jueves, 14 de febrero de 2013

¡Adiós, Manolo!

Ya está. Se acabó. Lo dejo. Está decidido. Ya sé que todos los años digo lo mismo y que luego me arrepiento, pero esta vez es la definitiva. Otras veces me he doblegado a las insistentes peticiones de ese público que tanto me quiere y al que tanto debo, pero esta vez he decido acabar, de una vez por todas, con mi dilatada carrera de stripper.
Lo que empezó medio en broma medio en serio hace ya casi dos décadas hoy se ha convertido más en una obligación que en una devoción. No voy a negar que en el fondo de mi corazón lo lamento pues  sé que en cuanto se acerca el carnaval oigo inconfundible la poderosa voz del escenario que me llama. Pero uno se hace mayor y ya no está para estos trotes.
Parece que fue ayer cuando, ante la tremenda demanda de “picha-boys”, para la tarde-noche de Comadres, fui reclutado “in extremis” para dar cuerpo (nunca mejor dicho) a un espectáculo ante cientos de mujeres desaforadas que querían hartarse de carne antes de la cuaresma.
Siempre de riguroso incógnito salvaguardado por un coqueto antifaz de terciopelo dorado exprimí todo mi potencial erótico-festivo al servicio de un público femenino de lo más exigente, ávido de emociones fuertes y que, por un día, dejaba a un lado convencionalismos sociales caducos y estereotipados y daba rienda suelta a sus más desatadas pasiones sin importarles nada ni nadie. Y yo allí, dispuesto a dar satisfacción a sus deseos, de una manera lo más profesional posible.
He de reconocer que estos últimos veinte años, ese momento de gloria que suponía el día de Comadres, era suficiente dosis de autoestima como para sobrevivir el resto del año. Autoestima que como sabes aquellos asiduos a este blog no es algo de lo que esté precisamente sobrado como queda relatado.
Pero, desgraciadamente, siempre fue un éxito callado, imposible de compartir pues el anonimato me hurtó la ocasión de poder difundir a los cuatro vientos aquel apoteósico éxito del que yo, y sólo yo, era el protagonista.
Y es que daba gloria verme. Lo que en un primer momento fue fruto de una improvisación obligada por las prisas se convirtió luego en una cuidadísima y esmerada puesta en escena, trabajada durante todo el año. La primera vez no hubo tiempo más que a recortar un bañador Meyba a cuadros que rescaté del rincón más apartado de mi armario. Unos pantalones “acampanados” y “alejiados” que mi hermano lució en los setenta y una camiseta tres tallas más pequeña que la mía completaban todo mi ajuar en el debut.
Aún así, el éxito fue clamoroso y las féminas aplaudieron hasta enronquecer. Tuve que hacer tres bises y salí a saludar en cinco ocasiones. Aquello no era más que el principio.
Más tarde aquella paupérrima indumentaria dio paso una colección de tangas a cada cual con más glamur. Cada año estrenaba uno con toda la ilusión. Y cada año quedaba totalmente inservible. Tal era el paroxismo que alcanzaba el público que los billetes se sumaban por cientos prendidos en tan minúscula prenda hasta el punto de que la goma daba de sí quedando totalmente destrozado. ¡Qué pena! Aún recuerdo con cariño aquel tanga plateado con lentejuelas que me quedaba monísimo. O aquel otro de cuero vuelto con flecos a media nalga que era una pocholada y que causó tanta expectación.  Y qué decir de aquel azulín con vivinos en amarillo que era una auténtica cocada. Todos destrozados.
Pero el espectáculo es el espectáculo, y yo lo daba todo por mi querido público. Al que tanto quiero y tanto me debe (¿o es al revés?).
Ahora bien, debo apresurarme a decir a aquellos (y resalto lo de “aquellos”) que no tuvieron ocasión de verme en escena que no saquen conclusiones precipitadas. La envidia es muy mala y el éxito ajeno despierta muy malos quereres. Quiero decir que no piensen que me vanaglorio de lo que no es. Nunca pude ni quise presumir de lo que no soy. Yo no soy uno de esos “picha-boys” de gimnasio: puro músculo, de apolíneas formas, de poderosos y esculpidos músculos y  abundantemente dotados de virilidad. Quiero decir con una notoria dosis de masculinidad. No sé si me explico.

En absoluto. Por así de decir,  yo era (soy) a los stripper tradicionales lo que el Bombero Torero era a Santiago Martín “El Viti”. Es decir, mi espectáculo, en su modestia, no tenía más pretensiones que ser un mero entretenimiento erótico-cómico-festivo. Donde lo natural contrastaba con la artificiosidad.  Donde los potes caseros reemplazaban a los anabolizantes,  y donde con convexo superaba a lo cóncavo (¿o es al revés?).
Nada de nombres tan sonoros como vacíos del tipo: Steven Strip, Mika Boy, Tsavo Danze. Mi nombre artístico nunca indujo a error: “Manolo”. Así, sin más. Auténtico, “autóztono”, racial, sin mariconadas. El nombre de un artista lo dice todo de él. Y ahí radicaba la clave de mi éxito que, por otra parte, nunca se me subió a la cabeza.

Pero ¡ay! , todo eso ya se acabó para mí. Tanto brillo, tanto esplendor también tiene su ingrato reverso  que con el paso de los años se va haciendo una pesada carga hasta hacerse del todo insoportable. Ya estuvo bien de constipados de caballo. Y es que esta fiesta cae en muy malas fechas para destaparse.
Se acabó no poder sentarse en una semana; y es que me dejaban las nalgas en carne viva con las dichosas uñas francesas.  Por no hablar de los mordiscos en las pantorrillas.
No más enfriamientos de próstata por culpa de la dichosa barra de acero inoxidable que nunca acababa de calentarse. Se acabaron los dobletes: apenas si me daba tiempo a desmaquillarme cuando ya estaba de nuevo al pie del curro, tosiendo, sangrando pantorrilla abajo, trabajando de pie y yendo al baño cada cinco minutos. Un drama.

Ya no puedo más. Cuelgo el tanga. Renuncio al dorado oropel de mi anónima fama. A partir de hoy volveré a ser lo que siempre fui: un hombre gris que guarda en su interior un alma  showman.  El día de Les Comadres, nunca más volverá a ser lo mismo (mal está que yo lo diga). Miles de mujeres quedarán huérfanas de mí, de mi cuerpo, de mi arte, pero quiero que sepan que siempre las llevaré en mi corazón.
El Manolo ha muerto, ¡viva El Manolo! (¿o es al revés?).




viernes, 11 de enero de 2013

En un lugar de La Mancha

En un lugar de la  La Mancha… No, no se trata de ningún error, ni tampoco de un burdo remedo cervantil. Tampoco me ha vuelto a ocurrir lo de aquella vez que me decidí a escribir una novela y, cuando llevaba cien páginas, me di cuenta de que me estaba saliendo, sin querer, “Cien años de Soledad” (pero fue por pura casualidad, lo juro).
Nada de eso.  Se trata de que la historia que sigue no puede empezar de otra manera. Pero su parecido con El Quijote acaba ahí, en el comienzo. El resto tiene más parecido con la  “13, Rue Percebe” que con ninguna otra cosa. Y, claro está, también  con “La Parada de los Monstruos”.

En efecto, en la calle La Mancha, de Pumarín, para más señas, hubo alguna vez un bloque de viviendas. Este bloque contaba con dos portales y cada uno con cinco pisos.  Cada piso tenía dos manos. Total diez familias por portal, incluida la mía, que la malhadada fortuna quiso que se constituyeran en penoso muestrario de deformidades físicas y mentales. En una pequeña parada de monstruos.
Si, como en su momento  hizo el gran Ibáñez con su famoso edificio, cortáramos por la mitad aquel singular bloque de viviendas podríamos ver las penosas interioridades que cada uno ellos albergada.

Así  es, en una descripción ordenada por pisos, el catálogo que sigue a continuación no tiene desperdicio como bien se podrá juzgar.

