pero que va. Amén de la dificultad física, el rastro oloroso cuando el general subiera al vehículo sería imposible de explicar. Aquello además podría ser considerado como maltrato de material, falta de respeto a un superior y atentado a cientos de preceptos de la disciplina militar. ¡Castillo! Ya me veía preso en un castillo.
¡Dos cuerdas! Necesitaba dos cuerdas. Atadas convenientemente a los tobillos dejaría que todo siguiera su cauce natural y la gravedad se encargaría de regalarme unos bonitos pero malolientes bombachos. Afortunadamente no disponía de ellas, si no...
Pero ¡qué hacer! Sin el preceptivo pase la Guardia Civil que estaba apostada a la entrada del edificio principal me daría el alto al momento lo que coincidiría, seguramente, con el colapso de mis esfínteres.
Mi vientre vociferaba insistente su urgencia y me recorrían gruesas gotas de sudor frío por la espalda. Así que presa del aturdimiento y movido por la desesperación tomé una grave y valiente decisión que podría costarme la vida: intentaría entrar corriendo en el edificio a riesgo de que las metralletas de los guardias civiles dieron un postrero alivio a mi padecimiento.
Así que corrí. Corrí sin mirar atrás, no sólo por huir de los más que posibles disparos sino de pura necesidad. Pasé entre los guardias como una exhalación y mi inesperado comportamiento debió hacer dudar a los números a los que imaginé mirándose entre sí. Sea como sea, aquel momento de vacilación me confirió unos metros de ventaja; los suficientes como para correr escaleras arriba y perderme entre los laberínticos pasillos del enorme edificio.  No obstante, oí detrás de mí gritar dándome el alto y encogí los hombros como toda defensa ante una posible ráfaga de proyectiles.
Ya estaba dentro pero... ¿dónde estaban los aseos? Nunca había entrado yo en aquel edificio y me encontré "corriandando" por unos interminables pasillos plagados de puertas con letreros que apenas si me daba tiempo de leer.  Sentía un preocupante murmullo que me seguía a cierta distancia así que cuando vi a través de una puerta semiabierta que había un despacho vacío entré con decisión y cerré la puerta tras de mí.
No podía más. Eché un atolondrado vistazo a mí alrededor y vi en una esquina, tras una mesa, una papelera metálica. Aquello, en aquel momento, me pareció lo más parecido a la taza de un inodoro que había visto en mi vida. En una desesperada maniobra me desembaracé del pesado cinturón, bajé mis pantalones caqui e hice toda la puntería que la situación me permitió, lo juro.
Huelga decir no hubo lugar al deleite en modo alguno. Antes bien, mis ojos no se despegaban de la puerta acristalada que traslucía el paso de uniformes al otro lado. En cualquier momento podría entrar alguien. Qué digo alguien; el propietario del despacho. Así que en cuanto pude di por finalizada mi tarea.
Pero... a qué iba a limpiarme. Ni siquiera busqué en mis bolsillos pues los sabía vacíos y llevado por un desenfreno de acontecimientos irracionales me sorprendí a mí mismo cogiendo una carpeta que había encima de la mesa anexa en la que entre otras cosas destacaba en rojo un sello que decía: "Confidencial".  Extraje el primer folio de aquel expediente y con el procedí al preceptivo aseo personal. Me deshice del papel tirándolo muy ordenadamente a la papelera y procedí a adecentarme a la carrera.
Asomé la cabeza fuera del despacho y cuando no divisé a nadie salí de un salto e intenté caminar con la mayor apariencia de normalidad que pude.  Pero me detuve. Sentí una insana curiosidad, miré hacia atrás y miré el cartel pegado a la puerta del despacho: "General de Brigada J. Rodríguez Ventosa // Departamento de Relaciones con la UE".
Mi salida habría de ser por la misma puerta que la fugaz entrada pero el anonimato que confiere la uniformidad jugaba a mi favor: todos los soldados somos iguales y nadie se fija en la credencial del que sale.
Al poco tiempo, estaba de nuevo en el aparcamiento al lado del coche oficial. Con las piernas aún temblando. Sin comer. Sin beber. Pero nada más.
Lo que pudo acontecer en aquel fatídico despacho es algo que nunca quise detenerme a pensar. Mi arrojo y decisión aunque a  la desesperada, rozó la valentía pero tampoco era caso de jactarme de ello ni en aquel entonces ni ahora. Prefiero, en este caso, ser un héroe anónimo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Jóvenes Emprendedores

