martes, 26 de julio de 2011

Mi tía Alvarina


Mi tía Alvarina era una mujer de campo a duras penas incrustada en una ciudad, a la que seguramente no se adaptó nunca. Era, en el estricto sentido de la expresión, una buena persona. Paciente, risueña, jovial, poseía una encantadora ingenuidad que la hizo protagonista de múltiples y divertidas anécdotas que ella misma contaba entre risas contagiosas. Algunas de ellas rozaban el esperpento otras se adentraban de lleno en el mundo del más hilarante absurdo.


Se me viene a la cabeza aquella ocasión en que me la topé por la calle con el brazo en cabestrillo y una mano profusamente vendada. Mi alarma inicial tornóse en pasmo cuando me contó que la causa de aparatoso vendaje era que la había mordido un ¡conejo muerto! Yo no daba crédito a semejante historia aunque tratándose de mi tía todo era posible. Con una sonrisa de oreja a oreja me contó que había comprado en la plaza un conejo para guisar. El conejo, claro está, estaba muerto y despellejado pero no troceado debidamente para el guiso. Así, pues, procedió diligente a la tarea con un machete de manera tal que cogió el animal de forma que su mano izquierda quedó a la altura de la boca del conejo y al dar el primer hachazo, el bicho contrajo su mandíbula de tal suerte que los incisivos se incrustaron con fuerza en la mano de mi tía. La herida fue grande y la profusión de sangre aconsejó una visita a la Casa de Socorro. Los profesionales encargados de la cura no atinaban con el vendaje pues apenas si podían contener la risa tras haber escuchado los hechos que provocaron la avería. Durante días, mi tía contaba divertida la historia a todo aquél que se encontraba por la calle y que, como yo, le preguntaba por el aparatoso vendaje.

No mucho antes (o después, no sé), le aconteció otra de sus curiosas anécdotas. A menudo salía a pasear por el Muelle de Gijón, donde, por aquél entonces no era raro ver a algún chaval que, pese a estar prohibido, pescaba con su caña en las oscuras las aguas del puerto. Solo a los chavales se les ocurría hacerlo pues lo único que podía sacarse de allí eran “muiles” grandes y gordos, pero llenos del fango que, a la sazón, tapizaba por entero el fondo de la dársena. En fin, tal vez por eso los carabineros hacían la vista gorda, pues aquello divertía a los chavales y sus piezas no tenían ningún valor económico y mucho menos gastronómico por muy grandes que éstas fueran.
Pero mi tía, pese a que ya llevaba décadas en la ciudad y debía estar al corriente de aquella circunstancia como cualquier gijonés, se dejó embaucar por dos mozalbetes que la asaltaron tratando de venderle una hermosa pieza que acababan de sacar del agua. Como digo, mercó aquella pieza y se fue muy ufana para casa con la intención de prepararla para la cena.
Pero, como era de esperar, fue hincar el cuchillo en la panza del animal para proceder a su limpieza y expulsar éste una pasta negra y nauseabunda que, por supuesto, no invitaba en absoluto a continuar con la faena ni mucho menos pensar en cocinar aquella inmundicia. Así, pues, resolvió tirar a la basura el enorme pez. Pero discurrió que mejor sería hacer uso del triturador eléctrico que tenía instalado en su bañal de la cocina. Dicho y hecho: introdujo la cabeza del animal en la embocadura del aparato y dio al interruptor. Y allí se fraguó el desastre. La cola del animal empezó a girar a una velocidad endiablada y, toda vez que su panza estaba agujereada por el cuchillo, por acción del frenético giro convirtióse aquello en un aspersor de maloliente pasta negra que la dejó a ella, a las paredes y al techo de la cocina del color de betún.
Tardó un día entero en limpiar el desaguisado y semanas en tratar de desprender el olor de las paredes, amén de tener que pintar de nuevo el techo de la cocina.
Pero a ella se le saltaban las lágrimas cuando nos lo contaba y reparaba en la cara de asco que se nos quedaba a todos imaginándonos la escena.

Realmente, muchas de sus anécdotas tienen que ver con cuestiones gastronómicas pues viene a mi memoria otra de las suyas relacionada con esos menesteres. Mi tía casó con Pedro; un santo varón que tenía verdadera pasión desde joven por todo lo ruso. Tanto es así, que cuando se abrieron las fronteras con ese país tras años desencuentros con la España franquista, mi tío fue de los primeros en entrar en la Unión Soviética. Repetidos viajes terminaron dando su fruto en forma de fraternas amistades con las que mantenía correspondencia e intercambio mutuo de regalos de cortesía.
En cierta ocasión, recibieron de sus soviéticos amigos un paquete con variados presentes entre los que se encontraba algo que mi tía identificó de inmediato como una suerte de embutido típico de Rusia. No tardaron en empezar a dar cuenta del curioso manjar advirtiendo que no era precisamente de su gusto. No obstante, ante lo curioso del presente, mi tía dio a probar de aquella rareza a todo el que pasó en aquellos días por su casa, que no fueron pocos. No había visitante que no se dejara seducir por el encanto de mi tía, siempre dadivosa, ofreciéndoles una lonchita de aquel extraño embutido, si bien la desaprobación era generalizada. Pero nadie quiso perder la oportunidad de probar algo nuevo y distinto. Aunque aquella extraña longaniza estaba muy lejos de los estupendos chorizos de Carbayín, patria chica de mi querida tía.
No pasó mucho tiempo desde que se acabó el embutido cuando llegó una nueva misiva de sus amigos rusos. Preguntaban si les habían gustado los presentes y que les encantaría que lucieran adecuadamente los “cirios” que les habían remitido.
Como es lógico no tardó en aflorar la risa de mi tía al percatarse de que se había comido en lonchas media docena de velas de un extraño color marrón y que se lo habían dado a probar a toda la vecindad y parte de la familia. Con razón habían encontrado un poco seco, pastoso e insípido la “chorivela” de la estepa rusa. Pero bueno, todos los que, más por cortesía que por apetencia, probaron aquel “manjar” entendieron al punto que eran cosas de mi peculiar tía a la que bien podía perdonárselo todo.

