martes, 19 de agosto de 2008

Paseos por la Portugonia


Desde Herodoto hasta Denis Tito, que al parecer ostenta el cuestionable honor de ser el primer turista espacial, el viajero que inicia su andadura lo hace movido por las más diversas razones. Los hay que buscan (y hallan) aventuras y emociones; otros aspiran a postrarse extasiados y boquiabiertos ante las maravillas que el hombre legó a la posteridad: catedrales, templos, mausoleos...; están los que anhelan escrutar hasta el último rincón de los más afamados museos en busca de las grandes obras del arte universal; o aquellos que beben los vientos por perderse en exóticos paisajes plagados de la fauna más diversa, desde la más grande y peligrosa a la más diminuta y molesta; sin olvidar los que, algo más prosaicos y ávidos de sol, sucumben al encanto de playas de arenas sedosas y aguas cristalinas; y, por supuesto, están también los coleccionistas de países, esto es: los que buscan contabilizar en su pasaporte el mayor número de visados posible y para ello atraviesan desiertos o arrostran decididos duras penalidades por ver estampado en su documento el sello de Tombouctou o Samarkanda.

Yo, personalmente, me inclino más por la gente. Sin menospreciar, incluso compartiendo algunas de tan variopintas motivaciones, tengo para mí que conocer un país es conocer a su gente: saber cómo pulula por sus calles, cómo vocea en sus mercados, susurra en los templos o conversa en los cafés. Saber qué come y cómo, qué bebe y dónde, lo que les divierte, lo que les une entre sí o les separa de mí. Todo ello ayuda a componer esa imagen que, junto a paisajes, monumentos, templos o museos, nos vamos formando de un determinado país.

El viaje a la Patagonia, no podía ser una excepción. En principio, ofrecía la oportunidad de conocer un paisaje (¡y qué paisaje!) y dos países: Argentina y Chile. Respecto a su gente, hay que admitir que, dada la idiosincrasia de la Patagonia, habría que prestar más atención a la cualidad que a la cantidad, pues la cantidad, a decir verdad, es más bien escasa. Pero, por suerte, lo pintoresco de sus personajes compensa con creces su escasez.

Son los patagónicos (en especial los dan en llamar “pioneros”) gente peculiar que confiere a la tierra un carácter especial. O tal vez es al contrario: es la peculiaridad de la tierra la que hace tan especial a la gente. ¡Tanto da! Sea como sea, a la Patagonia se la conoce mejor charlando con personajes como Pedro, el de Lago Posadas, que sabedor de ser él mismo una leyenda, la cuenta (hasta en catalán, si se tercia) mientras la paladea orgulloso; o bien probando el exquisito “lemoncelo” que su esposa prepara y que conserva claras reminiscencias de su oriunda y lejana Italia.

Se aproxima uno más a esa despoblada tierra donde los pueblos parecen islas, caminando y bebiendo cerveza artesanal con Pablo el guía-carpintero-lavandero de El Chaltén que, apasionado, nos dio a probar el dulce fruto de los notros como si en él se encerrara la esencia de los Andes patagónicos de los que se decía enamorado. Se la entiende más y se la saborea mejor probando la deliciosa tarta de limón que ofrecía el peculiar cantinero de La Leona, cuyo aspecto sería un ejemplo de extemporaneidad y desubicación, si no estuviéramos en Patagonia. O bien, escuchando la apasionada erudición de glaciarismo de Federico de El Calafate, que aderezaba sus alocuciones con música del país y las salpicaba de alusiones políticas que me traían recuerdos de un reciente pasado español un tanto naïf.

Se empapa uno de Argentina, atendiendo serios y aplicados la verborrea del taxista que en un corto trayecto desglosaba, en breve pero sesudo análisis, la situación socio-político-económica de toda América Latina (¡toda!), haciendo hincapié, por supuesto, en la importantísima implicación que en la misma tiene la distinción entre una concepción bolivariana o sanmartiniana de la nueva América; amén de otras consideraciones y otros temas que abordó sumariamente tales como: la política de ingerencia norteamericana, la incomprensibles preferencias de los turistas fruto de una equivocada política de información turística, el problema de la seguridad ciudadana y otros temas menores, como el tráfico, la lengua, etc. Y todo ello, sólo por 20 pesos (viaje incluido, claro está).

