Mostrando entradas con la etiqueta Biografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biografía. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de julio de 2011

El fisio


Soy un débil, ¡qué le voy a hacer! Más bien soy un frágil estructural, que es una forma fina de decir que carezco de fortaleza física. Esta característica siempre ha estado reñida con mis aspiraciones atléticas, de forma y manera que cualquier actividad física que he practicado ha devenido, más pronto que tarde, en lesiones de diferentes partes de mi anatomía.

De esta circunstancia se han derivado dos consecuencias inmediatas, una buena y otra, si no mala, si peculiar.

La buena es que, gracias a lo variado de mis lesiones, con los años, me he convertido en un experto en anatomía y puedo presumir sin cuento de que conozco partes de la anatomía humana que no son del común y disfruto de un conocimiento de la patología traumatológica pareja a la de un aventajado estudiante de Medicina. Pocos son los que alguna vez han oído hablar del “gran trocánter femoral” o del “delgadito plantar” y menos del “periostio peroneal” o del “relieve inguinal del cordón espermático”. Y, claro está, nadie ha padecido lesiones tan llamativas como “fascitis plantar”, “condromalacia rotuliana” o, la más sonora de todas, “desplazamiento compartimental del paquete de Hoffar”. Como se puede observar, no hay mal que por bien no venga y de seguir con la práctica deportiva estaré a un paso de la Licenciatura en Medicina.


Pero la otra consecuencia, digamos, la más peculiar, es que a lo largo de mi ya dilatada vida han sido muchos los traumatólogos y fisioterapeutas que he tenido que visitar. De modo que también me he hecho un experto en estas lides. Debo decir que el anecdotario derivado de esta circunstancia es bastante rico, pero el caso que descuella entre el resto aconteció no hace mucho y merece capítulo aparte.

Andaba yo por entonces con una de mis múltiples averías. Concretamente un problema en un gemelo. Harto ya de volver a casa cojeando tras una breve carrera me decidí a probar un nuevo “fisio” del que me habían dado las mejores referencias. Y allí estaba yo sin sospechar lo que me esperaba. Debo decir que, de entrada, me sorprendió que en la sala de espera, como suele ser habitual en estos profesionales, hubiera cierta profusión de títulos adornando las paredes, y que había algunos harto curiosos que hacían referencia a patología equina (¡equina!) pero no le di mayor importancia.

Cuando me hallé ante el experto los trámites preliminares fueron los habituales: filiación, antecedentes, motivo de la visita… Aquí relaté con todo lujo de detalles los síntomas que aquejaban mi maltrecha pantorrilla.

Pero la primera sorpresa vino cuando, de repente, me dice:

−Bueno, desnúdate y échate en esa camilla.

Sin mucho tiempo sin reaccionar y acostumbrado, como lo estamos todos, a no replicar a los facultativos comencé el “deshabillé” no sin pensar para mis adentros: “Debe de ser que no me escuchó; yo le dije que era un problema de la pantorrilla”. El caso es que al poco rato estaba en calzoncillos sobre aquella camilla mientras el experto “manipulaba” distintas áreas de este cuerpo que se ha de comer la tierra. A continuación, se situó a la altura de mi cabeza y me tomó las manos por las muñecas mientras tiraba de los brazos hacia atrás.

La sorpresa debía reflejarse en mi cara pero nada salía de mi boca y así permanecí incluso cuando la situación tomo un cariz muy preocupante: sentí (que no vi por mi posición en “decúbito supino”) que depositaba sobre mi vientre unas bolas de cristal y volvía a repetir la operación con mis brazos. Quitaba aquellas bolas y ponía otras y lo mismo.

Pero cuando estuve a punto de saltar de la camilla fue cuando, ni corto ni perezoso, en una hábil y rápida maniobra introdujo algunas de aquellas bolas dentro de mis calzoncillos en contacto directo con mi partes más nobles.

Fue entonces cuando pensé que me había equivocado. Traté de recordar quién me había recomendado a aquel chalado. Muchas fueron las ideas que se amontonaron en mi cabeza. A lo peor, no lo había entendido bien y no era un “fisio”. Tal vez se trataba de una broma y había una cámara oculta que de inmediato empecé a buscar por el techo que era lo único que tenía a mi alcance visual. Mientras mi mente funcionaba desenfrenadamente y admitía y descartaba las más peregrinas posibilidades que explicaran aquella ridícula y bochornosa situación, el experto seguía con su trajín de cristales en mis intimidades.

Menos vergonzante pero sin duda más sorprendente fue cuando me dijo que dijera en voz alta alguno de los medicamentos que tomaba habitualmente.

¡Tonto, más que tonto! –pensaba–. Pero allí estaba yo, sin rechistar, repitiendo en voz alta: “¡Amlodipino…!”… “¡Enalapril…!” Y él tirando de mis brazos hacia atrás.

