<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623</id><updated>2012-02-16T19:44:17.912+01:00</updated><category term='Biografía'/><category term='Viajes'/><category term='Opinion'/><title type='text'>El mundo en ceros y unos</title><subtitle type='html'>Una visión particular de lo que me rodea o me ha rodeado. Visión que, siempre que me sea posible, habrá de ser de perfil, esto es, con humor.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>24</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-4095716343536322190</id><published>2011-12-24T20:25:00.002+01:00</published><updated>2011-12-24T20:26:28.684+01:00</updated><title type='text'>TRAPITOS</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-jNkoS3xZEgQ/TvYnVOiUu8I/AAAAAAAADps/RTZJRqmA2Es/s1600/trenca2.jpg"&gt;&lt;img style="float: right; margin: 0pt 0pt 10px 10px; cursor: pointer; width: 128px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-jNkoS3xZEgQ/TvYnVOiUu8I/AAAAAAAADps/RTZJRqmA2Es/s320/trenca2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5689778424861998018" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;A raíz de mi última entrada en el blog, acudieron a mi memoria episodios de mi pasado relacionados con la indumentaria a la que me sometía mi madre y no pude por menos que entresacar de entre todos algunos de los momentos más inolvidables y algunos de los “modelitos” más peculiares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entendamos aquí peculiares en el sentido estricto de que se hacían notorios de alguna u otra manera por sus especiales características. Como queda dicho  mi señora madre tenía un gran sentido práctico de la vida. La elección de la ropa con que nos disfrazaba (perdón, quise decir vestía) no podía ser una excepción.&lt;br /&gt;Ya comenté en su momento que ella siempre nos compraba ropa que reunía dos importantes características: una, que fuese de calidad (entiéndase, duradera)  y, otra, que fuese económica. Ni que decir tiene que la estética no tenía cabida en este binomio, era una cuestión accesoria: si la prenda, además de barata y duradera era bonita, pues miel sobre hojuelas, si no... qué se le va hacer. Y  así era en la mayoría de los casos. En consecuencia, así pasé yo gran parte de mi niñez y pubertad: vestido con horrorosas prendas que, además, eran eternas.&lt;br /&gt;De la primera prenda de la que tengo memoria es de unos pantalones  cortos de “escay”. No de cuero, no, de escay. Los había hecho, con sus propias manos, y tenían un llamativo color verde-puñeta. Eran tan rígidos que si se ponían en el suelo sobre las perneras se quedaban tan tiesos como si albergaran dentro  mi propio cuerpo.  Tenían un problema: cuando les daba el sol directamente reblandecían y alcanzaban una temperatura tan notable que sería posible cocer unos huevos en su interior. Y de hecho ocurría o, más bien, ocurrió y eso puede explicar muchas cosas al día hoy, sobre todo lo relacionado con mi descendencia. Sin embargo, tenían una ventaja: suponían una buena coraza contra los azotes de la zapatilla materna. Y como eran más frecuentes los azotes que los días de sol yo salía ganando. Incluso  aprovechaba cuando me los ponía para perpetrar alguna trastada que tenía pendiente.  Los conservé muchos años con el impecable aspecto del primer día; acabé retirándolos cuando las piernas se me llenaron de pelos y hacía feo. Claro.&lt;br /&gt;Conservo también un buen recuerdo de una trenca marrón que, como siempre, mi madre compró con “crecederas”. Esto es, con el fin de que sacara partido de su asegurada  larga duración y que la talla no supusiera un problema, me la compró  un “poco” más grande de la cuenta. Mi cuerpecillo se perdía dentro de aquel  imponente abrigo. Era tal su desmesura que yo era capaz de girar dentro de la trenca sin que ésta se moviera un ápice. Así, los ocasionales espectadores quedaban atónitos al comprobar cómo mis pies y mi cabeza giraban media vuelta hasta ponerse en sentido contrario mientras la abotonadura de la prenda permanecía mirando al frente. Este espectáculo causaba gran hilaridad entre el público en general pero no era de especial agrado para mi madre que me miraba con unos ojos inyectados en sangre que no hacían presagiar nada bueno para mi inmediato futuro.&lt;br /&gt;El problema de la holgura se ponía de manifiesto cuando, al arrancar a andar, lo hacía yo primero y, segundos más tarde, me seguía la trenca; o bien, cuando al frenar bruscamente la marcha,  se me venía encima obligándome a dar un pequeño traspié si quería conservar el equilibrio. Así, estuve años, hasta que la naturaleza se apiadó de mí y tuvo a bien otorgarme un cuerpo lo suficientemente acorde con el tamaño de la prenda. Siempre me asombró el buen ojo que tenía mi madre para saber cuál iba a ser el tamaño que yo iba a tener de mayor. O tal vez mi crecimiento se vio constreñido por el tamaño de mi indumentaria. No lo sé, si esta última fuese la razón, lástima que no  hubiera escogido una talla aún mayor pues a estas alturas tendría yo una envergadura envidiable.  En fin, que la trenca en cuestión  se conservó durante muchos años en un armario e incluso llegué a hacer  de ella un uso  ocasional; pero desistí  el día que me llevé a la boca lo que yo creí se trababa de un caramelo olvidado en el bolsillo y era, en realidad,  una de aquellas bolitas de naftalina que salvaguardaban su vejez y a las que mi madre era muy aficionada.&lt;br /&gt;¿Y los zapatos? ¿Qué decir de los zapatos? Cómo será que, en cierta ocasión, una compañera de clase (“La Chamorro”, para más señas) muy prudente ella me espetó, de buenas a primeras, que si tenía algún problema en los pies. Extrañado yo por aquella intempestiva pregunta aclaróme ella que lo decía porque  “como siempre llevaba unos zapatos tan raros...”. Fue la primera vez que fui consciente de que, efectivamente, siempre me había caracterizado por gastar un calzado bastante peculiar. Duradero, eso sí, pero peculiar.&lt;br /&gt;Tenía yo unos playeros que, bien mirados, eran  más propios de  la indumentaria de un payaso que indicados para la práctica deportiva. Diferentes tonos de verde combinados con amarillo y unos ribetes negros les daban un toque especial. La forma no  iba a la zaga: tenían el talón recortado en chaflán  lo que confería  a mis andares un estilo muy particular al no “hacer pie” de forma natural. Digamos que  eran los  predecesores de esos tan modernos  que tienen por suela un balancín.&lt;br /&gt;Pero recuerdo especialmente unas botas excepcionales. Eran de media caña con cremallera interior. Rojas. Sí, rojas y con la suela de goma gruesa de color blanco y borreguillo interior, muy abrigadas. Muy discretas. Indestructibles. Doy fe de ello pues, en vano, puse todo mi empeño en hacerlas trizas.  Tenían, además, una curiosa particularidad: eran “calcetinófagas”. Es decir, se alimentaban de calcetines. Uno salía de casa con aquellos horrorosos calcetines con que mi abuela me había obsequiado como regalo de Reyes  (allá por el mes de agosto)  y, no bien  había andado unos  pasos, los  calcetines desaparecían. Y así par tras par. Era una misteriosa cualidad sólo comparable a la conocida habilidad que tienen las lavadoras para hacer desaparecer esa prenda, con la salvedad de que éstas sólo desaparecen uno de cada vez. ¿A dónde van a parar los calcetines cuando desaparecen? Donde quiera que sea, gran parte de los que pueblan ese lugar son míos.&lt;br /&gt;Pues bien, esas botas aún se conservan. Las heredó mi señor padre que las saca a pasear a menudo y les mantiene la dieta, por supuesto.