Pero si de conocer gente se trata y, por ende, de vislumbrar la esencia de un país, el periplo patagónico habría de depararme, además, una muy agradable sorpresa. Otras gentes, no precisamente patagónicas habrían de brindarme, por añadidura, la oportunidad de asomarme al incipiente conocimiento de otro país: Portugal.

Efectivamente, la suerte, esquiva en ocasiones anteriores se revelaba propicia esta vez y me regalaba con la grata presencia de un grupo de compañeros de viaje del “vecino país”. Fue así como cada kilómetro recorrido por la Ruta 40, me iba acercando a Ushuaia, a Bahía Lapataia, pero también a Portugal.

Aquellos compañeros del “ripio”, hermanos de fatigas andinas, camaradas del bife y de la “Kilmes” o el Merlot, compadres de la empanada y el mate, estoicos sufridores del viento patagónico fueron dándome a conocer un país que, sin haber pisado jamás, adivinaba ya como una buena tierra para visitar.

Portugal también estaba allí, mientras trepábamos morrena arriba al pie del Fitz Roy o nos escurríamos sobre un glaciar, mientras ofrendábamos al Gauchito Gil o a la Difunta Correa, cuando contemplábamos la cachazuda placidez de las ballenas o escuchábamos el guirigay de la pingüinera (¡qué giro!), cuando perseguíamos al escurridizo piche y escrutábamos al esquivo guanaco, al intentar hacer fotos (“¡fotito, fotito!) al desconfiando choique o avizorábamos al cóndor o al cauquén y disfrutábamos del lobo marino (de un pelo, que no de dos) y su primo el elefante (también marino, por supuesto); mientras nos cubría la nieve en el Lago Escondido o nos azotaba el viento en el bosque petrificado y el sol en la Cueva de las Manos.

Juntos, mientras compartíamos larguísimas galopadas por las desoladoras rutas patagónicas, escuchábamos a Gieco, voceábamos con Rodrigo (“¡Maradó, Maradó...!) o tarareábamos el chamamé, fui construyendo el mosaico de un país mientras recorría otro distinto. Dos por el mismo precio ¿qué más se puede pedir?

Nada tiene de extraño que, meses más tarde, sintiera la necesidad de escaparme hasta Portugal. Cuando llegué a Lisboa, más que conocer, “reconocí” una ciudad, su ciudad, la de ellos, pero también un poco la mía. Allí estaban mis compañeros patagónicos. De nuevo juntos, tuve la sensación de hallarme de nuevo en Patagonia reviviendo cada uno de los momentos de aquel viaje. A la par, cuando pienso en Patagonia, me asaltan recuerdos de Portugal. Todo es uno, como si Portugal y Patagonia fueran un continuo y no supiera dónde empieza una y termina la otra. Tanto es así que juraría que de camino a Lisboa, a la altura de Castelo Branco, creí ver una indicación en la autopista que decía “Bajo Caracoles 63 Km.” y otro que rezaba “Estancia Don Manuel 35 km.”. No sé ... tal vez lo soñé. Y soñé también que en Lisboa di cuenta de un suculento bife, regado por un merlot mientras escuchaba tangos en una establecimiento llamado Café Buenos Aires. Sí, tal vez lo soñé.

Así las cosas, me siento especialmente afortunado de haber conocido un país cuyo visado sería la envidia del coleccionista de países. Nadie busque en catálogos viajeros, ninguno espere encontrar referencia en los foros o reseñas en los libros de viajes, desistan todos de visitar y menos conocer, un lugar que sólo está en mi memoria y seguro en la de “mis portugueses”; nadie les hablará jamás de un lugar llamado Portugonia.

La integración china


De unos años a esta parte, un nuevo tipo de establecimiento comercial ha entrado a formar parte de nuestras vidas para solaz de aquellos que gustan de zambullirse en la sociedad de consumo. A nadie sorprende ya encontrarse, en los mejores locales de la ciudad, un bazar chino.

