miércoles, 26 de noviembre de 2014

K-Ghon: El héroe anónimo

No soy yo hombre dado a grandes alardes de valentía. Antes al contrario, si de algo me confieso pecador es de un exceso de prudencia lo que es una eufemística forma de decir que soy un auténtico cagón. Nunca mejor dicho como bien se podrá comprobar más adelante.
 Así pues, pierde su tiempo quien busque mi nombre en los murales lapidarios de héroes patrios. Soy cobarde, sí, pero aspiro a ser longevo y los valientes héroes lo son durante poco tiempo. Más vale viejo cobarde que joven héroe muerto.
Ahora bien, dejada constancia del anterior principio, debo decir que en alguna que otra ocasión me vi obligado a afrontar con valentía ciertas situaciones  que pusieron  en riesgo mi vida aunque fuera de forma más o menos consciente. Debo reconocer, no obstante, que en esas contadas ocasiones, lo que pudiera interpretarse como un acto de valentía no fue más que una huida hacia adelante so pena de males que, si bien nunca serían tan graves como la propia muerte, si me hubiesen traído nefastas consecuencias.

Dejo hoy aquí reseña de una de esas ocasiones e inauguro con ello un tema hasta ahora inédito en este blog. Tema que por escabroso nunca me atreví abordar pese a que supondría, sin duda,  un inagotable filón de anécdotas personales pero que, por contrario, puede llevarme hacia una deriva  de insondables repercusiones.  El tema en cuestión no es otro que la  escatología. Y no me refiero a los menesteres postmortuorios sino a los más mundanos de origen fisiológico.
Pero, sin más prolegómenos, entremos en materia. Hallábame yo cumpliendo el servicio militar cuando, sin yo quererlo, me vi asomado al abismo de una muerte trágica a la par que ridícula y todo ello por una inoportuna llamada de la naturaleza. Y es que la fisiología tiene sus razones que la razón no entiende.
Era mi primer servicio como conductor. La tarea era simple: ir a buscar a "mi general" a su casa y llevarlo a su oficina en el Cuartel General del Ejercicio sito en los suntuosos y céntricos jardines de la plaza de Cibeles, en Madrid.  Acabada la jornada, desandaba el camino y lo retornada a su hogar sin más complicaciones.
Ahora bien, toda vez que yo era un novato, a la par que suplente del chófer oficial, no tenía las preceptivas credenciales que me permitieran el acceso al edificio del Cuartel. En consecuencia, por extraño que pueda parecerle a todo aquel que no conoce los entresijos del Ejército,  debía permanecer de 9 a 5 en el aparcamiento, al pie del vehículo oficial. Sin comer, sin beber, sin... Sin nada de nada.
Pero he aquí que la fisiología humana no entiende de las estrictas y absurdas reglas militares. Y mi vientre tuvo la inoportuna ocurrencia de recordarme que él había ido a la "mili" conmigo pero que tenía vida propia. Así que empezó a susurrarme  su apremio por resolver sus asuntos lo que me provocó un escalofrío y arrancó de mis labios un lastimero: ¡ Ay, Dios!
No sabía yo del paradero de ningún habitáculo habilitado para menesteres tan prosaicos toda vez que aquellas no eran mis habituales dependencias. No obstante, deduje que en el cuartel anejo al noble edificio, donde residía la tropa, habría en abundancia. Allí me dirigí pero se me informó tan desabridamente como era habitual que no se podía pasar pues estaban a la espera de "dar novedades"; lo que en la jerga cuartelera quiere dar a entender que acaban de limpiar y debía permanecer "limpio"  así hasta que llegara la autoridad competente a dar el visto bueno a la faena realizada.
Sea como sea, a mí se me encogió el corazón un poco más. Los avisos de mi vientre empezaban a subir de tono de forma alarmante. Salí de allí  con un preocupante temblor de piernas y a punto del desmayo. No obstante, no podía darme al abandono so pena dejar tras de mí un maloliente reguero de evidente origen.
Tras un instante de abatimiento y vacilación recordé el botiquín. Allí tenía yo un conocido que seguramente me auxiliará en un momento tan aciago. A duras penas llegué pero no tuve  éxito. Mi amigo no estaba y el capitán médico no entendió bien lo de la urgencia y me echó a cajas destempladas.
Pues bien, allí estaba yo de nuevo en el punto de partida, esto es, en el aparcamiento, rodeado de coches y jardines. Empecé a darle vueltas a la cabeza acuciado por la desesperación. Se desató entonces una virulenta tormenta de ideas en busca de una solución por descabellada que ésta fuera.
¡En el jardín! Tras un matorral. Aunque no tenía papel; ese sería el menor de mis problemas. En una fugaz faena "de alivio" podría salir del atolladero. Pero ¡quiá! Todo el jardín estaba patrullado por los energúmenos de la policía militar y si me interceptaban en plena faena eran capaces de fusilarme allí mismo.
¡En el coche! En el piso del asiento del conductor y disimulando el resultado con la alfombrilla podría colar. Pero que va. Amén de la dificultad física, el rastro oloroso cuando el general subiera al vehículo sería imposible de explicar. Aquello además podría ser considerado como maltrato de material, falta de respeto a un superior y atentado a cientos de preceptos de la disciplina militar. ¡Castillo! Ya me veía preso en un castillo.
¡Dos cuerdas! Necesitaba dos cuerdas. Atadas convenientemente a los tobillos dejaría que todo siguiera su cauce natural y la gravedad se encargaría de regalarme unos bonitos pero malolientes bombachos. Afortunadamente no disponía de ellas, si no...
Pero ¡qué hacer! Sin el preceptivo pase la Guardia Civil que estaba apostada a la entrada del edificio principal me daría el alto al momento lo que coincidiría, seguramente, con el colapso de mis esfínteres.
Mi vientre vociferaba insistente su urgencia y me recorrían gruesas gotas de sudor frío por la espalda. Así que presa del aturdimiento y movido por la desesperación tomé una grave y valiente decisión que podría costarme la vida: intentaría entrar corriendo en el edificio a riesgo de que las metralletas de los guardias civiles dieron un postrero alivio a mi padecimiento.
Así que corrí. Corrí sin mirar atrás, no sólo por huir de los más que posibles disparos sino de pura necesidad. Pasé entre los guardias como una exhalación y mi inesperado comportamiento debió hacer dudar a los números a los que imaginé mirándose entre sí. Sea como sea, aquel momento de vacilación me confirió unos metros de ventaja; los suficientes como para correr escaleras arriba y perderme entre los laberínticos pasillos del enorme edificio.  No obstante, oí detrás de mí gritar dándome el alto y encogí los hombros como toda defensa ante una posible ráfaga de proyectiles.
Ya estaba dentro pero... ¿dónde estaban los aseos? Nunca había entrado yo en aquel edificio y me encontré "corriandando" por unos interminables pasillos plagados de puertas con letreros que apenas si me daba tiempo de leer.  Sentía un preocupante murmullo que me seguía a cierta distancia así que cuando vi a través de una puerta semiabierta que había un despacho vacío entré con decisión y cerré la puerta tras de mí.
No podía más. Eché un atolondrado vistazo a mí alrededor y vi en una esquina, tras una mesa, una papelera metálica. Aquello, en aquel momento, me pareció lo más parecido a la taza de un inodoro que había visto en mi vida. En una desesperada maniobra me desembaracé del pesado cinturón, bajé mis pantalones caqui e hice toda la puntería que la situación me permitió, lo juro.
Huelga decir no hubo lugar al deleite en modo alguno. Antes bien, mis ojos no se despegaban de la puerta acristalada que traslucía el paso de uniformes al otro lado. En cualquier momento podría entrar alguien. Qué digo alguien; el propietario del despacho. Así que en cuanto pude di por finalizada mi tarea.
Pero... a qué iba a limpiarme. Ni siquiera busqué en mis bolsillos pues los sabía vacíos y llevado por un desenfreno de acontecimientos irracionales me sorprendí a mí mismo cogiendo una carpeta que había encima de la mesa anexa en la que entre otras cosas destacaba en rojo un sello que decía: "Confidencial".  Extraje el primer folio de aquel expediente y con el procedí al preceptivo aseo personal. Me deshice del papel tirándolo muy ordenadamente a la papelera y procedí a adecentarme a la carrera.
Asomé la cabeza fuera del despacho y cuando no divisé a nadie salí de un salto e intenté caminar con la mayor apariencia de normalidad que pude.  Pero me detuve. Sentí una insana curiosidad, miré hacia atrás y miré el cartel pegado a la puerta del despacho: "General de Brigada J. Rodríguez Ventosa // Departamento de Relaciones con la UE".
Mi salida habría de ser por la misma puerta que la fugaz entrada pero el anonimato que confiere la uniformidad jugaba a mi favor: todos los soldados somos iguales y nadie se fija en la credencial del que sale.
Al poco tiempo, estaba de nuevo en el aparcamiento al lado del coche oficial. Con las piernas aún temblando. Sin comer. Sin beber. Pero nada más.
Lo que pudo acontecer en aquel fatídico despacho es algo que nunca quise detenerme a pensar. Mi arrojo y decisión aunque a  la desesperada, rozó la valentía pero tampoco era caso de jactarme de ello ni en aquel entonces ni ahora. Prefiero, en este caso, ser un héroe anónimo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Jóvenes Emprendedores