&lt;br /&gt;Mención muy especial merece un pijama que me acompañó durante muchos años y que aún se conserva para asombro de propios y extraños. Tiene un color indeterminado, tirando a beige, y con pintas. Se trata de un “esquijama” de material sintético que tiene la especial capacidad de generar energía electroestática en cantidades sorprendentes. Después de pasar una noche en la cama, cuando me desprendía de él y lo arrojaba sobre la cama, todo el bello de mi cuerpo se erizaba en la misma dirección que había tomado el pijama. El cabello también seguía la misma pauta hasta tal punto que no necesitaba peinarme: perdida la electricidad se asentaba sobre mi cabeza todo en el mismo orden y dirección tal cual me hubiese lamido una vaca. Un portento. Más sorprendente aún era que, por la noche, brillaba en la oscuridad. La energía acumulada desprendía un luminoso halo en derredor de mi cuerpo de tal manera que no necesitaba encender la luz para ir al baño en plena noche. Cualquiera que se cruzase conmigo por el pasillo de casa creería,  sin ambages, que estaba ante la presencia de una aparición divina rodeada de un halo de santidad. Como imagino que habría más pijamas que el mío, cabe preguntarse por el verdadero origen de ciertas apariciones marianas de relumbrón y relativamente recientes.&lt;br /&gt;El pijama en cuestión  tenía un problema que venía derivado de que en mi casa había otro igual: el de mi hermano. Este, en color granate chillón. Pues bien, cuando se daba la circunstancia de que ambos, mi hermano y yo (que a la sazón dormíamos en camas vecinas), nos levantábamos a un tiempo se desataba de inmediato toda una parafernalia de fenómenos eléctricos entre uno y otro. Chispazos, rayos, descargas y toda profusión de luminarias fruto de la carga energética que ambos pijamas albergaban. Todo realmente inofensivo pero muy vistoso y espectacular como si de una noche de fuegos artificiales se tratase.&lt;br /&gt;Con todo, pese a los años que gasté el pijama nunca fui del todo consciente de su peculiar aspecto hasta que fui a la mili. Mi madre entendió que era la prenda apropiada para llevar en aquella ocasión y así lo hice. Aún hoy me da cierto apuro contar la experiencia vivida. Recuerdo un pabellón larguísimo que albergaba no menos de doscientos reclutas en interminables filas de literas. Yo dormía en un extremo y los baños estaban justo en el contrario. El momento anterior a la retreta siempre era de gran algarabía como corresponde a esa circunstancia y a la edad de los mozos. Pues bien, cuando aquella noche emprendí camino al baño, con la sacrosanta costumbre de dar una postrera relajación  a mis esfínteres, advertí extrañado que, a mi paso, se iba haciendo un sepulcral silencio a lo largo de todo el pabellón y luego seguía un intenso murmullo. No sin cierta congoja por la expectación que despertaba mi sola presencia procedí a mi tarea mingitoria y al salir y recorrer el camino a la inversa el murmullo había devenido en carcajadas  y alusiones a mi pijama. De entre tanta hilaridad destacó una voz que en perfecto “cordobés” exclamó: “¡Adiós, tú, Spiderman!”. Y con ese nombre me quedé. Con ese nombre y con el pijama, claro está. Y aún lo conservo por si alguna vez tengo oportunidad de participar en alguna fiesta de pijamas de la que seguro me echarán por “abusón”.&lt;br /&gt;En fin, otra ocasión habrá de hablar de aquellas “pachangas” que mortificaron cruelmente mis infantiles pies, o de aquel “plexiglás” con gorra a juego  que me acompañó años al colegio, o bien las corbatas de “estiraytoma” que aderezaban mis galas domingueras, las sempiternas zapatillas de cuadros convertidas en chinelas con mirilla para el dedo gordo tras su prolongado uso, los jerséis de lana convertidos chalecos imposibles, los vaqueros artesanos pobre remedo de unos quiméricos Lee,  la elegante y versátil batita de “buatiné” ... Todo un universo textil  que, al echar la vista atrás, me produce, con carácter retroactivo, cierto sonrojo, pero que, como contrapartida, me ofrece el consuelo de que, a pesar de todo, no me ha traumatizado más que un poco. Un poco. Bueno,  no tan poco.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-4095716343536322190?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/4095716343536322190/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=4095716343536322190' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/4095716343536322190'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/4095716343536322190'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2011/12/trapitos.html' title='TRAPITOS'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-jNkoS3xZEgQ/TvYnVOiUu8I/AAAAAAAADps/RTZJRqmA2Es/s72-c/trenca2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-5397318816248201532</id><published>2011-12-18T12:23:00.001+01:00</published><updated>2011-12-18T12:25:47.706+01:00</updated><title type='text'>El difícil camino hacia la elegancia</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/-Vp4r9cvzZAY/Tu3Nr04MsPI/AAAAAAAADpg/Vq2mn0MD598/s1600/vestidos.jpg"&gt;&lt;img style="float: right; margin: 0pt 0pt 10px 10px; cursor: pointer; width: 248px; height: 203px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-Vp4r9cvzZAY/Tu3Nr04MsPI/AAAAAAAADpg/Vq2mn0MD598/s320/vestidos.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5687428057251229938" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Yo hubiese querido ser un hombre elegante. Pero en mi camino hacia la elegancia se cruzó mi santa madre. No estoy hablando de una elegancia inglesa tipo David Niven, sino de algo  menos solemne o encorsetado, hablo de algo más recatado. Una elegancia más de andar por casa, vamos. De esas que te permite saber combinar colores, saber cuál es la  mejor elección en cada momento, esas cosas.  Se trata, más bien, de  un “saber vestir”.&lt;br /&gt;Pero, como digo, me tocó en suerte una progenitora con un curioso sentido de la estética masculina. Y preciso lo de “masculina” porque, en lo tocante a su persona y, por extensión, al género femenino gozaba, sin embargo, de un gusto exquisito. Digamos que, pese a no abogar decididamente por lo del “hombre y el oso”, sí consideraba que el hombre, como tal, debía estar tocado de otras virtudes más esenciales y no tan frívolas como el saber  vestir.&lt;br /&gt;En ella primaba más la limpieza que la estética; el orden que la presunción;  el sentido práctico que los vanos aderezos, y el ahorro que el buen gusto en la indumentaria.&lt;br /&gt;Cuando yo era niño decíase que el “uso de razón” era algo que se adquiría a la temprana edad de siete años, coincidiendo con la primera comunión. Ignoro si la primera ingesta de la sagrada forma confería al sujeto esa capacidad o si, por el contrario, se administraba la hostia (con perdón) a aquél que se consideraba había adquirido ya criterio propio.  Sea como sea, tengo para mí que el “uso de razón” se adquiere cuando uno toma conciencia de sí mismo, y eso, en mi caso, tuvo lugar a la avanzada edad de 17 años. A  no ser que yo, como todos, a los siete años tuviera la “razón” pero no el “uso”, pero esa es cuestión a tratar en para mejor ocasión.&lt;br /&gt;El caso es que, como digo,  yo adquirí conciencia de mi propio ser bien avanzada la adolescencia. Y cuando digo mi “ser” quiero decir por dentro y por fuera. Y esto significa que hasta entonces no fui consciente de que, si bien interiormente no era un dechado de perfección, exteriormente, al parecer, era un auténtico esperpento, según me fue referido por cuantos coetáneos me topaba al paso, especialmente si del género femenino se trataba.&lt;br /&gt;Hasta entonces había sido un maniquí en manos de mi señora madre que padecía  de lo que se da en llamar “Síndrome de Kent”. Ya saben, el de la Barbie.  