Varias son las circunstancias que, en principio, llaman la atención de estos locales tan peculiares y que gozan de una sorprendente aceptación, únicamente explicable si atendemos a sus precios.

Dejaremos de lado las leyendas urbanas que rodean al colectivo chino en nuestro país. Leyendas que, sin empaque, se adentran de lleno en el escabroso y truculento asunto del canibalismo o bien rescatan una remozada versión del Sacamantecas que ahora, más acorde con los tiempos, se ha reconvertido en traficante de órganos. Asuntos ambos que por el morbo que suscitan bien merecerían un largo comentario que dejaremos para mejor ocasión.

Hay otras curiosas circunstancias que rodean estos bazares y que no son tampoco los horarios maratonianos, ni su gran tamaño y situación privilegiada, su versatilidad (uno encuentra desde paleta y caldero de playa para el niño hasta un recargador eléctrico de pilas) o su misceláneo abigarramiento.

Nada de eso. A mí me llama poderosamente la atención su nombre. Efectivamente, todos sin excepción escogen para su negocio un nombre de indudables resonancias chinas que incluso, en ocasiones, va escrito en caracteres originales. O es de suponer que eso es lo que significan esos extraños grafismos anexos al nombre en caracteres latinos. Nombres como “Hua Sing Po”, “Hi Suan Kiin” o “Toon Su Chin” ya no extrañan a nadie.

Sin embargo no conozco a nadie que cuando se dirige al correspondiente bazar de su barrio diga con naturalidad: “Voy a comprar un juego de brochas al Pong Chi Sua”; si no, “voy al chino de la esquina”. Sin entrar, por otra parte, en consideraciones sobre si estará o no abierto: tenemos la seguridad de que sí lo estará aunque sean las 2 de la madrugada. Otro cantar es: ¿quién puede necesitar un juego de brochas a tan intempestivas horas?

¿A qué se debe la elección de esos nombres? No digo yo que deban caer en el recurso facilón y llamarlos “La Flor de China”, “La Perla de Sanghai” o “La más Barata de Pekín” porque sonaría un poco antiguo. Ni que se decanten por algo tan pretendidamente chic como “Chino’s Bazar” o “Pequine’s Fashion”. Pero podrían elegir algo más propio del país y que fuera más pegadizo para los aborígenes, esto es, para nosotros.

Pongo como caso ejemplar aquella familia china que reconvirtió su negocio, un restaurante chino, en ¡una sidrería! y le puso por nombre el asturianísimo nombre de “Casa Lin”. En un paradigmático sincretismo, acertaron con algo autóctono sin renunciar a sus raíces mandarinas, toda vez, que el dueño atendía a tan escueto nombre. Pena es que tamaña audacia comercial no se viera acompañada por el éxito. La verdad sea dicha que aún existen muchos prejuicios entre los sidreros y uno de ellos es que no ven con buenos ojos que les eche un culín (Ku Lin) una joven nacida a la sombra de la portentosa muralla. Pero ese es otro tema y merece comentario aparte.

Tengo yo para mí, que esto de la elección del nombre es una muestra más de la proverbial falta de integración de la comunidad china en España, en general, y en Asturias, en particular. Efectivamente, raro es ver a un chino tomando un culín de sidra mientras da cuenta de una ración de bígaros, o a los mandos de un utilitario cagándose en la “madle que palió” al taxista que le cerró el paso. Raro es verlos quemándose “les pestañes” en la foguera de San Xuan, o dando una vueltina por el Muelle de Oriente paseando a los críos por muy del oriente que sea.

Sus bazares son su hogar; son su pequeña china. Ellos están allí en su país, no en el nuestro, y seguramente esperan que por la puerta entren sus paisanos de rasgados ojos y no los ojipláticos autóctonos. De ahí que el nombre de afuera sirva de reclamo a los chinos, no a los españoles que no atienden ni atienden lo que allí está escrito y menos cuando lo escriben en su propia lengua. Sabremos que un chino está integrado cuando cambien el rótulo de su establecimiento.

De esta conclusión se desprende un hecho altamente positivo, especialmente para aquellos que adoptan a una niña china y que últimamente son legión. Se cuenta que muchos de estos esforzados y admirables padres, con el fin de que sus hijas no olviden el poco o mucho chino que saben cuando llegan y con evidentes muestras de pensar en su futuro, las llevan a clases de chino.

