Nunca he sido un amante de la tauromaquia. No recuerdo haber visto nunca una corrida de toros entera. Y aunque sí reconozco que disfruto al escuchar la jerga taurina, me siento muy alejado del llamado arte Cúchares.
Sin embargo, hay un episodio en mi vida en la que me vi totalmente imbuido en un lance taurino en toda regla y debo añadir que fue una de las cosas más hilarantes que recuerdo.
Lo lamento por aquellos que pensarán: “Una batallita de mili más, no, ¡por favor!”. Pues lo siento, pero sí. Es lo que hay.
En efecto, como queda dicho en otra entrada de este entretenimiento de los “ceros y los unos”, yo, en el Servicio Militar, estuve destinado durante un tiempo en la Banda de Música del Cuartel, con el cargo de platillero mayor. Bueno, mayor y menor, pues sólo había uno. También queda dicho que, cuando el tiempo acompañaba, los ensayos de la banda en cuestión se hacían en un pinar aledaño al cuartel con loable propósito de no molestar a eventuales oyentes.
La banda estaba al cargo de un par brigadas cuyos conocimientos musicales no iban más allá de haber tocado la “turuta”en alguna comparsa de carnaval. Ambos, como buenos funcionarios, se ausentaban de sus labores, que no eran muchas, durante un tiempo bastante prolongado a la “hora del bocadillo” y dejaban al grueso de la banda “abandonada” en el pinar. Bueno, en realidad, quedaba al cargo un cabo primero cuya autoridad podría compararse a la que tengo yo en mi propia casa, es decir, ninguna.
Pues bien, como quiera, que en la banda había soldados de todo origen y condición no faltaban representantes de la España meridional que llevaban en la sangre el amor a los toros y , cómo no, a la juerga. Así que, entre éstos, los más veteranos tenían por costumbre aprovechar la ausencia de la autoridad para montar unas peculiares corridas de toros. De ahí que tuve ocasión de asistir, e incluso participar activamente, en uno de aquellos saraos.
En un claro del bosque nos situamos todos haciendo un gran círculo y, acto seguido, se procedió a repartir los papeles que cada uno iba a representar en el espectáculo. Así, uno de los emprendedores del asunto se atribuyó rápidamente el papel protagonista, esto es, el de torero.
Luego, se asignó el difícil papel de “toro” que correspondió al cornetín de órdenes. Éste era un muchacho más ancho que alto, tanto que todos nos preguntábamos cómo era posible que hubiera pasado los estándares físicos exigidos para ejercer como militar de reemplazo. Como todo cornetín, portaba siempre consigo una pequeña corneta (cornetín) que amarraba al cinturón como era preceptivo. Este buen muchacho que, al parecer ya había ejercido anteriormente de sufrido morlaco, se hizo con un par de baquetas a modo de cuernos para embestir mejor al engaño aunque, con todo y con eso, su fiereza y bravura estaba muy lejos de infundir el mínimo respeto.
También, cómo no, se eligió a un banderillero. No fueron pocos los voluntarios pero la suerte recayó en otro veterano que, como es propio, se hizo con otro par de baquetas a modo de banderillas. Al tiempo, se nombró un picador que, a su vez, escogió de entre los presentes al chico más alto que encontró para hacer de su caballo al que “montó” de seguido e hizo maniobrar demostrando ambos una compenetración equina digna de admiración.
Pues bien, una vez elegido el elenco, procedióse a realizar el solemne paseíllo para lo cual, como corresponde, el resto de la banda se arrancó con los campases de un gallardo pasodoble.
Hechos los saludos protocolarios a la presidencia honor que correspondía, cómo no, al cabo primero, y al público en general, se dispuso todo para dar comienzo a la corrida. Uno de los mejores cornetas de la banda fue el encargado hacer la llamada los toriles secundado por un par de tambores. Y acto seguido, irrumpió el toro en el ruedo bufando y recorriendo amenazadoramente todo el ruedo haciendo ostentación de unos astifinos cuernos… de madera.