Muy relacionado con este episodio está otro no menos sorprendente. Fue el caso que, como quiera que sus nietas estudiaron en un reputado colegio de religiosas, mi tía trabó amistad con algunas de las monjas que impartían la docencia. En una de sus conversaciones les relataba alguno de sus muchos padecimientos físicos: que si un dolor aquí, que si un desarreglo allá... El caso es que las bienintencionadas monjas le hablaron maravillas de los milagrosos efectos que tenían unas reliquias que ellas custodiaban y que ponían a su disposición cuando quisiera. Eran éstas unos huesecillos de la mano de un beato muy venerado en su Orden.
Mi tía, fácil de convencer, no se atrevió a declinar tan generoso ofrecimiento y aceptó llevar a su casa las reliquias por unos días. Pues bien, ni corta ni perezosa, le faltó tiempo para prepararse una infusión con aquellos huesecillos que si bien no desprendieron mucha sustancia, con unas cuantas gotas de anís y una cucharadita de azúcar se dejó beber. Varias fueron las ocasiones en que repitió la operación sin que ella notara más mejoría que la derivada de la ingesta del anís cuya proporción iba siendo cada vez más generosa.
Al cabo de unos días devolvió las reliquias a sus custodias y, por no desairar su fe, les comentó que era “mano de santo” y que habían erradicado por completo sus males. Las monjas quedaron muy satisfechas y un poco extrañadas pues advirtieron que los huesos estaban ligeramente más blancos pero seguramente lo atribuyeron a una intervención divina.


Es abundante y variado el anecdotario; tanto que difícilmente tendrían cabida en este blog todas y cada una de sus andanzas que forman parte de la intrahistoria de mi familia. Pero sirvan estas pinceladas como sentido homenaje y emocionado recuerdo que difícilmente nos palía de su ausencia.

jueves, 14 de julio de 2011

El fisio


Soy un débil, ¡qué le voy a hacer! Más bien soy un frágil estructural, que es una forma fina de decir que carezco de fortaleza física. Esta característica siempre ha estado reñida con mis aspiraciones atléticas, de forma y manera que cualquier actividad física que he practicado ha devenido, más pronto que tarde, en lesiones de diferentes partes de mi anatomía.

De esta circunstancia se han derivado dos consecuencias inmediatas, una buena y otra, si no mala, si peculiar.

La buena es que, gracias a lo variado de mis lesiones, con los años, me he convertido en un experto en anatomía y puedo presumir sin cuento de que conozco partes de la anatomía humana que no son del común y disfruto de un conocimiento de la patología traumatológica pareja a la de un aventajado estudiante de Medicina. Pocos son los que alguna vez han oído hablar del “gran trocánter femoral” o del “delgadito plantar” y menos del “periostio peroneal” o del “relieve inguinal del cordón espermático”. Y, claro está, nadie ha padecido lesiones tan llamativas como “fascitis plantar”, “condromalacia rotuliana” o, la más sonora de todas, “desplazamiento compartimental del paquete de Hoffar”. Como se puede observar, no hay mal que por bien no venga y de seguir con la práctica deportiva estaré a un paso de la Licenciatura en Medicina.


Pero la otra consecuencia, digamos, la más peculiar, es que a lo largo de mi ya dilatada vida han sido muchos los traumatólogos y fisioterapeutas que he tenido que visitar. De modo que también me he hecho un experto en estas lides. Debo decir que el anecdotario derivado de esta circunstancia es bastante rico, pero el caso que descuella entre el resto aconteció no hace mucho y merece capítulo aparte.

Andaba yo por entonces con una de mis múltiples averías. Concretamente un problema en un gemelo. Harto ya de volver a casa cojeando tras una breve carrera me decidí a probar un nuevo “fisio” del que me habían dado las mejores referencias. Y allí estaba yo sin sospechar lo que me esperaba. Debo decir que, de entrada, me sorprendió que en la sala de espera, como suele ser habitual en estos profesionales, hubiera cierta profusión de títulos adornando las paredes, y que había algunos harto curiosos que hacían referencia a patología equina (¡equina!) pero no le di mayor importancia.

Cuando me hallé ante el experto los trámites preliminares fueron los habituales: filiación, antecedentes, motivo de la visita… Aquí relaté con todo lujo de detalles los síntomas que aquejaban mi maltrecha pantorrilla.

Pero la primera sorpresa vino cuando, de repente, me dice:

−Bueno, desnúdate y échate en esa camilla.

Sin mucho tiempo sin reaccionar y acostumbrado, como lo estamos todos, a no replicar a los facultativos comencé el “deshabillé” no sin pensar para mis adentros: “Debe de ser que no me escuchó; yo le dije que era un problema de la pantorrilla”. El caso es que al poco rato estaba en calzoncillos sobre aquella camilla mientras el experto “manipulaba” distintas áreas de este cuerpo que se ha de comer la tierra. A continuación, se situó a la altura de mi cabeza y me tomó las manos por las muñecas mientras tiraba de los brazos hacia atrás.

La sorpresa debía reflejarse en mi cara pero nada salía de mi boca y así permanecí incluso cuando la situación tomo un cariz muy preocupante: sentí (que no vi por mi posición en “decúbito supino”) que depositaba sobre mi vientre unas bolas de cristal y volvía a repetir la operación con mis brazos. Quitaba aquellas bolas y ponía otras y lo mismo.

Pero cuando estuve a punto de saltar de la camilla fue cuando, ni corto ni perezoso, en una hábil y rápida maniobra introdujo algunas de aquellas bolas dentro de mis calzoncillos en contacto directo con mi partes más nobles.