¡Una hora! con aquel ritual al que, al final, me llegué a acostumbrar. ¡Ojo! Subrayo lo de “acostumbrar”, algo muy distinto a “disfrutar” como más de alguna retorcida mente estará pensando. Proclamo desde ahora mismo que lo de introducir cosas en mis partes es algo que me llegó muy adentro (nunca mejor dicho) y de lo que no obtuve ningún placer. ¡Ninguno! ¿queda claro?

Por fin aquello acabó con un sentencioso:

-Efectivamente: lo que pensaba. Todo es debido a ciertas carencias de microsustancias orgánicas.

Yo no sé muy bien porqué respiré aliviado como si todo lo anterior adquiriera sentido, de repente. Más aliviado aún me sentí cuando me dijo que ya me podía volver a vestir: mi integridad seguía a salvo (¿o no?).

A continuación, vino una explicación sobre lo que me pasaba y cuál era la solución. Tenía que hacerme con unas pastillas sobre las que me facilitó profusa documentación que tenía que leerme en casa. En la siguiente sesión ya veríamos el gemelo. ¡No estaba equivocado!: era un fisio y se había enterado de que mis males no estaban en mi entrepierna sino en la pantorrilla y, lo mejor, me la iba a mirar. Pero ¿porqué no había empezado por ahí?

Cuando llegué a casa y me dispuse a leer la documentación que me dio con el fin de dar aún más sentido a lo que acaba de ocurrir me entró una nueva preocupación. Juro que, tras leer aquello, creí haber caído en manos de una peligrosa secta religiosa. Lo que me prescribía el experto respondía al estrafalario nombre de “Diente de león azul” cuyos efectos se veían potenciados debido a estar bajo la advocación de la Virgen de la Salud. Seguía todo un tratado de teología barata y panegírico de diferentes santos y vírgenes a los que, al parecer, debía encomendar mi alma y, por supuesto, mi pantorrilla.

Mi estupefacción derivó en algo muy parecido a un “síndrome de Estocolmo” pues, incompresiblemente, volví al día siguiente. No obstante, cuando me preguntó por mi opinión sobre lo que había leído no pude menos que responder que se le pedía demasiada fe a una persona que si no era estrictamente ateo sí navegaba por las turbulentas aguas del agnosticismo (¡qué metáfora, Dios mío!).

Creo que en ese momento aquel hombre vio como su arsenal terapéutico se había visto seriamente mermado a las primeras de cambio. No le quedaba más remedio que emplearse a fondo con los procedimientos más “tradicionales” y me ordenó que te tumbara de nuevo a la camilla, esta vez ¡vestido!¡Uf! Tuve la impresión de que empezaba yo a retomar el control de la situación. Pero poco dura la alegría en casa del pobre.

No bien me hallé echado, sacó de una maleta una especie de sargenta eléctrica que me aplicó sin contemplaciones a mi zona dolorida. Aplicó la suficiente presión para hacerme gemir. Como viera que el dolor era ya insoportable activó un mando y la presión se detuvo. Pasado un tiempo aún con la sargenta atenazando mis carnes, me preguntó si ya sentía menos dolor. Como quiera que mi respuesta fue afirmativa accionó de nuevo el vil instrumento y otra vez me hizo retorcerme de dolor y le escuchaba decir que cuanto más aguantase el dolor más efecto surtiría la terapia. Decidido como estaba yo a solucionar mis males aguanté varias embestidas hasta que por mi mejilla empezaron a rodar grandes lagrimones de dolor y decidí que ya era suficiente. Aguanté así varios minutos y cuando creí que todo había acabado, el contrariado fisio, en un inequívoco acto de venganza por mi descreída actitud, comenzó a mover sin contemplaciones la sargenta de un lado a otro haciéndome soltar aullidos de dolor.

Creí que nunca llegaría el momento de la liberación, pero antes de que eso ocurriera él insistió mucho en que cuando soltara le dijera cuál era la sensación que experimentaba en ese preciso momento. Huelga decir que la primera idea que vino a mi cabeza fue la de alivio; la segunda, fue acordarme de los progenitores de mi torturador. Creí que todo había acabado por ese día, pero para mi sorpresa me dijo que al día siguiente le llevara un comprimido de cada uno de mis habituales medicamentos, convencido como estaba que ejercían sobre mi salud una perniciosa influencia.