En el bajo izquierda, vivía Leni. Una niña gordita y buena de cuyos padres apenas si guardo recuerdo pero cuyo abuelo tenía un avanzado estado de demencia senil. Sembraba el pánico entre la chiquillería amenazando a troche y moche con su bastón. Todos andábamos huidos de las locuras de aquel personaje al que temíamos encontrar por la escalera. No obstante, no era, de los distintos especímenes del edificio, el más raro, ni mucho menos, como se verá.

En la mano derecha, vivía Jose. El “mocín” del barrio: nada se escapaba a su control o a sus caprichos; que eran muchos. Su padre no tenía más deformidad que una simbólica en forma de abultada cornamenta. En efecto, su mujer tenía tan pequeña estatura como gran corazón a juzgar por lo que era capaz de “amar”. Sus piernas eran diminutas pero de gran facilidad de apertura. Tenía la inocente costumbre de “acoger”  hombres en su casa (las noches que  su marido no estaba, claro) haciéndoles trepar por el accesible balcón trasero que daba a un oscuro jardín.
Nosotros, la chiquillería, no éramos  ajenos a aquella práctica a la que, sin embargo,  no éramos capaces de dar sentido, más allá de pensar extrañados  que los Reyes Magos viniesen de uno en uno y en fechas tan intempestivas. Nadie se atrevió nunca a comentar con el “mocín” la suerte que tenía tener tantas visitas reales tal vez porque en nuestro fuero interno ya entendíamos que aquello no podía ser normal.

En el primero izquierda, vivía Germanín. Una mula parda. Su padre era ciego y como casi todos los ciegos que yo conocía tenía mala leche y un saxofón. Bueno, tampoco conocía muchos y alguno tenía un acordeón. Su mujer era vidente; quiero decir que veía, no que adivinaba el futuro. Por no adivinar no adivinaba ni el argumento de las películas en la televisión y recurría de continuo a su marido (el ciego, no se olvide) para que le explicase lo que estaba “viendo” en la pantalla. Eso sí, era tan lista que cuando su marido, en los descansos de la película, iba al baño a aliviar su vejiga, corría y se le adelantaba para  encenderle la luz porque decía que si no meaba fuera de la taza. Un portento.

En el otro primero, el derecha, vivía Juli. Su madre era “normal” pero su padre, Emilio, era manco. Tara esta que paradójicamente no le impedía en absoluto empinar el codo. Digo yo que lo haría con el otro brazo pero entonces no entiendo cómo se apoyaba en la barra. Cuando venía contento del bar cantaba por tonada y acompañaba sus melismas con expresivos movimientos de muñón lo que aportaba cierta originalidad a sus interpretaciones nunca del todo bien acogida por los vecinos de portal.

Un piso más arriba, en el segundo izquierda, hubo una sucesión de diferentes vecinos. Del que guardo más memoria era del padre de Josín. Era panadero y como trabajaba de noche y dormía de día, apenas si lo veíamos. Hasta que se volvió loco y no trabajó más. Digo yo que sería por vivir tanto tiempo al revés de los demás.  Pero su locura era inofensiva: a veces,  lo cruzábamos por la escalera y nos decía preocupado que tenía que bajar urgentemente a la calle porque había dejado mal aparcado el helicóptero. Huelga decir que en Pumarín, por aquel entonces, había poca gente que se pudiera permitir tener un helicóptero propio.  Si uno quería utilizar tan práctico transporte tenía que esperar al mes de agosto y subirse en el que ponían en la Feria de Muestras. Nada que ver con lo de ahora que ya se sabe que mucha gente vive por encima de sus posibilidades.

En el segundo derecha, no había niños; sólo tres adultos. Pero, ¡qué tres! Hay que reconocer que la suerte (la mala, claro) se había cebado con aquella planta. No recuerdo más nombre que el de Amparo, que era sorda y fea. Bueno más sorda que fea. O tal vez no.
 Su marido era contrahecho; tanto que tenía dos jorobas. Sí, como los camellos, pero en otra disposición. Tenía una por delante y otra por detrás. Tal vez para contrapesar; no olvidemos que la naturaleza es sabia; cruel, pero sabia.
Vivía con ellos una sobrina mayor que no estaba bien. Quiero decir que estaba mal, pero no sabría decir de qué. Quizá lo que mejor la describa es el calificativo que por entonces se utilizaba para aquel tipo de anormalidad. Efectivamente, por aquel entonces, eso de los eufemismos y lo “políticamente correcto” no estaba al uso y a nadie le parecía mal cuando alguien decía de aquella señora que era “fata”. Pero fata, fata.

En el tercero izquierda habitaban “los rana”. Era estos tres hermanos muy seguidos que se habían ganado a pulso el sobrenombre toda vez que, por una extraña razón, todos los tres tenían la tara contraria a lo que solía ser habitual. Me explico: eran (y son) muchos los sujetos que no pueden pronunciar la “erre” y pronuncian una “gue”. A esta circunstancia, se añade una extraña e incomprensible predilección de estos individuos por hacer alocuciones que pongan de relieve su defecto. Así no es raro oírles decir discursos tales como “íbamos en cago por la caguetega cuando se nos gompió una güeda que ega guedonda, te lo jugo”.
Pues bien los “rana” no sabían pronunciar la “g” y la cambiaban por una “r” de manera que se los oía decir a menudo: “no me da la rana” y de ahí su mote.
A su padre nunca lo veíamos y a su madre, Catalina, a duras penas. No es que no saliese mucho a la calle; al contrario, siempre acudía presta a resolver los entuertos en que se metían sus hijos que no eran pocos, sino que era tan pequeña que costaba distinguirla. Tenía un miedo telúrico a las cucarachas lo cual no era de extrañar pues al estar tan cerca del suelo debía verlas como animales prehistóricos.

En el tercero derecha estaban “los cajas”. Otros tres hermanos cuyo apelativo se debía también a un defecto en la pronunciación pero que sería prolijo explicar aquí. Todos y cada uno de ellos lucían una espléndida cabeza (herencia del padre) de frente despejada y rematada con un remolino en el flequillo cuya rebeldía les acompañaría de por vida. Su padre, Manolo, sin llegar a ser contrahecho, digamos que no era un buen mozo. Su escasa estatura a duras penas se veía disimulada por el descomunal tamaño de su cabeza que debía utilizar para menesteres distintos a los de pensar. Su madre, Generosa, era manifiestamente bizca, de manera que cuando reprendía a su prole ninguno de ellos sabía nunca a quién se dirigía exactamente.

En el cuarto izquierda, la suerte fue menos generosa que la madre de “los cajas”. Allí vivía Araceli que compartía con muchos de sus convecinos la baja estatura. Tal fuera el agua. Su marido, Luis, poseía la tercera joroba del edificio, ya que este sólo tenía una y en la espalda, como suele ser normal (¿normal?). Pero por el contrario también era sordo como la mujer de su colega chepil. Tan sordo que ningún vecino del portal necesitó nunca poner el volumen de su televisor. Como por entonces todos veíamos lo mismo, es decir, la-primera-cadena, el sonido lo aportaba él generosamente. Incluso, nos regalaba, a menudo, con efectos especiales de su propia cosecha pues sus bostezos eran lo más parecido al rugido de un león que uno pueda imaginarse. Ni que decir tiene que cuando ponían por la tele aquella mítica serie de “Daktari” sus rugidos aportaban un gran realismo a la ambientación.
Con ellos vivían una sobrina, Felita, que como todas las sobrinas del edificio arrastraba la misma tara: era fata. Esta más. Llama la atención la similitud entre la familia del cuarto y la del segundo pero juro por lo más sagrado que no es que mi imaginación flaquee y repita personajes. Se trata de una triste fatalidad del destino. Y no estoy haciendo un juego de palabras: la fatalidad viene de “fatal” no de “fata”.

Por último, en el cuarto derecha, vivían dos hermanos de cuyo mote no me acuerdo. Uno, esmirriado y larguirucho; de piernas como palillos y flequillo solapado sobre sus gafotas. Este daba en mortificar a su hermano pequeño, un niño gordo, miedica, acusica y mimoso, repelente donde de los hubiera. Ambos tenían a su madre al borde de la locura y  se quejaba, a voz en grito, de la triste suerte que le había caído al tener que bregar con tres hombres en casa. ¡Pobre! Ahora bien, deformidad física no tenían mucha; sin embargo mental, aunque no aparente a juzgar por lo que luego fue de sus vidas cabe pensar que muy normales no eran, no.