Fue entonces cuando pensé que me había equivocado. Traté de recordar quién me había recomendado a aquel chalado. Muchas fueron las ideas que se amontonaron en mi cabeza. A lo peor, no lo había entendido bien y no era un “fisio”. Tal vez se trataba de una broma y había una cámara oculta que de inmediato empecé a buscar por el techo que era lo único que tenía a mi alcance visual. Mientras mi mente funcionaba desenfrenadamente y admitía y descartaba las más peregrinas posibilidades que explicaran aquella ridícula y bochornosa situación, el experto seguía con su trajín de cristales en mis intimidades.

Menos vergonzante pero sin duda más sorprendente fue cuando me dijo que dijera en voz alta alguno de los medicamentos que tomaba habitualmente.

¡Tonto, más que tonto! –pensaba–. Pero allí estaba yo, sin rechistar, repitiendo en voz alta: “¡Amlodipino…!”… “¡Enalapril…!” Y él tirando de mis brazos hacia atrás.

¡Una hora! con aquel ritual al que, al final, me llegué a acostumbrar. ¡Ojo! Subrayo lo de “acostumbrar”, algo muy distinto a “disfrutar” como más de alguna retorcida mente estará pensando. Proclamo desde ahora mismo que lo de introducir cosas en mis partes es algo que me llegó muy adentro (nunca mejor dicho) y de lo que no obtuve ningún placer. ¡Ninguno! ¿queda claro?

Por fin aquello acabó con un sentencioso:

-Efectivamente: lo que pensaba. Todo es debido a ciertas carencias de microsustancias orgánicas.

Yo no sé muy bien porqué respiré aliviado como si todo lo anterior adquiriera sentido, de repente. Más aliviado aún me sentí cuando me dijo que ya me podía volver a vestir: mi integridad seguía a salvo (¿o no?).

A continuación, vino una explicación sobre lo que me pasaba y cuál era la solución. Tenía que hacerme con unas pastillas sobre las que me facilitó profusa documentación que tenía que leerme en casa. En la siguiente sesión ya veríamos el gemelo. ¡No estaba equivocado!: era un fisio y se había enterado de que mis males no estaban en mi entrepierna sino en la pantorrilla y, lo mejor, me la iba a mirar. Pero ¿porqué no había empezado por ahí?

Cuando llegué a casa y me dispuse a leer la documentación que me dio con el fin de dar aún más sentido a lo que acaba de ocurrir me entró una nueva preocupación. Juro que, tras leer aquello, creí haber caído en manos de una peligrosa secta religiosa. Lo que me prescribía el experto respondía al estrafalario nombre de “Diente de león azul” cuyos efectos se veían potenciados debido a estar bajo la advocación de la Virgen de la Salud. Seguía todo un tratado de teología barata y panegírico de diferentes santos y vírgenes a los que, al parecer, debía encomendar mi alma y, por supuesto, mi pantorrilla.

Mi estupefacción derivó en algo muy parecido a un “síndrome de Estocolmo” pues, incompresiblemente, volví al día siguiente. No obstante, cuando me preguntó por mi opinión sobre lo que había leído no pude menos que responder que se le pedía demasiada fe a una persona que si no era estrictamente ateo sí navegaba por las turbulentas aguas del agnosticismo (¡qué metáfora, Dios mío!).

Creo que en ese momento aquel hombre vio como su arsenal terapéutico se había visto seriamente mermado a las primeras de cambio. No le quedaba más remedio que emplearse a fondo con los procedimientos más “tradicionales” y me ordenó que te tumbara de nuevo a la camilla, esta vez ¡vestido!¡Uf! Tuve la impresión de que empezaba yo a retomar el control de la situación. Pero poco dura la alegría en casa del pobre.

No bien me hallé echado, sacó de una maleta una especie de sargenta eléctrica que me aplicó sin contemplaciones a mi zona dolorida. Aplicó la suficiente presión para hacerme gemir. Como viera que el dolor era ya insoportable activó un mando y la presión se detuvo. Pasado un tiempo aún con la sargenta atenazando mis carnes, me preguntó si ya sentía menos dolor. Como quiera que mi respuesta fue afirmativa accionó de nuevo el vil instrumento y otra vez me hizo retorcerme de dolor y le escuchaba decir que cuanto más aguantase el dolor más efecto surtiría la terapia. Decidido como estaba yo a solucionar mis males aguanté varias embestidas hasta que por mi mejilla empezaron a rodar grandes lagrimones de dolor y decidí que ya era suficiente. Aguanté así varios minutos y cuando creí que todo había acabado, el contrariado fisio, en un inequívoco acto de venganza por mi descreída actitud, comenzó a mover sin contemplaciones la sargenta de un lado a otro haciéndome soltar aullidos de dolor.

Creí que nunca llegaría el momento de la liberación, pero antes de que eso ocurriera él insistió mucho en que cuando soltara le dijera cuál era la sensación que experimentaba en ese preciso momento. Huelga decir que la primera idea que vino a mi cabeza fue la de alivio; la segunda, fue acordarme de los progenitores de mi torturador. Creí que todo había acabado por ese día, pero para mi sorpresa me dijo que al día siguiente le llevara un comprimido de cada uno de mis habituales medicamentos, convencido como estaba que ejercían sobre mi salud una perniciosa influencia.

Hay que reconocer que, en parte por curiosidad, en parte por masoquismo y en parte por … no sé qué, volví pese a que ya tenía un segundo motivo para no hacerlo: ¡la sargenta! Pero allí estaba yo de nuevo. Cuando quise darme cuenta estaba de nuevo en la camilla, ¡desnudo! ¡otra vez! Vuelta a empezar. Pero esta había de ser un poco diferente pues las extrañas maniobras fueron precedidas de una explicación sobre el método. Lo que ponía sobre mi vientre y “dentro de mí” no eran bolas de cristal sino frascos con diferentes sustancias a las que yo reaccionaba, al parecer, de diferente manera. Había sustancias perniciosas a las que yo reaccionaba con aversión y otras, en cambio, de forma neutra. Y me puso un ejemplo paradigmático: era sabido mundialmente(¿) que algo absolutamente pernicioso para la salud era el “Actimel” al que, como es lógico debía reaccionar con aversión. Y aquí vino el súmmun de mis males. Sin cortarse un pelo sacó un frasco de Actimel y, cual hábil prestidigitador, lo introdujo bajo mi calzoncillo y tiró de mis brazos hacia atrás.

