jueves, 20 de agosto de 2015

Livingstone

Encontrar una ciudad no africana que esté habitada casi en exclusiva por negros es bastante peculiar. Perdón, quise decir habitada por señores de color. ¿De qué color?: negro.
Como digo resulta bastante extraño. Se dice que Atlanta, en Estados Unidos, o Cienfuegos, en Cuba, tienen un alto índice de personas de esta raza entre sus habitantes. Pero que, de forma casi exclusiva, constituyan el total de la población es bastante raro. Más raro es aún si esa ciudad está en Centroamérica.
Si además esa ciudad, pese a no estar en una isla, sólo es accesible por mar al carecer de carretera o aeropuerto que pueda considerarse tal, entonces es más peculiar aún.
Pues, en efecto, esa ciudad existe; se llama Livingstone. Su nombre parece más propio de un país anglosajón o puede que africano como recuerdo del ilustre explorador escocés.
De hecho existen ciudades homónimas en Luisiana, Alabama o Texas en Estados Unidos, y también en la africana Zambia.  Pero como dije esta ciudad está ubicada en el centro de América, concretamente en Guatemala y es algo tan distinto que se diría es un mundo dentro del mundo.
Se trata de una pequeña ciudad asentada en el extremo de una poco pronunciada península en la desembocadura del río Dulce. Dos mares la aíslan del mundo: uno azul, el Caribe y otro verde, una impenetrable selva tropical.
Apenas cuenta con unas cuantas calles asfaltadas sin apenas coches; ¿para qué? si no pueden ir a ninguna parte. El resto son callejas todas ellas flanqueadas por casitas de madera un tanto destartaladas con diminutos porches donde enormes matronas negras, de celosa intimidad (¡fotos no, fotos no!), se balancean en pesadas mecedoras mientras contemplan como enjambres de críos semidesnudos se rebozan en el polvo con la excusa de algún juego.
La calle principal, por así decir, está bien surtida de establecimientos hosteleros donde los turistas tratan de aliviar el calor ahogándose en cerveza mientras contemplan el ir y venir de los lugareños y de otros turistas. Éstos arrastrando sus cámaras prestas al disparo; los otros, arrastrando las chanclas perezosamente mientras acarrean los más peregrinos objetos. Eso es todo lo que ofrece la ciudad. Eso y una agitada vida nocturna en garitos salidos de un anuncio de ron. Las mañanas resacosas tienen el alivio de unas playas largas y estrechas donde tumbarse a la sombra de cocoteros que se inclinan inverosímilmente sobre las olas como si quisieran darse un chapuzón.
Al parecer el origen de esta ciudad está en el asentamiento que fueron haciendo los esclavos negros (de color) que en su día decidieron recuperar su libertad aun a costa de verse atrapados en tan aislado lugar. Este tipo de leyendas, ciertas o no, resultan difíciles de creer pues si los escapados sabían a dónde acudir, es de suponer que los esclavizadores también sabrían del lugar por lo que sólo tendrían que pasarse por allí de vez en cuando a recuperar "sus posesiones". En fin, no seré yo quien ponga en duda la historiografía de nadie.
Sea como fuere, se comenta en la ciudad que ese áurea de aislamiento, de confinamiento más bien, resulta ser el mayor atractivo de la ciudad. De esta manera, con el paso de los años ha ido recalando por allí, con el fin de "perderse", la más variada fauna de personajes.
Allí recalan "hippies" trasnochados en busca de paz (y amor), místicos que buscan encontrarse a sí mismos (tras hacer el Camino de Santiago y no conseguirlo), ejecutivos agresivos que vieron la luz tras leer un libro de autoayuda, perroflautas malavaristas que buscaban nuevas experiencias, lectores de Claudio Coello y Jorge Bucay que perdieron el poco juicio que tenían tras meterse entre pecho y espalda las obras completas de ambos. También están, claro está, los avergonzados de sí mismos o de sus actos. Cuentan las malas lenguas que por allí recalan prófugos de la justicia y sotto voce esas mismas lenguas cuchichean algo sobre pederastia y otros delitos nefandos.
Que digo yo de nuevo que, si fuese así, poco crédito me merece la Interpol si no se da una vuelta por allí para ver lo que se cuece.
De ahí que el mayor divertimento de la pequeña ciudad es sentarse en una terraza pertrechado de una bebida bien fría, ver pasar gente y dejar correr la imaginación respecto a la supuesta vida pasada de la fauna que deambula del pequeño puerto a la playa y al revés.
En eso estaba yo aquella noche cuando mi acompañante, un mulato de tan divertida conversación como fácil carcajada, me contaba rocambolescas historias de la ciudad de la que era asiduo desde hacía años por motivos laborales. En un momento dado de la conversación, acertó a pasar por allí una pareja de lugareños, acompañados de un tierno infante de no más de dos años. Todos negros (de color) como un tizón. Saludaron muy efusivamente a mi acompañante y a mí con educada cortesía. Entablaron una amena charla que denotaba familiaridad y en un momento dado mi compañero les pidió que posaran los tres para una foto con el fin de enviársela a un amigo común. Ellos muy dispuestos, se colocaron ufanos y esbozaron una amplia sonrisa mirando a la cámara.
Luego, un rato más de cháchara y despedida tan efusiva como el encuentro y plagada de buenos deseos y parabienes. No bien se hubieron ido los tres "livingstonianos" mi amigo repasó la foto recién hecha en su cámara digital. Su rostro esbozó una sonrisa que devino en sonoras carcajadas. Como quiera que no dejaba de reír hasta las lágrimas no pude por menos de preguntar la causa de su hilaridad. Él, como pudo, se recompuso y me enseñó la foto.
La verdad sea dicha que a mí me costó distinguir algo en la instantánea. En la pequeña pantalla no se veía otra cosa que oscuridad. Fue entonces cuando él, entre risas, me hizo ver que en eso radicaba precisamente la gracia: en que no se veía nada. Me hizo reparar en algo apenas perceptible y que era el motivo de su mofa. Efectivamente, fijándose bien, de entre la oscuridad más absoluta destacaban, a duras penas, unas manchas blancas que debidamente interpretadas correspondían al blanco de los ojos y los dientes de los recién fotografiados. Por lo demás, la oscuridad de la noche se había fundido con la negritud de sus amigos de manera tal que todo era un enorme fondo negro con tres sonrisas y seis ojos.
Evidentemente no pude por menos que secundar la risa de mi amigo al cual le divertía la idea de la cara que iba a poner el destinatario de la foto que por mucho empeño que pusiera no iba a poder reconocer a nada ni a nadie.
Más tarde me dio por pensar que la Interpol lo tenía más fácil aún: si hace una redada por la noche, basta con detener como sospechosos a los paseantes que vea, es decir, a los blancos. El resto, son de allí, fijo que no son prófugos, y si alguna vez huyeron de la justicia fue hace mucho tiempo, tanto que seguro los delitos ya han prescrito. Si es verdad lo que se cuenta, claro.

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