miércoles, 31 de marzo de 2010

Placebo

Que el efecto placebo es un factor determinante en cualquier tipo de terapia, parece una cuestión de sobra contrastada empíricamente. Pero que la soberbia de la Medicina instalada en un arrogante estatus científico ha menospreciado e infrautilizado este recurso terapéutico, como lo hace en general con el aspecto psicosomático de las dolencias, es también un hecho más que evidente.
Es una lástima que los galenos no se aprovechen de un recurso que da tan buenos resultados en muchas personas. No en todas, claro está, pues hay algunas que los placebos parecen traerles al pairo. Pero a ese tipo de persona no solo un placebo, sino cualquier medicina por muy contrastados que estén sus efectos les va reportar beneficio alguno. Y, es que, como en el caso de los placebos, pero en este caso a la inversa, lo que cuenta es la predeterminación con que el paciente afronte un tratamiento. Si un paciente está convencido de que el tratamiento que se le prescribe no le va surtir ningún efecto, así será. O bien, de causarlo, él negará una y otra vez que la mejoría tenga, de algún modo, que ver con lo que se ha prescrito.
Sensu contrario, yo he conocido a personas que se les ha dicho que comer rabos de pasas eran buenos para la memoria que tras engullir unas pocas unidades se han acordado del día en que nacieron.
También he contemplado con estos ojos, que se ha de comer la tierra, cómo cierto compañero de juergas, allá por la turbulenta juventud, entraba en un estado cuasi onírico (vulgo: colocón) tras haberse fumado una china ¡de Avecrem! Efectivamente, bastó envolver un trozo de ese producto en un papel de aluminio, sacarlo del bolsillo con cierto misterio, liar a escondidas el canuto y ofrecérselo furtivamente para que el muy ingenuo alcanzase un buen colocón e incluso se permitiera el alarde de alabar la calidad del material.
Pero el caso más sorprendente de la fuerza de la sugestión, es decir, del efecto placebo en definitiva, tuve noticia de él hace unos cuantos años.
Por aquel entonces, la empresa Hunosa tenía repartidos por diferentes pueblos de Asturias una serie de economatos para sus trabajadores. Como quiera que se trataba de establecimientos ubicados en núcleos rurales y que por aquellos días no todo el mundo contaba con un utilitario, muchas de las mujeres que acudían a la compra lo hacían a lomos de su burro. Amarraban el jumento a la puerta del economato y volvían a sus casas con su voluminosa compra semanal acomodada debidamente en las alforjas.
Una de estas clientas de un economato en concreto tenía merecida fama de ser buena sanadora de muchos males a base de yerbas y ungüentos. Su avanzada edad, su mucha experiencia y algo de tradición familiar le había permitido adentrarse en mundo de la medicina natural o cuanto menos de la fitoterapia.
Uno de dependientes de ese economato sufría por aquel entonces ciertos males que el pudor y el decoro debidos me impiden explicitar sin herir ciertas susceptibilidades. Harto de tanta sufrida y callada agonía y conocedor como era de los portentos de la buena señora, decidióse a darle cuenta de sus intimidades en busca de un rápido consuelo.
Tras responder a una serie de preguntas un tanto embarazosas que ella escuchaba como si tal cosa, tuvo de seguido la anhelada respuesta: “Eso quítotelo yo en un santiamén”
Le emplazó a la semana siguiente en que le traería el remedio a todos sus males en forma de unos hierbajos que le diría cómo preparar.
Esperó inquieto ese día y se le iluminó la cara cuando vio entrar a la vieja con un paquetito bajo el brazo. Le dio una serie de instrucciones de cómo hacer la preparación y cuándo y cuánto debería tomar.
El hombre se deshizo en agradecimientos y estoy por decir que desde ese momento ya empezó a sentir cierto alivio en sus desagradables síntomas.
Los compañeros del paciente muy amigos de la chanza, con la debida distancia no perdieron detalle de lo allí tratado. Así, y sin ponerse tan siquiera de acuerdo, cuando su compañero se dio la vuelta les faltó tiempo para hacerse con el paquete. Salieron al patio de entrada, donde se ataban los burros, y fueron recogiendo excrementos de éstos en cantidad suficiente como para abultar lo mismo que los hierbajos de la vieja. Dieron el conveniente cambiazo y devolvieron el paquete al lugar donde lo había dejado su compañero.
Llegado el momento de salir del trabajo, todos se despidieron como siempre. Tan solo una extraña sonrisa abundaba en el rostro de algunos de sus compañeros, pero el doliente apenas si reparó en ello.
No bien llegó a su casa donde convivía con su madre, le dijo a ésta:
-Vete faciéndome un fervidillo con estes hierbes que aquí te dejo… mientres voy duchame. Tengo que tomales enantes de cenar.
La madre se dispuso a la labor y cuando abrió el paquete reparó en que las tales hierbas no eran otra cosa de cagadas de burro. Sin entender muy bien qué era aquel asunto, llegóse a la puerta del baño y desde fuera, a gritos hizo saber al duchante, su desacuerdo con hacer semejante fervidillo.
Su hijo, malhumorado replicó impaciente:
-Tú fai lo que te digo… Que a mí dixéronme que yera muy bueno pa lo mío. Asina que ya sabes… Lo que yo te diga…
No atendió el hijo a más razones por más que porfió su madre. Así que no le quedó más remedio que acatar la voluntad de su descerebrado hijo.
Cuando salió de la ducha y antes de cenar, como tenía prescrito por la vieja, dio buena cuenta de un buen tazón del preparado pese a que su olor no era precisamente el de la hierbabuena. Solo dijo:

-Podíes habe-y echao un pocu más de azúcar…

La madre calló pero pensó para sus adentros: “Esti fíu míu está como un cencerru”
Pues bien, sepan ustedes que aquella misma noche remitieron todos sus síntomas y pudo, por primera vez en meses, conciliar un reparador sueño que le devolvió a la vida.
He aquí un ejemplo más de la poderosa arma terapéutica que supone el placebo, pues de qué otra forma podría explicarse la milagrosa curación del dependiente.
Efectivamente, siempre podrán decir los descreídos que los excrementos de burro tienen desconocidas propiedades terapéuticas pero eso aún está por investigar. Y me temo que seguirá así unos cuantos años.