Recuerdo que pensé que si en ese momento llegase a entrar alguien en la consulta y me viera allí desnudo, tumbado con un Actimel entre los genitales no hubiese sacado precisamente una idea positiva de mi persona. Por otra parte, tratando de ver algo positivo de aquella embarazosa situación, levanté la cabeza y traté de hacerme una idea de lo que sería sentir por primera y única vez en mi vida la sensación de poseer un considerable protuberancia genital de la que poder presumir en la playa (vulgo: “marcar paquete”).

Afortunadamente, aquello no duró poco mucho y, acto seguido, extrajo el frasco de marras y depositó sobre mi vientre uno de los comprimidos que yo le había traído y de nuevo tiró de mis manos hacía atrás:

¿Ves? –dijo– Está claro: el mismo efecto que con el Actimel. No deberías tomar esas pastillas.

Ni que decir tiene que yo, personalmente, no experimenté cambio ninguno ni, por supuesto, vi que la pastilla saltara sobre mi vientre ni nada semejante.

Y luego vino otra sesión de sargenta tan dura o más que la del día anterior. Y así durante cinco sesiones. Y alguno se preguntará que, a fin de cuentas, cuál fue el resultado de la terapia. Pues he de decir que no he vuelto a tener molestias en el gemelo. No sé muy bien la causa: si fueron los frascos, la sargenta o bien las pocas ganas que me quedaron de volver pese a lo que piense alguna mente calenturienta.

En cuanto a los efectos secundarios derivados de tan peregrina acción terapéutica he de decir que sólo se cuenta una pequeña adicción al Actimel del que hago uso a menudo, pero del que, obviamente, no pruebo ni un trago pues sabido es que se trata de algo muy malo para la salud.

viernes, 8 de julio de 2011

La Ley del Progreso


Hoy quiero ponerme un poco serio. Tan sólo un rato, lo suficiente para contar una pequeña historia que viene a colación de los controvertidos “derechos de autor” casi siempre en la palestra y hoy más que nunca con motivo del desafortunado “affaire” protagonizado por la SGAE. Uno más.

La historia es la siguiente: Mi padre tenía un oficio muy peculiar. Era artesano de la madera; concretamente, tornero. Pero el oficio se morirá con él. Como tantas otras ocupaciones que se han visto avocadas a la desaparición debido a un cambio en la tecnología. Si en un momento dado, la aparición de una nueva tecnología favoreció su oficio al reemplazar su ‘torno eléctrico’ al arcaico ‘torno de pie’, décadas más tarde un nuevo cambio tecnológico, concretamente la aparición del ‘torno copiador’, acabó con su forma artesanal de tornear la madera.
Y es que el mundo cambia en la medida que se van sucediendo distintos cambios tecnológicos. Estos favorecen a ciertos sectores de la población y perjudican a otros, pero es la “ley del progreso”.

Pero mi padre, además, complementaba sus ingresos con otra ocupación que le ayudaba a mantener a su familia: la Música. Tras haber aprendido desde la niñez a tocar un instrumento se dedicó muchos años a amenizar los bailes de aquí de allá. Dura ocupación la de este tipo de músicos: ensayos, viajes, carga y montaje de equipos, veladas interminables, ausencia de festivos... Yo no recuerdo haber pasado ninguna Nochevieja con mi padre, ni día de Reyes, fecha similar.
Pero este oficio, como todos los demás también está y estuvo al albur de los cambios tecnológicos. Hace unas décadas los artistas de relumbrón iban de plaza en plaza con las partituras debajo del brazo o, si acaso, acompañados de un pianista. Cuando llegaban a la sala donde actuaban allí estaba la orquesta titular conformada por músicos como mi padre. A estos les facilitaban las partituras, éstos como buenos profesionales que eran interpretaban aquellas partituras, ensayaban unas cuantas veces y actuar “en vivo” ante el público. De esta manera, parte del caché de las estrellas iba para los músicos que les acompañaban.
Pero vino un importante cambio tecnológico: la música grabada, o sea, el conocido como “playback”. Y esto, como siempre, favoreció a unos y perjudicó a otros. Como favorecidos, los “artistas” que ya no traían partituras ni pianista, simplemente traían la música enlatada. Ya no les hacía falta acompañamiento, ni tan siquiera ensayos, ni cuidar su voz y, lo más importante, ya no tenían que deducir parte de sus emolumentos. Y esto les pareció un invento excelente ¡cómo no! ¡que viva la tecnología! Los perjudicados fueron gente como mi padre, músicos al fin y al cabo (tanto o más que los “artistas”), que se quedaron sin esos ingresos. Pero había que “ir con los tiempos...”
La nueva tecnología también ofrecía a los “artistas” la oportunidad de grabar discos (que sus seguidores pagaban a precio de oro) que les permitían divulgar su música y obtener pingües beneficios sin tener que hacer viajes, cargar con el material, trasnochar, etc., etc. E incluso esa misma tecnología a ellos sí les permitía pasar la Nochevieja con su familia y amigos, viéndose a sí mismos en la televisión cantando (haciendo que cantaban) y sin ningún músico detrás. ¡Qué buena la tecnología! ¡Qué cosa más grande es esto del progreso! Mientras tanto yo seguía sin poder pasar esa misma noche con mi padre que seguía dando tumbos de escenario en escenario.