Hasta aquel entonces en ningún momento me habría planteado, y mucho menos cuestionado, que sus elecciones, en lo relativo a mi indumentaria, pudieran ser objeto de reproche alguno.  Antes al contrario, bien orgulloso me sentía de poder lucir aquellos modelitos que tan amorosamente me confeccionaba con sus propias manos y de los que ella se mostraba tan contenta y orgullosa. ¡Qué pantalones! ¡Qué jerseys! ¡Qué manos, las de mi madre!&lt;br /&gt;Pero algo empezó a quebrarse en mi interior cuando, la crueldad de alguno de mis compañeros, y especialmente “compañeras”, me hicieron ver una odiosa realidad. Con sus críticas y sus burlas (sí, burlas) sobre mi aspecto fueron abriéndome la puerta a un nuevo mundo desconocido y arcano del que yo no había tenido noticia hasta entonces.&lt;br /&gt;Fui  tomando conciencia de  aquellos horrorosos colores,  de aquellas combinaciones imposibles, de aquellos cuadros, aquellas rayas, de aquellas formas trasnochadas...  ¡Dios mío, qué había hecho conmigo mi madre! Era un monstruo sin yo saberlo. Debo reconocer que sentí vergüenza con carácter retroactivo: ¡diecisiete años de vergüenza! Es mucha vergüenza.&lt;br /&gt;Como no podía ser menos, el adolescente que aún vivía en mí decidió rebelarse y cambiar las cosas. No obstante, era difícil pues no tenía yo nociones bastantes respecto a cómo proceder con la elección de mi vestimenta. Se me habían hecho llegar, de forma inconexa y apresurada,  unos principios básicos respecto a combinación de colores (marrón y azul, ¡nunca!) o de figuras (cuadros y rayas, ¡jamás!) que apenas si eran suficiente base sobre la que asentar una incipiente elegancia en el vestir pero que, al menos, y duras penas trataban de paliar mi estrafalario aspecto.&lt;br /&gt;Los primeros intentos de modificar ese estado de cosas fueron recibidos con recelo, cuando no con manifiesto rechazo, por mi madre a la que no se le escapaba una y sabía que aquella rebelión obedecía a  influencias foráneas: “¿Quién te meterá a ti eses coses en la cabeza?”- refunfuñaba cuando yo ponía resistencia a enfundar un jersey azul con un pantalón marrón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos mis males devenían, como digo, de  estar por completo en manos de mi madre que tenía unos principios muy arraigados. Lo importante era ir limpio y doy fe que yo era un jaspe con patas. También era amiga del orden, de modo y manera que la elección periódica de camisa, jersey y pantalón obedecía a un riguroso orden en función de cuál de esas prendas estuvieran más arriba en el montón correspondiente del armario ropero. Si el jersey que tocaba era azul de cuadros, el pantalón marrón de rayas y la camisa verde estampada pues... a jorobarse. Es lo que toca y “¡no se te ocurra desordenar el armario!” eligiendo colores so pena de cortarme las manos.&lt;br /&gt;Su sentido  práctico y del ahorro hacía que la gran mayoría de la ropa que yo gastaba fuera confeccionada por ella misma. Rara vez se recurría la amplia oferta comercial del ramo  pero de hacerlo ella reducía esa oferta a uno o dos establecimientos que no se caracterizaban precisamente por ir a la vanguardia de la moda, por mucho que llevaran sugerentes nombres como “Novedades Eloína” o “Confecciones La Nueva Ola”. De lo que sí puedo dar fe es de que vendían un género de primerísima calidad a juzgar por la duración del mismo. Por ello, decir que  yo “gastaba” una prenda es una auténtica hipérbole. Gastar, lo que se dice gastar, aquello no se gastaba nunca. Duraba años y años, y sólo cuando los cuellos de los jerseys me cortaban la circulación de la sangre; los pantalones a duras penas me tapaban los tobillos, o los botones de las camisas saltaban cual proyectiles a los ojos de los viandantes debido los prodigios que la sabia naturaleza obraba en mí,  sólo entonces aquella prenda se retiraba de su uso ordinario.&lt;br /&gt;Obsérvese que digo “uso ordinario” pues aun entonces esa prenda, previa ingeniosa transformación (mi madre fue pionera en el reciclaje), adoptaba un nuevo uso  (bayetas, cinturillas, retales...) que prolongaban su vida “ad eternum” .  Yo tengo visto como una camisa mía se transformaba en un mantel, o un jersey de lana en un par de calcetines, o un pantalón de pana en el tapizado de una banqueta.&lt;br /&gt;Capítulo aparte merecen los zapatos. Entre las muchas virtudes de mi señora madre no estaba la de hacer zapatos, luego se veía obligada a recurrir a establecimientos especializados en el ramo. Pero éstos eran del mismo jaez que los textiles. Me adelanto a decir que calzo un número 37, a todas luces talla en exceso pequeña en correspondencia con mi estatura. Añado que  padezco de un modélico pie cabo. Ambas características las imputo,  sin duda,  a que, dada la duración del calzado, siempre prolongué su uso más allá de lo aconsejable comprimiendo mis pies y evitando que éstos expansionaran naturalmente. Es decir, mi madre era fiel seguidora de la técnica china de empequeñecer los pies con la que alcanzó notables resultados.&lt;br /&gt;Con todos estos antecedentes era de esperar que mi aspecto exterior no fuera precisamente atractivo. Tanto es así que cuando, tras arduos esfuerzos conseguía alguna cita con alguna chica de mi interés, al verme llegar en lontananza con aquel peculiar aspecto se batía en retirada, hecho éste del que tuve conocimiento años más tarde cuando mi querida esposa me confesó que en más de una ocasión estuvo a punto de huir despavorida antes de que nadie pudiera relacionarla conmigo. ¡Traidora!&lt;br /&gt;Debo añadir que hubo un período crítico en el que mi lucha por sacudirme de encima la influencia materna auspiciado y fomentado por agentes externos puso en marcha una contraofensiva materna que consistía en boicotear con contundencia cualquier intento de trastocar el estado de cosas. En aquel período, si alguien me regalaba alguna prenda o a mí, cosa extraña, se me ocurría comprarla, mi madre se encargaba de inmediato de destrozar la pieza “sin querer” en la lavadora, con la plancha, en el tendal... Aún recuerdo aquella maravillosa chaqueta de lana que me había traído de un exótico viaje  y que yo no me quitaba ni para dormir.  Cuando no quedó más remedio que lavarla y mi madre se  hizo cargo de ella me puse en lo peor. Y así fue: mi madre hizo uso de sus amplios conocimientos en “jibarización” y la redujo a un tamaño tal que a  la mismísima Barbie le hubiese tirado de la sisa. ¡Qué disgusto, qué aflicción!&lt;br /&gt;Pero he de decir que a día de hoy son un hombre casi por completo rehabilitado. Gracias a los sabios cuidados y consejos de mi esposa luzco un aspecto relativamente normal, si bien aún, de cuando en cuando, cometo alguna torpeza de forma totalmente inconsciente. Vaya en mi descargo el hecho de que desarrollo mi actividad laboral en Oviedo y que, como es mundialmente conocido, allí el listón en cuestión de elegancia en el vestir está muy alto. Pero, gracias a Dios, ya se encargan mis compañeros, esos del Oviedín de toda la vida, de  reprenderme convenientemente si cometo la tropelía de poner una camisa de cuello debajo de jerséis de cisne o cuando quito la americana al superar el termómetro los 48 grados, etc. etc. Y es que uno no acaba nunca de aprender.&lt;br /&gt;Espero haber aprendido lo suficiente como para que, llegado el día de mi muerte, pueda ser, como dijo James Dean, un “bonito y elegante cadáver”.  Por si acaso ya he elegido una urna funeraria  en tonos azulados haciendo juego con el color de mis ojos. No sólo hay que morir con dignidad, también hay que hacerlo elegantemente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-5397318816248201532?