Como colofón he de decir que, por motivos obvios, se han modificado los nombres de los protagonistas. Pero esa licencia es la única que me he permitido, pues todo lo demás responde fielmente a la verdad. ¡Lo juro! Sé que resulta difícil de creer que tal cúmulo de engendros coincida en un sólo edificio, máxime si se tiene en cuenta que era un edificio “normal” y no especialmente reservado a fenómenos de la naturaleza. Por otra parte, debo añadir que si hago memoria y repaso bloque por bloque, piso por piso, en general, Pumarín no debía de ser precisamente un barrio donde la “normalidad” fuese algo “normal”.

sábado, 21 de abril de 2012

METÁFORA DE AMOR

Después de oír hablar tanto y tan bien del Puente de Triana, la verdad es que yo esperaba algo más. Cuando lo tuve ante mí, de nuevo comprobé que se trataba de otra exitosa operación de marketing andaluz en la que, hay que reconocer, son unos maestros. Como sabrán el marketing es la disciplina que permite vender un decrépito jamelgo por un hermoso corcel. Y es evidente que España entera está poblada de hermosos corceles andaluces, especialmente con sangre Sevillana.

Así que cuando, por fin, me encontré sobre el puente he de decir que se me cayeron las pistolas al río (Guadalquivir, claro). Sin embargo,  el paseo habría de depararme la oportunidad de reparar en  una curiosa metáfora sobre la futilidad del amor. Como suena.
El breve paseo lo fue de ida y vuelta. La ida me ofreció una hermosa estampa de amor romántico; la vuelta, justo la otra cara de la moneda. Pero me explico.
El Puente de Triana, como otros muchos, pues hasta en eso no es nada original, se ve afectado por un virus, que ya es pandemia, cuya sintomatología más aparente se manifiesta en la proliferación de candados atenazados entorno a las rejas de sus barandillas. Cientos, miles de candados que se entrelazan unos a otros en una sucesión infinita. Candados grandes y de colores… Candados, muchos candados. Y todos ellos con una fecha escrita con tinta indeleble. Incluso algunos con dos nombres, con uno solo o con pequeño un corazón y, si cabe, también la flecha que lo atraviesa.
Ahí donde lo tienen no son sólo  candados han pasado a  convertirse en eternas promesas de amor. Son férreos juramentos de amor romántico que las parejas de enamorados dejan prendidas sobre el río para que él convierta sus aguas en el heraldo de tan gozosa noticia y la lleve hasta la mar océana y se difunda a los siete mares, a los cinco continentes, a los cuatro vientos, a los dos hemisferios. ¡Qué hermosa estampa! Tal vez un poco numérica.
Así es. Se cuentan por miles los sevillanos (y sevillanas) que, henchido su corazón de amor, acuden a las riberas del río y dejan allí un sólido testigo de su promesa en un acto tan íntimo como  emotivo. Solemnemente  atenazan el candado a los hierros y luego, en un melodramático gesto, arrojan la llave a las aguas del río para luego sellar el acto con un apasionado beso (o dos). A continuación, y cogidos de la mano, se alejan mirándose a los ojos melosamente, convencidos como están de que su amor perdurará por siempre jamás.
Debo hacer una acotación y  decir que ignoro qué es los que arrojan aquellos que hacen uso de un candado de clave numérica: ¿una calculadora, quizás? O tal vez escriban la clave en un papel y luego se lo coman como hacen los espías peliculeros.
Nadie pondrá en duda que, como imagen romántica la cosa no tiene igual. Hay que reconocer que el primero al que se le ocurrió estaba tocado por el más melifluo de los sentimientos románticos. Y, al parecer, tiene nombre:  Federico se llama y de apellido,  Moccia. Lo que ignoro es si tiene intereses en el negocio de los candados.
Debo reconocer que,  como dejo dicho en otro lugar de este blog, no soy yo muy dado a tales alardes románticos. Así, pues, aquella imagen que tenía ante mis ojos en seguida se tornó en prosaica cuando me dio por pensar que podía verse como una metáfora de las distintas clases de amor por muy románticos que pretendieran ser todos ellos. Todo dependía de la forma, tamaño y tipo del candado utilizado. Así,  veía yo allí amores grandes y sólidos; amores pequeños y endebles,  amores de ricos, amores de pobres, amores vistosos, amores humildes. Había incluso amores cuya durabilidad estaba condicionada a los números, es decir, que dependían de una fría cifra, amores de conveniencia, al fin. Amores secretos, aquellos que no tenían nombre. Amores sin fecha. Amores míseros salidos de un chino. Amores incomprensibles, escritos por otro chino. En fin, todo un catálogo de amores el allí expuesto; todos entrelazados en igualitaria comunión. Liados, abigarrados, encadenados los unos a los otros en una orgía de amor romántico. ¿He dicho orgía? De nuevo me traiciona mi natural prosaico.
Pero lo verdaderamente edificante habría de venir más tarde, a la hora de la vuelta. No había transcurrido más de una hora cuando el trayecto era  el inverso y la visión se ofrecía ante mí fue realmente chocante y metafóricamente inigualable.
Estaba claro que una ciudad que presume de romántica, donde los aromas de azahar, los encantos de la Giralda, los enamorados del Parque María Luisa o la riberas del Guadalquivir rezuman  amor (sin querer me ha salido una sevillana) albergaba en su gris y tediosa administración algún personaje siniestro aún menos romántico que quien suscribe. Alguien decidido a aplastar tan bellos sentimientos, a erradicar esas manifestaciones tan vehementes y apasionadas en pro de un orden y una estética más ortodoxa. Alguien de corazón ajibarado que había dado órdenes de acabar con todo aquello que, a sus ojos,  no eran más que zarandajas y cursis fruslerías. ¡Saborío!
Fruto de aquella cruel decisión tenía yo ante mis ojos a dos operarios de color  (negro) enfundados en un mono del Ayuntamiento que portaban una potente amoladora y estaban procediendo a arrancar por la fuerza todos los candados anclados a la barandilla; todas y cada una de las promesas de amor eterno acababan en un contenedor hechos añicos, violentados sin miramiento, cercenados con crueldad.
De inmediato me pregunté: ¿qué estarán sintiendo en ese momento los protagonistas de aquel romántico acto? ¿Acaso sentirían cómo se rompía algo en su interior? ¿Recorrería sus cuerpos un repentino escalofrío? ¿Un apasionado beso quedaría al instante convertido en un asqueroso intercambio de fluidos? O, siendo más prosaico aún: ¿una romántica comunión carnal entre sábanas de seda y rodeados de velas habría devenido en gatillazo?
Aleccionadora imagen a la que asistía. Cuán fútil y efímero es el amor. Qué poco duran las promesas de amor cuando se enfrentan a la cruda realidad. Qué puede el romanticismo contra la gris burocracia administrativa. Qué pueden las eternas promesas de fidelidad cuando entre la pareja se interpone la portentosa imagen de un cuerpo de ébano con un potente y descomunal aparato entre sus manos. Hablo de la amoladora, por supuesto.