Pues bien, está bien pensado pero no hace falta el esfuerzo económico de unas clases particulares. Puesto que los bazares chinos son, como hemos visto, una parcelita de China en España, podrían reconvertirse (sin renunciar a su proverbial espíritu mercantil) en guarderías donde las nuevas españolitas podrán empaparse de la cultura china sin salir de nuestro país. Además, se cuenta con la ventaja del horario: los padres no sólo podrán dejarlas durante el horario laboral sino que pueden salir a cenar y, después de la espuela, pasar a buscar a su niña y, de paso, comprarse el juego de cuchillos que tanto necesitaban y que se les había olvidado comprar por la mañana.

Historia de una cabeza


Mi madre siempre anheló tener una familia numerosa, pero su segundo parto, a la sazón, mi nacimiento, dio al traste radicalmente con sus expectativas. Se dijo para sí e hizo saber a los demás que ese sería su último parto, que nunca más volvería a pasar por una experiencia traumática semejante. Y todo por culpa del extraordinario tamaño de parte de mi anatomía; más concretamente al volumen de mi cabeza.

Me apresuro a decir, para que los malpensados no se hagan una idea inapropiada de mi físico, que aunque éste no sea para tirar cohetes, mi cabeza actual no dista mucho de lo que podría considerarse como normal y el cuerpo está al tenor de la misma. El problema no es, sino que fue: Al nacer yo poseía una hermosa y esplendorosa cabeza propia de un adulto que remataba, prominente, mi cuerpecillo de bebé.

Con el devenir de los años, el cuerpo fue adoptando tamaño y formas propias de cada edad sin que, por el contrario, la cabeza experimentase cambio alguno en cuanto al tamaño. Tanto es así, que para constatar la veracidad de tal afirmación, puedo decir que, al día hoy, poseo una talla de cabeza exactamente igual a la que tenía cuando nací. Hasta tal punto esto es cierto que actualmente puedo cubrirme sin problemas con los mismos gorros que me adornaron en mi más tierna infancia. Si ir más lejos, no hace mucho me vi en la obligación de demostrar a un incrédulo interlocutor esta curiosa particularidad y busqué y hallé uno de aquellos gorros de paja con los que se enjaezaba a los infantes allá por los años sesenta y que mi madre, aquejada desde jovencita de prematuro “síndrome de Diógenes”, guardaba desde entonces. El gorro en cuestión se ajustó a mi testa como un guante a su mano respectiva. Y más allá del ridículo aspecto que me confería podría haber salido de paseo con el citado aderezo.

Semejante proeza se debe, según la pertinente explicación médica, a que yo tuve la ocurrencia de nacer con un pequeño trastorno sin importancia y estadísticamente muy infrecuente conocido como “adultus cápita” o también “hypercephalis infans”, esto es, poseía una cabeza propia de adulto siendo un niño. Una cabeza grande y bien formada que fue el asombro de la profesión médica que desfiló por la cabecera de la cama de madre y neonato en cuanto se propaló la noticia. La “Gota de Leche”, lugar de mi nacimiento, fue por aquél entonces hervidero de médicos, tráfago de pediatras que quería constatar con sus propios ojos aquel hecho sin parangón. Todos ellos, a la postre convinieron en certificar que con aquella fecha y en aquel lugar se acababa de batir la plusmarca mundial de “cerramiento de fontanela”. Registro que, con orgullo, aún ostento en la actualidad y del que queda fe en una placa conmemorativa que a tal efecto tuvieron a bien fijar las autoridades competentes en la fachada de tan noble edificio gijonés y que aún se conserva para sorpresa y maravilla de los viandantes que reparan en ella: “Al ilustre patricio y prócer gijonés Armando Martín Fernández que dio fama a esta Santa Casa con su inaudita hipercefalea. Enero de 1960. El pueblo de Gijón”. Lo de Armando, no se trata de una equivocación; antes al contrario, pues ese fue el nombre que, presa de un enorme aturdimiento debido a la traumática experiencia, fue capaz de balbucear mi madre ante las preguntas de las atónitas enfermeras. Más tarde, recobrada templanza y seso acordaron darme la gracia por la que hoy se me conoce, pero para entonces en los registros oficiales de la inveterada institución ya figuraba el nombre de Armando.