lunes, 29 de marzo de 2010

Terapia blanca

Harto de arrastrar un humor melancólico durante algún tiempo decidí poner fin a la situación de una vez por todas. Bueno, seré sincero y diré que más que de melancolía debería hablar de una depresión de órdago, y más que de “algún tiempo” debería reconocer que estos últimos cuarenta años han sido nefastos. Y es que, parafraseando a Miguel Mihura, hay décadas que uno no está para nada.
Efectivamente, son cerca de cuarenta años intentando conseguir sacudirme de encima esta tediosa depresión que me devora el ánimo. Siempre con la vaga ilusión de que algún día todo empezase a cambiar y me convirtiese en un hombre moderadamente feliz, de esos que salen en las pelis. Pero, la verdad, esto no ponía trazas.
Así, pues, decidí ponerme en manos de un profesional que me echara una mano en algo que yo, al parecer, no soy capaz de solucionar por mí mismo.
Dudé, y mucho, sobre el tipo de profesional que me convenía. Es decir, debía recurrir a la versión clásica de los “aliviapenas” o decantarme por la versión más moderna.
Me explico: la versión clásica, la de toda la vida, sería aquella de la que han echado mano todos cuando sentían aflicción en el alma desde que el mundo es mundo: el confesor. Esta opción tenía a su favor el acreditar excelentes resultados a lo largo de la historia y tener un jefe todopoderoso del que echar mano si las cosas no iban bien.
Pero la verdad, he de reconocer que, como hombre de mi tiempo, comprometido con la modernidad y todo eso, no me siento excesivamente cercano a la Iglesia. Así las cosas, opté por una versión más actual: el psicólogo.
¿Qué es, al fin, un psicólogo más que un cura sin sotana? La función, la misma; las técnicas, similares. Tan sólo discrepan, y no tanto, en sus prescripciones: mientras el primero “receta” varios padrenuestros y múltiples avemarías y preconiza el arrepentimiento; el segundo, pone a disposición del afligido todo una batería de terapias envueltas en una verborrea incomprensible plagada de tecnicismos (lo que equivaldría a los latinajos del sacerdote) hasta conseguir la “modificación de la conducta” antes denominada por el clero “propósito de la enmienda”.
Las terapias de estos nuevos confesores son ahora cada día más absurdas y sorprendentes. Porque cuanto más audaz y peregrina sea la recomendación tanto más importantes se sienten y tanto más “científicos” se creen. Tratan, de esta forma, de quitarse de encima la maldita y desprestigiosa etiqueta de “filósofos del sentido común”.
Hay que decir que alguno va más allá en su intento de alcanzar el máximo estatus científico representado, a su manera de ver, por un galeno y no se sustrae a expender recetas de las de “verdad” y extienden una papela prescribiendo tisanas, fervidillos y demás remedios escritos, eso sí, con la letra más incomprensible posible para poner aún más énfasis en su afán emulador.

Así pues, tenía que optar por encontrar un consejo de conducta dentro de los cánones del sentido común pero a cambio de vender mi vida y mi alma a la Iglesia, es decir a Dios; o por el contrario, exponerme a la heterodoxia más peregrina y alejada del sentido común y acercarme a las fuentes del saber universal y científico que brota del fácil verbo de los psicólogos. La elección resultó fácil. Lo cierto es que resulta prometedor ponerse en manos de una persona que, a priori, lo sabe todo de la vida: lo que es bueno, lo que es malo, lo que nos conviene y lo que no. Una persona conocedora del mundo arcano, que está próximo a lo divino y lo humano; que dicta sin ambages las recetas del bienestar cuando no de la felicidad más absoluta. Quién puede sustraerse a encomendar su vida, su alma y todo su ser a alguien tocado de semejantes atributos que le harían merecedor de un escaño en el monte Olimpo donde codearse con sus iguales.
En fin, que esa fue mi decisión y de seguido me encaminé a un prestigioso psicólogo en busca de una mano amiga que me reflotara de mi personal naufragio.
Efectivamente, se cumplieron todas mis expectativas. No bien le hube contado someramente mis cuitas, que él que había escuchado muy atentamente subrayando con algún monosílabo partes de mi discurso (“efecto greenspoon” lo llaman), ya tuvo absolutamente claro cuál era mi problema. Y de inmediato dio paso a marcar las directrices generales de lo que habría de ser su intervención terapéutica.
Como digo, mis expectativas se vieron satisfechas por completo en lo que se refiere a lo peregrino de la terapia.
Empezó por preguntarme si me gustaba el fútbol. Un poco extrañado y confundido le participé que no era precisamente devoto del balompié. El torció el gesto por primera vez y me adelantó que eso tenía que cambiar.
Insistió en el tema y me espetó de repente que “¿cuál era mi equipo favorito”? Más confuso aún le dije que, pese a no ser muy aficionado, como le había comentado, de ser forofo me sentía en la obligación de serlo del equipo de mi pueblo. ¡Qué menos!
De nuevo torció el gesto y anotó algo en su libreta a la par que decía un: “bien, bien, bien...” que sonaba como un rotuno “mal, mal, mal”.
La primera entrevista no dio para más. Salí intrigado y preguntándome qué tendrían que ver mis males con el fútbol. Y debo confesar que, de camino a casa, me fui fijando en todos los televisores que desde la calle pude ver, mirando con inusitado interés los partidos de fútbol que estaban poniendo en ese momento. ¿Qué tendría que ver aquello con mi estado de ánimo?, me repetía.
Tras una semana dándole vueltas al tema volví al “terapeuta cognitivo-conductual”, que así rezaba en la placa de su puerta.
Sin darme apenas tiempo a sentarme, ya me estaba contando su peculiar estrategia para hacerme un hombre completamente feliz. De ahora en adelante, tendría que ver como mínimo un partido de fútbol al día. Tendría que comprar todos los días un periódico deportivo, especialmente uno que, al parecer, era muy proclive a los intereses del Real Madrid. Y, por supuesto, tendría que hacer lo posible por hacerme un “madridista” recalcitrante.
La explicación era tan simple como convincente. Gustándole a uno el fútbol es más fácil encontrar la felicidad y despachar la depresión. Más que si a uno le gusta el hockey sobre patines, me dijo. Este puede ser un deporte muy bonito, pero resulta muy difícil asistir, y por tanto disfrutar, de sus partidos. En cambio, en el caso del fútbol, la oferta diaria es realmente numerosa. Revistas de hockey no hay en el mercado, en cambio la oferta en fútbol también es bastante copiosa. Encontrar gente afín con la que poder compartir la afición al hockey, es bastante poco probable. En cambio, de fútbol entiende todo el mundo y hay personas con las que no cabe hablar de otra cosa.
De esta guisa, uno puede tener la mente ocupada en algo que le gusta gran parte del día, todos los días de la semana, todas las semanas del mes; es posible establecer relaciones sociales en cualquier momento y en cualquier parte. Todo esto evita el aislamiento, le aleja a uno de la paranoia y le permite experimentar la satisfacción de poder saciarse de algo que le gusta de una forma que con cualquier otra cosa sería impensable.