domingo, 26 de febrero de 2012

NOCTAMBULO

Título: Noctámbulo

Subtítulo: Strange character of the night

Género: Entremés tragicómico

Personajes: Él, Un número, Otro número y El número del Cuartel

Situación: Un pueblecito pesquero del Norte de España

Nota morbosa: Basado en hechos reales

Acción: Quién iba a imaginar que aquella manía suya de salir a pasear por las noches pudiera traerle tan extrañas consecuencias. Bien es verdad que, teniendo en cuenta lo peculiar del personaje, todo era posible.
La noche proporciona al paseante la oportunidad de disfrutar de toda una fauna animal y humana que de habitual no tiene la oportunidad de toparse a la luz del día. Por eso mismo, el que deambula por la noche es, en sí mismo, parte de esa extraña fauna. Y él, consciente o no, era un espécimen de la noche.
En aquella ocasión, como de costumbre, se había dejado caer por el dique del puerto. Y fue al volver cuando se cruzó con un coche de la Guardia Civil. Siguió su camino sin reparar apenas en ello, por eso se vio un poco sorprendido cuando, minutos más tarde, el coche, que había dado la vuelta, lo alcanzó y paró unos metros más delante. De su interior se apeó una pareja de números que fueron a su encuentro.
-Buenas noches –le dijo uno mientras llevaba preceptivamente su mano a su sien-. ¿Qué hace usted por aquí a estas horas?
-Pasear –respondió con tono de obviedad.
-Un poco tarde ¿no cree? ¿Puede enseñarme su documentación, por favor?
Tardó un poco en reaccionar pues no esperaba en absoluto que él pudiera ser objeto de sospecha. Llevó su mano al bolsillo trasero del pantalón y extrajo la cartera un poco azorado. A nadie le agrada que la policía le pare y menos que le pida su documentación.
Acertó a extraer su carnet de la cartera y se lo entregó al agente sin decir ni palabra. Éste alumbró el documento con su linterna y luego enfocó a su cara. Luego dio vuelta al documento y preguntó:
-¿Cómo se llama usted?
Este hombre es tonto o no sabe leer, pensó. Si lo pone ahí bien claro ¿para qué me lo pregunta? Tardó un momento en contestar. Al final, con un tono de obviedad más acentuado aún le dijo su nombre y señaló al documento como diciendo: “¿Es que no lo ve?”.
El número le miró de mala manera y le devolvió su documento a la vez que le decía:
-No hay problema: puede usted continuar. Pero le recuerdo que no es aconsejable pasear solo a estas horas. Mejor váyase a su casa. Buenas noches.
Él se quedó inmóvil como esperando que le dieran explicaciones de por qué le habían parado. Creía que, si no una disculpa, sí una explicación así que:
-Pero ¿qué pasa? ¿Por qué me paran? ¿Qué andan buscando?
El agente le miro con gesto molesto y de forma muy seca le contestó que no era de su incumbencia. Pero, entonces, el otro número que había permanecido callado y en segundo plano, se adelantó y un poco más conciliador le dijo:
-No se preocupe. No pasa nada. Andamos buscando a una persona que coincide con su descripción pero no es usted. Puede seguir, no hay problema.
Ambos agentes se giraron y entraron de nuevo en el coche y se alejaron perdiéndose en la noche. Él se quedó allí quieto, y con una cierta flojera en las piernas y sin saber en qué pensar. Tras un rato comenzó a andar y también a pensar y ahí empezó su perdición.

Una persona que coincide con mi descripción, se dijo. Quién será. El pueblo no es tan grande y de mi aspecto no debe haber muchos. De hecho, ahora mismo, no se me ocurre nadie. De mi edad, sí, puede que haya alguno pero con mi aspecto de hombre de ciudad que está de vacaciones no creo que haya muchos. Yo diría que ninguno. Entonces a quién pueden estar buscando. Tal vez llegó alguien al pueblo. Pero no, aquí todo el mundo se entera de todo y esas cosas se comentan en la bodega. Así que, de fuera no puede ser y del pueblo, imposible. Pero, entonces, por qué me dicen que se parece a mí si no hay nadie que se me parezca.

Su cabeza empezó a bullir con las más diversas hipótesis, con conjeturas cada vez más enrevesadas, con argumentos imposibles y razonamientos ilógicos. La duda, se tornó en obsesión, y ésta en preocupación. Se había apartado del mundo, seguía caminando sin advertir nada de lo que le rodeaba. Su mente funcionaba desenfrenadamente, se había desbocado por completo.
De repente, sintió frío en los pies al mismo tiempo que llegó a una conclusión y pareció despertar de un mal sueño. El frío obedecía a que estaba paseando por la arena de la playa con el agua por las rodillas y la conclusión era tan estrambótica como la situación: No había duda, a quien andaban buscando no podía ser otro que él mismo.
-Tengo que ser yo – se dijo-, no puede haber otro. Lo que pasa es que me han dicho que no soy yo para que me confíe, pero me están vigilando. Pero… ¿qué habré hecho? Yo no soy consciente de haber incurrido en falta; soy un hombre de bien incapaz de cometer ninguna tropelía. Pero algo tuve que haber hecho cuando me andan buscando.
Se detuvo en seco, es decir, ya fuera del agua, y pensó qué hacer. De nuevo empezó una tormentosa secuencia de ideas y por fin:
-Ya está. Ya sé. Voy a ir a la Comandancia a preguntarles porqué me andan buscando. Será lo mejor.
Y con las mismas, se encaminó a la Comandancia de la Guardia Civil que estaba a las afueras del pueblo. Apresuró el paso pese a lo cual aún tardó bastante en llegar.
Entró en un despacho donde le dio las buenas noches un agente que estaba leyendo una novela y que se quedó mirando sorprendido a aquella figura salida de la noche. Llevaba los ojos desencajados, el pelo un tanto revuelto y los pantalones empapados hasta las rodillas.
-¿En qué le puede servir, señor? –dijo el agente incorporándose de su silla.
-Quiero saber por qué me están buscando –espetó como si tal cosa.
-¿Cómo dice? ¿Quién le está buscando? No creo entenderle bien –respondió desconcertado el guardia civil -. ¿Se encuentra usted bien?
-Perfectamente. Son ustedes quienes me están buscando y yo quiero saber por qué.
-¿Cómo? ¿Nosotros? ¿Se refiere a la Guardia Civil? No entiendo. ¿Cómo se llama usted?
El se apresuró a sacar de nuevo su carnet y entregárselo al agente mientras decía:
-Sigo siendo el mismo de antes; es decir, el que concuerda con la descripción. El mismo que interrogaron sus compañeros en el puerto. Pero quiero saber porqué me buscan. ¿Qué es lo supuestamente he hecho?
El guardia civil no salía de su asombro. Con el carnet en la mano se fue hasta el teléfono y llamó a los compañeros que hacían la ronda, no podían ser otro a los que refería al individuo. Cuando logró comunicar con ellos les explicó que tenía allí a una persona que, al parecer, ellos habían interrogado y que exigía le dijesen porqué lo andaban buscando.
Él no pudo oír la contestación de los agentes de ronda y el que tenía delante sólo articulaba monosílabos: Ya, ya, si, si…
Terminada la comunicación volvió de nuevo con su interlocutor, le devolvió su documento y le dijo:

-Mire usted. Nadie le anda buscando. Ya le han dicho mis compañeros que nada hay contra usted. Que puede irse a su casa tranquilamente. ¿Entiende?
Se dirigía a él como si estuviera borracho o fuera un poco lerdo o, peor aún, estuviera loco.
-Mire agente: me han dicho que buscan a una persona que responde a mi descripción. Y, después de muchas cábalas, he llegado a la conclusión que tengo que ser yo. A la fuerza. Así que quiero saber de qué se me acusa, pero sepa usted que, desde este momento, me declaro totalmente inocente.
-Vamos a ver, buen hombre –respondió el guardia con cara de haber concluido que, efectivamente era uno de aquella extraña fauna de la noche-, le repito que no hay nada contra usted; así que estoy de acuerdo con usted en que es completamente inocente. Así que váyase a casa totalmente tranquilo ¿vale? No hay ningún problema.
-Ya, ya –insistió- pero yo quiero saber cuál es el delito que supuestamente había cometido.
-Bueno, mire –convino el agente con grandes dosis de paciencia- aunque no sea de su incumbencia le diré, para que se tranquilice, que últimamente se han cometido pequeños robos en los barcos atracados en el muelle. Se ha visto merodear a una persona desconocida por los alrededores y se está llevando a cabo una investigación de rutina. Nada más. Estamos absolutamente convencidos de que no se trata de usted, así que no hay motivo para que se preocupe ni se alarme ¿entiende? Váyase a su casa y no piense más en ello ¿vale? Déjenos trabajar a nosotros. Buenas noches.
-Bien, bien. Ya me voy. No… Bueno… En fin… -vacilaba. No sabía si insistir, preguntar, asegurarse o irse a casa como le decían. Y optó por esto último– Buenas noches, agente, muchas gracias. Ha sido usted muy amable.