Es un hecho: este país no necesita trabajadores. Lo que precisa son emprendedores. Jóvenes, a ser posible. Esa es la expresión de moda: "jóvenes emprendedores".
Se supone que un joven emprendedor es aquel que, echando mano de su ingenio, alcanza a tener una idea original y se pone manos a la obra para desarrollarla, para darle forma, para ponerla en marcha.
Ahora bien, teniendo en cuenta que hay más de cinco millones de parados, de los cuales la mitad (millón arriba o abajo) son jóvenes, cabe preguntarse: ¿habrá tantas ideas originales? Es decir, será posible que haya, al menos, dos millones de ideas originales en España. ¡Qué digo en España, en el mundo! Si todos los jóvenes en paro se ponen a pensar va a ser muy difícil que cada uno de ellos tenga una idea única y original y que, además, no coincida con la que tenga el joven que tiene al lado. Difícil tarea.
Pero no por ello imposible. Sin ir más lejos yo, que no soy joven, tengo más de una. Lo malo es que como digo, no soy joven y tampoco emprendedor. Así pues, con el fin de contribuir en algo para superar esta insufrible y prolongada crisis voy a "donar" de forma totalmente altruista unas cuantas ideas originales para que algún "joven emprendedor" sin ideas las haga suyas y cumpla con su obligación social de ayudar a este país a salir del atolladero. Allá van.

1. La primera idea que puede ayudar a forjarse un futuro prometedor que permita alcanzar pingües beneficios consiste en hacer pozos. Eso es, pozos en el suelo, sin más. Me explico.
La idea pretende aprovecharse de la irresistible necesidad que sienten los seres humanos de arrojar monedas a los pozos (o similar) que encuentran en su camino. Cualquier agudo observador podrá comprobar que cualquier pozo que tenga unas medianas dimensiones y que lleve un cierto tiempo en el lugar está repleto de monedas. Si, además, el pozo tiene agua, pues miel sobre hojuelas: más monedas, más ingresos.
Debe haber algo atávico y ancestral en ese curioso comportamiento. Tal vez provenga de la imperiosa necesidad que sentía ya el hombre primitivo de comprobar la profundidad de las oquedades arrojando piedras en su interior. Cuando en los caminos empezaron a escasear las piedras éstas fueron sustituidas por monedas que eran arrojadas en el transcurso de breves ceremonias acompañadas de los más variados ensalmos y preñadas de los más peregrinos augurios.
Pero no se trata de hacer aquí un tratado de Antropología. Se trata de que, una vez constatado el hecho de que todo pozo va acompañado de sus correspondientes monedas, aprovechemos la circunstancia para hacernos ricos.
Se cava un pozo. Si se llena de agua mejor, aunque no es imprescindible pues aumentaría los costes en infraestructura y en mantenimiento. Se espera unos cuantos días y se procede a retirar las monedas cuidando, claro está, de dejar algunas monedas en su interior a modo de reclamo.
A más pozos, más ingresos. Cuando el negocio ya esté en marcha, siempre se puede subcontratar la realización de los pozos y la recogida de los ingresos. ¡Un chollazo!

2. La segunda idea se apoya en las grandes oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías. La venta por internet está experimentando un auge desaforado. Todo el mundo compra de todo. Incluso las cosas más inverosímiles están al alcance de un click.
Pues bien, la original idea consiste en vender por internet "Corriverás con cascabelinos atrás". Obviamente para aquel potencial lector que no haya pasado de los cuarenta, no sabrá de lo que estoy hablando. Por eso es un negocio que tiene un "target" muy específico. Es decir, que está orientado a un determinado sector de la población caracterizado por sentir de cuando en cuando ataques de nostalgia.
Un "Corriverás" (lo de los "cascabelinos" es un accesorio opcional que no viene de serie) es un objeto cuya forma, tamaño, color y función está en la mente de cada uno. Su imagen quedó grabada a fuego en nuestras tiernas mentes a fuerza de amagos, chanzas y falsas promesas paternas. Cuando la siempre pedigüeña boca del niño apremiaba a los padres a obsequiarle con un regalo no suficientemente merecido, éstos siempre salían del paso prometiendo con generosidad regalarle un "corriverás". La natural curiosidad del infante trataba de indagar de qué naturaleza era tan misterioso regalo.
La respuesta, obviamente, estaba plagada de vaguedades que, no obstante, eran suficientes para que la desatada imaginación infantil diera forma a aquel anhelado juguete. Pero lamentablemente habría de quedarse en eso: en un anhelo jamás cumplido.
Frustración. No hay otra palabra para definir el estado de ánimo que se nos quedó a todos los niños de aquellos tiempos. Frustración que devino en nostalgia de algo que nunca tuvimos. Que nunca tuvimos pero que ahora gracias a mi original idea podemos tener. Basta pedirlo por internet, abonar una "módica" cantidad (portes aparte, claro está) y satisfacer así ese viejo anhelo.
Que lo que se envía no responde a lo que, el otrora niño, se había imaginado: se siente. Eso no es responsabilidad de la empresa sino de la calenturienta imaginación infantil. Por eso tampoco hay que darle muchas vueltas a la cabeza respecto al objeto a enviar. Eso sí, como los "cascabelinos" no vienen de serie, si alguien los desea, previo pago de otra "módica" cantidad habrán de ir incluidos convenientemente en la caja con las preceptivas instrucciones de montaje y uso. ¡Chollazo!

3. En el mismo contexto tecnológico y dirigido a idéntico público se inserta esta nueva idea para emprendedores. A saber:
Montar una editorial de venta de libros por internet. En realidad, la editorial sólo pondrá en el mercado un único título: "El cuento de la buena pipa". Eso sí, en tres formatos: vulgata, "de luxe" con tapa dura e ilustraciones y libro electrónico (e-buk).
La editorial puede llamarse "Ediciones La Buena Pipa", obviamente, y el libro, claro está, recogerá el conocidísimo cuento de la buena pipa que asombrosa e incomprensiblemente aún está por escribir.
En su versión papel bastaría rellenar unas decenas de páginas con el siguiente texto:
"Este es el cuento de la buena pipa. Hágase usted mismo la pregunta de si desea seguir leyendo. Si usted contesta que "si", pase a la siguiente página y siga leyendo. En cambio, si la respuesta es "no", le instamos, no obstante, a hacer lo mismo que antes. En caso de elegir cualquier otra respuesta, debe remitirse al primer caso, puesto que este es el cuento de la buena pipa."
Este será el único texto del libro, repetido múltiples veces; tantas como grueso quiera editarse el libro.
En el caso del libro electrónico se trataría de un libro "interactivo" que es lo que está de moda. Este empezaría diciendo: "Érase una vez un cuento que dábase en llamar La Buena Pipa. ¿Desea Vd. leer el cuento de la Buena Pipa?" De forma interactiva el lector se encontrará en pantalla con tres posibles respuestas: "Sí, "No" y "Otros".  Elija lo que elija el lector el libro electrónico contestará diciendo: "Lo siento, no se le ha preguntado que si "...."  (aquí iría la respuesta dada por el lector) sino si desea Vd. leer el cuento de la Buena Pipa". Esta secuencia habrá de prolongarse "ad infinitum". Y en eso consiste la "gracia" del libro en cuestión.
Damos de esta manera satisfacción a aquellos lectores que en su día se quedaron la insatisfacción de no poder saber de qué iba el "Cuento de la Buena Pipa". Qué infante nacido allá por los años 60 se resistiría a contar por fin entre los numerosísimos volúmenes de su biblioteca con este "incunable". Nos los quitarían de las manos. ¡Un bet seller! ¡Un chollazo!

