jueves, 23 de marzo de 2017

La gallina áfona

Antes de entrar en materia, me considero obligado a hacer una advertencia:  lo que a continuación se detalla puede que no sea del agrado de un amplio sector de la población asturiana. Puede que alguno vea herida su sensibilidad o menoscabadas sus sacrosantas creencias nacionalistas. Me refiero, en concreto,  a todos aquellos que ven en el folklore uno de los baluartes más sólidos de la idiosincrasia astur y en especial a los amantes de la música asturiana en general, y a los diletantes de la gaita en particular. No es la primera vez que desde este foro realizo aseveraciones que son ciertamente controvertidas por atentar contra una de las cosas más sagradas: el sentimiento patriótico astur.
Por ello, debo decir que lo siento y me adelanto a pedir  disculpas de antemano.

El hecho es que,  desde siempre, cada vez que veo una gaita me recuerda a una gallina. Qué le voy a hacer, no puedo evitarlo. Y no lo digo por el sonido que emite la una y la otra, que poco o nada tiene que ver; lo digo por la cresta.
En efecto, no se me negará que el fuelle de la gaita, en especial si es del tradicional color rojo (no las mariconadas que ahora se ven por ahí), tiene cierto  parecido a la cresta de una gallina. Y no digamos con la de un espléndido y pletórico gallo.
Digamos que el fuelle sería,  a mi entender, como un crestón gallináceo de tamaño antediluviano.
Pues bien, esta singular apreciación personal, con el paso del tiempo, ha ido conformándose en mi interior de manera tal que devino en una consideración análoga pero inversa. Me explico: en un proceso elucubrativo bastante natural, según mi entender, pasé de ver la gaita como una gallina a ver una gallina como una gaita.
Así las cosas,  es ver una gallina y me imagino a un paisano vestido de porruano ejecutando el Pericote, el Xiringüelu o  la jota de Pajares.

Pero la cosa no quedó ahí. No sé en qué momento empezó a torcerse algo en mi cabeza y apuntó a germinar en ella una peregrina idea que, con el paso del tiempo, dio en obsesionarme: ¿Sería posible inflar la cresta de una gallina? Me refiero, y siguiendo con la analogía, a que igual que se infla el fuelle de la gaita, de igual manera se inflara el apéndice de la testuz de la citada ave.
Pues bien, he concluido que sí. Pero esto es una aseveración bastante arriesgada que habría de demostrar empíricamente,  claro está, en aras de satisfacer de forma adecuada el procedimiento científico.

Al igual que, tras un larguísimo período de evolución, las alas de las gallináceas fueron perdiendo su función y privaron a estas aves de la enviada virtud de volar. Así, de manera análoga, habría pasado con su cresta. Desconozco qué función era realmente la que tenía este órgano pero es evidente que ya no la ejerce pues salta a la vista que no le  sirve absolutamente para nada. Más allá de que, en ciertas partes de la geografía nacional, tengan el dudoso gusto de servirlas como aperitivo que acompaña el vermú dominical.

Todos hemos oído decir que las aves, junto con los reptiles,  son los animales más próximos a los desaparecidos dinosaurios. Y todos hemos visto en el cine (o en los documentales de La 2) cómo alguno de estos bichejos hacía uso de ciertas membranas que, mediante algún tipo de resorte, se ponían enhiestas con el fin de asustar y/o sorprender a sus depredadores o presas.
Pues bien, tengo yo para mí que la cresta de las aves es un vestigio de una de estas membranas que, debidamente infladas cual si fuera la papada de un sapo, cumpliría la misión antes descrita. Pero, al igual que estos animalitos de Dios perdieron la capacidad de volar habrían perdido la de inflar su cresta. Pero inflable lo es o debería serlo.