Pero los cambios no se detienen nunca y lo que otrora te favorece más tarde te perjudica y es que arrieros somos. El paso del tiempo trajo el último cambio tecnológico: Internet. Y claro está, de nuevo hubo un sector de la población que se benefició de lo que se les ofrecía: la gente de la calle se podía obtener música sin tener que pagar por ella. Adiós a los discos a precio de oro.
Pero, ¡ay! lamentablemente, esta vez los perjudicados iban a ser los “esforzados artistas” que, tan molestos como lo estuvo mi padre en su momento cuando los cambios acabaron con sus dos ocupaciones principales, se quejaron amargamente al ver comprometidos sus ingresos. Algunos de ellos se pusieron a temblar al pensar que en vez de comprarse dos Ferraris tal vez sólo podrían comprar uno. ¡Qué lástima!
No hay derecho –decían–, así se acabará con los músicos e incluso con la Música, repetían. Al parecer, aquellos a los que, en su momento, dejaron en la calle y quitaron el pan de la boca (en nombre del progreso) no eran músicos ni hacían Música. Al parecer una ocupación “vocacional” como es la Música no será apetecible para nadie si con ella no se puede uno comprar una casa en Miami.
Mozart, que algo tenía de músico y de artista, como otros muchos murió en la más absoluta indigencia, pero estuvo creando sus obras hasta el último día de su vida sin pensar en dedicarse a otra ocupación más rentable. Y no lo hizo porque esa era su vocación además de su oficio. De hecho la creación artística, desgraciadamente, siempre ha ido pareja a una vida cargada de privaciones sin que ello haya supuesto un impedimento para los artistas vocacionales.

Si ahora los supuestos “músicos” identifican su dedicación con abultados ingresos y están dispuestos a renunciar a su “vocación artística” cuando éstos no están garantizados, tal vez tengamos suerte y nos libremos algún que otro advenedizo que está en esto del “arte” por lo que está. Así tal vez queden aquellos que realmente amen y entienden la música como una actividad artística y placentera y no estrictamente económica. Pretender que la Música desaparecerá porque su práctica no esté asociada a beneficios económicos es mucho suponer. Es tanto como decir que cualquier actividad placentera para un ser humano desaparecerá si ésta no es convenientemente remunerada. ¿No es esa suposición una visión demasiado mercantilista de la actividad artística? Que el Arte (suponiendo que lo que hacen esos señores lo sea) haya devenido en una actividad remunerada no es suficiente argumento como para concluir que el dinero es la causa o principio del Arte. El que piense así debería pensarse seriamente “hacérselo mirar”.

Pero, además, a esos “artistas” nadie les prohíbe volver a sus orígenes. Siempre pueden ganarse la vida como se la ganaron muchos otros antes que ellos: viajando, ensayando, cargando y descargando el material, trasnochando y “cantando” de verdad por esos escenarios de aquí y de allá. Cuenta ahora, además, con la ventaja de que aquellos que les darán de comer pagando entradas (nada baratas) por ir a verlos, lo harán porque previamente conocieron su “arte” gracias a la divulgación que les dará internet. Y tal vez se acuerden de favorecer a esos otros músicos (que al parecer no cuentan) llevándolos consigo a los conciertos, en lugar de llevar la música en una lata.

Y que tengan fe y paciencia. Si en algún momento les favoreció la tecnología y luego ésta se mostró esquiva, tal vez más adelante les vuelva a sonreír la suerte. Es la “ley del progreso”.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Romántico


Sentado en la penumbra, contemplo ante mí decenas de cabezas que la luz de la pantalla perfila en plata. Ahí delante está ocurriendo algo importante que ha vuelto pétreos a todos los espectadores.
Una chimenea crepita en llamas. Envuelve con su bermeja luz y su cálido abrazo a dos enamorados que, sentados en una tupida alfombra de piel de oso, brindan con elegantes copas de champagne por un futuro de miel y rosas. Una legión de velas esparcidas por doquier hacen danzar sus tenues pavesas. Las nerviosas burbujas del dorado líquido centellean a su luz antes de perderse en sus bocas que acabarán encontrándose, voluptuosas, en un apasionado beso. El triste y meloso canto de un violín endulza la escena. El clímax romántico llega a su zénit y está a punto de reventar los henchidos corazones de los espectadores.
Una mano cálida busca la mía y sin desviar un ápice la mirada de la romántica escena, alargo mi abrazo y rodeo tiernamente los hombros de mi entregada acompañante. Ella reclina, mimosa, su cabeza sobre mi hombro y deja caer lánguidamente sus sedosos cabellos sobre mi emocionado pecho. Luego, sello el encuentro recostando mi cabeza contra la suya en una íntima comunión preñada de emoción y pasión contenida.
El romanticismo exuda por cada uno de nuestros poros. Uno desearía que aquel abrazo durara por siempre o de lo contrario que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas dando un melodramático fin a tan apasionada escena.
Mas, algo perturba inopinadamente el momento: Desde la lejanía se deja oír apenas un murmullo grave que se acrecienta por instantes. Un leve temblor, ajeno a nuestra emoción, sacude nuestros pies. El murmullo deviene en estruendo que confirma el trueno. Y tras él, se adivina una intensa lluvia que va arreciando.
De repente, se aborta el abrazo. La cabeza se envara, la mano se tensa, la alarma se manifiesta y una exclamación sottovoce sale de la boca de mi querida esposa: ¡¡DIOS MIO, LA MI ROPA...!!
Delante de mí, observo idéntica escena: cabezas que se separan, tensión. Y un murmullo generalizado recorre la sala: “... ropa”, “... mi ropa”, “... ropa”...

El romanticismo ha saltado por los aires. La emoción tórnase en preocupación. La pasión, en contenida ira: las unas pensando en la lavadora, los otros..., los otros no piensan. No entienden. Lo normal.