Salió del cuartelillo decidido a irse a casa y hacia allí encaminó sus pasos. Fue comenzar a andar y su cabeza se puso de nuevo en marcha.

Ya decía yo que no podía ser. Yo no había hecho nada. Así que se están cometiendo robos en el puerto. Pues yo paseo a menudo por allí y nunca he visto nada sospechoso. De hecho suelo ser yo sólo el que está por allí. Pero nunca me he acercado a los barcos. Entonces ¿quién podrá ser el ladrón? Seguro que ellos sospechan de alguien. Sí, seguro. Pero, ese alguien debe ser muy parecido a mi cuando es a mí a quien pararon. Además por las noches son pocos los que se ven por allí. Claro, por eso me detuvieron. Pues eso es que sospechan de mí.

De nuevo había comenzado la danza, de nuevo sus pasos no tenían dirección concreta, de nuevo se había olvidado del mundo real. Y siguió andando y cavilando…

Un poco antes del amanecer el chirriante sonido de la emisora del cuartel sobresaltó al agente que estaba en un duermevela.
-¿Qué tripa se les habrá roto a estos, ahora? –refunfuño molesto el agente- Aquí jefatura, adelante, qué ocurre.
Sus compañeros de ronda le dijeron que se pusieran en contacto con la comandancia de la ciudad vecina y que les enviaran un dispositivo acuático al puerto para un operativo. Lo cual traducido al común significaba que les mandasen una lancha al puerto.
-Pero ¿qué ocurre? ¿Qué les digo?
-Tenemos aquí al tipo ese que estuvo por ahí, subido a un yate. No sabemos cómo pero ha conseguido desamarrarlo y llevarlo hasta la bocana. Grita como un loco que le detengamos de una vez. Que está convencido de que le queríamos tender una trampa pero que él es inocente.
-Y lo es –contestó el agente del cuartel.
-Ya, pero ahora ha robado un yate y hay que detenerle.
-Entendido. Corto. –El agente aún un poco aturdido por su cabezadita se quedó con la mirada perdida pensando en los extraños personajes que pululan por la noche. Por eso nunca se acostumbraría a las noches de guardia por muchos años que llevara en el Cuerpo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

TRAPITOS


A raíz de mi última entrada en el blog, acudieron a mi memoria episodios de mi pasado relacionados con la indumentaria a la que me sometía mi madre y no pude por menos que entresacar de entre todos algunos de los momentos más inolvidables y algunos de los “modelitos” más peculiares.

Entendamos aquí peculiares en el sentido estricto de que se hacían notorios de alguna u otra manera por sus especiales características. Como queda dicho mi señora madre tenía un gran sentido práctico de la vida. La elección de la ropa con que nos disfrazaba (perdón, quise decir vestía) no podía ser una excepción.
Ya comenté en su momento que ella siempre nos compraba ropa que reunía dos importantes características: una, que fuese de calidad (entiéndase, duradera) y, otra, que fuese económica. Ni que decir tiene que la estética no tenía cabida en este binomio, era una cuestión accesoria: si la prenda, además de barata y duradera era bonita, pues miel sobre hojuelas, si no... qué se le va hacer. Y así era en la mayoría de los casos. En consecuencia, así pasé yo gran parte de mi niñez y pubertad: vestido con horrorosas prendas que, además, eran eternas.
De la primera prenda de la que tengo memoria es de unos pantalones cortos de “escay”. No de cuero, no, de escay. Los había hecho, con sus propias manos, y tenían un llamativo color verde-puñeta. Eran tan rígidos que si se ponían en el suelo sobre las perneras se quedaban tan tiesos como si albergaran dentro mi propio cuerpo. Tenían un problema: cuando les daba el sol directamente reblandecían y alcanzaban una temperatura tan notable que sería posible cocer unos huevos en su interior. Y de hecho ocurría o, más bien, ocurrió y eso puede explicar muchas cosas al día hoy, sobre todo lo relacionado con mi descendencia. Sin embargo, tenían una ventaja: suponían una buena coraza contra los azotes de la zapatilla materna. Y como eran más frecuentes los azotes que los días de sol yo salía ganando. Incluso aprovechaba cuando me los ponía para perpetrar alguna trastada que tenía pendiente. Los conservé muchos años con el impecable aspecto del primer día; acabé retirándolos cuando las piernas se me llenaron de pelos y hacía feo. Claro.
Conservo también un buen recuerdo de una trenca marrón que, como siempre, mi madre compró con “crecederas”. Esto es, con el fin de que sacara partido de su asegurada larga duración y que la talla no supusiera un problema, me la compró un “poco” más grande de la cuenta. Mi cuerpecillo se perdía dentro de aquel imponente abrigo. Era tal su desmesura que yo era capaz de girar dentro de la trenca sin que ésta se moviera un ápice. Así, los ocasionales espectadores quedaban atónitos al comprobar cómo mis pies y mi cabeza giraban media vuelta hasta ponerse en sentido contrario mientras la abotonadura de la prenda permanecía mirando al frente. Este espectáculo causaba gran hilaridad entre el público en general pero no era de especial agrado para mi madre que me miraba con unos ojos inyectados en sangre que no hacían presagiar nada bueno para mi inmediato futuro.
El problema de la holgura se ponía de manifiesto cuando, al arrancar a andar, lo hacía yo primero y, segundos más tarde, me seguía la trenca; o bien, cuando al frenar bruscamente la marcha, se me venía encima obligándome a dar un pequeño traspié si quería conservar el equilibrio. Así, estuve años, hasta que la naturaleza se apiadó de mí y tuvo a bien otorgarme un cuerpo lo suficientemente acorde con el tamaño de la prenda. Siempre me asombró el buen ojo que tenía mi madre para saber cuál iba a ser el tamaño que yo iba a tener de mayor. O tal vez mi crecimiento se vio constreñido por el tamaño de mi indumentaria. No lo sé, si esta última fuese la razón, lástima que no hubiera escogido una talla aún mayor pues a estas alturas tendría yo una envergadura envidiable. En fin, que la trenca en cuestión se conservó durante muchos años en un armario e incluso llegué a hacer de ella un uso ocasional; pero desistí el día que me llevé a la boca lo que yo creí se trababa de un caramelo olvidado en el bolsillo y era, en realidad, una de aquellas bolitas de naftalina que salvaguardaban su vejez y a las que mi madre era muy aficionada.
¿Y los zapatos? ¿Qué decir de los zapatos? Cómo será que, en cierta ocasión, una compañera de clase (“La Chamorro”, para más señas) muy prudente ella me espetó, de buenas a primeras, que si tenía algún problema en los pies. Extrañado yo por aquella intempestiva pregunta aclaróme ella que lo decía porque “como siempre llevaba unos zapatos tan raros...”. Fue la primera vez que fui consciente de que, efectivamente, siempre me había caracterizado por gastar un calzado bastante peculiar. Duradero, eso sí, pero peculiar.
Tenía yo unos playeros que, bien mirados, eran más propios de la indumentaria de un payaso que indicados para la práctica deportiva. Diferentes tonos de verde combinados con amarillo y unos ribetes negros les daban un toque especial. La forma no iba a la zaga: tenían el talón recortado en chaflán lo que confería a mis andares un estilo muy particular al no “hacer pie” de forma natural. Digamos que eran los predecesores de esos tan modernos que tienen por suela un balancín.
Pero recuerdo especialmente unas botas excepcionales. Eran de media caña con cremallera interior. Rojas. Sí, rojas y con la suela de goma gruesa de color blanco y borreguillo interior, muy abrigadas. Muy discretas. Indestructibles. Doy fe de ello pues, en vano, puse todo mi empeño en hacerlas trizas. Tenían, además, una curiosa particularidad: eran “calcetinófagas”. Es decir, se alimentaban de calcetines. Uno salía de casa con aquellos horrorosos calcetines con que mi abuela me había obsequiado como regalo de Reyes (allá por el mes de agosto) y, no bien había andado unos pasos, los calcetines desaparecían. Y así par tras par. Era una misteriosa cualidad sólo comparable a la conocida habilidad que tienen las lavadoras para hacer desaparecer esa prenda, con la salvedad de que éstas sólo desaparecen uno de cada vez. ¿A dónde van a parar los calcetines cuando desaparecen? Donde quiera que sea, gran parte de los que pueblan ese lugar son míos.
Pues bien, esas botas aún se conservan. Las heredó mi señor padre que las saca a pasear a menudo y les mantiene la dieta, por supuesto.
Mención muy especial merece un pijama que me acompañó durante muchos años y que aún se conserva para asombro de propios y extraños. Tiene un color indeterminado, tirando a beige, y con pintas. Se trata de un “esquijama” de material sintético que tiene la especial capacidad de generar energía electroestática en cantidades sorprendentes. Después de pasar una noche en la cama, cuando me desprendía de él y lo arrojaba sobre la cama, todo el bello de mi cuerpo se erizaba en la misma dirección que había tomado el pijama. El cabello también seguía la misma pauta hasta tal punto que no necesitaba peinarme: perdida la electricidad se asentaba sobre mi cabeza todo en el mismo orden y dirección tal cual me hubiese lamido una vaca. Un portento. Más sorprendente aún era que, por la noche, brillaba en la oscuridad. La energía acumulada desprendía un luminoso halo en derredor de mi cuerpo de tal manera que no necesitaba encender la luz para ir al baño en plena noche. Cualquiera que se cruzase conmigo por el pasillo de casa creería, sin ambages, que estaba ante la presencia de una aparición divina rodeada de un halo de santidad. Como imagino que habría más pijamas que el mío, cabe preguntarse por el verdadero origen de ciertas apariciones marianas de relumbrón y relativamente recientes.
El pijama en cuestión tenía un problema que venía derivado de que en mi casa había otro igual: el de mi hermano. Este, en color granate chillón. Pues bien, cuando se daba la circunstancia de que ambos, mi hermano y yo (que a la sazón dormíamos en camas vecinas), nos levantábamos a un tiempo se desataba de inmediato toda una parafernalia de fenómenos eléctricos entre uno y otro. Chispazos, rayos, descargas y toda profusión de luminarias fruto de la carga energética que ambos pijamas albergaban. Todo realmente inofensivo pero muy vistoso y espectacular como si de una noche de fuegos artificiales se tratase.
Con todo, pese a los años que gasté el pijama nunca fui del todo consciente de su peculiar aspecto hasta que fui a la mili. Mi madre entendió que era la prenda apropiada para llevar en aquella ocasión y así lo hice. Aún hoy me da cierto apuro contar la experiencia vivida. Recuerdo un pabellón larguísimo que albergaba no menos de doscientos reclutas en interminables filas de literas. Yo dormía en un extremo y los baños estaban justo en el contrario. El momento anterior a la retreta siempre era de gran algarabía como corresponde a esa circunstancia y a la edad de los mozos. Pues bien, cuando aquella noche emprendí camino al baño, con la sacrosanta costumbre de dar una postrera relajación a mis esfínteres, advertí extrañado que, a mi paso, se iba haciendo un sepulcral silencio a lo largo de todo el pabellón y luego seguía un intenso murmullo. No sin cierta congoja por la expectación que despertaba mi sola presencia procedí a mi tarea mingitoria y al salir y recorrer el camino a la inversa el murmullo había devenido en carcajadas y alusiones a mi pijama. De entre tanta hilaridad destacó una voz que en perfecto “cordobés” exclamó: “¡Adiós, tú, Spiderman!”. Y con ese nombre me quedé. Con ese nombre y con el pijama, claro está. Y aún lo conservo por si alguna vez tengo oportunidad de participar en alguna fiesta de pijamas de la que seguro me echarán por “abusón”.
En fin, otra ocasión habrá de hablar de aquellas “pachangas” que mortificaron cruelmente mis infantiles pies, o de aquel “plexiglás” con gorra a juego que me acompañó años al colegio, o bien las corbatas de “estiraytoma” que aderezaban mis galas domingueras, las sempiternas zapatillas de cuadros convertidas en chinelas con mirilla para el dedo gordo tras su prolongado uso, los jerséis de lana convertidos chalecos imposibles, los vaqueros artesanos pobre remedo de unos quiméricos Lee, la elegante y versátil batita de “buatiné” ... Todo un universo textil que, al echar la vista atrás, me produce, con carácter retroactivo, cierto sonrojo, pero que, como contrapartida, me ofrece el consuelo de que, a pesar de todo, no me ha traumatizado más que un poco. Un poco. Bueno, no tan poco.