Hay que reconocer que, en parte por curiosidad, en parte por masoquismo y en parte por … no sé qué, volví pese a que ya tenía un segundo motivo para no hacerlo: ¡la sargenta! Pero allí estaba yo de nuevo. Cuando quise darme cuenta estaba de nuevo en la camilla, ¡desnudo! ¡otra vez! Vuelta a empezar. Pero esta había de ser un poco diferente pues las extrañas maniobras fueron precedidas de una explicación sobre el método. Lo que ponía sobre mi vientre y “dentro de mí” no eran bolas de cristal sino frascos con diferentes sustancias a las que yo reaccionaba, al parecer, de diferente manera. Había sustancias perniciosas a las que yo reaccionaba con aversión y otras, en cambio, de forma neutra. Y me puso un ejemplo paradigmático: era sabido mundialmente(¿) que algo absolutamente pernicioso para la salud era el “Actimel” al que, como es lógico debía reaccionar con aversión. Y aquí vino el súmmun de mis males. Sin cortarse un pelo sacó un frasco de Actimel y, cual hábil prestidigitador, lo introdujo bajo mi calzoncillo y tiró de mis brazos hacia atrás.

Recuerdo que pensé que si en ese momento llegase a entrar alguien en la consulta y me viera allí desnudo, tumbado con un Actimel entre los genitales no hubiese sacado precisamente una idea positiva de mi persona. Por otra parte, tratando de ver algo positivo de aquella embarazosa situación, levanté la cabeza y traté de hacerme una idea de lo que sería sentir por primera y única vez en mi vida la sensación de poseer un considerable protuberancia genital de la que poder presumir en la playa (vulgo: “marcar paquete”).

Afortunadamente, aquello no duró poco mucho y, acto seguido, extrajo el frasco de marras y depositó sobre mi vientre uno de los comprimidos que yo le había traído y de nuevo tiró de mis manos hacía atrás:

¿Ves? –dijo– Está claro: el mismo efecto que con el Actimel. No deberías tomar esas pastillas.

Ni que decir tiene que yo, personalmente, no experimenté cambio ninguno ni, por supuesto, vi que la pastilla saltara sobre mi vientre ni nada semejante.

Y luego vino otra sesión de sargenta tan dura o más que la del día anterior. Y así durante cinco sesiones. Y alguno se preguntará que, a fin de cuentas, cuál fue el resultado de la terapia. Pues he de decir que no he vuelto a tener molestias en el gemelo. No sé muy bien la causa: si fueron los frascos, la sargenta o bien las pocas ganas que me quedaron de volver pese a lo que piense alguna mente calenturienta.

En cuanto a los efectos secundarios derivados de tan peregrina acción terapéutica he de decir que sólo se cuenta una pequeña adicción al Actimel del que hago uso a menudo, pero del que, obviamente, no pruebo ni un trago pues sabido es que se trata de algo muy malo para la salud.

martes, 7 de abril de 2009

Yo mismo... sin ir más lejos

Ahora que me he convertido en un hombre de mi tiempo, en una persona moderna, en un individuo de lleno inmerso en las nuevas tecnologías, todo ello gracias a montar mi propio blog y decidido como estoy a ser un “blogger” como es debido voy a seguir las reglas propias de esta actividad.

Observo, no sin cierta perplejidad, que todo “bloguero” que se precie abre su alma al mundo y muestra sin tapujos sus intimidades. Así, sin recato alguno, deja plasmado su perfil indicando todo aquello que le gusta o disgusta, lo que odia o quiere, lo que apetece o abomina y sobre todo cuáles son sus manías.

En principio, dos serían las objeciones que pondría yo a tal forma de proceder. La primera sería que escaso valor tiene como imagen la que uno tiene de sí mismo como no se vea complementada con la que los demás tienen de uno. La segunda es que abriendo de par en par las puertas de tu personalidad, qué interés y atractivo puede tener el ir descubriendo a la persona. No obstante, hago caso omiso estas iniciales objeciones decidido como estoy, digo, en hacer lo que dicta el reglamento no escrito de un buen bloguero.

Vayan pues aquí una pequeña muestra de rasgos y manías que dan en caracterizarme. Dejo para otro momento, en que el pudor me lo permita, el desnudo integral de mi personalidad (si en realidad existe tal).
  • Tengo la absurda manía de despertarme cada día a las seis de la mañana. Pero es la única manera que he encontrado de hacer callar al maldito aparato que, con gran estruendo, le da por sonar cada jornada. A continuación, suelo maldecir una y otra vez sin abrir la boca para no despertar a nadie.
  • Lo primero que hago al levantarme es poner el pie derecho sobre el suelo. Manías. Lo segundo, poner el izquierdo. He intentado pasar de lo segundo pero resulta harto incómodo y me crea serios problemas de desplazamiento. No soy a moverme bien sobre un solo pie. No hay forma de llegar a tiempo a ninguna parte.
  • Cuando, por fin abandono mi casa y me encamino al trabajo, me despido de mis perros. Ellos apenas se enteran: abren lánguidamente un ojo pero siguen inmóviles en su camastro. Yo maldigo de nuevo en voz baja. Cien mil años de evolución, cultura, conocimiento y tecnología y ese es el resultado: yo me voy a trabajar y ellos viven mejor que yo. ¡Vida de perros... ¡ ¡La mía!
  • Suelo comerme las uñas, especialmente cuando estoy nervioso o cuando veo la televisión. Intenté dejarlo pero se me llenaban de suciedad, así que procuro ponerme nervioso más a menudo como medida de higiene. Si viera más la televisión también serviría, pero entonces mermaría mi higiene mental.
  • Procuro ocupar siempre la misma plaza en el tren que me lleva al trabajo. He intentado cambiar de sitio pero no es lo mismo: aunque sean más confortables creo que las otras plazas son de pago.
  • Como todo el mundo (pero yo lo confieso) me hurgo la nariz en los semáforos. Con el producto de tal actividad fabrico bolitas perfectas que suelo tirar disimuladamente a los viandantes que pasan por la acera.
(Nota: advierto al incauto lector que no todo lo que se cuenta aquí obedece fielmente a la verdad, sin ir más lejos lo de los semáforos no es del todo cierto pues también lo hago en otras ocasiones).