Semanas más tarde, presente aún el impacto del romanticismo abortado, decido zanjar la cuestión y consumar la escena por un prurito personal de no ser rehén de lo prosaico.
Me esfuerzo en llegar antes a casa que lo haga mi esposa. Me doy tiempo así a componer una escena perfecta antes de que ella llegue: la sorpresa forma parte del encanto.
Me hago con un buen vino. Preparo una frugal pero exquisita cena. Elijo la música adecuada y el volumen exacto. Elijo la vajilla de los invitados y la cristalería de postín. Un capullo de rosa “rojo pasión” sobre su plato. ¿El mantel? De lino. ¿La luz? La justa. Y velas. Muchas velas. Que no sea por velas.
Y es llegado el momento. La primera baza, la sorpresa, ya cuenta en mi favor. La he dejado sin habla. La cosa empieza bien. La cena es todo un éxito, mis poco explotadas artes culinarias han hecho un comedido furor. La luz de las velas ha templado el ambiente y la rosa ha sido un éxito. Cuando pasamos al sofá, la temperatura pasional ha subido unos cuantos grados con ayuda del alcohol.
Prolegómenos. Esa es la clave, según tengo entendido. Una hora. Será por prolegómenos. He logrado vencer el sueño y he ahogado algún que otro bostezo por no perturbar tan mágico momento. Todo está a punto.
Las escenas que siguen he de obviarlas, no por censura, sino por caballerosidad. El buen romántico no ha de ser lenguaraz, antes al contrario, guardará para sí, celoso de la intimidad, todo detalle escabroso que contamine la escena y ponga en peligro el inestable equilibrio entre el verdadero amor y las más bajas pasiones.
Así pues, encuadremos de nuevo la escena en el momento en que me hallo entregado de pleno a la pasión (romántica, por supuesto). Al borde del paroxismo veo reflejada en la cara de mi compañera una expresión de entrega total que acrecienta aún más el clímax de tan apasionado instante.
Hace horas hemos emprendido juntos un tortuoso y trabajoso camino que nos ha traído a asomarnos a este vertiginoso abismo de pasión, a estos desventíos de placer por los que estamos a punto de dejarnos rodar en una arrebatada y desenfrenada caída sin control. ¡Oh, ... el romanticismo! ¡Viva la madre que parió a Gustavo Adolfo Bécquer! ¡Que Dios tenga en su gloria a Mariano José de Larra! ¡Qué grande, Dios mío, qué grande es esto...!

Mas, un horrible rictus inunda la cara que tengo a un palmo de la mía. Los ojos perdidos en el infinito toman ahora una fija presencia que me miran con expresión de pánico. El cuerpo abandona su rítmico balanceo y se agarrota cual si estuviera disecado. ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? ¿Dónde me he equivocado? Mi cara es la esencia misma de la interrogante con un punto incluido.
Al fin va hablar. ¡Qué angustia, madre mía! ¿Qué dirá?

―¡EL GAS! Se "te" ha olvidado apagar la llave del gas.

Doyme. No puedo más. Reconozco mi absoluta incapacidad para alcanzar un clímax de pasión romántica. Abomino de cualquier pretensión de acercarme al ideal romántico. Abrazo la fe de la prosa y el realismo. Me alío a las tropas de la terrenalidad más absoluta. Soy un hombre sin sensibilidad ¡qué se le va hacer!

lunes, 17 de mayo de 2010

Truman

Grande. Así lo recuerdo: gran barriga, enorme papada, manos gigantescas. Ese era el aspecto de Truman. Pepe Truman debía su apodo al hecho de que empezó a trabajar como pinche el mismo día que invistieron presidente de los EE.UU. a Harry Truman.
De semblante serio, era sin embargo la persona más amante de la burla y la broma que jamás he conocido. Socarrón en extremo, apuntillaba cualquier comentario con un ágil chascarrillo que parecía tener preparado de antemano. Su ingenio vivo contrastaba con sus cachazudos ademanes. Su capacidad para pergeñar las más divertidas bromas era proverbial de manera tal que, estando él presente, cualquier travesura se le imputaba sin hacer mayores indagaciones y cuando hacía presa en algún alma cándida éste podía darse por perdido.
Tal fue el caso de aquel pinche que tuvo en tiempos y al que él mismo apodó “Peluduru” por motivos más que evidentes. Tuvo a este infeliz zagal sumido en la más profunda de las preocupaciones durante meses al hacerle creer que era un impotente redomado.
Como quiera que en el taller de mecánica en que trabajaban había uno de aquellos gigantescos voltímetros, hizo creer a Peluduru que aquel aparato servía también para medir la potencia sexual de los varones. Demostraba su aseveración poniendo el polo positivo en un testículo y el negativo en otro, ocultando al infeliz una hábil maniobra que consistía en unir, bajo los pliegues del mono de trabajo, ambos polos, lo que producía, claro está, una subida de la aguja hasta los niveles máximos.
Cuando Peluduru repetía la maniobra en sus partes, pero desconocedor de la artimaña, tan solo conseguía unos exiguos resultados que lo sumían en la más profunda depresión. Cada mañana, el pinche al entrar en el taller repetía una y otra vez la prueba en busca de mejores resultados que no se acababan de producir. Al borde de la locura y tras meses de intentos acabaron revelándole la patraña. Ante tal revelación no sabía si matar al burlón o ponerle una vela a la Virgen en señal de agradecimiento.

No mejor suerte corrió un incauto parroquiano que era un habitual del chigre donde Truman daba rienda suelta a una de sus pasiones: la sidra. Provocar a semejante personaje era hacer méritos para acabar arrepintiéndose y el incauto aún debe estar haciéndolo. Llegó éste al chigre con un paquete bajo el brazo que depositó sobre la barra. Mientras daba cuenta de unos culinos la emprendió con Truman haciéndole saber que en el interior del paquete llevaba un centollo “pelonín” del que daría cuenta no bien hubiera llegado a su casa. Se burlaba de Truman diciendo que él, en cambio, debería conformarse con una miserable loncha de jamón de york, a lo sumo.
Insistía en la burla y Truman callaba. Pero en un instante en que el incauto hubo de ir al servicio, con una agilidad impropia de su corpachón, salió del chigre y fue a un solar contiguo donde se amontonaban escombros. Se hizo con un trozo de loza perteneciente a la taza de un inodoro de tamaño y forma semejante a un centollo. Volvió con tiempo suficiente para abrir el paquete, pegar el cambiazo y sentarse de nuevo como si tal cosa.
Cuando el aprendiz de burlón acabó la botella se despidió ufano recordándole una vez más a Truman la diferencia de suerte que tendrían aquella noche. Y, efectivamente, así fue. Fue salir por la puerta el infortunado burlón y pedir Truman que le cociesen el centollo. Cuando el primero llegó a su casa y se topó con el trozo de váter, el segundo ya había dado cuenta del suculento manjar. No sabía con quién se la jugaba el infeliz.