domingo, 18 de diciembre de 2011

El difícil camino hacia la elegancia


Yo hubiese querido ser un hombre elegante. Pero en mi camino hacia la elegancia se cruzó mi santa madre. No estoy hablando de una elegancia inglesa tipo David Niven, sino de algo menos solemne o encorsetado, hablo de algo más recatado. Una elegancia más de andar por casa, vamos. De esas que te permite saber combinar colores, saber cuál es la mejor elección en cada momento, esas cosas. Se trata, más bien, de un “saber vestir”.
Pero, como digo, me tocó en suerte una progenitora con un curioso sentido de la estética masculina. Y preciso lo de “masculina” porque, en lo tocante a su persona y, por extensión, al género femenino gozaba, sin embargo, de un gusto exquisito. Digamos que, pese a no abogar decididamente por lo del “hombre y el oso”, sí consideraba que el hombre, como tal, debía estar tocado de otras virtudes más esenciales y no tan frívolas como el saber vestir.
En ella primaba más la limpieza que la estética; el orden que la presunción; el sentido práctico que los vanos aderezos, y el ahorro que el buen gusto en la indumentaria.
Cuando yo era niño decíase que el “uso de razón” era algo que se adquiría a la temprana edad de siete años, coincidiendo con la primera comunión. Ignoro si la primera ingesta de la sagrada forma confería al sujeto esa capacidad o si, por el contrario, se administraba la hostia (con perdón) a aquél que se consideraba había adquirido ya criterio propio. Sea como sea, tengo para mí que el “uso de razón” se adquiere cuando uno toma conciencia de sí mismo, y eso, en mi caso, tuvo lugar a la avanzada edad de 17 años. A no ser que yo, como todos, a los siete años tuviera la “razón” pero no el “uso”, pero esa es cuestión a tratar en para mejor ocasión.
El caso es que, como digo, yo adquirí conciencia de mi propio ser bien avanzada la adolescencia. Y cuando digo mi “ser” quiero decir por dentro y por fuera. Y esto significa que hasta entonces no fui consciente de que, si bien interiormente no era un dechado de perfección, exteriormente, al parecer, era un auténtico esperpento, según me fue referido por cuantos coetáneos me topaba al paso, especialmente si del género femenino se trataba.
Hasta entonces había sido un maniquí en manos de mi señora madre que padecía de lo que se da en llamar “Síndrome de Kent”. Ya saben, el de la Barbie. Hasta aquel entonces en ningún momento me habría planteado, y mucho menos cuestionado, que sus elecciones, en lo relativo a mi indumentaria, pudieran ser objeto de reproche alguno. Antes al contrario, bien orgulloso me sentía de poder lucir aquellos modelitos que tan amorosamente me confeccionaba con sus propias manos y de los que ella se mostraba tan contenta y orgullosa. ¡Qué pantalones! ¡Qué jerseys! ¡Qué manos, las de mi madre!
Pero algo empezó a quebrarse en mi interior cuando, la crueldad de alguno de mis compañeros, y especialmente “compañeras”, me hicieron ver una odiosa realidad. Con sus críticas y sus burlas (sí, burlas) sobre mi aspecto fueron abriéndome la puerta a un nuevo mundo desconocido y arcano del que yo no había tenido noticia hasta entonces.
Fui tomando conciencia de aquellos horrorosos colores, de aquellas combinaciones imposibles, de aquellos cuadros, aquellas rayas, de aquellas formas trasnochadas... ¡Dios mío, qué había hecho conmigo mi madre! Era un monstruo sin yo saberlo. Debo reconocer que sentí vergüenza con carácter retroactivo: ¡diecisiete años de vergüenza! Es mucha vergüenza.
Como no podía ser menos, el adolescente que aún vivía en mí decidió rebelarse y cambiar las cosas. No obstante, era difícil pues no tenía yo nociones bastantes respecto a cómo proceder con la elección de mi vestimenta. Se me habían hecho llegar, de forma inconexa y apresurada, unos principios básicos respecto a combinación de colores (marrón y azul, ¡nunca!) o de figuras (cuadros y rayas, ¡jamás!) que apenas si eran suficiente base sobre la que asentar una incipiente elegancia en el vestir pero que, al menos, y duras penas trataban de paliar mi estrafalario aspecto.
Los primeros intentos de modificar ese estado de cosas fueron recibidos con recelo, cuando no con manifiesto rechazo, por mi madre a la que no se le escapaba una y sabía que aquella rebelión obedecía a influencias foráneas: “¿Quién te meterá a ti eses coses en la cabeza?”- refunfuñaba cuando yo ponía resistencia a enfundar un jersey azul con un pantalón marrón.