  • No soporto la impuntualidad, me parece una falta de respeto. Tengo la manía de la precisión: cuando quedo a una hora siempre, siempre, siempre llego media hora más tarde; así todo el mundo sabe a qué hora llegaré y no les falto al respeto. ¿Impuntual?, no: preciso.
  • No soporto la mentira. Prefiero faltar a la verdad antes que mentir, resulta más elegante. ¿No es cierto?
  • Rechazo rotundamente cualquier comportamiento machista y, por supuesto, la violencia que genera. La deseada y deseable sumisión de la mujer debe ser consustancial a la propia naturaleza de su sexo y nunca impuesta por la fuerza. Faltaría más.
  • Son un agnóstico absolutamente convencido y espero serlo durante muchos años si Dios quiere.
  • Soy una persona en extremo tolerante, dialogante y flexible, así pues no tolero de ninguna manera bromas al respecto y esa es mi última palabra y no pienso cambiar de opinión.
  • Deploro los halagos pues creo que fomentan la vanidad a la que considero ajeno. Si hay algo de lo que estoy especialmente orgulloso es de haber alcanzado altos grados de perfección personal con el propio esfuerzo y sin haberme sustentado en el halago fácil de los demás, por muy merecido que éste fuera en todo momento.
  • Soy un hombre de sólidos principios, son los más sólidos que he tenido hasta el momento después de haber probado con muchos otros que resultaron ser poco útiles para mis propósitos en la vida.
  • Tras años de abnegado esfuerzo y dedicación diaria he alcanzado altísimos niveles de virtuosismo en la mediocridad. Eso implica estar tan equidistantemente alejado de la genialidad como de la idiocia.
  • En absoluto son un hombre racista. Como muestra diré que a mi me parece que a los negros les sienta muy bien su color y lo considero un rasgo distintivo de su idiosincrasia que en absoluto debería ser motivo para el maltrato, antes al contrario, deberían evitar esas circunstancias apartándolos lo suficientemente lejos como para que nadie les pueda causar daño. ¿Qué tal en un continente propio?

martes, 26 de agosto de 2008

Las Metamorfosis

No son pocas las transformaciones físicas que experimenta una persona a lo largo de su vida. Son cambios morfológicos, afortunadamente, tan paulatinos que son absolutamente imperceptibles de día en día, pero que, con el transcurrir de los años, son realmente asombrosos y también, porqué no decirlo, absolutamente descorazonadores por el escarnio que operan en nuestra propia imagen.

Antes de que el amigo Louise Daguerre viniera a hacer el amor al suido (vulgo: joder la marrana) con su ocurrencia de plasmar la imagen de una persona para siempre, el único punto de referencia para advertir el cambio en nuestro aspecto físico era la memoria, propia o ajena. Y ésta, siempre era y es más benévola que una cruel fotografía.

Ahora basta echar un vistazo a esos álbumes familiares, dar para atrás a las hojas y ver cómo lo que otrora fueron turgentes carnes y apolíneas formas devienen hoy en flacideces varias y descolgamientos múltiples. Desolador.

Pero no es de esos cambios, que son del común, de los que quiero reflexionar aquí. Pretendo dejar constancia de otra serie de transformaciones que he ido sufriendo a lo largo de mi vida y que no resultan tan evidentes para los demás pero sí lo son para mí.

No se trata de una transformación morfológica, sino más bien de cambios conceptuales, más emparentados con la Metafísica que con la Física misma y que tienen, como principal consecuencia, una influencia atroz en mi propia autoestima como luego se verá.

Una de esas pequeñas metamorfosis es realmente sutil, como sutil es la diferencia entre los dos conceptos que definen sus dos estados diferenciados que conforman la misma: la transparencia y la invisibilidad. Efectivamente, puedo asegurar que con los años he pasado de ser un ser transparente a ser un ente invisible y ello, insisto, ha sido nefasto en para mi autoestima. Me explico.