¿Y lo del Madrid? Pregunté, un poco apabullado. Muy fácil: Resulta más fácil ser feliz siendo del Madrid que no siéndolo. Y me puso un ejemplo: Tras un domingo tedioso en compañía de los suegros o cualquier plasta de amigo (que no habla de fútbol) y ante la perspectiva de un horrendo lunes, si al final del día “nuestro equipo” pierde, el sentimiento que nos queda es de auténtica derrota que nos acerca peligrosamente a la depresión.
En cambio, si pese a todos esos males al final del día viene la reconfortante victoria de “nuestro Madrid” las cosas terminarán cambiando de color y alejando la depresión. No todo está perdido, pensaremos. Si, por el contrario, el domingo fue plenamente satisfactorio, una derrota empañará el contento y no así si la victoria está asegurada, lo que incrementará aún más nuestra euforia.
Es decir, concluyó, que para tener mayores garantías de ser feliz hay que ser forofo de un equipo que gana siempre y no hay otro que el Madrid que, aun en el caso improbable de que pierda, siempre nos quedará la convicción moral de que es el mejor equipo del mundo. O eso dicen.
Y eso fue todo. Salí de la consulta y entré en unos grandes almacenes y me compré una bufanda del Real Madrid, una gorra a juego y con el Marca bajo el brazo me fui a mi casa dispuesto a ser un hombre feliz.
De esto hace unos meses. He de decir que he conseguido grandes avances. En general, me encuentro bien, apenas me doy cuenta de que la gente me mira por la calle por mi extraña indumentaria y cuando me siento recaer entro en un bar y me pongo a ver el primer partido que estén echando. Si tengo suerte y es del Madrid, me entra un subidón... ¡Ah, los psicólogos! ¡Que Dios los bendiga por tanto bien que hacen a la gente y al mundo!

miércoles, 10 de febrero de 2010

Racismo de andar por casa

Desde siempre se ha dicho que el español (y por extensión, el asturiano) no era racista. Aseveración que iba seguida, de inmediato, de una coletilla que decía que eso era porque en España no había suficientes negros; y se remataba el argumento con una referencia a los miembros de raza gitana con lo que sí lo éramos. Conclusión: no éramos racistas porque nuestra sociedad no nos había puesto a prueba.
Hoy la realidad socio-demográfica española ha cambiado considerablemente y merece la pena replantearse esa creencia popular sobre el racismo. Hoy hay más negros, y de otras muchas y procedencias, claro está, y cabe preguntarse si al haberlos hay más racismo. Ahora, sí somos puestos a prueba.

Efectivamente, era fácil no ser racista cuando en Gijón, en los años 60, solo teníamos conocimiento de dos negros: uno el Rey Baltasar, que por aquel entonces, más que negro era tiznado y que aun siendo así, en un manifiesto acto racista, desfilaba en último lugar en la Cabalgata. El otro era Esteban. Este, en realidad, tampoco era exactamente negro (negro te lo juro por mi madre): era un mulatazo de nuestra edad cuyo origen siempre desconocimos pero que la fantasía infantil le había atribuido el título de príncipe heredero de una tribu africana. Y, bien sea por esta aureola real, bien por su llamativo color o por sus simpáticos rizos y desenvuelto comportamiento, he de decir que decididamente se trajo de calle al sexo opuesto, no bien despuntamos a la turbulenta adolescencia. Tanto es así, que yo durante un tiempo le envidiaba y soñaba con ser negro y me pasaba horas y horas en la playa, tostándome al sol, tratando de conseguirlo, bien es verdad que nunca me atreví a decirle a mi madre que, para completar el cuadro, me dejara hacerme la permanente. Soy consciente de que, de haberlo hecho, hubiera sufrido serias consecuencias en un barrio donde un “niño” debía ser muy “hombre” y, además, parecerlo so pena de mofa y vituperio de sus pares.
Ignoro cuál fue el paradero de Esteban, pero todos guardamos un grato recuerdo de aquel personaje y nos concede un argumento a favor de la tesis de la ausencia de racismo en aquellas nuestras vidas. Pero la simpatía que despertaba en nosotros tan curioso personaje no sé si será suficiente para concluir la ausencia de racismo.

Y lo digo porque son varios los recuerdos que tengo de aquella época que desprenden un “ligero” tufo racista que asomaba en muchos de nuestros comportamientos o actitudes. Bueno, más que en los nuestros, en los de nuestros mayores. Sirva de ejemplo de lo dicho alguna que otra “perla” protagonizada por parientes de mi entorno más cercano.
Mi madre, sin ir más lejos, siempre me participó con cierta severidad sobre lo inconveniente que sería que yo me casase con una negra (“¡Dios te libre de aparecerme con una negra por aquí! ¡Home, estaba pensándolo yo! ¡No me faltaba más que eso!”). A veces pienso que si yo, como es costumbre en los adolescentes, hubiese hecho justo lo contrario de lo que me decían, y hubiera aparecido con una chica de color (negro) por casa, tal hecho hubiese hecho temblar los cimientos de mi, por otra parte ya instable, estructura familiar. Una auténtica tragedia doméstica. ¿Con qué cara hubiese salido mi madre a la calle, ido a la tienda o saludado a sus amigas o vecinas? Y en el caso improbable de que dicha relación consolidase lo suficiente como para dar fruto en forma de encantador mulatillo, no quiero pensar en la cara de mi madre cuando tuviera que pasearlo por la calle. Estoy seguro que, negando la mayor, habría dicho que su color obedecía a mis excesos playeros de los que ella, cómo no, me había advertido sobre sus desagradables consecuencias.