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/5397318816248201532/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=5397318816248201532' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5397318816248201532'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5397318816248201532'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2011/12/el-dificil-camino-hacia-la-elegancia.html' title='El difícil camino hacia la elegancia'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-Vp4r9cvzZAY/Tu3Nr04MsPI/AAAAAAAADpg/Vq2mn0MD598/s72-c/vestidos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-1221882652648716562</id><published>2011-12-09T20:15:00.003+01:00</published><updated>2011-12-14T18:00:05.786+01:00</updated><title type='text'>Matones aéreos</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-wCgv_9Z0GH4/TuJe4WFKeHI/AAAAAAAADpQ/zQK7vgurT_M/s1600/SANcRISTOBAL.jpg"&gt;&lt;img style="float: right; margin: 0pt 0pt 10px 10px; cursor: pointer; width: 121px; height: 161px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-wCgv_9Z0GH4/TuJe4WFKeHI/AAAAAAAADpQ/zQK7vgurT_M/s320/SANcRISTOBAL.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5684210001787910258" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aeropuerto de vuelos domésticos de México D.F. es como todos los demás. Y, como todos los demás, permite observar la más diversa fauna, con las peculiares características de cada país, por supuesto.&lt;br /&gt;Era el caso de unos personajes que deambulaban, matando las interminables horas de espera, por entre las tiendas del “dutifrí”. Tenían estos tipos  un aspecto realmente llamativo: sombreros blancos al más típico estilo JR rematado con dos tiras de cuero acabadas en borlitas plateadas, camisas negras de satén  y botas camperas de tacón alto  bien repujadas y pobladas de remaches. Al verlas pensé en la algarabía que se iba a desatar cuando pasaran el escáner de seguridad.&lt;br /&gt;Pero lo más chocante de su aspecto era el  enorme crucifijo que portaban colgado al cuello. No casaba del todo bien con aquel estilo de matón a sueldo y que parecía la encarnación  de algún héroe de  narcocorrido de los troveros de Sinaloa.&lt;br /&gt;No cabía duda, aquella extraña amalgama entre lo sacro y lo mafioso era una de las muchas y muy variadas manifestaciones de la peculiar manera de vivir la Religión que tienen los mexicanos.&lt;br /&gt;La suerte quiso que aquellos grotescos personajes hubieran  de viajar con nosotros en el mismo vuelo. Sentados unas filas más adelante, aún habrían de depararnos un hecho aún más llamativo y sorprendente, pues no sé muy bien de dónde sacaron la estatuilla de un santo. Y digo “estatuilla” quedándome más corto que el  dedo meñique, pues sabréis que el santo aquél que portaban los cuates tenía  dimensiones portentosas y en ningún caso hubiera dicho que se trataba de una figura  “portátil”. Antes bien, estoy por asegurar que debieron de tener alguna disputa con el sobrecargo del avión al respecto de si la figura en cuestión debiera o no pagar pasaje. Si los niños mayores de 7 años lo hacían, cómo no iba hacerlo aquel pedazo de santón por muy quieto que se estuviera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sea como fuere, el caso es que allí estaba, a bordo. Y no bien se hubieron acomodado los hombretones, empezaron un extraño trajín con la figura: se lo pasaban de mano a  cada cierto tiempo en lo que imagino era una suerte de turno de plegarias.&lt;br /&gt;Pese a lo extraño de la maniobra he de decir que, personalmente,  me sentí muy seguro y desapareció el consabido cosquilleo en las tripas propio de los momentos previos a todo vuelo. Estaba claro que en aquella ocasión estábamos a salvo de cualquier percance aéreo. No creo que el “santón” se atreviera a contrariar aquellos hombretones, cuya ira imaginaba terrible. Estoy seguro de que cualquier plegaria en su boca sería lo más parecido a una orden cuyo incumplimiento acarrearía graves consecuencias, así pues, el santo estaría muy solícito y haría lo más diligentemente posible los trámites precisos con la autoridad competente (léase Dios) con el fin de procurar un viaje placentero a sus “amigos”. Y por extensión a nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no eran estos siniestros individuos los únicos personajes curiosos que componían el pasaje.  Justo a nuestro lado viajaban también otros dos pasajeros que, si bien no destacaban por su aspecto, si lo hacían por sus comportamientos. El uno estaba enfrascado en una atentísima lectura de la Santa Biblia; el otro,  lo estaba en una conversación telefónica con su “mamacita” y para la que no hubiese necesitado el “celular” a tenor del volumen de su cháchara. Y tanto el uno como el otro parecían del todo ajenos al resto del mundo o por lo menos a éste. Y digo parecía pues los acontecimientos posteriores pusieron de relieve lo contrario.&lt;br /&gt;El vuelo estaba a punto de partir. Las puertas ya estaban cerradas, y  habíase iniciado ya  el grotesco cursillo acelerado de seguridad que las azafatas se empeñan en impartir pese a no interesar a nadie cuando, de improviso, hubo un parón.&lt;br /&gt;Se abrieron de nuevo las puertas ante la extrañeza y alarma de todos y entró con gran fatiga una bella señorita que paseó su palmito por todo el pasillo luciendo un generoso escote que hizo volver el cogote a más de una fila en pleno. Más de uno pensó que aquel ejemplar bien merecía un retraso y más de una masculló que aquello era un ejemplar caso de retraso “mental” del piloto. ¡Machista asqueroso!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El caso es que la diosa fortuna quiso que fuera a sentarse precisamente, entre  uno y otro personaje, el de la biblia y su parlanchín compañero. Ambos los dos dieron con premura por finiquitada su respectiva ocupación; el uno con un sonoro cerrar de libro que rozó el divino desaire y el otro con un “que-Dios-la-bendiga-mamasita-adiós” que evidenció un total desarraigo filial.&lt;br /&gt;Los dos se adornaron con  las más afectadas y bobaliconas de las sonrisas y se deshicieron en amabilidad hacia la recién llegada. Prestos se pusieron a la tarea de colocar los bultos de la señorita (las maletas, me refiero) en el compartimento correspondiente haciendo sobrado hueco para ellos a costa de aplastar los suyos (las maletas, ya saben). La dama les premió con una coqueta sonrisa y ellos echaron una primera y furtiva ojeada a las procelosas oscuridades de su escote.&lt;br /&gt;Tras el despegue se desató entre ellos en animadísima charla a tres bandas aderezada con frecuentes ojeadas a aquel llamativo balcón que se les ofrecía ante sus ojos. Estoy seguro que si aquel avión hubiese carecido de ventanillas, aquel par de pardillos  en absoluto se hubiesen percatado de ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mitad del vuelo uno de los matones se incorporó y se dirigió al excusado. Pero lo extraño del caso es que llevaba en sus brazos a su bien idolatrado santón. Ignoro si es que temía que una micción de altura supusiera un riesgo añadido al hecho de volar o bien era que el santo tenía problemas de próstata. En definitiva, que por delante de nosotros pasó la extraña pareja y pudimos, a continuación, ver al matón  ensayar diferentes movimientos para poder entrar en el diminuto habitáculo con su acompañante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras un tiempo prudencial, salieron ambos y, de vuelta a su asiento, la damisela, a la que no había pasado inadvertida la curiosa estampa de santo y matón, interpeló a éste:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bonita figura, Señor. –Y añadió, coqueta- Me refiero al santo, por supuesto.