Es un hecho: este país no necesita trabajadores. Lo que precisa son emprendedores. Jóvenes, a ser posible. Esa es la expresión de moda: "jóvenes emprendedores".
Se supone que un joven emprendedor es aquel que, echando mano de su ingenio, alcanza a tener una idea original y se pone manos a la obra para desarrollarla, para darle forma, para ponerla en marcha.
Ahora bien, teniendo en cuenta que hay más de cinco millones de parados, de los cuales la mitad (millón arriba o abajo) son jóvenes, cabe preguntarse: ¿habrá tantas ideas originales? Es decir, será posible que haya, al menos, dos millones de ideas originales en España. ¡Qué digo en España, en el mundo! Si todos los jóvenes en paro se ponen a pensar va a ser muy difícil que cada uno de ellos tenga una idea única y original y que, además, no coincida con la que tenga el joven que tiene al lado. Difícil tarea.
Pero no por ello imposible. Sin ir más lejos yo, que no soy joven, tengo más de una. Lo malo es que como digo, no soy joven y tampoco emprendedor. Así pues, con el fin de contribuir en algo para superar esta insufrible y prolongada crisis voy a "donar" de forma totalmente altruista unas cuantas ideas originales para que algún "joven emprendedor" sin ideas las haga suyas y cumpla con su obligación social de ayudar a este país a salir del atolladero. Allá van.

1. La primera idea que puede ayudar a forjarse un futuro prometedor que permita alcanzar pingües beneficios consiste en hacer pozos. Eso es, pozos en el suelo, sin más. Me explico.
La idea pretende aprovecharse de la irresistible necesidad que sienten los seres humanos de arrojar monedas a los pozos (o similar) que encuentran en su camino. Cualquier agudo observador podrá comprobar que cualquier pozo que tenga unas medianas dimensiones y que lleve un cierto tiempo en el lugar está repleto de monedas. Si, además, el pozo tiene agua, pues miel sobre hojuelas: más monedas, más ingresos.
Debe haber algo atávico y ancestral en ese curioso comportamiento. Tal vez provenga de la imperiosa necesidad que sentía ya el hombre primitivo de comprobar la profundidad de las oquedades arrojando piedras en su interior. Cuando en los caminos empezaron a escasear las piedras éstas fueron sustituidas por monedas que eran arrojadas en el transcurso de breves ceremonias acompañadas de los más variados ensalmos y preñadas de los más peregrinos augurios.
Pero no se trata de hacer aquí un tratado de Antropología. Se trata de que, una vez constatado el hecho de que todo pozo va acompañado de sus correspondientes monedas, aprovechemos la circunstancia para hacernos ricos.
Se cava un pozo. Si se llena de agua mejor, aunque no es imprescindible pues aumentaría los costes en infraestructura y en mantenimiento. Se espera unos cuantos días y se procede a retirar las monedas cuidando, claro está, de dejar algunas monedas en su interior a modo de reclamo.
A más pozos, más ingresos. Cuando el negocio ya esté en marcha, siempre se puede subcontratar la realización de los pozos y la recogida de los ingresos. ¡Un chollazo!