Más explícita en su racismo “inconsciente”(?) era una tía mía que, sin ella saberlo, fue la que pergeñó la ideología del “apartheid” puesto en práctica, años más tarde, en la República Sudafricana. Ella, en un alarde de tolerancia, decía que eso de maltratar a los negros estaba muy feo y era manifiestamente condenable: “No, no... que les peguen, no... pobres. ¡Que los aparten, que los aparten!”. Advertida de que su actitud era manifiestamente racista, ella replicaba escandalizada que no había tal, que más que racista, ella era “ordenada”. Por cuestión de “orden” entendía que los negros estuvieran con los negros, los chinos con los chinos ... En fin, todo un carácter.

Pero el ejemplo más sutil de un racismo que tenía tanto de ingenuo como de contumaz lo dio otro pariente mío en cierta ocasión en que presenciaba con mi hermano y conmigo el Telediario (antes sólo había uno). La noticia estrella era una visita de los, por entonces, Príncipes de España a un país centroafricano. Mientras el Rey (príncipe) oficiaba de tal y pasaba revista a las tropas extranjeras o visitaba una presa construida con capital español; la Reina (principesa) hacía las labores propias de su sexo real: visitaba un centro de acogida y formación de niños sordomudos. Lógicamente, los alumnos eran de raza negra lo que llamó poderosamente la atención de mi pariente que, tras un momento de duda miró hacia nosotros y preguntó extrañado: “Ah, pero... ¿los negros también pueden ser sordomudos?” Un incómodo silencio inundó la estancia hasta que la subsiguiente sección de deportes (de fútbol, me refiero) contribuyó a relajar un tanto la situación.

En resumen, que aunque no hubiera negros se respiraba un ambiente racista, diría yo que un tanto inconsciente pero que contradecía, bien a las claras, la creencia de que no había racismo en España; esto es, en Asturias. De ello se deduce que, siguiendo la lógica mencionada al principio, ahora que sí hay negros, deberíamos ser mucho más racistas o por lo menos más explícitos.
Pues, no. O eso creo. Las cosas están como estaban, cuando menos respecto a los negros. Los subsaharianos (como hoy se da en llamar en un evidente eufemismo racista que olvida que también sería tal un sudafricano blanco como la leche) gozan de cierta “simpatía” que yo diría que no es extensiva a otras “razas” (clinas, dirían los antropólogos) o nacionalidades.

Pero en esa “simpatía” que aún despiertan los “subsaharianos” hay ramalazos de racismo absolutamente inevitables, especialmente en lo tocante a las costumbres de profundo arraigo regionalista; “rasgos distintivos” que se diría por otros lares.
Una cosa es que nos caigan simpáticos o pintorescos y otra muy diferente que asumamos sin reparos que hagan una vida de absoluta integración con los modos y costumbres propios de los asturianos, que, como “nacionalistas” (léase “regionalista” si parece excesivo el otro término) están profundamente arraigados en nuestros genes. ¿No es el nacionalismo, a la postre, una suerte de segregacionismo?

Evidencia lo que digo el hecho de que pocos asturianos son los que admitan, por ejemplo, sin reparos el hecho de que un “señor de color” (negro, por supuesto), les eche un culín en una sidrería. Pase que lo haga un sudamericano (que ya se ve), pase que los concurso de echadores los ganen checos o polacos (que ya pasó), pero que un mocetón negro como un tizón nos diga “ahí va esi culín” chirría a la mayoría de los sidreros, y alguno hay que ve cómo, con ello, se socavan los sacrosantos principios de la asturianía.

Pero, esto no ha hecho más que empezar. De aquí a unos años, la estampa que describo no sólo será habitual sino que, por añadidura, el echador en cuestión responderá al asturianismo nombre de Xuacu Rubiera o Xicu Paniceres, será descendiente directo de “playos” (los del culo moyáu, ya saben) y hablará un asturiano más cerrado que un paisanucu de la Hueria Carrocera, allá por los confines de Carbayín.

¡No nos queda nada...! Así, pues, hay que pensar en dejar de ser tan “ordenados” pues los hechos son tozudos. Es hora ya de ir eliminando ciertos prejuicios. O eso o bien dejar de tomar sidra; y eso..., amiguín, eso sí que no. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

martes, 5 de enero de 2010

Peculiar encuentro

Existe una serie de personajes que, como dicen los pedantes, son del común. Sin ser tan mediáticamente “famosos” como la ínclita Belén Esteban representante de la más vanguardista cosmología o sin ser unos modernos héroes populares tipo Cristiano Ronaldo, si están, no obstante, en boca de todos en algún que otro momento. Con ellos ocurre lo mismo que con los personajes que dan nombre a las calles de nuestras ciudades: nos suenan todos, pero no tenemos ni idea de que son o fueron, hicieron o dejaron de hacer. Con estos otros ocurre otro tanto, tenemos una vaga referencia de sus andanzas pero no sabemos, a ciencia cierta, nada concreto sobre ellos.
Forman parte del acervo popular, siempre hemos oído hablar de ellos relacionados con diferentes circunstancias, pero resulta difícil, por no decir imposible, hacerse una idea de cómo eran o son, en el caso de que aún existan y doy fe que alguno existe.
Estoy hablando de criaturas como Perico, el de los palotes; o bien Antón, el pirulero; Benito el de la purga milagrosa o también Jorge el de la tripa que estira y encoje; de Piruja la inolvidable bruja...
Cuántos y cuántos personajes de los que todos hablamos y que seguro nadie se imaginó cuál sería su aspecto o si lo imaginó lo hizo de niño que es de cuando datan nuestras primeras referencias historiográficas de los mismos. El caso es que se trata de personajes absolutamente “conocidos” sin nadie en realidad los conozca o refiera que los haya conocido.
Pues héteme aquí, que, por increíble que parezca, en cierta ocasión tuve la inusitada oportunidad de conocer a uno de esos personajes. Fue en un viaje a lo más profundo del Magreb, ¡quién lo iba a decir!