&lt;br /&gt;-¿Le gusta, señorita? Es San Cristóbal, patrón de los viajeros. Es muy milagrero, aquí donde le ve. ¿Le gustaría echarle una rezadita?&lt;br /&gt;-Si a usted no le incomoda… Señor.&lt;br /&gt;-Faltaría más, señorita. Ándele y agárrelo usted misma.&lt;br /&gt;-Pero siéntese, señor. Aquí al ladito mío. Seguro que a este señor tan simpático no le importará cambiarse de sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hijo de su madre. Quiero decir: el hijo de la mamacita a punto estuvo de objetar algo pero echó un vistazo a aquella imponente figura de negro que le miraba como una frialdad que apagaría un fuego y decidió tragar saliva y levantarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así que dice usted que es San Cristóbal. Dijo la damisela con el santón ya en su regazo.  El santo diríase que también se había quedado petrificado al verse tan cerca de un busto tan señalado. O ya lo estaría de antes. Desde luego muy tieso estaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no, no –se apresuró a terciar el lector bíblico- Les aseguro que, como experto en la materia, ese no puede ser San Cristóbal. Si lo fuera debería llevar en su hombro al niño Dios y éste santo no lo lleva. ¿Lo ven?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas habrían de ser sus últimas palabras en aquella conversación. El matón le miró a la par que levantaba levemente el ala de su sombrero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le digo yo, señor, que este es San Cristóbal. Es el santo patrón de toda mi familia y no le vamos cambiar de nombre ahora, después de tantos años, por muy experto que usted sea, señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El experto bíblico quedóse cual estatua de sal como si la esposa de Lot se tratara. Con la mano en alto sosteniendo la sagrada Biblia en actitud de argumento inapelable que no pasó de ademán. Pero la cosa aún podía empeorar y empeoró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué le hubo, güey? ¿Algún problema? No bien vi, que al no presentarse y que lo hizo un piche cagón  vine a ver qué vaina estaba ocurriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el otro matón. Más grande y amenazador si cabe, que contemplaba la escena de pie ante la  fila de asientos del dispar trío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada hermano, aquí estaba platicando con esta señorita y el piche santurrón este, no más va y dice que el santo no el santo. Que nuestro santo no es San Cristóbal. Y dice que es un experto. ¿Cómo lo ve?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces tal sucedió como si el tiempo hiciera un bucle hacia atrás y repitiera la misma escena que un minuto antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oiga, señor –dijo el segundo matón y levantó levemente el ala de su sombrero- Le digo yo, señor, que este es San Cristóbal. Es el santo patrón de toda mi familia y no le vamos cambiar de nombre ahora, después de tantos años, por muy experto que usted sea, señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El experto bíblico bajó la mano y con ella la Biblia, claro está, y seguramente deseó verse fuera del avión y puso cara de estar pensando en un paracaídas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mire compadre, vamos a hacer una cosa. Por qué no se va a platicar sobre el santo con mi mamá que está sentada no más al lado de su piche amigo. Ella le platicará quién es el santo. Hágame el favor y déjeme sentarme acá a la vera de mi hermano. ¿Qué le parece?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debió parecerle de perlas pues, sin abrir la boca más que para decir un educado “señorita” a modo de despedida, corrió pasillo adelante a encontrarse con su amigo y dispuesto a engrosar su cultura santoral de la mano de la que, al parecer, era la madre de aquel par de facinerosos, es decir, la matona madre.&lt;br /&gt;Y allí se quedaron los cuatro: los matones, la señorita y el santo, en animada plática. El santo en el regazo de la dama hierático y solemne con una sonrisa benevolente y un poco picarona. La damisela extasiada  con tan buena compañía, hacía ojitos a diestra y siniestra y los matones sin quitar ojos ora al santo, ora a la santa; ora por devoción, ora por … mirar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-1221882652648716562?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/1221882652648716562/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=1221882652648716562' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1221882652648716562'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1221882652648716562'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2011/12/matones-aereos.html' title='Matones aéreos'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-wCgv_9Z0GH4/TuJe4WFKeHI/AAAAAAAADpQ/zQK7vgurT_M/s72-c/SANcRISTOBAL.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-5641332827055805266</id><published>2011-07-26T12:45:00.001+02:00</published><updated>2011-07-26T12:51:06.654+02:00</updated><title type='text'>Mi tía Alvarina</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-vVGO9yKsKm4/Ti6cAvqNIbI/AAAAAAAADoc/eO1BQQNPDtc/s1600/CHORIVELA.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 194px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-vVGO9yKsKm4/Ti6cAvqNIbI/AAAAAAAADoc/eO1BQQNPDtc/s320/CHORIVELA.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5633611720494490034" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Mi tía Alvarina era una mujer de campo a duras penas  incrustada en una ciudad, a la que seguramente no se adaptó nunca. Era, en el estricto sentido de la expresión, una buena persona. Paciente, risueña, jovial, poseía una encantadora ingenuidad que la hizo protagonista de múltiples y divertidas anécdotas que ella misma contaba entre risas contagiosas. Algunas de ellas rozaban el esperpento otras se adentraban de lleno en el mundo del más hilarante absurdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se me viene a la cabeza aquella ocasión en que me la topé por la calle con el brazo en cabestrillo y una mano profusamente vendada. Mi alarma inicial tornóse en pasmo cuando me contó que la causa de  aparatoso vendaje era que la había mordido un ¡conejo muerto! Yo no daba crédito a semejante historia aunque tratándose de mi tía todo era posible. Con una sonrisa de oreja a oreja me contó que había comprado en la plaza un conejo para guisar. El conejo, claro está,  estaba muerto y despellejado pero no troceado debidamente para el guiso. Así, pues, procedió diligente a la tarea con un machete de manera tal que cogió el animal de forma que su mano izquierda quedó a la altura de la boca del conejo  y al dar el primer hachazo, el bicho  contrajo  su mandíbula de tal suerte que los incisivos se incrustaron con fuerza en la mano de mi tía. La herida fue grande y la profusión de sangre aconsejó una visita a la Casa de Socorro. Los profesionales encargados de la cura no atinaban con el vendaje pues apenas si podían contener la risa tras haber escuchado los hechos que provocaron la avería. Durante días, mi tía contaba divertida la historia a todo aquél que se encontraba  por la calle y que, como yo,  le preguntaba por el aparatoso vendaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No mucho antes (o después,  no sé), le aconteció otra de sus curiosas anécdotas. A menudo salía a pasear por el Muelle de Gijón, donde, por aquél entonces no era raro ver a algún chaval que, pese a estar prohibido, pescaba con su caña en las oscuras las aguas del puerto. Solo a los chavales se les ocurría hacerlo pues lo único que podía sacarse de allí eran “muiles” grandes y gordos, pero llenos del fango que, a la sazón,  tapizaba por entero el fondo de la dársena. En fin, tal vez por eso los carabineros hacían la vista gorda, pues aquello divertía a los chavales y sus piezas no tenían ningún valor económico y mucho menos gastronómico por muy grandes que éstas fueran.