2. La segunda idea se apoya en las grandes oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías. La venta por internet está experimentando un auge desaforado. Todo el mundo compra de todo. Incluso las cosas más inverosímiles están al alcance de un click.
Pues bien, la original idea consiste en vender por internet "Corriverás con cascabelinos atrás". Obviamente para aquel potencial lector que no haya pasado de los cuarenta, no sabrá de lo que estoy hablando. Por eso es un negocio que tiene un "target" muy específico. Es decir, que está orientado a un determinado sector de la población caracterizado por sentir de cuando en cuando ataques de nostalgia.
Un "Corriverás" (lo de los "cascabelinos" es un accesorio opcional que no viene de serie) es un objeto cuya forma, tamaño, color y función está en la mente de cada uno. Su imagen quedó grabada a fuego en nuestras tiernas mentes a fuerza de amagos, chanzas y falsas promesas paternas. Cuando la siempre pedigüeña boca del niño apremiaba a los padres a obsequiarle con un regalo no suficientemente merecido, éstos siempre salían del paso prometiendo con generosidad regalarle un "corriverás". La natural curiosidad del infante trataba de indagar de qué naturaleza era tan misterioso regalo.
La respuesta, obviamente, estaba plagada de vaguedades que, no obstante, eran suficientes para que la desatada imaginación infantil diera forma a aquel anhelado juguete. Pero lamentablemente habría de quedarse en eso: en un anhelo jamás cumplido.
Frustración. No hay otra palabra para definir el estado de ánimo que se nos quedó a todos los niños de aquellos tiempos. Frustración que devino en nostalgia de algo que nunca tuvimos. Que nunca tuvimos pero que ahora gracias a mi original idea podemos tener. Basta pedirlo por internet, abonar una "módica" cantidad (portes aparte, claro está) y satisfacer así ese viejo anhelo.
Que lo que se envía no responde a lo que, el otrora niño, se había imaginado: se siente. Eso no es responsabilidad de la empresa sino de la calenturienta imaginación infantil. Por eso tampoco hay que darle muchas vueltas a la cabeza respecto al objeto a enviar. Eso sí, como los "cascabelinos" no vienen de serie, si alguien los desea, previo pago de otra "módica" cantidad habrán de ir incluidos convenientemente en la caja con las preceptivas instrucciones de montaje y uso. ¡Chollazo!

3. En el mismo contexto tecnológico y dirigido a idéntico público se inserta esta nueva idea para emprendedores. A saber:
Montar una editorial de venta de libros por internet. En realidad, la editorial sólo pondrá en el mercado un único título: "El cuento de la buena pipa". Eso sí, en tres formatos: vulgata, "de luxe" con tapa dura e ilustraciones y libro electrónico (e-buk).
La editorial puede llamarse "Ediciones La Buena Pipa", obviamente, y el libro, claro está, recogerá el conocidísimo cuento de la buena pipa que asombrosa e incomprensiblemente aún está por escribir.
En su versión papel bastaría rellenar unas decenas de páginas con el siguiente texto:
"Este es el cuento de la buena pipa. Hágase usted mismo la pregunta de si desea seguir leyendo. Si usted contesta que "si", pase a la siguiente página y siga leyendo. En cambio, si la respuesta es "no", le instamos, no obstante, a hacer lo mismo que antes. En caso de elegir cualquier otra respuesta, debe remitirse al primer caso, puesto que este es el cuento de la buena pipa."
Este será el único texto del libro, repetido múltiples veces; tantas como grueso quiera editarse el libro.
En el caso del libro electrónico se trataría de un libro "interactivo" que es lo que está de moda. Este empezaría diciendo: "Érase una vez un cuento que dábase en llamar La Buena Pipa. ¿Desea Vd. leer el cuento de la Buena Pipa?" De forma interactiva el lector se encontrará en pantalla con tres posibles respuestas: "Sí, "No" y "Otros".  Elija lo que elija el lector el libro electrónico contestará diciendo: "Lo siento, no se le ha preguntado que si "...."  (aquí iría la respuesta dada por el lector) sino si desea Vd. leer el cuento de la Buena Pipa". Esta secuencia habrá de prolongarse "ad infinitum". Y en eso consiste la "gracia" del libro en cuestión.
Damos de esta manera satisfacción a aquellos lectores que en su día se quedaron la insatisfacción de no poder saber de qué iba el "Cuento de la Buena Pipa". Qué infante nacido allá por los años 60 se resistiría a contar por fin entre los numerosísimos volúmenes de su biblioteca con este "incunable". Nos los quitarían de las manos. ¡Un bet seller! ¡Un chollazo!