No tardó en aparecer el torero que fue recibido con vítores y aplausos del público asistente que tenía el doble papel de delimitar el ruedo y acompañar, cuando fuera preciso, con música la faena.
El toro se fue directo hacía el coleta y éste efectúo unos acertadísimos pases de capote, a la sazón el chaquetón verde de nuestra indumentaria. El público saludó con grandes vítores cada uno de los espectaculares pases: una chicuelina por alllí, una verónica por allá, alguna que otra larga cambiada y finalizando con un desplante muy torero.
Sonó de nuevo la corneta, haciendo la llamada para dar paso al tercio de varas. Salieron el picador y su montura al anillo y el morlaco, aún sin desbravar, arremetió contra ambos sin compasión. Como resultado del ímpetu del toro-cornetín los tres se fueron al suelo con la mala fortuna de que el orondo muchacho cayó encima del cornetín que llevaba en la cintura. Como quiera que su peso era considerable el cornetín de marras quedó aplastado por completo. Las carcajadas, incluidas las del toro, fueron sonoras si bien una vez finalizada la corrida hubo que recomponer, hasta donde se pudo, el malogrado cornetín calentándolo al calor de una lumbre y tratando de devolverle la forma original para que los brigadas no advirtieran el desastre.
No obstante, la corrida hubo de continuar y una nueva llamada de trompeta anunció un cambio de tercio. El banderillero, muy hábil de tobillos, realizó su labor con aseo, dignidad y no exenta de lucimiento lo que fue recompensado por el público con un sonoro aplauso que el auxiliar correspondió con ademanes muy toreros.
Y, por fin, una nueva llamada dio paso a la labor de muleta; esta vez confeccionada con una chaquetilla del traje y el palo del bosque que mejor y más tieso se encontró haciendo la veces de espada.
El torero hizo gala con su pases al natural de una técnica y un arrojo sin par. Salpicó su faena con magníficas manoletinas, pases de pecho y demás repetorio lo que el público recompensó con entusiastas olés y no faltó, claro está, quienes gritaron con fervor: “Música, maestro”.
Como era de esperar no se hicieron de rogar los miembros de la banda que atacaron con decisión y acierto “Amparito Roca”.
El diestro, imbuido de un espíritu torero sin par, dio muestras de conocer una gran variedad de lances, tanto con la mano derecha como con la zurda deleitándose en la suerte durante una faena diríase que un tanto prolongada en exceso.
El toro, que ya no estaba para muchos trotes, pidió educadamente al torero que finalizara ya la faena o moriría de agotamiento. Compasivo el diestro procedió a dar paso a la suerte final que ejecutó con maestría y limpieza lo que arrancó del público más aplausos y de nuevo la música.
El toro quedó tieso sin falta de puntilla mas por agotamiento que fruto de la estocada.
No tardaron a salir al ruedo los mulilleros que con una cuerda hecha con los cinturones lo ataron por los pies y procedieron a arrastrar al morlaco en derredor de la plaza como tributo a su bravura y bien hacer.
Una vez extraído el toro, que tardó un buen rato en recuperar la compostura, el torero dio una triunfal vuelta al ruedo al son de la música que gustosamente interpretaba la banda al completo, a excepción de un saxofonista que era quien, en ese momento, estaba saludando gallardamente al público asistente.
A la voz de “¡al loro!” todo hubo finalizar apresuradamente pues en lontananza asomaban los galones de los brigadas. Cada cual volvió lo más decorosamente posible a sus posiciones y a las órdenes del cabo, mal que bien, se trató de ejecutar una marcha militar tal y que era de esperar de una banda castrense.
No tuve ocasión de asistir nuevamente a aquel divertimento toda vez que el mal tiempo no permitió nuestras visitas al pinar y hubo que ensayar la mayoría de los días en las duchas del cuartel. Experiencia también bastante peculiar, sea dicho de paso, pero que será detallada en otra mejor ocasión.