Todos mis males devenían, como digo, de estar por completo en manos de mi madre que tenía unos principios muy arraigados. Lo importante era ir limpio y doy fe que yo era un jaspe con patas. También era amiga del orden, de modo y manera que la elección periódica de camisa, jersey y pantalón obedecía a un riguroso orden en función de cuál de esas prendas estuvieran más arriba en el montón correspondiente del armario ropero. Si el jersey que tocaba era azul de cuadros, el pantalón marrón de rayas y la camisa verde estampada pues... a jorobarse. Es lo que toca y “¡no se te ocurra desordenar el armario!” eligiendo colores so pena de cortarme las manos.
Su sentido práctico y del ahorro hacía que la gran mayoría de la ropa que yo gastaba fuera confeccionada por ella misma. Rara vez se recurría la amplia oferta comercial del ramo pero de hacerlo ella reducía esa oferta a uno o dos establecimientos que no se caracterizaban precisamente por ir a la vanguardia de la moda, por mucho que llevaran sugerentes nombres como “Novedades Eloína” o “Confecciones La Nueva Ola”. De lo que sí puedo dar fe es de que vendían un género de primerísima calidad a juzgar por la duración del mismo. Por ello, decir que yo “gastaba” una prenda es una auténtica hipérbole. Gastar, lo que se dice gastar, aquello no se gastaba nunca. Duraba años y años, y sólo cuando los cuellos de los jerseys me cortaban la circulación de la sangre; los pantalones a duras penas me tapaban los tobillos, o los botones de las camisas saltaban cual proyectiles a los ojos de los viandantes debido los prodigios que la sabia naturaleza obraba en mí, sólo entonces aquella prenda se retiraba de su uso ordinario.
Obsérvese que digo “uso ordinario” pues aun entonces esa prenda, previa ingeniosa transformación (mi madre fue pionera en el reciclaje), adoptaba un nuevo uso (bayetas, cinturillas, retales...) que prolongaban su vida “ad eternum” . Yo tengo visto como una camisa mía se transformaba en un mantel, o un jersey de lana en un par de calcetines, o un pantalón de pana en el tapizado de una banqueta.
Capítulo aparte merecen los zapatos. Entre las muchas virtudes de mi señora madre no estaba la de hacer zapatos, luego se veía obligada a recurrir a establecimientos especializados en el ramo. Pero éstos eran del mismo jaez que los textiles. Me adelanto a decir que calzo un número 37, a todas luces talla en exceso pequeña en correspondencia con mi estatura. Añado que padezco de un modélico pie cabo. Ambas características las imputo, sin duda, a que, dada la duración del calzado, siempre prolongué su uso más allá de lo aconsejable comprimiendo mis pies y evitando que éstos expansionaran naturalmente. Es decir, mi madre era fiel seguidora de la técnica china de empequeñecer los pies con la que alcanzó notables resultados.
Con todos estos antecedentes era de esperar que mi aspecto exterior no fuera precisamente atractivo. Tanto es así que cuando, tras arduos esfuerzos conseguía alguna cita con alguna chica de mi interés, al verme llegar en lontananza con aquel peculiar aspecto se batía en retirada, hecho éste del que tuve conocimiento años más tarde cuando mi querida esposa me confesó que en más de una ocasión estuvo a punto de huir despavorida antes de que nadie pudiera relacionarla conmigo. ¡Traidora!
Debo añadir que hubo un período crítico en el que mi lucha por sacudirme de encima la influencia materna auspiciado y fomentado por agentes externos puso en marcha una contraofensiva materna que consistía en boicotear con contundencia cualquier intento de trastocar el estado de cosas. En aquel período, si alguien me regalaba alguna prenda o a mí, cosa extraña, se me ocurría comprarla, mi madre se encargaba de inmediato de destrozar la pieza “sin querer” en la lavadora, con la plancha, en el tendal... Aún recuerdo aquella maravillosa chaqueta de lana que me había traído de un exótico viaje y que yo no me quitaba ni para dormir. Cuando no quedó más remedio que lavarla y mi madre se hizo cargo de ella me puse en lo peor. Y así fue: mi madre hizo uso de sus amplios conocimientos en “jibarización” y la redujo a un tamaño tal que a la mismísima Barbie le hubiese tirado de la sisa. ¡Qué disgusto, qué aflicción!
Pero he de decir que a día de hoy son un hombre casi por completo rehabilitado. Gracias a los sabios cuidados y consejos de mi esposa luzco un aspecto relativamente normal, si bien aún, de cuando en cuando, cometo alguna torpeza de forma totalmente inconsciente. Vaya en mi descargo el hecho de que desarrollo mi actividad laboral en Oviedo y que, como es mundialmente conocido, allí el listón en cuestión de elegancia en el vestir está muy alto. Pero, gracias a Dios, ya se encargan mis compañeros, esos del Oviedín de toda la vida, de reprenderme convenientemente si cometo la tropelía de poner una camisa de cuello debajo de jerséis de cisne o cuando quito la americana al superar el termómetro los 48 grados, etc. etc. Y es que uno no acaba nunca de aprender.
Espero haber aprendido lo suficiente como para que, llegado el día de mi muerte, pueda ser, como dijo James Dean, un “bonito y elegante cadáver”. Por si acaso ya he elegido una urna funeraria en tonos azulados haciendo juego con el color de mis ojos. No sólo hay que morir con dignidad, también hay que hacerlo elegantemente.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Matones aéreos



El aeropuerto de vuelos domésticos de México D.F. es como todos los demás. Y, como todos los demás, permite observar la más diversa fauna, con las peculiares características de cada país, por supuesto.
Era el caso de unos personajes que deambulaban, matando las interminables horas de espera, por entre las tiendas del “dutifrí”. Tenían estos tipos un aspecto realmente llamativo: sombreros blancos al más típico estilo JR rematado con dos tiras de cuero acabadas en borlitas plateadas, camisas negras de satén y botas camperas de tacón alto bien repujadas y pobladas de remaches. Al verlas pensé en la algarabía que se iba a desatar cuando pasaran el escáner de seguridad.
Pero lo más chocante de su aspecto era el enorme crucifijo que portaban colgado al cuello. No casaba del todo bien con aquel estilo de matón a sueldo y que parecía la encarnación de algún héroe de narcocorrido de los troveros de Sinaloa.
No cabía duda, aquella extraña amalgama entre lo sacro y lo mafioso era una de las muchas y muy variadas manifestaciones de la peculiar manera de vivir la Religión que tienen los mexicanos.
La suerte quiso que aquellos grotescos personajes hubieran de viajar con nosotros en el mismo vuelo. Sentados unas filas más adelante, aún habrían de depararnos un hecho aún más llamativo y sorprendente, pues no sé muy bien de dónde sacaron la estatuilla de un santo. Y digo “estatuilla” quedándome más corto que el dedo meñique, pues sabréis que el santo aquél que portaban los cuates tenía dimensiones portentosas y en ningún caso hubiera dicho que se trataba de una figura “portátil”. Antes bien, estoy por asegurar que debieron de tener alguna disputa con el sobrecargo del avión al respecto de si la figura en cuestión debiera o no pagar pasaje. Si los niños mayores de 7 años lo hacían, cómo no iba hacerlo aquel pedazo de santón por muy quieto que se estuviera.