4. Vamos con otra rutilante idea para emprendedores sin talento. En este caso se trata de fabricar y vender platos para ciegos. Es decir, platos en braille. Sabido es que los ciegos a la hora de sentarse a la mesa deben organizar su plato de manera tal que sepan dónde se encuentra cada alimento. A la izquierda las patatas, a la derecha el huevo, al frente las salchichas y así. De otra manera corren el riesgo de pinchar el huevo, mojar en las patatas u olvidarse de la salchicha. Un desastre.
Pues bien, con este invento se acabaron esas desdichas. Los platos aquí descritos tendrán en la parte inferior del borde una leyenda en braille indicando el alimento que se encuentra justo encima. Basta que el invidente pase sus yemas por el canto inferior del plato para saber dónde se encuentran los huevos o las patatas.
Caso de que se trate de un único alimento en el plato, pongo por ejemplo, sopa, por todo el derredor del plato aparecerá repetido en toda su extensión la palabra: "sopa, sopa, sopa, sopa...".
Pueden fabricarse dos versiones: la de lujo con el punteado en cerámica y la más práctica de quitar y poner mediante pegatinas con los alimentos más comunes que se pegarán al plato en cada refrigerio.

Una variante de este invento pero dirigido al mismo tipo de usuario es más bien un servicio y trata de aprovechar el filón que supone la peregrina idea del Principado de instalar paneles para ciegos en los miradores.
En efecto, al igual que se hace con los platos, la Administración ha decidido dotar a los paneles de muchos de los miradores que abundan en nuestra bella geografía, de unos letreros en braille para que los invidentes "vean" dónde se ubican los diferentes accidentes geográficos que se localizan desde el punto panorámico en cuestión.
Pero en su afán "no-discriminador" se han quedado un poco cortos habida cuenta de que no han tenido en cuenta que cuando el entorno del mirador se encuentra envuelto en una densa niebla, no hay quien vea nada. Ni videntes (no hablo de Raphel) ni invidentes. En consecuencia, para que estos últimos sientan de verdad la misma sensación que los primeros, debería haber un servicio de guardia que, en caso de niebla, se desplazara al mirador en cuestión y tapara los letreros con cinta aislante, procediendo a su retirada en el momento en el que se despejase el panorama.
Es aquí, donde el joven emprendedor, provisto de una moto puede ofrecer a la Administración ese servicio a través una contratación externa.

Por último y con el fin de hacer más rentable la inversión que supone la compra de la motocicleta me atrevo a sugerir una nueva idea complementaria con la anterior. Es decir, que cuando las condiciones meteorológicas permanezcan estables y se den condiciones de niebla intermitente siempre se podrá hacer uso de la moto para el siguiente negocio: El taxi-moto.
Se trata de poner un servicio de taxi pero en lugar de hacerlo con un vehículo de cuatro ruedas se haría con una moto. Es ideal para implantar en ciudades grandes, con mucho tráfico y a poder ser con buen clima.
El conductor debe llevar un casco de más, talla estándar (los cabezones deben aportar su propio casco) y un cepillo tipo barbero. Este último adminículo se usará para cepillar al cliente tras el recorrido a la par que se le dice el consabido "servido el señor".
Al atractivo que supone un rápido trayecto sin tráfico se suma el de disfrutar de un paseo en moto lo que hace augurar un gran porvenir a esta idea aún por desarrollar del todo.

Bien, eso es todo de momento. Hasta aquí mi contribución desinteresada para que aquellos jóvenes sin ideas tengan también la oportunidad de convertirse en jóvenes emprendedores.
No hay de qué.