&lt;br /&gt;Pero mi tía, pese a que ya llevaba décadas en la ciudad y debía estar al corriente de aquella circunstancia como cualquier gijonés,  se dejó embaucar por dos mozalbetes que la asaltaron tratando de venderle una hermosa pieza que acababan de sacar del agua. Como digo, mercó aquella pieza y se fue muy ufana para casa con la intención de prepararla para la cena.&lt;br /&gt;Pero, como era de esperar, fue hincar el cuchillo en la panza del animal para proceder a su limpieza y expulsar éste una pasta negra y nauseabunda que, por supuesto, no invitaba en absoluto a continuar con la faena ni mucho menos pensar en cocinar aquella inmundicia. Así, pues, resolvió tirar a la basura el enorme pez. Pero discurrió que mejor sería  hacer uso del triturador eléctrico que tenía instalado en su bañal de la cocina. Dicho y hecho: introdujo la cabeza del animal en la embocadura del aparato y dio al interruptor. Y allí se fraguó el desastre. La cola del animal empezó a girar a una velocidad endiablada y, toda vez que su panza estaba agujereada por el cuchillo, por acción del frenético giro convirtióse aquello en un aspersor de maloliente pasta negra que la dejó a ella, a las paredes y al techo de la cocina del color de betún.&lt;br /&gt;Tardó un día entero en limpiar el desaguisado y semanas en tratar de desprender el olor de las paredes, amén de tener que pintar de nuevo el techo de la cocina.&lt;br /&gt;Pero a ella se le saltaban las lágrimas cuando nos lo contaba y reparaba en  la cara de asco que se nos quedaba a todos imaginándonos la escena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Realmente, muchas de sus anécdotas tienen que ver con cuestiones gastronómicas pues viene a mi memoria otra de las suyas relacionada con esos menesteres. Mi tía casó con Pedro; un santo varón que tenía verdadera pasión desde joven por todo lo ruso. Tanto es así, que cuando se abrieron las fronteras con ese país tras años desencuentros con la España franquista, mi tío fue de los primeros en entrar en la Unión Soviética. Repetidos viajes terminaron dando su fruto en forma de fraternas amistades con las que mantenía correspondencia e intercambio mutuo de regalos de cortesía.&lt;br /&gt;En cierta ocasión, recibieron de sus soviéticos amigos  un paquete con  variados presentes entre los que se encontraba algo que mi tía identificó de inmediato como una suerte de embutido típico de Rusia. No tardaron en empezar a dar cuenta del curioso manjar advirtiendo que no era precisamente de  su gusto. No obstante,  ante lo curioso del presente, mi tía dio a probar de aquella rareza a todo el que pasó en aquellos días por su casa, que no fueron pocos. No había visitante que no se dejara seducir por el encanto de mi tía, siempre dadivosa, ofreciéndoles una lonchita de aquel extraño embutido, si bien la desaprobación era generalizada. Pero nadie quiso perder la oportunidad de  probar algo nuevo y distinto. Aunque aquella extraña longaniza estaba muy lejos de los estupendos chorizos de Carbayín, patria chica de mi querida tía.&lt;br /&gt;No pasó mucho tiempo desde que se acabó el embutido cuando llegó una nueva misiva de sus amigos rusos. Preguntaban si les habían gustado los presentes y que les encantaría que lucieran adecuadamente los “cirios” que les habían remitido.&lt;br /&gt;Como es lógico no tardó en aflorar la risa de mi tía al percatarse de que se había comido en lonchas media docena de velas de un extraño color marrón y que se lo habían dado a probar a toda la vecindad y parte de la familia. Con razón habían encontrado un poco seco, pastoso e insípido la “chorivela” de la estepa rusa. Pero bueno, todos los que, más por cortesía que por apetencia, probaron aquel “manjar” entendieron al punto que eran cosas de mi peculiar tía a la que bien podía perdonárselo todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy relacionado con este episodio está otro no menos sorprendente. Fue el caso que, como quiera que sus nietas estudiaron en un reputado colegio de religiosas, mi tía trabó amistad con algunas de las monjas que impartían la docencia. En una de sus conversaciones les relataba alguno de sus muchos padecimientos físicos: que si un dolor aquí, que si un desarreglo allá... El caso es que las bienintencionadas monjas le hablaron maravillas de los milagrosos efectos que tenían unas reliquias que ellas custodiaban y que ponían a su disposición cuando quisiera. Eran éstas unos huesecillos de la mano de un beato muy venerado en su Orden.&lt;br /&gt;Mi tía, fácil de convencer, no se atrevió a declinar tan generoso ofrecimiento y aceptó llevar  a su casa las reliquias por unos días. Pues bien, ni corta ni perezosa, le faltó tiempo para prepararse una infusión con aquellos huesecillos que si bien no desprendieron mucha sustancia, con unas cuantas gotas de anís y una cucharadita de azúcar se dejó beber. Varias fueron las ocasiones en que repitió la operación sin que ella notara más mejoría que la derivada de la ingesta del anís cuya proporción iba siendo cada vez más generosa.&lt;br /&gt;Al cabo de unos días devolvió las reliquias a sus custodias y, por no desairar su fe, les comentó que era “mano de santo” y que habían erradicado por completo sus males. Las monjas quedaron muy satisfechas y un poco extrañadas pues advirtieron que los huesos estaban ligeramente más blancos pero seguramente lo atribuyeron a una intervención divina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es abundante y variado el anecdotario; tanto que difícilmente tendrían cabida en este blog todas y cada una de sus andanzas que forman parte de la intrahistoria de mi familia. Pero sirvan estas pinceladas como sentido homenaje y emocionado recuerdo que difícilmente nos palía de su ausencia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-5641332827055805266?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/5641332827055805266/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=5641332827055805266' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5641332827055805266'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5641332827055805266'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2011/07/mi-tia-alvarina.html' title='Mi tía Alvarina'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-vVGO9yKsKm4/Ti6cAvqNIbI/AAAAAAAADoc/eO1BQQNPDtc/s72-c/CHORIVELA.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-1382702481848269432</id><published>2011-07-14T12:46:00.004+02:00</published><updated>2011-07-21T11:39:02.873+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Biografía'/><title type='text'>El fisio</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/-ZH9GR7Aw-PA/Th7Juln7tbI/AAAAAAAADoU/uNLjPomE5CI/s1600/images.