Atar, es un pueblo perdido en un pedregoso desierto de los muchos que constituyen la árida Mauritania. Es un cruce de caminos que van y vienen de sabe Alá dónde. Caminos que se pierden de vista en una trayectoria infinita apuntando a un horizonte de piedra y arena (¡qué poética imagen, pardiez! Aconsejo su relectura para empaparse hasta las trancas de tan bella escena).
No tiene Atar más interés, a ojos de un sacrificado turista, que un destartalado mercado típico de aquellos lares en que los parroquianos acuden a hacer sus compras con tanto desinterés como desgana parecen tener los vendedores.
Pero es parada obligada. Varias razones así lo aconsejan: Primero, porque no son en exceso abundantes los pueblos en los desiertos (normal, si no no lo serían); segundo, porque pese a lo vasto del desierto el personal femenino no suele encontrar acomodo donde aliviar su vejiga y tercero, porque, tras horas y horas de atravesar páramos eternos, arenales infinitos y pedregales sin límite hay que estirar las piernas y refrescar el gaznate.
Así que allí nos hallábamos, sentados en una destartalada y polvorienta terraza de un mísero bar. Con la mente puesta en una cerveza fría pero dando cuenta de una Coca-cola caliente. Y es que la realidad se impone: en una república islámica está prohibido el consumo de alcohol (al menos en público) y, por otra parte, el concepto de “frío” en un desierto es algo muy relativo. Lo que para los mauritanos es una bebida gélida para nosotros es un sopicaldo calentorro de difícil ingestión. Pero en fin, es lo que hay.
Allí estábamos, digo, y no muy lejos de nosotros, nuestros guías y conductores, estaban haciendo chanzas en su jerigonza incomprensible. Se reían a grandes carcajadas seguramente de nosotros. Cosa que nada tendría de extrañar que así fuese.
Al cabo de un rato, acertó a pasar por allí una mujer con un aspecto similar al de tantas del país: enjuta, menuda y envuelta en mil sayas multicolores. Se acercó a nuestros acompañantes y se entabló una conversación en el habitual tono elevado y algo airado que se estila por esos países y del que los españoles hemos tomado cumplida herencia. Pero pronto la cosa fue a más, el tono de la charla se tornó violento y la mujer empezó a gritarles mientras ellos replicaban con más chanzas y carcajadas. Estas elevaron su volumen cuando ella se lió a darles manotazos y proferir voces que seguro no eran piropos precisamente. Escupía por aquella boca vocablos cargados de veneno y que seguro hacían una indecorosa referencia a la parentela de los interpelados que seguían tomándose a chunga el cabreo de la mujer.
La gente cercana asistía al espectáculo con distraído interés y completa pasividad. Ella se fue alejando de ellos pero, presa de una arrebato que iba en aumento, comenzó a tirarles piedras y palos, munición bastante abundante por cierto. El grupo de hombres que la había emprendido con ella esquivaban como podían los proyectiles sin perder por ello un ápice de su hilaridad.
Ya lejos, las piedras ni siquiera se acercaban a la diana pero no así lo insultos que se intuían muy graves a juzgar por la saña con la que los profería y en los que insistió aun cuando había desaparecido de nuestra vista.
Con la vuelta de la normalidad, desconcertados por el espectáculo, preguntamos a los conductores que aún seguían con la sonrisa en la cara, qué había sucedido. Por señas nos hicieron saber que nada grave, y llevando su dedo índice a la sien, en un gesto absolutamente comprensible en todo el mundo, nos transmitieron que se trataba de una loca.
Y entonces fue cuando reparamos en un hecho insólito. Sin apenas darnos plena cuenta, habíamos asistido a un encuentro inusitado con uno de los personajes a los que antes me refería. Efectivamente habíamos tenido delante de nuestras narices, en carne y hueso, a la mismísima “Loca de Atar”. Tantas veces habíamos oído hablar de ella y allí estaba, ¿dónde sino? Inolvidable.

jueves, 6 de agosto de 2009

¿Lechuga? No, gracias



Recientemente ha llegado a mis manos un artículo de prensa que, en términos generales, suscribo sin reservas. Estoy convencido de que el firmante es un alma gemela a la mía lo cual me reconforta en extremo puesto que abre un esperanzador resquicio de esperanza que me libera de la angustia de sentirme solo. Efectivamente, durante todo este tiempo me creí solo ante el mundo en mi cruzada contra el “lechugismo” imperante en esta nuestra sociedad actual.
Y entiendo por “lechugismo” a la recia dictadura que, desde distintos sectores sociales, se nos impone tratando de convencernos de todas las bondades que las ensaladas nos ofrecen. Y entiendo, a su vez, por “ensaladas” aquellos preparados en los que abunda con gran profusión toda clase de elementos del reino vegetal, pues me adelanto a aseverar que tolero aquellas otras que coquetean con elementos no precisamente vegetarianos (huevos, atún, queso...), e incluso apetezco de aquellas otras que se adentran valientemente en el ubérrimo mundo de los manjares verdaderamente suculentos, “verbi gratia”: ensalada de pulpo sobre cama de langostinos salpicado con virutillas de jamón ibérico y tropezones de higo macerado en brandy.