martes, 12 de agosto de 2014

Érase una vez un pez

Erase una vez un pez. Pero no se llamaba Wanda, sino Spitz; Marc Spitz. Y era mi ídolo allá por los años setenta.
No pocos años estuvo mirándome desde el póster que tenía en la pared de mi habitación. Allí estaba mostrándome orgulloso sus siete medallas de oro conseguidas en la Olimpiada de Munich. Moreno de tez y pelo, tocado de un generoso mostacho haciendo juego; con una discreta musculatura y embutido en un minúsculo bañador con los colores de la bandera americana. ¡Era un Speedo! El mejor bañador "de competición" del que yo tuviera noticia. Y ese bañador era el afán de mis desvelos.
Huelga decir que, de todo lo que se mostraba en aquel afiche, era el bañador lo único que, aunque remotamente, podría estar alguna vez a mi alcance. Digo lo de "remotamente" porque mi santa madre (vieja conocida de este blog) no estaba ni estuvo nunca por la labor de que yo pudiera enfundar tan deseada prenda. Ella era -¿cómo lo diría?- más de tipo Meyba de toda la vida. Y hubieron de pasar muchos años para que yo pudiera atisbar aquel anhelo del bañador, aunque fuera de lejos, cuando me pude comprar un bañador de imitación, un "Turbo" pero fue  justo cuando empezaron a pasar de moda y principiaban a imperar los bañadores bermudas.
Pero por aquellos años mi obsesión era el Speedo. Pero no había manera. Así que un buen día tuve una idea feliz: buscar en el armario algún bañador de cuando era pequeño. Queda dicho que mi madre siempre tuvo en Diógenes un ídolo (cada uno tiene el suyo) y lo guardaba todo desde acabada la guerra.
Hurgué en las procelosas profundidades de aquel armario, aun a riesgo de "descolocar" lo que con tanto esmero mi madre colocaba (grave delito donde los hubiera), hasta encontrar algo que me sirviera. Y lo encontré. Allí estaba: un diminuto bañador rojo de cuando yo tendría unos cuatro o cinco años. Sólo quedaba probarlo...
¡Como un guante! ¡Ideal! Era lo que yo estaba buscando; se ajustaba de pleno a mis expectativas. Y salvo por las siete medallas (y alguna cosa más) era la viva imagen de mi ídolo.
Ardía en ganas de irme a la piscina a "reestrenar" aquel feliz hallazgo. Únicamente quedaba un escollo y no pequeño: convencer a mi madre de que me dejara hacer uso del minúsculo bañador.
Dos días. Eso fue el tiempo que tuve que emplear para vencer la pertinaz negativa de mi madre que insistía en que no me iba a dejar salir de casa con aquello "tan arratao". Pero yo podía ser muy pesado; un verdadero "roncón", en palabras maternas. Así que, a regañadientes, conseguí su placet.
Aún sin acabar de rezongar, dejé a mi madre con la palabra en la boca y me eché escaleras abajo en busca de la bici para ir a la piscina. Creo que batí mi récord personal en realizar el trayecto. Cuando llegué me fui directo al vestuario y salí a la piscina hecho un pincel.
Era la hora de más afluencia así que pude lucir mi "nuevo" bañador rojo por entre toda la muchachada. Acalorado como estaba por el vertiginoso pedaleo, me fui directo al pedestal de salida dispuesto a hacer una "salida olímpica" y marcarme unos largos con mi mejor crol. Pero ahí habría de empezar mi tragedia.