El concepto de “transparente” es obvio que hace referencia a aquellos cuerpos o entidades físicas a través de las cuales es posible la visión. Pongamos como ejemplo un simple cristal. En cambio, el concepto de “invisible” se refiere a algo que no podemos ver; que está ahí, pero no podemos verlo. Sería paradigmático el caso del aire. Sabemos que esta ahí, lo notamos y hasta lo respiramos, pero no podemos verlo.

No se le escapa al atento lector que, en cierta medida, son dos conceptos muy próximos y que yo diría que uno englobaría al otro pues lo invisible es, en cierta medida, transparente pues podemos ver a través de ello puesto que realmente no lo percibimos.

Pues bien, como digo, una de las transformaciones que he sufrido con los años, ha sido el cambio de transparente a invisible, y todo ello referido a la visión de los distintos elementos del género femenino.

Efectivamente, en su momento pude comprobar que, cuando era joven, yo era completamente transparente para el género femenino. Cualquier mujer, en especial aquellas que eran de mi interés, veían a través de mí sin dificultad ninguna. Con ello quiero decir que con meridiana claridad veían cuáles eran mis intenciones. Intenciones que, aún no entiendo por qué, ellas siempre etiquetaban de “no excesivamente sanas” o de “definitivamente perniciosas”. Queda claro que con estos antecedentes uno gozaba de pocas oportunidades ante mis ocasionales interlocutoras que, de inmediato, se ponían en estado de alerta u optaban directamente por batirse en retirada. Frustración, grave frustración era lo que yo sentía y, en consecuencia, mi autoestima sufría considerablemente pues deducía de esos hechos mi incapacidad para acercarme al sexo opuesto sin levantar sospechas.

Pero, con los años, la cosa cambió. Inicié una pequeña metamorfosis que me mudó de transparente a invisible y la cosa fue a peor. Quiero decir, que a partir de cierta edad las mujeres dejaron de verme (pese a estar presente, claro está). No me veían ni a mí ni a mis intenciones que, me adelanto a decir, no experimentaron ningún cambio con los años como hombre de sólidos principios que soy. He constatado empíricamente este hecho con un sencillo experimento replicado una y otra vez. Cuando veo venir frente a mí a un par de ejemplares del género femenino hago lo posible por cruzarme con ellas pasando por medio ambas con evidente mala educación. Da lo mismo, ellas no se percatarán del hecho, seguirán hablando de sus cosas sin interrumpir un ápice su discurso y sin hacer la más mínima mueca, sin el más mínimo atisbo de haberse percatado de que ante sus narices ha pasado un ente físico, un hombre de carne y hueso (e intenciones, por supuesto). Nada. Ni un leve pestañeo. No me ven, y sin embargo existo. Doy fe. Soy invisible, pues. ¿Acaso esto es mejor que la transparencia? Quia. Si de positivo tiene que, al fin, ya no me ven las intenciones, qué importancia tiene si ahora tampoco me ven a mí. Conclusión, de nuevo una nueva afrenta a mi ya maltrecha autoestima. Uno no es nadie si no existe para, al menos, la mitad de la población mundial. Y, la verdad sea dicha, para la otra mitad no es que cuente mucho tampoco. Y así las cosas, cómo pretenden que uno mantenga unos mínimos niveles de amor propio.

Pero ésta malhadada circunstancia de la transparencia vital no es más que uno de los factores que han contribuido a pulverizar mis niveles óptimos de autoestima. Otros innumerables factores, de los que hablaremos en otra ocasión, han contribuido a la merma de la misma con el paso de los años, y esta penosa merma, a su vez, ha sido la desencadenante de otra de las metamorfosis conceptuales de las que he sido sujeto a lo largo de mi desarrollo ontogenético.

Efectivamente, con el gradual deterioro de mi autoestima he ido advirtiendo cambios en mi autopercepción personal que me han llevado a un lamentable y degradante discurrir por los distintos reinos biológicos: animal, vegetal y mineral.

Cuando mi autoconcepto, fruto de la excesiva juventud, era netamente positivo e incluso, diría yo, manifiestamente supravalorado, tenía yo para mí que era un “hombre”. Es más, determinadas circunstancias, que por pudor no habré de mentar aquí, me llevaron a la vanidad más absoluta y llegué a acariciar la idea de que era un “hombre objeto”. Vanidad y más vanidad. Los años y los hechos me abrieron los ojos y llegué a comprender que tenía más de lo uno que de lo otro. Esto es, era más “objeto” que “hombre”.

Pero asumida la idea de que no era más que un objeto, me dio por reflexionar sobre qué tipo de objeto sería. A qué reino biológico pertenecería. Estaba meridianamente claro por aquel entonces: era del reino animal. Abundaba en esa idea la opinión más cercana que tenía como referencia: mi esposa, la cual insistía a menudo que yo era un “pedazo de animal”. Opinión compartida por otras personas de mi entorno que presumían de conocerme bien.