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; 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 mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin-top:0cm;  mso-para-margin-right:0cm;  mso-para-margin-bottom:10.0pt;  mso-para-margin-left:0cm;  line-height:115%;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:11.0pt;  font-family:"Calibri","sans-serif";  mso-ascii-font-family:Calibri;  mso-ascii-theme-font:minor-latin;  mso-fareast-font-family:"Times New Roman";  mso-fareast-theme-font:minor-fareast;  mso-hansi-font-family:Calibri;  mso-hansi-theme-font:minor-latin;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Soy un débil, ¡qué le voy a hacer! Más bien soy un frágil estructural, que es una forma fina de decir que carezco de fortaleza física. Esta característica siempre ha estado reñida con mis aspiraciones atléticas, de forma y manera que cualquier actividad física que he practicado ha devenido, más pronto que tarde, en lesiones de diferentes partes de mi anatomía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;De esta circunstancia se han derivado dos consecuencias inmediatas, una buena y otra, si no mala, si peculiar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;La buena es que, gracias a lo variado de mis lesiones, con los años, me he convertido en un experto en anatomía y puedo presumir sin cuento de que conozco partes de la anatomía humana que no son del común y disfruto de un conocimiento de la patología traumatológica pareja a la de un aventajado estudiante de Medicina.&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;Pocos son los que alguna vez han oído hablar del “gran trocánter femoral” o del “delgadito plantar” y menos del “periostio peroneal” o del “relieve inguinal del cordón espermático”. Y, claro está, nadie ha padecido lesiones tan llamativas como “fascitis plantar”, “condromalacia rotuliana” o, la más sonora de todas, “desplazamiento compartimental del paquete de Hoffar”. Como se puede observar, no hay mal que por bien no venga y de seguir con la práctica deportiva estaré a un paso de la Licenciatura en Medicina.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Pero la otra consecuencia, digamos, la más peculiar, es que a lo largo de mi ya dilatada vida han sido muchos los traumatólogos y fisioterapeutas que he tenido que visitar. De modo que también me he hecho un experto en estas lides. Debo decir que el anecdotario derivado de esta circunstancia es bastante rico, pero el caso que descuella entre el resto aconteció no hace mucho y merece capítulo aparte.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Andaba yo por entonces con una de mis múltiples averías. Concretamente un problema en un gemelo. Harto ya de volver a casa cojeando tras una breve carrera me decidí a probar un nuevo “fisio” del que me habían dado las mejores referencias. Y allí estaba yo sin sospechar lo que me esperaba. Debo decir que, de entrada, me sorprendió&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;que en la sala de espera, como suele ser habitual en estos&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;profesionales, hubiera cierta profusión de títulos adornando las paredes, y que había algunos harto curiosos que hacían referencia a patología equina (¡equina!) pero no le di mayor importancia.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Cuando me hallé ante el experto los trámites preliminares fueron los habituales: filiación, antecedentes, motivo de la visita… Aquí relaté con todo lujo de detalles los síntomas que aquejaban mi maltrecha pantorrilla.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Pero la primera sorpresa vino cuando, de repente,&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;me dice:&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;−Bueno, desnúdate y échate en esa camilla.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Sin mucho tiempo sin reaccionar y acostumbrado, como lo estamos todos, &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;a no replicar a los facultativos comencé el “deshabillé” no sin pensar para mis adentros: “Debe de ser que no me escuchó; yo le dije que&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;era un problema de la pantorrilla”. El caso es que &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;al poco rato estaba en calzoncillos sobre aquella camilla mientras el experto “manipulaba”&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;distintas áreas de este cuerpo que se ha de comer la tierra. A continuación, se situó a la altura de mi cabeza y me tomó las manos por las muñecas mientras tiraba de los brazos hacia atrás.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;La sorpresa debía reflejarse en mi cara pero nada salía de mi boca &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;y así permanecí &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;incluso cuando la situación tomo un cariz muy preocupante: sentí (que no vi por mi posición en &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;“decúbito supino”) que depositaba sobre mi vientre unas bolas de cristal y volvía a repetir la operación con mis brazos. Quitaba aquellas bolas y ponía otras y lo mismo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Pero cuando estuve a punto de saltar de la camilla fue cuando, ni corto ni perezoso, en una hábil y rápida maniobra introdujo algunas de aquellas bolas dentro de mis calzoncillos en contacto directo con mi partes más nobles.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Fue entonces cuando pensé que me había equivocado. Traté de recordar quién me había recomendado a aquel chalado. Muchas fueron las ideas que se amontonaron en mi cabeza. A lo peor, no lo había entendido bien y no era un “fisio”. Tal vez se trataba de una broma y había una cámara oculta que de inmediato empecé a buscar por el techo que era lo único que tenía a mi alcance visual. Mientras mi mente funcionaba desenfrenadamente y admitía y descartaba las más peregrinas posibilidades que explicaran aquella ridícula y bochornosa situación, el experto seguía con su trajín de cristales en mis intimidades.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Menos vergonzante pero sin duda más sorprendente fue cuando me dijo que dijera en voz alta alguno de los medicamentos que tomaba habitualmente.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;¡Tonto, más que tonto! –pensaba–. Pero allí estaba yo, sin rechistar, repitiendo en voz alta: “¡Amlodipino…!”… “¡Enalapril…!” Y él tirando de mis brazos hacia atrás.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;¡Una hora! con aquel ritual al que, al final, me llegué a acostumbrar. ¡Ojo! Subrayo lo de “acostumbrar”,&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;algo muy distinto &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;a “disfrutar” como más de alguna retorcida mente estará pensando. Proclamo desde ahora mismo que &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;lo de introducir cosas en mis partes es algo que me llegó muy adentro (nunca mejor dicho) y de lo que no obtuve ningún placer. ¡Ninguno! ¿queda claro?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Por fin aquello acabó con un sentencioso: &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;-Efectivamente: lo que pensaba. Todo es debido a ciertas carencias de microsustancias orgánicas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Yo no sé muy bien porqué respiré aliviado como si todo lo anterior adquiriera sentido, de repente. Más aliviado aún me sentí cuando me dijo que ya me podía volver a vestir: mi integridad seguía a salvo (¿o no?).&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;A continuación, vino una explicación sobre lo que me pasaba y cuál era la solución. Tenía que hacerme con unas pastillas sobre las que me facilitó profusa documentación que tenía que leerme en casa. En la siguiente sesión ya veríamos el gemelo. ¡No estaba equivocado!: era un fisio y se había enterado de que mis males no estaban en mi entrepierna sino en la pantorrilla y, lo mejor, me la iba a mirar. Pero ¿porqué no había empezado por ahí?