En este curioso incidente sin importancia, se apoyan mis descreídos críticos para poner en tela de juicio la veracidad de lo que aquí se cuenta, toda vez que niegan que esa sea mi identidad. En ese dato y la circunstancia de que semejante plusmarca no está registrada en el afamado Libro Guinness de los Records. Esta circunstancia no hace más que evidenciar su propia ignorancia aderezada con grandes dosis de envidia, pues es sabido que dicho libro, no fue introducido en España hasta años más tarde, habida cuenta de las autoridades de por aquel entonces mantenían unas actitudes absolutamente xenófobas que les hacía repudiar cualquier “invento” foráneo.

Para el lector bien intencionado que dé justamente por bueno lo que antecede, diré que, si bien me siento orgulloso, como digo, de haber protagonizado un hecho tan singular, no siempre las consecuencias derivadas del mismo han sido todo lo gratificantes que cupiera esperar, más allá del hecho de que nunca, con excepción de la mencionada placa conmemorativa, se ha dado la importancia que, modestamente, creo que el hecho se merecía.

Fueron (y aún hoy lo son) varias las circunstancias derivadas de mi particularidad física que me trajeron importantes consecuencias en los años sucesivos.

Uno de ellos que, aunque parezca baladí, a mí me contraría enormemente por lo que supone de merma emocional, es que apenas existen documentos gráficos de mi más tierna infancia. Y si existen están borrosos o aparezco siempre en una posición de “decúbito prono”. No se conservan fotos de mi persona como las que adornan todos los álbumes familiares, es decir, en posición sedente. Las pocas que existen (no más allá de dos), siempre aparezco con el brazo de un adulto a mi espalda, tal si fuera el muñeco de un ventrílocuo. Tan enigmática mano no hacía más que preservar mi verticalidad, pues de otro modo era imposible obtener un daguerrotipo en posición de sentado pues el tamaño y peso de mi cabeza hacía que, no bien me habían situado en la posición más conveniente, al retirarse unos metros para efectuar el disparo, yo perdía de inmediato la verticalidad estampando con estruendo la cabeza contra el piso, ora hacia adelante, ora hacia atrás, ora hacia los lados. Por demás diré que semejante porrazo devenía en inconsolables llantos que resultaban muy poco fotogénicos, por cierto, lo que obligaba a largas sesiones de carantoñas y pantomimas hasta que se consideraba que yo volvía a estar de nuevo en perfecto estado de revista a los fines fotográficos. Y vuelta a empezar para desesperación del fotógrafo.

Tan solo muchos meses más tarde y coincidiendo con una visita familiar a la playa algún ocurrente personaje, dio con el método adecuado para que mi sedente verticalidad no se viera comprometida. Era tan simple como ingenioso: bastaba con hacer un hoyo en la arena en el que poder encajar convenientemente mis posaderas y evitar el inestable balanceo de mi cabeza.

No obstante, como digo, no son muchos los retratos que se conservan, lo que en cierta medida, supone como si parte de mi infancia me hubiera sido hurtada. Además, el hecho de que las pocas que se conserven tengan la apariencia descrita sumado al proverbial escarnio que los hermanos mayores hacen con los que les suceden y que en el caso de mi hermano tuvo especial virulencia, yo crecí creyendo que era el nieto de “Doña Rogelia”.

Pero, con todo, no es esta una de las consecuencias más indeseables de mi hipercefalea. Quizá la más significativamente desagradable se derivó del hecho de que el abultado tamaño sólo atañía a la estructura craneal, que no a la talla cerebral. Es decir, que por muy grande que fuera mi cabeza, mi cerebro nunca estuvo en correspondencia. En consecuencia, siempre adolecí de lo que se da en llamar holgura cerebral. Esta dolencia cursa con unos síntomas tan evidentes como molestos para quien los padece. Cuando el paciente acomete un movimiento de arrancada brusco, es decir, comienza a caminar demasiado bruscamente, siente, por efecto de la inercia un pequeño golpe en la parte posterior del cráneo; de forma análoga cuando detiene su marcha de improviso por el mismo efecto físico, siente golpear en la parte frontal del cráneo.