Y ahora viene la siguiente cuestión: ¿cómo? Es decir, para poder confirmar esta mi tesis habría que proceder a inflar, de algún modo, la cresta. La tarea no es baladí y debo decir que le he dado bastantes vueltas hasta que al fin supuse que lo lógico sería soplar por el pico hasta conseguir un inflado satisfactorio. Más o menos, habría que proceder de forma semejante a como se hace en una técnica de reanimación boca a boca. Pero en este caso de "boca a pico".
Antes de poner en práctica la hipótesis, más que nada por la carencia de una gallina, decidí dar a la cuestión una vuelta más  y repasé una vez más la analogía con la gaita.
En efecto, al soplar el fuelle del instrumento, una vez inflado por completo el aire debe salir. De hecho ese es el postrero fin de la acción primaria, obteniendo como resultado, como no se le escapa a nadie, la consecuente melodía musical.
Pero aquí es donde se produce una significativa variación en la analogía seguida hasta el momento. Exacto, existe una discrepancia manifiesta en el fin, aun cuando los medios sean los mismos. En caso de la gaita, el fin es el sonido; en el caso de la gallina, obviamente, no. En este último caso, el fin no va más allá del pretendido inflado de la cresta. Luego para evitar el sonido, considerado como un fin último indeseado, habrá que evitar la salida del aire.
¿Cómo? Pues fácil, procediendo a taponar todos los orificios por los que el aire suministrado a la gallina pudiera salir.
Pero, esto plantea dos importantes consideraciones, una buena y otra mala. La buena, es que la gallina es un animal fisiológica y anatómicamente bastante simple. La mala es que, precisamente por ello, el número de orificios a considerar se reduce exclusivamente a uno.
Esto es una mala noticia pues para poner a prueba la hipótesis considerada  es necesario que a al tiempo que se sopla por el pico de la gallina, simultáneamente, hay que proceder a introducir un dedo en el único orificio por donde puede escaparse el aire, consiguiendo de esa manera el inflado de la cresta en cuestión.

Bien se sabe que la ciencia experimental obliga a ciertos sacrificios de los que está libre la mera especulación teórica. Pero todo sea por la ciencia. Pienso poner a prueba mis conjeturas la próxima vez que tenga a mano un gallina aunque. Pero,  por si acaso, procuraré llevar a efecto la maniobra necesaria alejado de miradas curiosas que puedan malinterpretar la acción que, sacada torticeramente de contexto, podría poner en evidencia al más reputado de los científicos.

Sé que el alcance de estas líneas en bastante moderado y por tanto la difusión de mi pretensión no será grande. No obstante, prefiero que quede constancia por escrito de mi pretensión de llevar a cabo una maniobra bastante singular a ojos vista de un espectador ignorante de propósito científico que se persigue.
Así pues, si algún día ven o les llega noticia de que alguien vio o creyó ver a un sujeto intentando hacer sonar a una gallina cual si fuera una gaita, recuerden lo que aquí queda escrito y no den rienda suelta a su primer impulso que imagino no será otro que el de llamar a un manicomio.
Otrosí, siempre que emprendo este tipo de peculiares prácticas pienso en la Arqueología. Quiero decir, a menudo, no somos conscientes de que nuestro presente, será pasado. Y el pasado, será "muy pasado". Tanto que lo que "ahora" es el "ahora" en un futuro muy lejano será un resto arqueológico y, en consecuencia, objeto de estudio por sesudos científicos que, como ahora, tratarán de sacar conclusiones a partir de unos mínimos vestigios descubiertos por azar.
 Y es que el azar es muy puñetero y la imaginación humana demasiado libre y disoluta.
Supongamos que se diera la circunstancia de que se desatara un súbito terremoto y éste desencadenara un movimiento de tierras que de forma malhadada me dejara sepultado justo en el preciso instante en que yo (repito que en aras de la ciencia) estoy realizando la peculiar maniobra de soplar por el pico de una gallina mientras tapono con un dedo su orificio anal.
Si, por añadidura, se dieran las condiciones que, al parecer, son necesarias para que se produzca una fosilización y tanto la gallina como yo pasásemos a un mero vestigio pétreo ya estaría montado el cisco.
La imagen plasmada sobre la piedra de un ancestro homínido intentando hacer sonar una gallina puede dar a sabe Dios qué interpretaciones en la calenturienta y libérrima imaginación de un arqueólogo.

Así las cosas, estoy planteándome  seriamente el llevar a efecto  la comprobación empírica de mi tesis no vaya a ser que, tanto una mala interpretación de un coetáneo como de un futurible observador, ponga en tela de juicio mi buen nombre aunque sea después de muerto. Y de la gallina, por supuesto.

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