Efectivamente, sostengo que existe una confabulación internacional de oscuros intereses que pretende imponer como saludable y, peor aún, como exquisita la ingesta habitual de lechugas varias y otros forrajes por el estilo. Y más tarde demostraré que se trata de una imposición que, como tal, atenta contra la esencia de la más elemental democracia gastronómica, pues si democracia implica el gobierno de las mayorías, lo es siempre con el respeto de las minorías.
Sostengo yo y, al parecer, mi alma gemela que las ensaladas (las verdes, digo) son un auténtico coñazo que alguien (luego diré quién) inventó para entretenernos pastando hierba mientras llegan los manjares verdaderamente sabrosos, apetecibles y que hacen de nuestra vida un auténtico placer (en ausencia o escasez de otros).
Consiento en que, puestas en la mesa, las ensaladas hacen bonito pero, ¡qué caramba!, también tiene el mismo efecto estético un florero o un sencillo centro de mesa y no por eso tengo que comérmelo. Si se trata de una cuestión estética, sea. Pero con todo y con eso, he de confesar que, en más de una ocasión y como acto de rebeldía ante la imposición lechugil, he aderezado con el aliño correspondiente un centro de mesa y luego me lo he comido antes de que me sirvieran los entremeses para escándalo de mis acompañantes y disgusto del camarero.
Siempre estuve convencido de que en las ensaladas me encontraba con ciertos hierbajos con peor aspecto que las “malas hierbas” que yo arrancaba de mi jardín. Por ello me preguntaba: ¿porqué estas sí y aquellas no? No entendía la razón de que tuviera sobre mi plato y, peor aun, dentro de mi estómago cosas que no consideraba válidas para mi propio jardín.
Tal es el paralelismo entre unas especies y otras que en cierto momento tentando estuve a deshacerme de la máquina cortacésped y, convoy de aliño en mano, salir al jardín, arrodillarme y ponerme a pastar directamente de la “suculenta” pradera: ¡Qué mejor! ¡Qué más fresco!
¿Quién ha decidido qué malas hierbas pueden entrar a formar parte de mi dieta? ¿Qué criterios se han seguido para semejante elección? Me adelanto a descartar criterios de sabor habida cuenta de que, en un empírico afán de alcanzar una respuesta, he llegado a ingerir toda clase de plantas forrajeras que, convenientemente aderezadas, perfectamente podrían haber entrado a formar parte de cualquier ensalada al uso. Doy fe.
La respuesta a tales cuestiones creo haberla encontrado en el artículo al que me refiero. Su autor, muy acertadamente, sostiene que algún astuto y avispado cocinero que, al no saber qué hacer con las malas hierbas de su jardín y tras agotársele el herbicida selectivo, las fue arrancando y dándoles sonoros nombres como rúcula, brotes de primavera, canónigo, etc. Luego se dedicó a vendérselas a sus clientes en forma de ensaladas avaladas, claro está, por su prestigio. Completaría el cuadro unos comensales tan crédulos como influenciables socialmente que lo dieron por bueno, ya que ¿quién se atreve a poner objeciones a un chef con prestigio? Convencido estoy de que si uno de estos gurús de los fogones sostiene que hay que sustituir el café por cagarrutas de cabrito el arbusto del cafeto afrontaría su pronta extinción y Juan Valdez engrosaría las listas del paro.
Si a todo esto añadimos que la clase médica y adláteres parecen tener como único fin el hacernos la vida más ingrata y difícil (actitud manifiestamente denunciable ante el tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo y que contraviene los principios más básicos del juramento hipocrático); y para ello no escatiman en perversiones como la de recomendar la ingesta abundante y prolongada de lechugoides, ya tenemos el cuadro completo; ya están sentadas las bases de la dictadura lechugil. Comer verde no sólo resulta moderno y estético, sino saludable.
Así las cosas no hay forma de sentarse a una mesa sin que alguien proponga con entusiasmo digno de mejor causa la feliz idea de comenzar el ágape por una ensalada. Idea secundada con no menor entusiasmo por el resto de los asistentes sin que haya lugar a discrepancia alguna. Y es aquí la dictadura toma cuerpo y se manifiesta la ruina de la democracia puesto que aunque uno haga ostensibles reparos a tal idea nadie lo librará de ver sobre la mesa tan insulso y poco aprovechable condumio. E incluso se verá obligado a la degustación con la mejor cara so pena de ser tachado de individuo socialmente “raro”.
Y es que con la ensalada ocurre una cosa que no ocurre con el resto de las viandas. Me explico. Si a una cena asisten varios comensales con el fin de compartir unas suculentas raciones en buen amor y compaña siempre es costumbre, en virtud de un tácito acuerdo, pedir diferentes manjares que sean del agrado de todos, bien entendido que, habiendo de dónde escoger, porqué hacerlo de aquellos guisos que a alguno de los comensales disguste. Pues bien, esta regla no escrita pero absolutamente razonable no reza en el caso de las ensaladas. Si uno, como es mi caso, manifiesta abiertamente su oposición a comer tales fruslerías y entiende como mejor el trocarlas por alimentos más sustanciosos y contundentes de nada servirá. La dictadura lechugil entra en acción y aplastará sin miramientos cualquier objeción o acto rebeldía y al rato verá ante sus narices un centro de mesa supuestamente comestible que será recibido con profusión de comentarios festivos absolutamente desproporcionados. Tan desproporcionados como su precio; porque eso es otra: la tarifa que los restaurantes aplican a cuatro miserables brotes verdes está tan fuera de lugar que la OCU debería tomar cartas en el asunto, cuando no la Fiscalía pues hay hechos tipificados como estafa que son absolutamente veniales en comparación con tamaño atraco.
Pero basta ya de tanta imposición, tanta dictadura, tanto atropello. Ahora sé que no estoy solo: cuanto menos somos dos y seguro que habrá más. Pongamos freno a tales tropelías. Es llegado el momento de que todos los que se sientan subyugados por esta dictadura lechugil unamos nuestras fuerzas y levantemos la voz. ¡Basta ya!
Y desde aquí proclamo: Víctimas de la lechuga y el hinojo, uníos. Represaliados de la endibia y la borraja, haceros oír. Damnificados del apio y la escarola, rebelaros. Oprimidos por la rúcula y el canónigo, en pie. Todos juntos, por fin, unamos nuestras fuerzas al liberador y unánime grito de “¡¿Lechuga? No, gracias!”.

martes, 7 de abril de 2009

Locuacidad impresionante

Si hay algo que llama poderosamente mi atención es la capacidad que tienen las mujeres para entablar conversaciones duraderas a partir de un tema, aparentemente trivial.
Claro está que su capacidad para la expresión verbal parece estar suficientemente contrastada desde un punto estrictamente científico. Son muchos los estudios que ponen de manifiesto una predisposición genética que les confiere un cerebro “lingüístico”, con un mayor número de conexiones neuronales en las áreas relacionadas con la compresión y expresión verbal.
Bien. Pero con todo y con eso sigue maravillándome que su proverbial locuacidad sea capaz de alargar hasta extremos inverosímiles una conversación sobre un tema sobre el cual dos hombre no serían capaces de enlazar más de cuatro palabras seguidas.