Quedaba, pues, por establecer qué especie de animal era si asumía tal condición. Estaba claro, las mismas fuentes me daban la respuesta. Ora me veía perteneciente a la familia de los équidos, más concretamente un equus asinos (vulgo: burro); ora como miembro de los pórquidos o suidos, concretamente un sus domesticus (cerdo). Ambos animales estaban en boca de mi santa esposa con demasiada frecuencia cuando hacía alusión a mi humilde persona.


Pero los años, no pasan en balde, y el tiempo disipa la niebla y le acerca a uno a su verdadero ser. Eso, unido al hecho de que la vida de un adulto empieza a declinar; comienzan a desaparecer los azarosos vaivenes propios de la juventud y principia una vida sosegada que se torna más tarde en absoluta quietud. Digamos, en resumen, que uno empieza a “vegetar”.

Percatarse de ello y pensar que ya no era ni siquiera “animal” fue todo uno. En efecto, fui tomando conciencia de mi condición vegetal pese a mi apariencia antropomorfa.

Mi autoestima se desmoronaba por momentos. Mi metamorfosis aún no había concluido y me estaba degradando por momentos, hundiéndome en un proceloso abismo sin fin.

Yo era un vegetal. No me quedó la menor duda de ello cuando, fui víctima de un homeópata que me hizo comer tantos congéneres del reino vegetal (puro canibalismo, pensé más tarde), que ya no hacía la digestión, sino la función clorofílica. Además, cuando, rara vez, tenía todavía algún acceso de cólera, ya no me ponía rojo de ira, sino verde como el "Increíble Hulk”.

Pensar, pensaba poco; que no es propio de los miembros del reino vegetal, pero lo hacía lo suficiente como para preguntarme de nuevo por el tipo de vegetal que podría ser. Y, cómo no, las mismas fuentes me decantaron por un miembro de la familia de las crucíferas, una variedad de la Brassica oleracea. Esto es, estaba hecho un auténtico “berza”. He de añadir que, de siempre, debía haber sospechado mi tendencia al “vegetalismo”, toda vez que mucha gente siempre creyó de mí que era un auténtico “cardo borriquero”. A eso se le llama visión de futuro.

Optimista será el que crea que la metamorfosis ha dado a su fin. Nada más lejos. Los miembros de las nuevas generaciones que me rodean manifiestan sin tapujos (ni educación, por supuesto) su opinión sobre mí repetidas veces, hasta el punto que estoy empezando a pensar que tienen razón y que soy un auténtico “fósil”. Esto da una nueva vuelta de tuerca a mi escuálida autoestima y me aproxima peligrosamente al reino de lo mineral haciéndome claro candidato a ser un fósil de origen vegetal.

Pero, pese a todo, aún me queda un prurito de vanidad y me consuelo en pensar que seré un extraño caso objeto de curiosidad de todos los miembros de la comunidad Peleobotánica. En fin, quien no se conforma, es porque no quiere.

martes, 19 de agosto de 2008

Historia de una cabeza


Mi madre siempre anheló tener una familia numerosa, pero su segundo parto, a la sazón, mi nacimiento, dio al traste radicalmente con sus expectativas. Se dijo para sí e hizo saber a los demás que ese sería su último parto, que nunca más volvería a pasar por una experiencia traumática semejante. Y todo por culpa del extraordinario tamaño de parte de mi anatomía; más concretamente al volumen de mi cabeza.

Me apresuro a decir, para que los malpensados no se hagan una idea inapropiada de mi físico, que aunque éste no sea para tirar cohetes, mi cabeza actual no dista mucho de lo que podría considerarse como normal y el cuerpo está al tenor de la misma. El problema no es, sino que fue: Al nacer yo poseía una hermosa y esplendorosa cabeza propia de un adulto que remataba, prominente, mi cuerpecillo de bebé.

Con el devenir de los años, el cuerpo fue adoptando tamaño y formas propias de cada edad sin que, por el contrario, la cabeza experimentase cambio alguno en cuanto al tamaño. Tanto es así, que para constatar la veracidad de tal afirmación, puedo decir que, al día hoy, poseo una talla de cabeza exactamente igual a la que tenía cuando nací. Hasta tal punto esto es cierto que actualmente puedo cubrirme sin problemas con los mismos gorros que me adornaron en mi más tierna infancia. Si ir más lejos, no hace mucho me vi en la obligación de demostrar a un incrédulo interlocutor esta curiosa particularidad y busqué y hallé uno de aquellos gorros de paja con los que se enjaezaba a los infantes allá por los años sesenta y que mi madre, aquejada desde jovencita de prematuro “síndrome de Diógenes”, guardaba desde entonces. El gorro en cuestión se ajustó a mi testa como un guante a su mano respectiva. Y más allá del ridículo aspecto que me confería podría haber salido de paseo con el citado aderezo.