No sé si el mismo personaje (imagino que sí), fue también el objeto de otra de las más celebradas ocurrencias del bueno de Truman. El día era lluvioso y el parroquiano acudió con un paraguas a tomar su “botellina”. Colgó el paraguas de la barra y se enfrascó en una discusión tan encarnizada como banal, como suele ser costumbre en esos pagos.
Permaneció ajeno a las furtivas maniobras de Truman que, poco a poco, fue dejando caer dentro del paraguas chapas de botella que recogía del suelo del bar.
Acabada la discusión (que habría de continuar al día siguiente) el incauto abandonó el chigre con la suerte de que no llovía en ese momento. Tomó el autobús y al bajarse en la parada correspondiente quiso la suerte que arreciara un chaparrón. Poner el pie a tierra, abrir el paraguas y lloverle encima un diluvio de chapas con enorme estruendo fue todo uno. Despertóse gran expectación entre viajeros y viandantes y su bochorno fue tal que, presa de la ira, tomó el siguiente autobús de vuelta. Entró en el bar como un basilisco y sin preguntar quién había sido el autor de la tropelía se fue directo a Truman esgrimiendo el paraguas en inequívoca intención de atizarle un paraguazo. Así lo hizo, pero, prevenido aquél de la maniobra se acurrucó dejando franca la espalda. Allí fue a parar el mandoble que fue de tal violencia que el paraguas tomó la curvatura de la espalda. De esta guisa y acabada la retahíla de improperios que fue recopilando durante el viaje de vuelta, volvió a salir del bar. Cuando intentó abrir de nuevo el paraguas la curvatura ocasionada por el golpe lo impedía y empezó toda una suerte de forcejeos bajo la lluvia que fue coreada desde dentro del establecimiento con grandes carcajadas que continuaron días después del celebrado hecho.

Como estas que anteceden son legión las anécdotas que adornan la biografía del personaje. No habría espacio aquí para comentar todas sus andanzas. Pero dese una cosa por cierta: rememorar a Truman y aflorar una sonrisa en el semblante siempre van de la mano.

lunes, 10 de mayo de 2010

El platilllero


Yo, una vez, fui platillero. Esto es algo que muy pocas criaturas pueden decir. Sin embargo, no me siento especialmente orgulloso de esta inusual proeza. Tanto las especiales circunstancias que me llevaron a ello, como las que acompañaron el pequeño período de tiempo que duró la experiencia pueden calificarse, sin lugar a dudas, de absurdas, grotescas y, como se verá, vergonzantes. De ahí que no sea yo muy dado a mencionar este episodio que ocurrió durante el mes y medio que permanecí en el campamento de instrucción previo al servicio militar (¡Dios mío, la “mili”!).
Todo empezó en una formación de las innumerables que ocupaban nuestros días. Dos alféreces gritaban a la acobardada tropa preguntando quiénes sabían tocar algún instrumento. Un paso al frente, como siempre, era que sí.
Pese a estar advertido de la máxima que rige la vida militar (“voluntario ni para comer”) desoí el consejo y avancé sin temer las consecuencias. A los adelantados nos fueron preguntando por el instrumento con el que estábamos familiarizados: la trompeta, uno; el saxo, el otro; aquél, el bombardino; el tambor, el de más allá. Así fueron dando cuenta los reclutas de sus habilidades musicales.
Cuando llegó mi turno me sentí ridículo al decir: yo, el piano.
No, no. El piano, no. No servía. ¡Qué se le va hacer! Ya comprendía yo que, por mucho que los pianos tengan pedales, aún no se ha inventado la forma de que se parezcan a los de la bicicleta para hacerlos avanzar.
Ya iba a volverme a mi sitio cuando uno de los brigadas me detuvo. Bien pensado, si que serviría: ¡yo sería el platillero! Y así empezó todo. Diez años de estudios codeándome con Chopin, Bach, Litz y Debussy, para acabar dándole a la síncopa con los platillos. Típica lógica militar.

Pues bien, a partir de ese momento me aparté de la disciplina del resto de la compañía y entré a formar parte de la honorable banda del C.I.R. Mis jefes directos eran dos brigadas: uno encargado de la sección de instrumentos de metal y el otro de la sección de cornetas y tambores. Ambas secciones ensayaban, por separado, en un enorme pinar del recinto militar, lo suficientemente alejadas una sección de la otra y ambas del resto del Regimiento. Por aquello de no molestar.
Yo en un principio y, por intuición musical, me fui a la sección de percusión, esto es, detrás de los tambores. Pero el brigada musical no estaba muy de acuerdo con la opinión de que los platillos fuesen de su sección; entendía, en buena lógica militar (no musical) que, puesto que eran de metal, debía estar con el resto de instrumentos de esa índole y me mandó con la otra sección. Tras un pequeño peregrinaje por el bosque llegué a la par de los instrumentos de metal y me acoplé. Pero, héteme aquí, que el otro brigada discrepaba de la tesis de su compañero de armas (e instrumentos) y me expulsó a cajas destempladas (nunca mejor dicho) y me devolvió a la otra sección. Otro paseíto, otro acople y otra expulsión: yo debía estar con la otra sección... Total, que aquellos primeros días me los pasé deambulando por el bosque con los platillos bajo el brazo tratando de encontrar asilo musical en alguna de las secciones.
Cuando ambas secciones se juntaron para un ensayo general. Yo pedí a los brigadas que aclararan definitivamente mi ubicación. Como era de esperar encontraron la solución “más lógica” (militarmente hablando): yo ensayaría sólo y me uniría a ellos durante las comparecencias generales en medio del bosque.
Estupendo. Me había constituido en una tercera sección unipersonal y como tal busqué una parcelita en el bosque suficientemente alejada de todo y de todos. Y como no era cuestión de estar dando platillazos yo solo, como un tonto, me senté en una piedra y me coloqué los platillos a modo de espejo para dorar mi tez con el reflejo del sol. Así permanecía horas hasta que recibía aviso de un ensayo general en el que yo aprovechaba para hacer gala de mis grandes progresos y exhibía mi virtuosismo platillil.