Refrenda lo que digo la realidad cotidiana. Y mi propia realidad no es una excepción. Cada mañana me desplazo al trabajo en autobús en un trayecto que no demora más allá de treinta minutos. Pues bien, asisto maravillado, cada día, a un ejemplo de lo que digo.
Pongo por caso lo que sigue.
Acurrucado en mi asiento, en una suerte de catatonia directamente relacionada con lo intempestivo del horario, asisto a la subida al autobús de una fémina que da en sentarse en el asiento anterior al mío donde permanece, en estado de asombrosa vigilia, otra mujer de parecido aspecto a la recién llegada.
No bien se acomoda se inicia el portento.
-¡Ay! ¿Qué fuiste a la peluquería?
-Sí, boba... Hacíame una falta....
-Pero ... ¿Qué pusiste meches?
-No, no. Sólo corté les puntes y eché un plis.
-Buena falta me hacía a mí porque téngolo...
-No fía, tampoco está tan mal. Tú sólo con lavar y marcar ya vas lista.
-Calla, calla, muyer, si tengo unos pelos de lloca que paqué. Pero ye que me da tanta pereza.
-Y a mí también, chica, pero ye que llega un momento en que empieza a enrédaseme el cepillu que no hay manera...
-Y, entonces, ¿cómo no aprovechaste pa poner les meches?
-Ay, porque eso a mí sí que me da pereza. Casi, que prefiero haceme la permanente y así estar unos mesinos sin ir.
-Pues a ti suele quédate muy bien.
-¿Tú crees?
-Sí, chica. Si fuese yo... pero tú. Quédate todo tan mono.
-Pues tu, chica, con esi pelín tan agraciao que tienes... no sé como no lo dejes así. Con un bañín de color y listo.
-No sé, ye que me veo rara... son tantos años... chica.

¡¡Y así treinta minutos!! Y porque el viaje toca a su fin que si en vez de ir de Gijón a Oviedo, fuera de París a Tombuctú la conversación seguiría en los mismos términos sin solución de continuidad. ¡Qué barbaridad! ¡Qué capacidad para el diálogo!
Por otra parte resulta imposible transcribir exactamente el transcurso literal de la conversación pues, por motivos obvios, la plasmación literaria de una conversación conlleva una sucesión temporal de intervenciones alternantes. Sin embargo, en el plano real las intervenciones tienen lugar de forma no sucesiva, sino más bien simultánea. De manera que aun cuando no haya terminado la alocución de una interlocutora, la otra ya está iniciando la respuesta que antes de acabar se verá solapada por la interpelación de la contraria y así sucesivamente. Y todo ello con la absoluta seguridad de que ambas las dos están enterándose por completo de lo que está diciendo la otra sin perder un ápice. ¡Una maravilla! ¡Un portento!

Si una situación semejante se produjera entre dos interlocutores varones, puedo dar fe que sería harto distinta.
Cuando el recién llegado iniciase la conversación todo quedaría resuelto en escasos segundos de una manera semejante a la que sigue:

-Hombre... ¿Qué? ¿Vinieron los indios?
-Ya ves... ya me hacía falta, ya.
-Bien, hombre, bien...
-Si.

Y eso es todo. ¿Qué más se podría decir? Ya está dicho todo se dirán ambos interlocutores. Uno ha cortado el pelo y el otro, en un alarde de perspicacia y dotes observadoras, se ha percatado de ello y se lo hace saber con una frase tan original como jocosa. El otro siente la necesidad de justificarse y el primero lo entiende y lo aprueba. Y es que lo del pelo no da para más. O eso se creen ellos.

Bien. Antes de que las atentas lectoras, como siempre suele ocurrir, se sientan agraviadas con estos comentarios; algo totalmente injustificado si atendemos a la admiración que me causa lo descrito. Antes, digo, de que eso ocurra y que manifiesten (con razón, por supuesto, como siempre) que si se tratase de otros temas la cosa cambiaría, me adelanto a darles la razón, como digo.
Efectivamente, sólo hay un tema en el que los hombres son capaces de mostrar una habilidad semejante. Se trata, por supuesto, del fútbol.
Es curiosa esta habilidad tan específica y especializada. No hay estudios al respecto que expliquen cómo el fútbol es capaz de transformar el tosco cerebro de un hombre en un grácil y flexible cerebro de mujer dando de sí una locuacidad sin parangón. Estaríamos hablando de un potencial lingüístico que se plasmaría en verbo fácil a partir de un único y determinado estímulo. Sería lo que los psicólogos darían en llamar especificidad estímulo-respuesta, pero cuya funcionalidad depende de resortes y mecanismos psico-fisiológicos difíciles de interpretar.

En efecto, no son escasas las veces que he asistido en el mismo escenario a una prueba palpable de lo antedicho. Hecho que añade unas peculiares características difíciles de explicar como es el hecho de la conversación se inicia, a juicio del observador (oyente), sin las claves suficientes para determinar de qué o de quién se está hablando. Hecho éste que denota, a su vez, una extraña especialización y una asombrosa capacidad para intuir, a bote pronto, de qué y quién se debe hablar en ese preciso momento.
Así, la escena sería la siguiente: Un grupo reducido de hombres está (como siempre) medio adormilados en la última fila del autobús. Se incorpora al grupo uno con un poco más de ánimo y comienza el espectáculo:

-Qué... ¿viste? ¿Qué te decía yo?
-Calla, calla. No me hables. Pa matalos.
-Ye que así, no vamos a ninguna parte.
-Eso mismo díjelo yo, hai un par de meses.
-Y luego sal el otru faltosu y diz que... bueno, ¿pa qué? ¿tú creeslo?
-Esi, otru babayu...
-Sí, home, sí. Babayu pero ahí lu tienes...
-Pero ye que ye too igual ¿oíste?... Yo voy borrame.
-Y haríes bien. Yo, si no lo hago, ye pol guaje.
-Pues voy decite más: no voy anque me paguen.
-Ye que non hai derechu... Con les perres que ganen.
-Había que matalos a toos...
-A toos.