Semejante proeza se debe, según la pertinente explicación médica, a que yo tuve la ocurrencia de nacer con un pequeño trastorno sin importancia y estadísticamente muy infrecuente conocido como “adultus cápita” o también “hypercephalis infans”, esto es, poseía una cabeza propia de adulto siendo un niño. Una cabeza grande y bien formada que fue el asombro de la profesión médica que desfiló por la cabecera de la cama de madre y neonato en cuanto se propaló la noticia. La “Gota de Leche”, lugar de mi nacimiento, fue por aquél entonces hervidero de médicos, tráfago de pediatras que quería constatar con sus propios ojos aquel hecho sin parangón. Todos ellos, a la postre convinieron en certificar que con aquella fecha y en aquel lugar se acababa de batir la plusmarca mundial de “cerramiento de fontanela”. Registro que, con orgullo, aún ostento en la actualidad y del que queda fe en una placa conmemorativa que a tal efecto tuvieron a bien fijar las autoridades competentes en la fachada de tan noble edificio gijonés y que aún se conserva para sorpresa y maravilla de los viandantes que reparan en ella: “Al ilustre patricio y prócer gijonés Armando Martín Fernández que dio fama a esta Santa Casa con su inaudita hipercefalea. Enero de 1960. El pueblo de Gijón”. Lo de Armando, no se trata de una equivocación; antes al contrario, pues ese fue el nombre que, presa de un enorme aturdimiento debido a la traumática experiencia, fue capaz de balbucear mi madre ante las preguntas de las atónitas enfermeras. Más tarde, recobrada templanza y seso acordaron darme la gracia por la que hoy se me conoce, pero para entonces en los registros oficiales de la inveterada institución ya figuraba el nombre de Armando.

En este curioso incidente sin importancia, se apoyan mis descreídos críticos para poner en tela de juicio la veracidad de lo que aquí se cuenta, toda vez que niegan que esa sea mi identidad. En ese dato y la circunstancia de que semejante plusmarca no está registrada en el afamado Libro Guinness de los Records. Esta circunstancia no hace más que evidenciar su propia ignorancia aderezada con grandes dosis de envidia, pues es sabido que dicho libro, no fue introducido en España hasta años más tarde, habida cuenta de las autoridades de por aquel entonces mantenían unas actitudes absolutamente xenófobas que les hacía repudiar cualquier “invento” foráneo.

Para el lector bien intencionado que dé justamente por bueno lo que antecede, diré que, si bien me siento orgulloso, como digo, de haber protagonizado un hecho tan singular, no siempre las consecuencias derivadas del mismo han sido todo lo gratificantes que cupiera esperar, más allá del hecho de que nunca, con excepción de la mencionada placa conmemorativa, se ha dado la importancia que, modestamente, creo que el hecho se merecía.

Fueron (y aún hoy lo son) varias las circunstancias derivadas de mi particularidad física que me trajeron importantes consecuencias en los años sucesivos.

Uno de ellos que, aunque parezca baladí, a mí me contraría enormemente por lo que supone de merma emocional, es que apenas existen documentos gráficos de mi más tierna infancia. Y si existen están borrosos o aparezco siempre en una posición de “decúbito prono”. No se conservan fotos de mi persona como las que adornan todos los álbumes familiares, es decir, en posición sedente. Las pocas que existen (no más allá de dos), siempre aparezco con el brazo de un adulto a mi espalda, tal si fuera el muñeco de un ventrílocuo. Tan enigmática mano no hacía más que preservar mi verticalidad, pues de otro modo era imposible obtener un daguerrotipo en posición de sentado pues el tamaño y peso de mi cabeza hacía que, no bien me habían situado en la posición más conveniente, al retirarse unos metros para efectuar el disparo, yo perdía de inmediato la verticalidad estampando con estruendo la cabeza contra el piso, ora hacia adelante, ora hacia atrás, ora hacia los lados. Por demás diré que semejante porrazo devenía en inconsolables llantos que resultaban muy poco fotogénicos, por cierto, lo que obligaba a largas sesiones de carantoñas y pantomimas hasta que se consideraba que yo volvía a estar de nuevo en perfecto estado de revista a los fines fotográficos. Y vuelta a empezar para desesperación del fotógrafo.

Tan solo muchos meses más tarde y coincidiendo con una visita familiar a la playa algún ocurrente personaje, dio con el método adecuado para que mi sedente verticalidad no se viera comprometida. Era tan simple como ingenioso: bastaba con hacer un hoyo en la arena en el que poder encajar convenientemente mis posaderas y evitar el inestable balanceo de mi cabeza.

No obstante, como digo, no son muchos los retratos que se conservan, lo que en cierta medida, supone como si parte de mi infancia me hubiera sido hurtada. Además, el hecho de que las pocas que se conserven tengan la apariencia descrita sumado al proverbial escarnio que los hermanos mayores hacen con los que les suceden y que en el caso de mi hermano tuvo especial virulencia, yo crecí creyendo que era el nieto de “Doña Rogelia”.