Sea como fuere, el caso es que allí estaba, a bordo. Y no bien se hubieron acomodado los hombretones, empezaron un extraño trajín con la figura: se lo pasaban de mano a cada cierto tiempo en lo que imagino era una suerte de turno de plegarias.
Pese a lo extraño de la maniobra he de decir que, personalmente, me sentí muy seguro y desapareció el consabido cosquilleo en las tripas propio de los momentos previos a todo vuelo. Estaba claro que en aquella ocasión estábamos a salvo de cualquier percance aéreo. No creo que el “santón” se atreviera a contrariar aquellos hombretones, cuya ira imaginaba terrible. Estoy seguro de que cualquier plegaria en su boca sería lo más parecido a una orden cuyo incumplimiento acarrearía graves consecuencias, así pues, el santo estaría muy solícito y haría lo más diligentemente posible los trámites precisos con la autoridad competente (léase Dios) con el fin de procurar un viaje placentero a sus “amigos”. Y por extensión a nosotros.

Pero no eran estos siniestros individuos los únicos personajes curiosos que componían el pasaje. Justo a nuestro lado viajaban también otros dos pasajeros que, si bien no destacaban por su aspecto, si lo hacían por sus comportamientos. El uno estaba enfrascado en una atentísima lectura de la Santa Biblia; el otro, lo estaba en una conversación telefónica con su “mamacita” y para la que no hubiese necesitado el “celular” a tenor del volumen de su cháchara. Y tanto el uno como el otro parecían del todo ajenos al resto del mundo o por lo menos a éste. Y digo parecía pues los acontecimientos posteriores pusieron de relieve lo contrario.
El vuelo estaba a punto de partir. Las puertas ya estaban cerradas, y habíase iniciado ya el grotesco cursillo acelerado de seguridad que las azafatas se empeñan en impartir pese a no interesar a nadie cuando, de improviso, hubo un parón.
Se abrieron de nuevo las puertas ante la extrañeza y alarma de todos y entró con gran fatiga una bella señorita que paseó su palmito por todo el pasillo luciendo un generoso escote que hizo volver el cogote a más de una fila en pleno. Más de uno pensó que aquel ejemplar bien merecía un retraso y más de una masculló que aquello era un ejemplar caso de retraso “mental” del piloto. ¡Machista asqueroso!

El caso es que la diosa fortuna quiso que fuera a sentarse precisamente, entre uno y otro personaje, el de la biblia y su parlanchín compañero. Ambos los dos dieron con premura por finiquitada su respectiva ocupación; el uno con un sonoro cerrar de libro que rozó el divino desaire y el otro con un “que-Dios-la-bendiga-mamasita-adiós” que evidenció un total desarraigo filial.
Los dos se adornaron con las más afectadas y bobaliconas de las sonrisas y se deshicieron en amabilidad hacia la recién llegada. Prestos se pusieron a la tarea de colocar los bultos de la señorita (las maletas, me refiero) en el compartimento correspondiente haciendo sobrado hueco para ellos a costa de aplastar los suyos (las maletas, ya saben). La dama les premió con una coqueta sonrisa y ellos echaron una primera y furtiva ojeada a las procelosas oscuridades de su escote.
Tras el despegue se desató entre ellos en animadísima charla a tres bandas aderezada con frecuentes ojeadas a aquel llamativo balcón que se les ofrecía ante sus ojos. Estoy seguro que si aquel avión hubiese carecido de ventanillas, aquel par de pardillos en absoluto se hubiesen percatado de ello.

A mitad del vuelo uno de los matones se incorporó y se dirigió al excusado. Pero lo extraño del caso es que llevaba en sus brazos a su bien idolatrado santón. Ignoro si es que temía que una micción de altura supusiera un riesgo añadido al hecho de volar o bien era que el santo tenía problemas de próstata. En definitiva, que por delante de nosotros pasó la extraña pareja y pudimos, a continuación, ver al matón ensayar diferentes movimientos para poder entrar en el diminuto habitáculo con su acompañante.

Tras un tiempo prudencial, salieron ambos y, de vuelta a su asiento, la damisela, a la que no había pasado inadvertida la curiosa estampa de santo y matón, interpeló a éste:

-Bonita figura, Señor. –Y añadió, coqueta- Me refiero al santo, por supuesto.
-¿Le gusta, señorita? Es San Cristóbal, patrón de los viajeros. Es muy milagrero, aquí donde le ve. ¿Le gustaría echarle una rezadita?
-Si a usted no le incomoda… Señor.
-Faltaría más, señorita. Ándele y agárrelo usted misma.
-Pero siéntese, señor. Aquí al ladito mío. Seguro que a este señor tan simpático no le importará cambiarse de sitio.

El hijo de su madre. Quiero decir: el hijo de la mamacita a punto estuvo de objetar algo pero echó un vistazo a aquella imponente figura de negro que le miraba como una frialdad que apagaría un fuego y decidió tragar saliva y levantarse.

-Así que dice usted que es San Cristóbal. Dijo la damisela con el santón ya en su regazo. El santo diríase que también se había quedado petrificado al verse tan cerca de un busto tan señalado. O ya lo estaría de antes. Desde luego muy tieso estaba.

-No, no, no –se apresuró a terciar el lector bíblico- Les aseguro que, como experto en la materia, ese no puede ser San Cristóbal. Si lo fuera debería llevar en su hombro al niño Dios y éste santo no lo lleva. ¿Lo ven?

Esas habrían de ser sus últimas palabras en aquella conversación. El matón le miró a la par que levantaba levemente el ala de su sombrero.

-Le digo yo, señor, que este es San Cristóbal. Es el santo patrón de toda mi familia y no le vamos cambiar de nombre ahora, después de tantos años, por muy experto que usted sea, señor.

El experto bíblico quedóse cual estatua de sal como si la esposa de Lot se tratara. Con la mano en alto sosteniendo la sagrada Biblia en actitud de argumento inapelable que no pasó de ademán. Pero la cosa aún podía empeorar y empeoró.

-¿Qué le hubo, güey? ¿Algún problema? No bien vi, que al no presentarse y que lo hizo un piche cagón vine a ver qué vaina estaba ocurriendo.

Era el otro matón. Más grande y amenazador si cabe, que contemplaba la escena de pie ante la fila de asientos del dispar trío.

-Nada hermano, aquí estaba platicando con esta señorita y el piche santurrón este, no más va y dice que el santo no el santo. Que nuestro santo no es San Cristóbal. Y dice que es un experto. ¿Cómo lo ve?

Y entonces tal sucedió como si el tiempo hiciera un bucle hacia atrás y repitiera la misma escena que un minuto antes.

-Oiga, señor –dijo el segundo matón y levantó levemente el ala de su sombrero- Le digo yo, señor, que este es San Cristóbal. Es el santo patrón de toda mi familia y no le vamos cambiar de nombre ahora, después de tantos años, por muy experto que usted sea, señor.

El experto bíblico bajó la mano y con ella la Biblia, claro está, y seguramente deseó verse fuera del avión y puso cara de estar pensando en un paracaídas.

-Mire compadre, vamos a hacer una cosa. Por qué no se va a platicar sobre el santo con mi mamá que está sentada no más al lado de su piche amigo. Ella le platicará quién es el santo. Hágame el favor y déjeme sentarme acá a la vera de mi hermano. ¿Qué le parece?

Debió parecerle de perlas pues, sin abrir la boca más que para decir un educado “señorita” a modo de despedida, corrió pasillo adelante a encontrarse con su amigo y dispuesto a engrosar su cultura santoral de la mano de la que, al parecer, era la madre de aquel par de facinerosos, es decir, la matona madre.
Y allí se quedaron los cuatro: los matones, la señorita y el santo, en animada plática. El santo en el regazo de la dama hierático y solemne con una sonrisa benevolente y un poco picarona. La damisela extasiada con tan buena compañía, hacía ojitos a diestra y siniestra y los matones sin quitar ojos ora al santo, ora a la santa; ora por devoción, ora por … mirar.