Y así hasta Oviedo. Obsérvese, la extraña capacidad de hablar de algo y de alguien sin haber hecho ninguna referencia a ello ni a cuándo ocurrió, y sin embargo ambos interlocutores son capaces de reconocer, no sé bien gracias a qué invisibles claves, el tema, los protagonistas, la situación espacio-temporal... todo. Se diría que se trata de una misma conversación iniciada, quién sabe cuándo, y que continúa justo en el punto donde se dejó la última vez que tuvo lugar el encuentro. Una maravilla.
Lástima que tal capacidad en el caso de los varones se reduzca única y exclusivamente al fútbol. Suponiendo que de lo que estén hablando sea de eso, claro.

Yo mismo... sin ir más lejos

Ahora que me he convertido en un hombre de mi tiempo, en una persona moderna, en un individuo de lleno inmerso en las nuevas tecnologías, todo ello gracias a montar mi propio blog y decidido como estoy a ser un “blogger” como es debido voy a seguir las reglas propias de esta actividad.

Observo, no sin cierta perplejidad, que todo “bloguero” que se precie abre su alma al mundo y muestra sin tapujos sus intimidades. Así, sin recato alguno, deja plasmado su perfil indicando todo aquello que le gusta o disgusta, lo que odia o quiere, lo que apetece o abomina y sobre todo cuáles son sus manías.

En principio, dos serían las objeciones que pondría yo a tal forma de proceder. La primera sería que escaso valor tiene como imagen la que uno tiene de sí mismo como no se vea complementada con la que los demás tienen de uno. La segunda es que abriendo de par en par las puertas de tu personalidad, qué interés y atractivo puede tener el ir descubriendo a la persona. No obstante, hago caso omiso estas iniciales objeciones decidido como estoy, digo, en hacer lo que dicta el reglamento no escrito de un buen bloguero.

Vayan pues aquí una pequeña muestra de rasgos y manías que dan en caracterizarme. Dejo para otro momento, en que el pudor me lo permita, el desnudo integral de mi personalidad (si en realidad existe tal).
  • Tengo la absurda manía de despertarme cada día a las seis de la mañana. Pero es la única manera que he encontrado de hacer callar al maldito aparato que, con gran estruendo, le da por sonar cada jornada. A continuación, suelo maldecir una y otra vez sin abrir la boca para no despertar a nadie.
  • Lo primero que hago al levantarme es poner el pie derecho sobre el suelo. Manías. Lo segundo, poner el izquierdo. He intentado pasar de lo segundo pero resulta harto incómodo y me crea serios problemas de desplazamiento. No soy a moverme bien sobre un solo pie. No hay forma de llegar a tiempo a ninguna parte.
  • Cuando, por fin abandono mi casa y me encamino al trabajo, me despido de mis perros. Ellos apenas se enteran: abren lánguidamente un ojo pero siguen inmóviles en su camastro. Yo maldigo de nuevo en voz baja. Cien mil años de evolución, cultura, conocimiento y tecnología y ese es el resultado: yo me voy a trabajar y ellos viven mejor que yo. ¡Vida de perros... ¡ ¡La mía!
  • Suelo comerme las uñas, especialmente cuando estoy nervioso o cuando veo la televisión. Intenté dejarlo pero se me llenaban de suciedad, así que procuro ponerme nervioso más a menudo como medida de higiene. Si viera más la televisión también serviría, pero entonces mermaría mi higiene mental.
  • Procuro ocupar siempre la misma plaza en el tren que me lleva al trabajo. He intentado cambiar de sitio pero no es lo mismo: aunque sean más confortables creo que las otras plazas son de pago.
  • Como todo el mundo (pero yo lo confieso) me hurgo la nariz en los semáforos. Con el producto de tal actividad fabrico bolitas perfectas que suelo tirar disimuladamente a los viandantes que pasan por la acera.
(Nota: advierto al incauto lector que no todo lo que se cuenta aquí obedece fielmente a la verdad, sin ir más lejos lo de los semáforos no es del todo cierto pues también lo hago en otras ocasiones).

  • No soporto la impuntualidad, me parece una falta de respeto. Tengo la manía de la precisión: cuando quedo a una hora siempre, siempre, siempre llego media hora más tarde; así todo el mundo sabe a qué hora llegaré y no les falto al respeto. ¿Impuntual?, no: preciso.
  • No soporto la mentira. Prefiero faltar a la verdad antes que mentir, resulta más elegante. ¿No es cierto?
  • Rechazo rotundamente cualquier comportamiento machista y, por supuesto, la violencia que genera. La deseada y deseable sumisión de la mujer debe ser consustancial a la propia naturaleza de su sexo y nunca impuesta por la fuerza. Faltaría más.
  • Son un agnóstico absolutamente convencido y espero serlo durante muchos años si Dios quiere.
  • Soy una persona en extremo tolerante, dialogante y flexible, así pues no tolero de ninguna manera bromas al respecto y esa es mi última palabra y no pienso cambiar de opinión.
  • Deploro los halagos pues creo que fomentan la vanidad a la que considero ajeno. Si hay algo de lo que estoy especialmente orgulloso es de haber alcanzado altos grados de perfección personal con el propio esfuerzo y sin haberme sustentado en el halago fácil de los demás, por muy merecido que éste fuera en todo momento.
  • Soy un hombre de sólidos principios, son los más sólidos que he tenido hasta el momento después de haber probado con muchos otros que resultaron ser poco útiles para mis propósitos en la vida.
  • Tras años de abnegado esfuerzo y dedicación diaria he alcanzado altísimos niveles de virtuosismo en la mediocridad. Eso implica estar tan equidistantemente alejado de la genialidad como de la idiocia.
  • En absoluto son un hombre racista. Como muestra diré que a mi me parece que a los negros les sienta muy bien su color y lo considero un rasgo distintivo de su idiosincrasia que en absoluto debería ser motivo para el maltrato, antes al contrario, deberían evitar esas circunstancias apartándolos lo suficientemente lejos como para que nadie les pueda causar daño. ¿Qué tal en un continente propio?