Pero, con todo, no es esta una de las consecuencias más indeseables de mi hipercefalea. Quizá la más significativamente desagradable se derivó del hecho de que el abultado tamaño sólo atañía a la estructura craneal, que no a la talla cerebral. Es decir, que por muy grande que fuera mi cabeza, mi cerebro nunca estuvo en correspondencia. En consecuencia, siempre adolecí de lo que se da en llamar holgura cerebral. Esta dolencia cursa con unos síntomas tan evidentes como molestos para quien los padece. Cuando el paciente acomete un movimiento de arrancada brusco, es decir, comienza a caminar demasiado bruscamente, siente, por efecto de la inercia un pequeño golpe en la parte posterior del cráneo; de forma análoga cuando detiene su marcha de improviso por el mismo efecto físico, siente golpear en la parte frontal del cráneo.

Aunque estos síntomas resulten un poco molestos, en general se termina uno acostumbrando o bien trata de minimizarlos no realizando arranques y paradas bruscas o, bien se adquiere una extraña habilidad consistente en pequeños movimientos de cintura casi imperceptible que, a modo de servomecanismo, palían la rigidez del tronco y minimizan el impacto.

No obstante, en general, tiende a producirse un pequeño roce de la masa encefálica con las paredes craneales lo que trae como consecuencia una irritación cerebral (“cerebritis por holgura intracraneal”) que pese a no tener graves consecuencias, genera leves trastornos cognitivos: el acto de pensar implica un esfuerzo suplementario, toda vez que se ve acompañado un pequeño escozor. Una vez metido en materia, esto es, cuando uno lleva tiempo pensando, la zona se desensibiliza y apenas si se nota el escozor mientras no “enfríe”. Así las cosas, como consecuencia cognitivo-comportamental directa, se advierte que o bien uno rehuye cualquier tipo de actividad mental o, por el contrario, una vez iniciada se propende a no detenerla; la manifestación conductual externa de los individuos aquejados de semejante trastorno es una actitud ausente unas veces o que deriva, en ocasiones, en una verborrea incontenible y extenuante tanto para el sujeto paciente como para sus posibles interlocutores, que, en cierto modo, también pasan a “padecer” al sujeto.

Son pocos los tratamientos paliativos de semejante dolencia. El más eficaz pero también el más invasivo, y por tanto poco recomendable, consiste en la introducción, vía trepanación, de silicona líquida neutra que al ser una sustancia inerte rellena sin más consecuencias el espacio intercraneoencefálico. Al parecer, otras pruebas realizadas con espuma de poliuretano no han sido en absoluto satisfactorias pues, dado el carácter expansivo de la materia, tendía a invadir otros compartimentos como las fosas nasales y el oído medio, lo que derivaba en consecuencia harto indeseables: sordera, anosmia, etc.

Con todo puedo decir que yo creo haber dado con una solución en absoluto invasiva y más próxima a lo que se entendería como dentro del ámbito de lo que se conoce como terapia cognitivo-conductual con claras implicaciones psicosomáticas, en tanto en cuanto parece existir una evidente transformación morfológica fruto de una actividad cognitiva inducida.

En detalle, se trataría de pensar en “tonterías”. Efectivamente, he comprobado empíricamente cómo las ideas absurdas y sin importancia, sin contenido racional alguno, tienen el mismo efecto en el cerebro que los gases tienen en el intestino, esto es, inflarlo sin por ello llenarlo de contenido. En consecuencia, las tonterías inflarían el cerebro de manera artificial sin que ello implicara un pensamiento racional con contenido, evitando así, una actividad cognitiva en sí misma y por ende lo que esta produce. Sin embargo, el aumento de tamaño hace que el cerebro encaje de forma natural en las paredes craneales desapareciendo así la holgura encefálica determinante etiológico de la irritación y sus desagradables consecuencias.

No me siento especialmente satisfecho de que, debido a esta singular solución, uno manifieste un comportamiento bien extraño a los demás, que desconocedores de la verdadera razón de tanta tontería, me asigne de forma gratuita, irracional e inmerecida la etiqueta de “tonto de remate”. No obstante, bastaría con pensar en ellas y no transmitirlas si no fuera porque la experiencia me dice que si pienso demasiadas se produce la misma molesta sensación que uno tiene cuando tiene un exceso de gases intestinales, en cuyo caso la única forma de aliviar esos síntomas es proceder a verbalizar las tonterías. Pero, siguiendo con la analogía, del mismo modo y manera que la liberación de gases intestinales se realiza mediante actos sonoros manifiestamente desagradables, la liberación de los “gases” cerebrales también implica actos sonoros (léase alocuciones) e igualmente desagradables, especialmente para los interlocutores que circunstancialmente se encuentren presentes a los cuales, desde aquí, pido disculpas por anticipado.