Subido al pedestal, imaginaba a todo el mundo pendiente de mí y de mi bañador. Así que, con parsimonia, y deleitándome en la suerte, hice unos despreocupados movimientos de relajación  de extremidades, me ajuste gafas y gorro, miré fijamente la superficie del agua en actitud de gran concentración y haciendo un ostentoso ademán con los brazos procedí a adoptar la postura de salida echando tronco hacia adelante y el culo hacia atrás.
Y fue justo en ese instante cuando un inesperado crujido cercenó de cuajo tan bella estampa. Al crujido le siguió cierto frescor en la parte donde la espalda pierde su digno nombre. Fueron décimas de segundo que a mí me parecieron horas. Un sudor frío recorrió mi cuerpo mientras me llevaba las manos al trasero a la par que erguía mi cuerpo como activado por un resorte.
Tras un pequeño bloqueo mental reaccioné tirándome al agua de inmediato. Lo que habría de ser una elegante zambullida devino en un torpe chapuzón que me llevó a tocar el fondo de la piscina. Allí aguanté y aguanté todo lo que pude y más. Era preferible perecer ahogado que salir a la superficie y hacer frente a vituperio del personal.
Estoy seguro de que en aquel fatídico instante batí una nueva plusmarca mundial de apnea. Por un momento mi vanidosa imaginación se abstrajo de tan bochornosa situación y me vi saliendo del agua aclamado por toda la concurrencia ante tan grande proeza. Pero el límite de mi resistencia pulmonar puso fin a la fantasía y me devolvió a la cruda realidad exterior. Asomé la cabeza con estruendo y me agarré a la corchera sin atreverme a mirar al borde de la piscina.
De soslayo fui dándome cuenta de que la gente apenas si se había percatado de mi tragedia. Fue un cierto alivio. Pero de seguido vino la gran pregunta ¿cómo voy a salir de aquí?
El camino hasta los vestuarios era lo suficientemente largo como para que el paseíllo se me hiciera eterno. ¿Correr? Imposible con aquella superficie resbaladiza. Había grave riesgo de resbalón y caída lo que multiplicaría mi vergonzosa y desesperada situación. ¿Robar una toalla? Peligroso. Si era sorprendido "in fraganti" al bochorno habría que añadir una grave recriminación popular.
Muchas fueron las ideas que asaltaron mi cabeza en una sucesión frenética. Pero ninguna válida. Así que permanecí allí agarrado a la corchera tratando de aparentar que nada ocurría. Haciendo lo posible por parecer que estaba disfrutando de agradable baño.
Al cabo de un cuarto de hora el frío empezó a hacer mella en mis carnes así que decidí nadar. Instintivamente recurrí al crol pero de inmediato reparé en que ese estilo dejaba bien a la vista la humillante abertura de mi bañador así que en un ágil giro cambié al estilo de espalda. No era precisamente yo un consumado estilista de aquella especialidad pero a la fuerza ahorcan.
Un largo, dos, cuatro... diez. Ya no podía más. El cansancio hacía que con cada bocanada tragara medio litro de agua. Así que me detenía, me agarraba desesperadamente a la corchera y, recuperado el resuello, hacía un rápido recuento de la gente que aún quedaba en los aledaños de la piscina.
No sé cuánto tiempo pasó. Estaba aterido de frío. Mis dedos estaban blancos y arrugados como garbanzos. Mis ojos me resquemaban por el cloro y los imaginaba rojos como si hubiese llorado toda la mañana. Empezaban los calambres. La situación se hacía insostenible y para más inri, el salvamento había apreciado algo raro en mi comportamiento y no me quitaba ojo de encima. Salir de la piscina se había convertido en una misión imposible.
Pero si no quería perecer de hipotermia tenía que alcanzar el vestuario como fuese. Así que hice de tripas corazón, nadé como puede hasta la escalera más próxima a la salida subí la escalerilla de un salto y a toda prisa, pero sin correr, caminé hasta la puerta. Las manos atrás lo más disimuladamente posible y los ojos al frente sin osar mirar a otra cosa que no fuera el letrero que anunciaba el vestuario. Cruel experiencia la de aquel paseíllo, fueron los minutos más largos e ingratos que había vivido hasta entonces.
De vuelta a casa, me metí en mi habitación sin dar ningún tipo de explicación. Nada más entrar allí estaba él. Mark me miraba como siempre, sin embargo quise entrever una leve pero sarcástica sonrisa en la que no había reparado hasta entonces. Me tumbé en la cama boca abajo pero sentía la acusadora mirada de mi ídolo en mi espalda. Así que salté de la cama y arranqué con rabia el póster y como pude me aguanté las lágrimas de vergüenza y rabia.
Pero no había finalizado aún mi martirio. Como era mi costumbre había abandonado la bolsa de deporte con toda mi húmeda impedimenta a la puerta de casa. Y como siempre rápidamente mi madre se había hecho cargo de todo refunfuñando. Así que no pasó mucho tiempo hasta que se abrió la puerta de mi cuarto y allí estaba la figura de mi madre con el bañador roto en la mano y una mirada acusadora. Me miró como sólo ella sabía hacerlo, miró luego la pared sin Spitz y, sin más, se giró y me espetó una de sus categóricas sentencias: "¡¡Estúvote al pelo!!"
La consecuencia directa fue que me pasé el resto del verano sin ir a la piscina. ¡Qué digo sin ir! Sin ni tan siquiera acercarme por allí. Tenía la esperanza poder volver al año siguiente cuando se hubiesen olvidado de mi cara y, claro está, ¡de mi culo!