4. Vamos con otra rutilante idea para emprendedores sin talento. En este caso se trata de fabricar y vender platos para ciegos. Es decir, platos en braille. Sabido es que los ciegos a la hora de sentarse a la mesa deben organizar su plato de manera tal que sepan dónde se encuentra cada alimento. A la izquierda las patatas, a la derecha el huevo, al frente las salchichas y así. De otra manera corren el riesgo de pinchar el huevo, mojar en las patatas u olvidarse de la salchicha. Un desastre.
Pues bien, con este invento se acabaron esas desdichas. Los platos aquí descritos tendrán en la parte inferior del borde una leyenda en braille indicando el alimento que se encuentra justo encima. Basta que el invidente pase sus yemas por el canto inferior del plato para saber dónde se encuentran los huevos o las patatas.
Caso de que se trate de un único alimento en el plato, pongo por ejemplo, sopa, por todo el derredor del plato aparecerá repetido en toda su extensión la palabra: "sopa, sopa, sopa, sopa...".
Pueden fabricarse dos versiones: la de lujo con el punteado en cerámica y la más práctica de quitar y poner mediante pegatinas con los alimentos más comunes que se pegarán al plato en cada refrigerio.

Una variante de este invento pero dirigido al mismo tipo de usuario es más bien un servicio y trata de aprovechar el filón que supone la peregrina idea del Principado de instalar paneles para ciegos en los miradores.
En efecto, al igual que se hace con los platos, la Administración ha decidido dotar a los paneles de muchos de los miradores que abundan en nuestra bella geografía, de unos letreros en braille para que los invidentes "vean" dónde se ubican los diferentes accidentes geográficos que se localizan desde el punto panorámico en cuestión.
Pero en su afán "no-discriminador" se han quedado un poco cortos habida cuenta de que no han tenido en cuenta que cuando el entorno del mirador se encuentra envuelto en una densa niebla, no hay quien vea nada. Ni videntes (no hablo de Raphel) ni invidentes. En consecuencia, para que estos últimos sientan de verdad la misma sensación que los primeros, debería haber un servicio de guardia que, en caso de niebla, se desplazara al mirador en cuestión y tapara los letreros con cinta aislante, procediendo a su retirada en el momento en el que se despejase el panorama.
Es aquí, donde el joven emprendedor, provisto de una moto puede ofrecer a la Administración ese servicio a través una contratación externa.

Por último y con el fin de hacer más rentable la inversión que supone la compra de la motocicleta me atrevo a sugerir una nueva idea complementaria con la anterior. Es decir, que cuando las condiciones meteorológicas permanezcan estables y se den condiciones de niebla intermitente siempre se podrá hacer uso de la moto para el siguiente negocio: El taxi-moto.
Se trata de poner un servicio de taxi pero en lugar de hacerlo con un vehículo de cuatro ruedas se haría con una moto. Es ideal para implantar en ciudades grandes, con mucho tráfico y a poder ser con buen clima.
El conductor debe llevar un casco de más, talla estándar (los cabezones deben aportar su propio casco) y un cepillo tipo barbero. Este último adminículo se usará para cepillar al cliente tras el recorrido a la par que se le dice el consabido "servido el caballero".
Al atractivo que supone un rápido trayecto sin tráfico se suma el de disfrutar de un paseo en moto lo que hace augurar un gran porvenir a esta idea aún por desarrollar del todo.

Bien, eso es todo de momento. Hasta aquí mi contribución desinteresada para que aquellos jóvenes sin ideas tengan también la oportunidad de convertirse en jóvenes emprendedores.
No hay de qué.

martes, 12 de agosto de 2014

Érase una vez un pez

Erase una vez un pez. Pero no se llamaba Wanda, sino Spitz; Marc Spitz. Y era mi ídolo allá por los años setenta.
No pocos años estuvo mirándome desde el póster que tenía en la pared de mi habitación. Allí estaba mostrándome orgulloso sus siete medallas de oro conseguidas en la Olimpiada de Munich. Moreno de tez y pelo, tocado de un generoso mostacho haciendo juego; con una discreta musculatura y embutido en un minúsculo bañador con los colores de la bandera americana. ¡Era un Speedo! El mejor bañador "de competición" del que yo tuviera noticia. Y ese bañador era el afán de mis desvelos.
Huelga decir que, de todo lo que se mostraba en aquel afiche, era el bañador lo único que, aunque remotamente, podría estar alguna vez a mi alcance. Digo lo de "remotamente" porque mi santa madre (vieja conocida de este blog) no estaba ni estuvo nunca por la labor de que yo pudiera enfundar tan deseada prenda. Ella era -¿cómo lo diría?- más de tipo Meyba de toda la vida. Y hubieron de pasar muchos años para que yo pudiera atisbar aquel anhelo del bañador, aunque fuera de lejos, cuando me pude comprar un bañador de imitación, un "Turbo" pero fue  justo cuando empezaron a pasar de moda y principiaban a imperar los bañadores bermudas.
Pero por aquellos años mi obsesión era el Speedo. Pero no había manera. Así que un buen día tuve una idea feliz: buscar en el armario algún bañador de cuando era pequeño. Queda dicho que mi madre siempre tuvo en Diógenes un ídolo (cada uno tiene el suyo) y lo guardaba todo desde acabada la guerra.
Hurgué en las procelosas profundidades de aquel armario, aun a riesgo de "descolocar" lo que con tanto esmero mi madre colocaba (grave delito donde los hubiera), hasta encontrar algo que me sirviera. Y lo encontré. Allí estaba: un diminuto bañador rojo de cuando yo tendría unos cuatro o cinco años. Sólo quedaba probarlo...
¡Como un guante! ¡Ideal! Era lo que yo estaba buscando; se ajustaba de pleno a mis expectativas. Y salvo por las siete medallas (y alguna cosa más) era la viva imagen de mi ídolo.
Ardía en ganas de irme a la piscina a "reestrenar" aquel feliz hallazgo. Únicamente quedaba un escollo y no pequeño: convencer a mi madre de que me dejara hacer uso del minúsculo bañador.
Dos días. Eso fue el tiempo que tuve que emplear para vencer la pertinaz negativa de mi madre que insistía en que no me iba a dejar salir de casa con aquello "tan arratao". Pero yo podía ser muy pesado; un verdadero "roncón", en palabras maternas. Así que, a regañadientes, conseguí su placet.
Aún sin acabar de rezongar, dejé a mi madre con la palabra en la boca y me eché escaleras abajo en busca de la bici para ir a la piscina. Creo que batí mi récord personal en realizar el trayecto. Cuando llegué me fui directo al vestuario y salí a la piscina hecho un pincel.
Era la hora de más afluencia así que pude lucir mi "nuevo" bañador rojo por entre toda la muchachada. Acalorado como estaba por el vertiginoso pedaleo, me fui directo al pedestal de salida dispuesto a hacer una "salida olímpica" y marcarme unos largos con mi mejor crol. Pero ahí habría de empezar mi tragedia.