Aunque estos síntomas resulten un poco molestos, en general se termina uno acostumbrando o bien trata de minimizarlos no realizando arranques y paradas bruscas o, bien se adquiere una extraña habilidad consistente en pequeños movimientos de cintura casi imperceptible que, a modo de servomecanismo, palían la rigidez del tronco y minimizan el impacto.

No obstante, en general, tiende a producirse un pequeño roce de la masa encefálica con las paredes craneales lo que trae como consecuencia una irritación cerebral (“cerebritis por holgura intracraneal”) que pese a no tener graves consecuencias, genera leves trastornos cognitivos: el acto de pensar implica un esfuerzo suplementario, toda vez que se ve acompañado un pequeño escozor. Una vez metido en materia, esto es, cuando uno lleva tiempo pensando, la zona se desensibiliza y apenas si se nota el escozor mientras no “enfríe”. Así las cosas, como consecuencia cognitivo-comportamental directa, se advierte que o bien uno rehuye cualquier tipo de actividad mental o, por el contrario, una vez iniciada se propende a no detenerla; la manifestación conductual externa de los individuos aquejados de semejante trastorno es una actitud ausente unas veces o que deriva, en ocasiones, en una verborrea incontenible y extenuante tanto para el sujeto paciente como para sus posibles interlocutores, que, en cierto modo, también pasan a “padecer” al sujeto.

Son pocos los tratamientos paliativos de semejante dolencia. El más eficaz pero también el más invasivo, y por tanto poco recomendable, consiste en la introducción, vía trepanación, de silicona líquida neutra que al ser una sustancia inerte rellena sin más consecuencias el espacio intercraneoencefálico. Al parecer, otras pruebas realizadas con espuma de poliuretano no han sido en absoluto satisfactorias pues, dado el carácter expansivo de la materia, tendía a invadir otros compartimentos como las fosas nasales y el oído medio, lo que derivaba en consecuencia harto indeseables: sordera, anosmia, etc.

Con todo puedo decir que yo creo haber dado con una solución en absoluto invasiva y más próxima a lo que se entendería como dentro del ámbito de lo que se conoce como terapia cognitivo-conductual con claras implicaciones psicosomáticas, en tanto en cuanto parece existir una evidente transformación morfológica fruto de una actividad cognitiva inducida.

En detalle, se trataría de pensar en “tonterías”. Efectivamente, he comprobado empíricamente cómo las ideas absurdas y sin importancia, sin contenido racional alguno, tienen el mismo efecto en el cerebro que los gases tienen en el intestino, esto es, inflarlo sin por ello llenarlo de contenido. En consecuencia, las tonterías inflarían el cerebro de manera artificial sin que ello implicara un pensamiento racional con contenido, evitando así, una actividad cognitiva en sí misma y por ende lo que esta produce. Sin embargo, el aumento de tamaño hace que el cerebro encaje de forma natural en las paredes craneales desapareciendo así la holgura encefálica determinante etiológico de la irritación y sus desagradables consecuencias.

No me siento especialmente satisfecho de que, debido a esta singular solución, uno manifieste un comportamiento bien extraño a los demás, que desconocedores de la verdadera razón de tanta tontería, me asigne de forma gratuita, irracional e inmerecida la etiqueta de “tonto de remate”. No obstante, bastaría con pensar en ellas y no transmitirlas si no fuera porque la experiencia me dice que si pienso demasiadas se produce la misma molesta sensación que uno tiene cuando tiene un exceso de gases intestinales, en cuyo caso la única forma de aliviar esos síntomas es proceder a verbalizar las tonterías. Pero, siguiendo con la analogía, del mismo modo y manera que la liberación de gases intestinales se realiza mediante actos sonoros manifiestamente desagradables, la liberación de los “gases” cerebrales también implica actos sonoros (léase alocuciones) e igualmente desagradables, especialmente para los interlocutores que circunstancialmente se encuentren presentes a los cuales, desde aquí, pido disculpas por anticipado.