Pero la cosa empezó a torcerse, nunca mejor dicho. Descubrí que uno de los platillos tenía una fisura en parte de su estructura, de manera tal que cuando golpeaba con fuerza uno contra otro, el defectuoso tornábase de cóncavo en convexo y así encajaba el uno en el otro y no sonaban. ¿La solución? No cabía otra que dejar de tocar, poner el platillo descompuesto en el suelo y darle una estratégica patada en el centro devolviéndole así su concavidad, pero a la par aumentando un poco más la fisura.
La operación debía repetirse cada vez que la exigencia de la marcha militar en ejecución requería de un sonoro platillazo. Es decir, cada dos por tres (o tres por cuatro, que resulta más musical). Por ello, a cada rato, yo repetía el patadón. La cosa se complicaba cuando el ensayo general incluía la marcha al ritmo de la música. Entonces me salía de la fila (grave pecado militar), me detenía mientras los demás proseguían su marcha, echaba el platillo al suelo, pegaba el patadón y echaba a correr detrás de los otros hasta ocupar de nuevo mi lugar en la formación y seguía andando
Todas estas maniobras desquiciaban a los brigadas y me lo hacían saber no de muy buenos modales. Yo les explicaba la circunstancia de los platillos y les solicitaba un cambio. Imposible. No había más platillos. ¿Qué hacía entonces?
Otra muestra de lógica militar determinó que lo mejor sería que, mientras no fuese estrictamente necesario, hiciese ademán de tocar pero sin tocar. Esto es: me convertí en el primer intérprete de platillos en “play-back” de la historia militar española. Así iba yo muy ufano, pinar arriba y abajo, haciendo grandes esparavanes con los brazos pero sin emitir sonido alguno.
Pero como quiera que, muy de cuando en cuando, era imprescindible la intervención de los platillos para la buena marcha del tema que se ejecutaba, el deterioro de los platillos iba en aumento; circunstancia de la que advertí debidamente a los brigadas que no prestaron demasiada atención.
Pero, llegó el día de la Jura. El día de la verdad. Cinco mil reclutas poblaban el campo de maniobras. En la grada principal, la plana mayor: todos engalanados y con sable al cinto. La grada general, abarrotada de un público expectante que buscaba en vano a su retoño, entre un ejército de clones. Seguían las indicaciones previamente pactadas: soy el sexto empezando por la derecha y el decimonoveno por la derecha, de la compañía segunda contando desde atrás y quinta desde la izquierda. Yo no tenía ese problema: soy el platillero. Puesto que solo había uno, era fácil localizarme entre todo aquel mar caqui.
Pero yo temblaba. Había llegado el gran día y nadie me había dicho si ese día tocaba o ponía el “pleibac”. La decisión fue mía: tocaría a medio gas.
Todo parecía discurrir dentro de unos cánones normales desde una óptica militar. Pero el diablo es un profesional y quiso estar presente: llegó el momento del himno del C.I.R. que requería de un sonoro platillazo al comienzo de su ejecución. Me la jugué: sorprendí a todos que un rotundo golpe de platillo y ahí empezó mi desgracia.
El platillo no resistió el impacto y se rompió. Cayó al suelo con enorme estruendo. Como quiera que el campo de la jura tenía una notable pendiente, quiso la desgracia que cayera de tal modo que empezó a rodar campo abajo entre las piernas de los soldados.
Yo dudé unos segundos. Pero imprudentemente me arranqué: eché a correr tras el platillo ante el asombro de todo el mundo. Como la disciplina militar impide que, bajo ninguna circunstancia, se rompa la formación o se mueva uno lo más mínimo, todos guardaron compostura y no se rieron más que entre dientes. Pero como la grada civil no está sujeta a tales obligaciones, estalló en sonoras carcajadas siendo la rechifla y el vituperio de tan desalmada plebe.
Pero ya era tarde para rectificar y seguí campo abajo, dando un espectáculo lamentable corriendo tras el plantillo que fue a parar a decenas de metros más allá. Luego, lo recogí y emprendí una nueva carrera campo arriba hasta situarme otra vez en mi sitio, acción que fue premiada, por toda la concurrencia, con sonoros vítores y aplausos que sonaban inequívocamente a pitorreo.
No tan contentos parecían estar los brigadas que me miraban con los ojos sanguinolentos de incontenible ira. De no ser por la debida formación, me hubiesen disparado allí mismo, o ensartado con su batuta. Eso decían sus ojos.
Me vi ante un pelotón de fusilamiento o cumpliendo largos años de castillo; o en el mejor de los casos, limpiando letrinas el resto de la mili. Pasaría doce meses sin volver a casa, metido entre cagajones, por culpa de unos miserables platillos, cuya rotura se veía venir hacía semanas pero que nadie, más que yo, quiso remediar.
En fin, acabado el acto, todos desfilamos en retirada y en el momento de romper filas, fue tal el barullo y la algarabía que me escabullí como pude de los brigadas. Dejé los platillos ocultos en unos matorrales y me perdí entre la muchedumbre de padres y reclutas que se abrazan sin cuento.
Por una vez la uniformidad jugaba en mi favor: sin platillos en la mano era uno más de los muchísimos reclutas que por allí pululaban. Me fui del recinto militar y me incorporé días más tarde en mi nuevo destino. Nunca más hice mención de mi etapa de platillero, no fuese a ser que hubiera una orden de busca y captura y diesen conmigo.
Aun hoy, cuando me cruzo con un militar, procuro tener los brazos lo más quietos posible no vaya a ser que ... Nunca se sabe.