Subido al pedestal, imaginaba a todo el mundo pendiente de mí y de mi bañador. Así que, con parsimonia, y deleitándome en la suerte, hice unos despreocupados movimientos de relajación  de extremidades, me ajuste gafas y gorro, miré fijamente la superficie del agua en actitud de gran concentración y haciendo un ostentoso ademán con los brazos procedí a adoptar la postura de salida echando tronco hacia adelante y el culo hacia atrás.
Y fue justo en ese instante cuando un inesperado crujido cercenó de cuajo tan bella estampa. Al crujido le siguió cierto frescor en la parte donde la espalda pierde su digno nombre. Fueron décimas de segundo que a mí me parecieron horas. Un sudor frío recorrió mi cuerpo mientras me llevaba las manos al trasero a la par que erguía mi cuerpo como activado por un resorte.
Tras un pequeño bloqueo mental reaccioné tirándome al agua de inmediato. Lo que habría de ser una elegante zambullida devino en un torpe chapuzón que me llevó a tocar el fondo de la piscina. Allí aguanté y aguanté todo lo que pude y más. Era preferible perecer ahogado que salir a la superficie y hacer frente a vituperio del personal.
Estoy seguro de que en aquel fatídico instante batí una nueva plusmarca mundial de apnea. Por un momento mi vanidosa imaginación se abstrajo de tan bochornosa situación y me vi saliendo del agua aclamado por toda la concurrencia ante tan grande proeza. Pero el límite de mi resistencia pulmonar puso fin a la fantasía y me devolvió a la cruda realidad exterior. Asomé la cabeza con estruendo y me agarré a la corchera sin atreverme a mirar al borde de la piscina.
De soslayo fui dándome cuenta de que la gente apenas si se había percatado de mi tragedia. Fue un cierto alivio. Pero de seguido vino la gran pregunta ¿cómo voy a salir de aquí?
El camino hasta los vestuarios era lo suficientemente largo como para que el paseíllo se me hiciera eterno. ¿Correr? Imposible con aquella superficie resbaladiza. Había grave riesgo de resbalón y caída lo que multiplicaría mi vergonzosa y desesperada situación. ¿Robar una toalla? Peligroso. Si era sorprendido "in fraganti" al bochorno habría que añadir una grave recriminación popular.
Muchas fueron las ideas que asaltaron mi cabeza en una sucesión frenética. Pero ninguna válida. Así que permanecí allí agarrado a la corchera tratando de aparentar que nada ocurría. Haciendo lo posible por parecer que estaba disfrutando de agradable baño.
Al cabo de un cuarto de hora el frío empezó a hacer mella en mis carnes así que decidí nadar. Instintivamente recurrí al crol pero de inmediato reparé en que ese estilo dejaba bien a la vista la humillante abertura de mi bañador así que en un ágil giro cambié al estilo de espalda. No era precisamente yo un consumado estilista de aquella especialidad pero a la fuerza ahorcan.
Un largo, dos, cuatro... diez. Ya no podía más. El cansancio hacía que con cada bocanada tragara medio litro de agua. Así que me detenía, me agarraba desesperadamente a la corchera y, recuperado el resuello, hacía un rápido recuento de la gente que aún quedaba en los aledaños de la piscina.
No sé cuánto tiempo pasó. Estaba aterido de frío. Mis dedos estaban blancos y arrugados como garbanzos. Mis ojos me resquemaban por el cloro y los imaginaba rojos como si hubiese llorado toda la mañana. Empezaban los calambres. La situación se hacía insostenible y para más inri, el salvamento había apreciado algo raro en mi comportamiento y no me quitaba ojo de encima. Salir de la piscina se había convertido en una misión imposible.
Pero si no quería perecer de hipotermia tenía que alcanzar el vestuario como fuese. Así que hice de tripas corazón, nadé como puede hasta la escalera más próxima a la salida subí la escalerilla de un salto y a toda prisa, pero sin correr, caminé hasta la puerta. Las manos atrás lo más disimuladamente posible y los ojos al frente sin osar mirar a otra cosa que no fuera el letrero que anunciaba el vestuario. Cruel experiencia la de aquel paseíllo, fueron los minutos más largos e ingratos que había vivido hasta entonces.
De vuelta a casa, me metí en mi habitación sin dar ningún tipo de explicación. Nada más entrar allí estaba él. Mark me miraba como siempre, sin embargo quise entrever una leve pero sarcástica sonrisa en la que no había reparado hasta entonces. Me tumbé en la cama boca abajo pero sentía la acusadora mirada de mi ídolo en mi espalda. Así que salté de la cama y arranqué con rabia el póster y como pude me aguanté las lágrimas de vergüenza y rabia.
Pero no había finalizado aún mi martirio. Como era mi costumbre había abandonado la bolsa de deporte con toda mi húmeda impedimenta a la puerta de casa. Y como siempre rápidamente mi madre se había hecho cargo de todo refunfuñando. Así que no pasó mucho tiempo hasta que se abrió la puerta de mi cuarto y allí estaba la figura de mi madre con el bañador roto en la mano y una mirada acusadora. Me miró como sólo ella sabía hacerlo, miró luego la pared sin Spitz y, sin más, se giró y me espetó una de sus categóricas sentencias: "¡¡Estúvote al pelo!!"
La consecuencia directa fue que me pasé el resto del verano sin ir a la piscina. ¡Qué digo sin ir! Sin ni tan siquiera acercarme por allí. Tenía la esperanza poder volver al año siguiente cuando se hubiesen olvidado de mi cara y, claro está, ¡de mi culo!

sábado, 22 de marzo de 2014

Registro Civil de Neonatos

-    Buenas.
-    Muy buenas.
-    ¿Es aquí donde se inscriben los recién nacidos?
-    Aquí es, sí señor. ¿Qué quería?
-    Pues eso… inscribir a un recién nacido.
-    Muy bien. Dígame. Nombre del padre.
-    Ramón. Ramón Martín.
-    ¿Y la madre?
-    En el hospital.
-    Ya, ya me imagino. ¿Pero cómo se llama?
-    Manoli.
-    Manoli no es ningún nombre.
-    ¿Cómo que no? Me lo va usted a decir a mí, que así se llama mi mujer.
-    Si ya, ya me lo ha dicho. Pero yo lo que quiero decir es que eso es como la llamará usted. Pero que tendrá otro nombre.
-    No, no. Yo no la llamo Manoli, yo la llamo “Amor”.
-    Vaya. Pero tampoco es un nombre. Yo me refiero a su nombre de pila. A su nombre oficial.
-    ¡Ah! Claro. Manuela. Se llama Manuela.
-    Qué más.
-    No, nada más. Sin el María delante, ¿sabe? Lo tenía, pero se lo quitó.
-    No, hombre. Me refiero a que cómo se apellida.
-    ¡Ah! Claro, hombre.  Amor.
-    No, no. Vamos a ver. Ya le he dicho que no me interesa cómo la llama usted en la intimidad. Quiero saber el apellido.
-    Pues, eso. Lo que le digo: Amor.
-    Ah, ¿qué se apellida Amor?
-    Si claro, eso le he dicho.
-    O sea, que usted en la intimidad ¿la llama por el apellido?
-    No. Qué va. Yo en la intimidad la llamo “Amor”.
-    Pues, eso. Lo que yo digo: que la llama por el apellido…
-    No, hombre, no. ¿Cómo la voy a llamar por el apellido? Menuda intimidad entonces. Yo la llamo “Amor” pero cariñosamente. ¡Cómo se pondría mi mujer si la llamara por el apellido!  Menuda es ella. No la conoce.
-    No efectivamente, no la  conozco. Déjelo, déjelo. Vamos a lo que vamos. Así que dice que su mujer se llama Manuela Amor.
-    Eso es sí señor. Pero yo la llamo…
-    Déjelo, por favor… No me interesa cómo la llame o deje de llamarla usted. Dígame, por favor: ¿nombre de la criatura?
-    ¿Qué criatura?
-    ¿Cuál va a ser? La suya. La que acaba de nacer.
-    No es una criatura.
-    ¿Cómo que no? Entonces que acaba de tener usted. ¿Una lavadora?
-    No hombre, no. Una lavadora, dice… Lo que quiero decir es que es un niño. De ser, sería “criaturo”.
-    Bueeeeno… Pues el nombre del “criaturo”. Del niño, quiero decir.
-    No. Aún no lo tiene ¿sabe? Por eso estoy aquí.
-    Ya, ya. Hasta ahí estamos de acuerdo. Y yo también:  para ponerle nombre a su hijo. ¿Quiere hacerme el favor de decirme cómo quiere llamar a su hijo?
-    Psst.
-    ¿Qué quiere ahora?
-    Inscribir a mi hijo, ya se lo dije.
-    Sí, sí, hombre. Ya lo sé. Pero es que usted me acaba de llamar la atención.
-    Oiga, oiga, perdone pero yo no le he llamado la atención nadie.
-    No. Quiero decir que usted me ha hecho: Psst.
-    No, no. No me entiende. No es que yo le esté llamando la atención. Yo le estoy diciendo el nombre de mi hijo.
-    ¿Qué nombre? Usted aún no me ha dicho el nombre de su hijo.
-    ¿Cómo que no? No le estoy diciendo que Psst.
-    ¿Cómo que Psst? ¿Pretende usted llamar a su hijo Psst? Eso no es ningún nombre.
-    Ya estamos. ¿Cómo que no?
-    No hombre, no. Es lo mismo que “Manoli”. Eso tampoco es un nombre.
-    Hombre, me lo va a decir usted a mí que así se llama mi mujer.
-    Bueno, bueno. No empecemos otra vez. Yo lo que quiero decir es que tiene que ponerle usted un nombre a su hijo que yo pueda inscribir en el registro.
-    ¿Y por qué no puede usted inscribir el nombre de Psst?
-    Porque no. Porque no está permitido.
-    ¿Cómo que no? Oiga, yo me he enterado ¿sabe? Antes de venir aquí me estuve documentando y sé que puedo ponerle a mi hijo un nombre con tal de que no sea ofensivo. Y no creo yo que Psst sea muy ofensivo, que digamos.
-    Hombre, estrictamente hablando, tiene usted razón. Ofensivo no es. Pero ¿cómo se la ha ocurrido a usted semejante extravagancia?
-    No es ninguna extravagancia. Es pura lógica. Yo no quiero condicionar a mi hijo en ningún sentido ¿sabe? Por ejemplo, no le voy a bautizar en ninguna religión. Quiero que sea él mismo, de mayor, el que escoja si quiere tener una u otra religión.
-    Ya, y eso ¿qué tiene que ver con llamarlo así?
-    Pues lo mismo. Yo no quiero ponerle un nombre que luego, cuando sea mayor no le guste y me eche a mí la culpa el día de mañana. Yo tengo un amigo que se llama Cojoncio que se acuerda de su padre todos los días de su vida y no precisamente para bien.
-    Ya ¿y lo de Psst?
-    Pues hombre, de alguna manera habrá de dirigirse a él hasta que el elija un nombre que le guste ¿no?
-    Ya.
-    Y usted cuando quiere llamar la atención de alguien que no conoce ¿cómo lo hace? ¿No dice usted: psst, psst?
-    Sí. Puede.
-    Pues, eso. Ahí lo tiene. Yo quiero llamarlo como lo va a llamar todo el mundo: Psst. Además es un nombre breve, sencillo, fácil de pronunciar por todo el mundo… Psst.
-    No si… mirándolo así.
-    Pues claro hombre. No vaya usted a pensar que es una ocurrencia. Es algo que llevo meditando desde hace mucho. Es puro sentido práctico de la vida. Es más, he decidido que yo mismo quiero cambiarme de nombre.
-    No me diga.
-    Sí, sí. Y le agradecería que me dijera en qué dependencia se puede hacer semejante trámite.
-    Pues, mire usted, da la casualidad que en esta misma ventanilla. Esto es el Registro  Civil, ¿sabe?
-    ¡No me diga! ¡Qué bien! Pues cuando acabemos con lo de Psst. Empezaremos con lo mío.
-    Oiga, y por curiosidad ¿qué nombre ha elegido para usted?
-    Pues eso, lo que usted acaba de decir.
-    ¿Yo?
-    Sí, sí. Eso mismo, oiga. Oiga.
-    Qué.
-    Qué, ¿qué?
-    Que qué quiere, usted.
-    Oiga, yo no quiero nada. Yo lo digo que Oiga es como quiero llamarme.
-    Ya, ya. Ya le oigo, dígamelo.
-    Pero si se lo estoy diciendo: Oiga.
-    Y dale, que ya le oigo. ¿Cómo?
-    Pues eso, le digo: que quiero llamarme “Oiga”.
-    ¡Oiga!
-    Qué.
-    No, no. Sólo repito. Asombrado, por supuesto. Pero eso no es ningún nombre, como no es ningún nombre Psst, o Manoli.
-    A mí me lo va a decir, pero si así llama mi hijo y mi mujer.
-    Ya estamos… No empecemos otra vez. Ya sabe lo que quiero decir… Y ¿cómo se le ha ocurrido a usted cosa semejante?
-    Pues, por qué va a ser. Si usted lo ha visto ahora mismo.  Cómo me ha llamado usted, pese a saber ya cómo me llamo. Pues, me ha dicho “Oiga”.
-    Oiga.
-    Si eso es. Oiga. Todo el mundo cuando quiere dirigirse a alguien y no sabe cómo se llama ¿qué dice? Pues, eso: “Eh, oiga”. Y el tipo va y mira. ¿O no? Pues ya está. ¿Por qué la gente va a saber cómo me llamo? Además, así es como en realidad me llama la mayoría de gente en este mundo. No voy a ponerme el nombre por el que me llama mi mujer.
-    ¿Y cómo le llama su mujer? Si se puede saber.
-    Pues hombre, depende del humor que esté. Si está de mala uva me llama cosas que usted no puede ni imaginar. Mucho peores que “Oiga”, se lo aseguro. Pero de normal me suele llamar “Aquí”.
-    ¿Cómo que aquí?
-    Sí, sí. Cuando habla a los demás de mí y estoy yo presente suele decir: “Porque ‘Aquí’  no sabéis lo que se le ocurrió hacer ayer…” Y hace un gesto señalándome.
-    Ya.
-     La verdad es que  no sé cómo me llama cuando yo no estoy yo presente.  Pero, oiga, puede usted imaginarse que no me va a llamar precisamente “Allí”. Se lo aseguro.
-    Ya entiendo, ya.
-    Así que opté por un nombre más “universal” ¿sabe usted? Y por eso elegí, Oiga.
-    Ya. Y otra curiosidad. ¿Tiene usted perro?
-    Si, si. Un bóxer precioso. Muy cariñoso.
-    Ya. Y si a su hijo quiere ponerle Psst y usted quiere llamarse Oiga. Tengo la inquietud de saber cómo llama usted a su perro.
-    “Venaquí”.
-    Debía haberlo imaginado.
-    En fin, señor Martín. ¿O debo llamarlo Oiga?  Ya queda todo anotado convenientemente. Espero que su hijo tenga una vida feliz y que cuando decida ponerse el nombre definitivo, si yo sigo aún aquí tendré mucho gusto en atenderle. Y saludos a su señora.
-    Adiós, muchas gracias. Ha sido usted muy amable.
-    Adiós, Oiga, adiós.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Mi lado femenino

Toda mi vida he tratado de guiarme por una máxima: Intentar ser un "buen hombre"; que casi es lo mismo que un "hombre bueno".  Ser un "hombre hecho y derecho", como decía mi madre. Ser un "hombre de bien"; ser un "hombre cabal", un "hombre de pies a cabeza", "un hombre que se viste por los pies". En fin, ser un Hombre, con mayúsculas.
Todos mis pasos en la vida se han dirigido en ese sentido sin que, lamentablemente, los resultados hayan sido los apetecidos. Ha tenido que pasar medio siglo para que me diera cuenta de que estaba totalmente equivocado. Iba en la dirección errónea, justo en la contraria. El sentido era bueno; la dirección, no. ¿O es al revés? En fin, me refiero a que, los años y ciertas acontecimientos que sería prolijo relatar, me mostraron el camino a seguir:  para ser mejor "hombre" debía ser más "mujer".
Efectivamente, curiosa paradoja esta, pero cargada de sentido: para ser más hombre tengo ser más mujer. La panoplia de virtudes que de suyo adornan a la mujer es la condición ideal para alcanzar la excelencia personal.
Me doy cuenta de lo que siempre había deseado alcanzar era esa pulcritud, esa limpieza, ese orden, esa delicadeza. Anhelaba esa ausencia absoluta de sucios apetitos, insanos deseos, pensamientos impuros; deseaba tener su exquisita sensibilidad, su asertividad, su empatía. Esa capacidad de entrega, de trabajo, de compromiso con los demás, especialmente con los débiles: niños, ancianos, enfermos... (¡Aunque sean hombres!).
Tardé en advertir que si conseguía añadir a mis escasas y poco cultivadas virtudes personales al menos alguna de toda esa retahíla de virtudes femeninas, de todo ese arsenal de dones que adornan la naturaleza de la mujer, habría de convertirme yo en aquello que siempre pretendí: un hombre de bien.
Una vez que vi la luz, de súbito se despertó en mí mi lado femenino. A duras penas fue desperezándose "esa" otro yo (o ese "otra" yo) que, como una bella durmiente, había yacido inerte esperando el iniciático beso que le devolviera a la vida.
Tras unos lánguidos bostezos y unos perezosos estiramientos; después de unos remolones y atolondrados primeros pasos mi feminidad comenzó a andar y juntos caminamos en el sentido correcto (¿o es en la dirección correcta?).
Como si del bálsamo de Fierabrás se tratare, de inmediato me sentí mejor, más hombre, más mujer, no sé... mejor persona, al fin. ¡Qué satisfacción! ¡Qué plenitud! ¡Qué goce!
Pero... Siempre hay un 'pero', empero. El cambio no sólo habría de reportarme parabienes y satisfacciones. Mi tardío descubrimiento y mi acción consecuente habrían de depararme un efecto secundario en absoluto inesperado. ¡Pardiez! ¡Qué contrariedad!
En efecto, amigos, tanto despertó en mí mi lado femenino que, siendo hombre aún, se experimentó en mí una crisis de identidad sexual que aún no he sabido resolver convenientemente.
La naturaleza quiso (pues yo no tuve parte en ello, lo juro) que yo naciera varón. Esto es, con todos los atributos de serie. Más o menos notorios algunos (más bien menos) pero atributos masculinos, al fin y a la postre. Así pues, se me planteaba un gran dilema. Era claro que si quería ser "mejor" debía ser más mujer pero, llevado al límite (para qué quedarse en medianías), sería una mujer atrapada en un cuerpo de hombre. ¿Qué debía hacer entonces? ¿Dar un radical paso y eliminar de raíz cualquier vestigio de varón? Sólo de pensarlo me dan escalofríos; siento cómo un respingo me recorre ciertas partes del cuerpo (que el pudor me impide nombrar).
Así, descartada la cirugía, aquí estoy sumido en la más absoluta desesperación debido a esta crisis de identidad sexual.
Por  un lado mi condición de varón aún prevalece muy a mi pesar; por otro, oigo insistente mi voz femenina que me llama cual sirena que llama a Ulises.
Y en tanto resuelvo la cuestión, me dio por hacer memoria y tratar de averiguar si en el pasado esa voz ya resonó en mis oídos y no la quise oír.  Es decir, me he puesto  a darle vueltas a la cabeza y pensar en dónde está el germen primigenio de mi crisis identitaria. Cómo pudo haber pasado inadvertida esa voz todo este tiempo.
He hecho balance de mi historia personal en busca de episodios que, si bien en su momento pasaron inadvertidos, ahora, a la nueva luz de los acontecimientos, tomen un nuevo sentido (¿o dirección?).
Y, efectivamente, he rescatado algunos en los que oí una vocecita que me llamaba al lado bueno pero a la que no pude, quise o supe prestar la debida atención.
Así es, amigos,  ya en mi más tierna infancia recuerdo un episodio que, si bien en su momento no pasó de ser la anécdota graciosa de un niño, ahora quiero interpretar como reveladora de algo más trascendente.
En aquellos años una de las figuras más sobresalientes de la actualidad nacional era la reina Fabiola. Sus esponsales con el rey Balduino de Bélgica coparon todos los titulares de la prensa del régimen (de Franco, se entiende). Yo, aunque niño, no permanecí ajeno a aquel egregio  acontecimiento, tanto es así que recuerdo que a la sazón había en mi casa una pequeña manta azul celeste y con ribetes de lamé, muy "amorosa" ella, que confortaba mis frías noches de invierno. Pues bien, tengo el vago recuerdo, adulterado por los comentarios de mis adultos, de que yo desfilaba por el pasillo de casa con aquella manta a modo de capa diciendo con afectación "yo soy la reina Fabiola" y me contoneaba muy principesco.  Esta representación causaba el regocijo de los presentes de forma tan notoria como lo es la vergüenza que ahora siento al recordarla.
No sé si he acertado en describir gráficamente la imagen; si así fuese creo que sobran los comentarios. Y si bien hasta hace poco la evocación de aquel recuerdo dibujaba en mi rostro una indulgente sonrisa, ahora ésta ha devenido en una enigmática mueca de difícil interpretación. Podría decirse que la hilaridad de antaño tornóse en el sofoco de hogaño.

Años más tarde, ya un poco más crecidito y con motivo de una gira artística por tierras canguesas tengo memoria de otro episodio que hizo tambalearse por primera vez mi identidad sexual. Aquello ya no fue una vocecita, fue algo más sonoro.
Debo aclarar que lo de la "gira artística" no es petulancia, es real y forma parte de mi otra vida oculta que quisiera olvidar pero que algún día tendré a sacar a la luz a modo de liberadora catarsis. Pero esa es otra historia que contaré en otro momento.
Pero, a lo que voy, hallábame yo, como digo, por tierras de Cangas de Narcea. No me había prodigado yo mucho por aquella zona: vamos, que no había ido nunca. Era mi primer contacto con el paisaje y el paisanaje. Y si bien el primero no me sorprendió en absoluto, fue el segundo el que hizo que se tambaleara mi, hasta entonces, asentada sexualidad.
En efecto, pese a lo poco observador que soy, pronto llamó mi atención un hecho que me sorprendió a la par que inquietó: los ojos de los hombres. Sí, sí como lo oyen. Algo había en los ojos de aquellos hombres cangueses que atraían mi mirada una y otra vez.
Así es, todos los hombres que me rodeaban lucían unos ojos (dos, cada uno) de una belleza inusual lo que les confería una mirada turbadora.  Cuando me sorprendí a mí mismo deteniendo mi mirada en la suya, posando mi pupila en su pupila (que diría Becquer, no Boris) me asusté. ¿Cómo podía ser que aquel saco de hormonas (masculinas) que era yo por entonces, pudiera deleitarme en la turbadora mirada de aquellos aguerridos hombretones de formas y gestos tan varoniles?
Un estremecimiento recorrió mi columna vertebral y se detuvo a la altura de mi cerebelo que reverberó durante un momento. ¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso había despertado una pasión ignota para mí? ¿Qué mágico encanto se desprendía de aquellos hombres que hacía tambalear los más sólidos pilares de mi virilidad? ¿Me vería obligado a salir del armario o, al menos, a mirar a través de la cerradura?

Dudé. Bien sabe Dios que dudé. No obstante, la duda me paralizó y no adopté decisión alguna de la que luego pudiera arrepentirme. Es decir, que no me dio por abrir el armario de par en par. Antes al contrario, permanecí víctima de un sobrecogimiento reflexivo de vacuos resultados. En otras palabras: me quedé con la mente en blanco y sin saber qué hacer o decir.
Y, de repente, algo, no recuerdo exactamente qué, hizo que se me encendiera una lucecita en el cerebro que vino aclarar mis tinieblas: ¡Antracita!
Eso era; no era yo, era la antracita. Me explico: sabido es (o debía ser si no fuera por la ESO) que la comarca de Cangas era, por aquel entonces, rica y próspera gracias a las minas de carbón.  Concretamente, de antracita.
Y por tanto, la mayoría de los hombres de la zona tenían por ocupación las labores mineras. Como quiera que, al parecer, el polvo de antracita se adhiere de forma especial a las pestañas éste se convierte en una suerte de "rímel" natural difícil de erradicar por los métodos higiénicos naturales, o sea, con agua y jabón. La forma más útil de borrar tan evidente huella es, según tengo entendido, llorar mucho. Pero, claro está, no está muy bien visto entre los aguerridos mineros cangueses andar llorando por las esquinas como plañideras. ¿Se imaginan ustedes a un relevo entero de mineros sentados en la "casa de aseo" llorando desconsoladamente  como nenazas por mor de limpiarse los ojos?
Así, pues, no les queda más remedio que hacer de tripas corazón y salir a la calle como si fueran cabareteras y, de paso, haciendo deambular por el filo de la navaja de la identidad sexual a más de uno.
No digo yo que alguno que otro, aproveche la circunstancia y se deje arrastrar por el vicio y, como el que no quiere la cosa, ponga un poco de colorete aquí o de un toque de carmín por allá. Pero como digo es ya es vicio y motivo de otro análisis distinto.

Afortunadamente para mi tranquilidad aquella reveladora explicación de la antracita vino a tranquilizarme lo suficiente. Eso y la bienhadada circunstancia de que mis bolos artísticos no volvieron a llevarme de nuevo por aquellas tierras, alejándome así de la tentación por exposición.
Era la segunda vez que desoía desdeñosamente la voz de mi lado femenino. Y por eso me pregunto ¿qué hubiese sido de mí si me hubiese dejado llevar por el canto de mi sirena interior  y hubiese dado rienda suelta al otro (otra) yo? ¿Hubiese alcanzado antes la excelencia personal? ¿Habría sido mejor persona desde entonces?
No sé, a lo mejor son preguntas absurdas y nada de esto tiene sentido. ¿O es dirección?








lunes, 1 de julio de 2013

La Línea

I

Cuando Graciano entró en El Sindicato aún faltaba casi una hora para que pasara la línea en dirección a Oviedo. Así que pidió un solisombra para caldear sus huesos y ahuyentar la humedad que la borrina mañanera le había pegado al cuerpo. Y es que el día era uno de esos de finales de junio que parecen de primeros de octubre.
José Manuel, el hombre de la sempiterna bata gris y de las antiparras incrustadas en la nariz le sirvió la copa y le puso al corriente de las últimas novedades habidas por la comarca sin salir de detrás del mostrador. Mientras tanto empezaron a llegar parroquianas cargadas de cestas repletas de patatas, lechugas, berzas, huevos…, en fin, de todo un poco pero muy bueno. Y es que había “mercao” en la Pola y para allá se iban aquellas buenas mujeres a ganar unos duros.
Como la mañana estaba fría el bar-tienda enseguida se atiborró de gente; no estaba la cosa para esperar fuera. El inusual tiempo para aquellas fechas era, obviamente, el tema general de conversación y en más de una ocasión salió a relucir aquello del cuarenta de mayo y alguna recordó escandalizada que ya hacía tiempo que pasara Cincuesma.
De cuando en cuando, Graciano se asomaba a la puerta por ver si oía llegar el viejo autobús subiendo valle arriba. Por fin pudo distinguir un lejano roncar que anunciaba su inminente llegada. Cuando el vetusto autocar dobló la curva de la iglesia y enfiló el último tramo de cuesta hasta El Sindicato, la gente se fue agolpando a la puerta del establecimiento donde estaba la parada.
No bien el autobús se detuvo y exhaló un último y sonoro suspiró cual animal antediluviano, comenzó un frenético tráfago de personas y mercancías. El motor diesel seguía respirando con cadenciosa fatiga. Graciano ayudó, aquí y allá, a subir y bajar bultos y luego se dispuso a tomar asiento pero Salustio, el chófer, le hizo un ademán con el índice señalando hacia arriba. O sea, que de nuevo tenía que viajar en los bancos de la baca, entre  bultos, paquetes, cestas y alguna que otra gallina.
Esguiló escalera arriba en busca de un sitio y pronto se percató de la presencia de un ataúd entre toda la impedimenta, si bien no se extrañó en absoluto. Era bastante corriente que desde la Villa mandasen, por medio de la línea, un féretro para dar cristiana sepultura a algún finado de alguna parroquia aledaña. No obstante, como era costumbre, se santiguó y tomo asiento lo más cómodamente posible, lo cual era poco, a decir verdad.
Caló la boina hasta las cejas y se quitó el plexiglás para volver a ponerlo del revés, esto es: con los botones a la espalda como solía hacer en los días fríos cuando montaba su decrépita Lambreta.

El autobús reinició la marcha y tardó en coger algo de velocidad; luego, con cada cambio de marcha, iba emitiendo un sonoro quejido que ponía los pelos de punta. Fue llegar a la altura de Lloses y empezaron a caer las primeras gotas; la cosa se iba a poner cruda allí arriba, pensó Graciano. Mucho antes de llegar a L’Arbazal llovía con toda la gana y fue cuando Graciano tomó una decisión que a la postre tendría trágicas consecuencias: resolvió meterse en el ataúd a la espera de que escampara y así lo hizo sin ambages ni remilgos.
Cuando la línea se detuvo en el Alto de la Campa, ya esperaban allí dos vecinos de Lluaria y una oronda señora de Vallinaoscura que portaba las primeras cerezas del año que los señoritos de Oviedo pagarían a buen precio.
Allí, como se pudo, se buscó acomodo para ella, pero ellos hubieron de seguir los pasos de Graciano y encaramarse en los bancos de la baca. Pronto se parapetaron tras sus paraguas para guarecerse de la lluvia y el viento. El autobús emprendió de nuevo su marcha ahora más desahogadamente, pues principiaba la bajada hacia el valle de Sariegu.
Entre tanto Graciano, desde su oscuro cobijo, escuchó, e incluso reconoció, las voces de los nuevos pasajeros pero ya estaba en un placentero duermevela que le impidió mover ni un sólo músculo. Pronto habría de quedarse dormido por completo entre el monótono arrullo del motor Perkins.
Le despertó el claxon que Salustio hizo sonar prolongadamente al entrar en una cerrada curva. Tardó unos segundos en volver a retomar conciencia de su peculiar situación y al rato se sobresaltó con la sospecha de haberse pasado de parada, así que decidió salir de su ocasional abrigo no sin antes averiguar si seguía lloviendo. Así pues, levantó levemente la tapa del féretro y sacó su mano al exterior buscando esperanzado que la lluvia no le mojara su palma.

II

Andrés Avelino llevaba algún tiempo despierto. El suficiente como para haber asimilado su tragedia. La suya y la de su compadre, Jamín “Quiniela”, que parecía aún mayor a juzgar por toda la parafernalia sanitaria en la que se veía envuelto.
Quién les iba a decir a ellos que aquella mañana cuando salieron de Lluaria camino de la Pola iban a terminar ingresados en el Hospital General de Oviedo en una situación tan lamentable.
Había muerto su compadre Genaro, el del Poyeu; viejo amigo de correrías desde su juventud. Un chaval “del su tiempu” que había muerto “de repente” y les había dejado más aprensivos que desconsolados.  Se convencieron de la necesidad de ir a dar el pésame a su hija que vivía en la Pola, donde le iban a dar tierra. Pobre.
Sacaron el traje de las bodas que olía a naftalina, pusieron la corbata negra que guardaban para ocasiones como aquella y bajaron andando desde Lluaria a coger la línea en La Campa. Como, pese a estar en junio, el día barruntaba lluvia, se echaron el paraguas a la espalda, colgado del cuello, y se pusieron en camino. A  mitad de trayecto rompió a llover con fuerza.
En el collado de La Campa, encontraron a Hortensia, que había subido desde Vallinaoscura cargando con un “paxu” de cerezas que esperaba vender en El Fontán.  Allí estuvieron dando la parpayuela, en tanto que esperaban la línea que ya se oía roncar en todo el valle de Valdediós.
Su viejo conocido Salustio los saludó a los tres y, tras buscar un acomodo para Hortensia, a ellos les hizo  subir a los bancos de arriba. Aunque no era el mejor día para viajar en esas condiciones no pusieron objeción alguna. No era día aquel para quejarse de nada pues peor parado estaba su camarada Genaro, que-Dios-tenga-en-su-gloria, el pobre.
Una vez arriba, la visión del ataúd les provocó un respingo: a ver si aquella iba a ser la caja de Genaro. Miráronse aprensivos; santiguáronse, sobrecogidos y con cierto disimulo apretaron con fuerza el mango del paraguas a falta de mejor madera.
Se sentaron lo más alejados posible del féretro pero, de cuando en cuando, echaban furtivas miradas al siniestro cajón sin cruzar palabra alguna. También era mala pata viajar con aquello en un día tan…

III

El estruendo del motor apenas si permitía mantener una conversación dentro del autobús. Tan sólo Salustio, el chófer, acostumbrado como estaba y haciendo caso omiso del letrero que lo prohibía expresamente, hablaba “al alto la lleva” con la parroquiana que tenía más cerca: una moza muy rescamplada,  pero muy discreta y que parecía estar estudiada por la forma tan fina de hablar. El resto de pasajeros o bien dormitaba o bien tenía la mirada perdida quién sabe dónde.
Pasado Pedrosa y cerca ya de La Carcabada, cuando las cerradas curvas daban paso a las primeras rectas del camino, Salustio metió la directa y puso el Pegaso a tope de lo que daba.
Y fue entonces cuando ocurrió. Ante sus sorprendidos ojos, Salustio vio caer dos bultos del techo de su autobús. Uno hacia la derecha y el otro hacia la izquierda. Fue todo tan rápido y sorprendente que transcurrieron unos segundos antes de reaccionar, los que tardó en reconocer a Andrés Avelino y a Jamín que se habían arrojado incomprensiblemente desde todo lo alto.
Clavó el freno de inmediato y empezó el caos. Bultos y pasajeros saltaron por los aires. Gritos, lamentos, llantos, blasfemias… El acabóse.
Salustio miró los espejos retrovisores y, a duras penas, pudo ver a sus dos pasajeros suicidas, así que decidió arrojarse del autobús en busca de su paradero y conocer su estado que adivinó no podría ser nada bueno.
La peor parte habría de llevársela Jamín quien había aterrizado sobre el asfalto y rodado hasta dar con sus huesos en el pretil;  el otro, Andrés Avelino, había desaparecido en un bardal del que costó Dios y ayuda extraer.
Entre tanto, en el techo del autobús también habían ocurrido cosas. Fruto de la inercia del frenazo, el ataúd había salido catapultado hacia delante precipitándose desde lo alto hasta la carretera. Como quiera que el asfalto estaba mojado, la caja se deslizó varias decenas de metros carretera adelante hasta que, al doblar la siguiente curva, siguió recto invadiendo una finca por la que resbaló debido a su pendiente.
En la tal finca, hallábase Milín de Migia, un “guaje” de no más de catorce años que a la sazón estaba “llendando” el ganado de su familia. Éste contempló atónito el suave descenso del ataúd pradería abajo hasta que se detuvo cerca de donde él se encontraba.
Entre curioso, sorprendido y asustado dio unos tímidos pasos hacia el féretro sin saber qué pensar y mucho menos qué hacer. De pronto, se abrió la tapa y, cual si fuese Lázaro, izóse de su interior un hombre con la cabeza al revés que se tambaleaba como un borracho y extendía los brazos hacia él.
Milín no quiso ver más. Dio media vuelta y corrió. En una hábil maniobra y, sirviéndose de su “guiada”, saltó la linde tal que si fuera un campeón de garrocha. Siguió corriendo sin mirar atrás. Y corrió. Corrió hasta que le dio el alto un tío suyo con quien tropezó en una calella. El zagal hallábase desencajado, con la mirada perdida y con cierto olor nauseabundo de presumible origen, todo lo cual le confería cierto aire de estar endiablado. No respondió a ninguna de las insistentes preguntas de su tío y se puso a temblar como un flan con grave preocupación para su pariente.
Mientras tanto Graciano trataba de recomponer el ánimo y la figura pero seguía tambaleándose prado arriba ante la mirada escéptica y despreocupada de una docena de vacas que lo rodeaban. 

IV

Como cada mañana, don Nemesio, un jubilado del Carreño, se sentó ante la mesa camilla de su salita de estar y abrió el “Voluntad” por la página de sucesos, como era su costumbre.
Con parsimonia, y mientras daba cuenta de un café, leyó. Leyó y, sorprendido, no pudo por menos que alzar la voz para que le oyera su mujer que trajinaba en la cocina:
−Mira, Matilde, lo que trae el periódico: Dos heridos graves en la línea de autobús entre Villaviciosa y Oviedo.  Al parecer, se arrojaron desde el techo del vehículo en marcha al ver cómo, de un féretro que éste portaba, salía la mano de un supuesto difunto. ¡Ay que ver, qué cosas pasan, Matilde!
En cambio de la pequeña tragedia de Milín nada se decía en el diario. Sus padres lograron quitarle el mal olor a base de agua y jabón, pero el miedo no hubo forma de quitárselo de encima en mucho tiempo, algo más de lo que tardó en volver a hablar, que no fue poco. Pobre.

jueves, 14 de febrero de 2013

¡Adiós, Manolo!

Ya está. Se acabó. Lo dejo. Está decidido. Ya sé que todos los años digo lo mismo y que luego me arrepiento, pero esta vez es la definitiva. Otras veces me he doblegado a las insistentes peticiones de ese público que tanto me quiere y al que tanto debo, pero esta vez he decido acabar, de una vez por todas, con mi dilatada carrera de stripper.
Lo que empezó medio en broma medio en serio hace ya casi dos décadas hoy se ha convertido más en una obligación que en una devoción. No voy a negar que en el fondo de mi corazón lo lamento pues  sé que en cuanto se acerca el carnaval oigo inconfundible la poderosa voz del escenario que me llama. Pero uno se hace mayor y ya no está para estos trotes.
Parece que fue ayer cuando, ante la tremenda demanda de “picha-boys”, para la tarde-noche de Comadres, fui reclutado “in extremis” para dar cuerpo (nunca mejor dicho) a un espectáculo ante cientos de mujeres desaforadas que querían hartarse de carne antes de la cuaresma.
Siempre de riguroso incógnito salvaguardado por un coqueto antifaz de terciopelo dorado exprimí todo mi potencial erótico-festivo al servicio de un público femenino de lo más exigente, ávido de emociones fuertes y que, por un día, dejaba a un lado convencionalismos sociales caducos y estereotipados y daba rienda suelta a sus más desatadas pasiones sin importarles nada ni nadie. Y yo allí, dispuesto a dar satisfacción a sus deseos, de una manera lo más profesional posible.
He de reconocer que estos últimos veinte años, ese momento de gloria que suponía el día de Comadres, era suficiente dosis de autoestima como para sobrevivir el resto del año. Autoestima que como sabes aquellos asiduos a este blog no es algo de lo que esté precisamente sobrado como queda relatado.
Pero, desgraciadamente, siempre fue un éxito callado, imposible de compartir pues el anonimato me hurtó la ocasión de poder difundir a los cuatro vientos aquel apoteósico éxito del que yo, y sólo yo, era el protagonista.
Y es que daba gloria verme. Lo que en un primer momento fue fruto de una improvisación obligada por las prisas se convirtió luego en una cuidadísima y esmerada puesta en escena, trabajada durante todo el año. La primera vez no hubo tiempo más que a recortar un bañador Meyba a cuadros que rescaté del rincón más apartado de mi armario. Unos pantalones “acampanados” y “alejiados” que mi hermano lució en los setenta y una camiseta tres tallas más pequeña que la mía completaban todo mi ajuar en el debut.
Aún así, el éxito fue clamoroso y las féminas aplaudieron hasta enronquecer. Tuve que hacer tres bises y salí a saludar en cinco ocasiones. Aquello no era más que el principio.
Más tarde aquella paupérrima indumentaria dio paso una colección de tangas a cada cual con más glamur. Cada año estrenaba uno con toda la ilusión. Y cada año quedaba totalmente inservible. Tal era el paroxismo que alcanzaba el público que los billetes se sumaban por cientos prendidos en tan minúscula prenda hasta el punto de que la goma daba de sí quedando totalmente destrozado. ¡Qué pena! Aún recuerdo con cariño aquel tanga plateado con lentejuelas que me quedaba monísimo. O aquel otro de cuero vuelto con flecos a media nalga que era una pocholada y que causó tanta expectación.  Y qué decir de aquel azulín con vivinos en amarillo que era una auténtica cocada. Todos destrozados.
Pero el espectáculo es el espectáculo, y yo lo daba todo por mi querido público. Al que tanto quiero y tanto me debe (¿o es al revés?).
Ahora bien, debo apresurarme a decir a aquellos (y resalto lo de “aquellos”) que no tuvieron ocasión de verme en escena que no saquen conclusiones precipitadas. La envidia es muy mala y el éxito ajeno despierta muy malos quereres. Quiero decir que no piensen que me vanaglorio de lo que no es. Nunca pude ni quise presumir de lo que no soy. Yo no soy uno de esos “picha-boys” de gimnasio: puro músculo, de apolíneas formas, de poderosos y esculpidos músculos y  abundantemente dotados de virilidad. Quiero decir con una notoria dosis de masculinidad. No sé si me explico.

En absoluto. Por así de decir,  yo era (soy) a los stripper tradicionales lo que el Bombero Torero era a Santiago Martín “El Viti”. Es decir, mi espectáculo, en su modestia, no tenía más pretensiones que ser un mero entretenimiento erótico-cómico-festivo. Donde lo natural contrastaba con la artificiosidad.  Donde los potes caseros reemplazaban a los anabolizantes,  y donde con convexo superaba a lo cóncavo (¿o es al revés?).
Nada de nombres tan sonoros como vacíos del tipo: Steven Strip, Mika Boy, Tsavo Danze. Mi nombre artístico nunca indujo a error: “Manolo”. Así, sin más. Auténtico, “autóztono”, racial, sin mariconadas. El nombre de un artista lo dice todo de él. Y ahí radicaba la clave de mi éxito que, por otra parte, nunca se me subió a la cabeza.

Pero ¡ay! , todo eso ya se acabó para mí. Tanto brillo, tanto esplendor también tiene su ingrato reverso  que con el paso de los años se va haciendo una pesada carga hasta hacerse del todo insoportable. Ya estuvo bien de constipados de caballo. Y es que esta fiesta cae en muy malas fechas para destaparse.
Se acabó no poder sentarse en una semana; y es que me dejaban las nalgas en carne viva con las dichosas uñas francesas.  Por no hablar de los mordiscos en las pantorrillas.
No más enfriamientos de próstata por culpa de la dichosa barra de acero inoxidable que nunca acababa de calentarse. Se acabaron los dobletes: apenas si me daba tiempo a desmaquillarme cuando ya estaba de nuevo al pie del curro, tosiendo, sangrando pantorrilla abajo, trabajando de pie y yendo al baño cada cinco minutos. Un drama.

Ya no puedo más. Cuelgo el tanga. Renuncio al dorado oropel de mi anónima fama. A partir de hoy volveré a ser lo que siempre fui: un hombre gris que guarda en su interior un alma  showman.  El día de Les Comadres, nunca más volverá a ser lo mismo (mal está que yo lo diga). Miles de mujeres quedarán huérfanas de mí, de mi cuerpo, de mi arte, pero quiero que sepan que siempre las llevaré en mi corazón.
El Manolo ha muerto, ¡viva El Manolo! (¿o es al revés?).