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Cuando llegué a casa y me dispuse a leer la documentación que me dio con el fin de dar aún más sentido a lo que acaba de ocurrir me entró una nueva preocupación. Juro que, tras leer aquello, creí haber caído en manos de una peligrosa secta religiosa. Lo que me prescribía el experto respondía al estrafalario nombre de&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;“Diente de león azul” cuyos efectos se veían potenciados debido a estar bajo la advocación de la Virgen de la Salud. Seguía todo un tratado de teología barata y panegírico de diferentes santos y vírgenes a los que, al parecer, &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;debía encomendar mi alma y, por supuesto, mi pantorrilla.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Mi estupefacción derivó en algo muy&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;parecido a un “síndrome de Estocolmo” pues, incompresiblemente, volví al día siguiente. No obstante, cuando me preguntó por mi opinión sobre lo que había leído no pude menos que responder que se le pedía demasiada fe a una persona que si no era estrictamente ateo sí navegaba por las turbulentas aguas del agnosticismo (¡qué metáfora, Dios mío!).&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Creo que en ese momento aquel hombre vio como su arsenal terapéutico se había visto seriamente mermado a las primeras de cambio. No le quedaba más remedio que emplearse a fondo con los procedimientos más “tradicionales” y me ordenó que te tumbara de nuevo a la&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;camilla, esta vez ¡vestido!¡Uf! &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;Tuve la impresión de que empezaba yo &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;a retomar el control de la situación. Pero poco dura la alegría en casa del pobre.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;No bien me hallé echado, sacó de una maleta una especie de sargenta eléctrica que me aplicó sin contemplaciones a mi zona dolorida.&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;Aplicó la suficiente presión para hacerme gemir. Como viera que el dolor era ya insoportable activó un mando y la presión se detuvo. Pasado un tiempo aún &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;con la sargenta atenazando mis carnes, me preguntó si ya sentía menos dolor. Como quiera que mi respuesta fue afirmativa accionó de nuevo el vil instrumento &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;y &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;otra vez me hizo retorcerme de dolor y le escuchaba decir que cuanto más aguantase el dolor más efecto surtiría la terapia. Decidido como estaba yo a solucionar mis males aguanté varias embestidas hasta que por mi mejilla empezaron a rodar grandes lagrimones de dolor y decidí que ya era suficiente. Aguanté así varios minutos y cuando creí que todo había acabado, el contrariado fisio, en un inequívoco acto de venganza por mi descreída actitud, comenzó a mover sin contemplaciones la sargenta de un lado a otro haciéndome soltar aullidos de dolor.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Creí que nunca llegaría el momento de la liberación, pero antes de que eso ocurriera él insistió mucho en que cuando soltara le dijera cuál era la sensación que experimentaba en ese preciso momento. Huelga decir que la primera idea que vino a mi cabeza fue la de alivio; la segunda, fue acordarme de los progenitores de mi torturador.&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;Creí que todo había acabado por ese día, pero para mi sorpresa me dijo que al día siguiente le llevara un comprimido de cada uno de mis habituales medicamentos, convencido como estaba que ejercían sobre mi salud una perniciosa influencia.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Hay que reconocer que, en parte por curiosidad, en parte por masoquismo y en parte por … no sé qué, volví pese a que ya tenía un segundo motivo para no hacerlo: ¡la sargenta! Pero allí estaba yo de nuevo. Cuando quise darme cuenta estaba de nuevo en la camilla, ¡desnudo! ¡otra vez! Vuelta a empezar. Pero esta había de ser un poco diferente pues las extrañas maniobras fueron precedidas &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;de una explicación sobre el método.&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;Lo que ponía sobre mi vientre y “dentro de mí” no eran bolas de cristal sino frascos con diferentes sustancias a las que yo reaccionaba, al parecer, de diferente manera. Había sustancias perniciosas a las que yo reaccionaba con aversión y otras, en cambio, de forma neutra. Y me puso un ejemplo paradigmático: era sabido mundialmente(¿) que algo absolutamente pernicioso para la salud era el “Actimel” al que, como es lógico debía reaccionar con aversión. Y aquí vino el súmmun de mis males. Sin cortarse un pelo sacó un frasco de Actimel y, cual hábil prestidigitador, lo introdujo bajo mi calzoncillo y tiró de mis brazos hacia atrás.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Recuerdo que pensé que si en ese momento&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;llegase a entrar alguien en la consulta y me viera allí desnudo, tumbado con un Actimel entre los genitales no hubiese sacado precisamente una idea positiva de mi persona. Por otra parte, tratando de ver algo positivo de aquella embarazosa situación, &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;levanté la cabeza y traté de hacerme una idea de lo que sería sentir por primera y única vez en mi vida la sensación de poseer un considerable protuberancia genital de la que poder presumir en la playa (vulgo: “marcar paquete”).&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Afortunadamente, aquello no duró poco mucho y, acto seguido, extrajo el frasco de marras y depositó sobre mi vientre uno de los comprimidos que yo le había traído y de nuevo tiró de mis manos hacía atrás: &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;¿Ves? –dijo– Está claro: el mismo efecto que con el Actimel. No deberías tomar esas pastillas. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Ni que decir tiene que yo, personalmente, no experimenté cambio ninguno ni, por supuesto, &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;vi que la pastilla saltara sobre mi vientre ni nada semejante. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Y luego vino otra sesión de sargenta tan dura o más que la del día anterior. Y así durante cinco sesiones. Y alguno se preguntará que, a fin de cuentas, cuál fue el resultado de la terapia. &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;Pues he de decir que no he vuelto a tener molestias en el gemelo. No sé muy bien la causa: si fueron los frascos, la sargenta o bien las pocas ganas que me quedaron de volver pese a lo que piense alguna mente calenturienta.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;En cuanto a los efectos secundarios derivados de tan peregrina acción terapéutica he de decir que sólo se cuenta una pequeña adicción al Actimel del que hago uso a menudo, pero del que, obviamente, no pruebo ni un trago pues sabido es que se trata de algo muy malo para la salud.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-1382702481848269432?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/1382702481848269432/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=1382702481848269432' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1382702481848269432'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1382702481848269432'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2011/07/el-fisio.html' title='El fisio'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-ZH9GR7Aw-PA/Th7Juln7tbI/AAAAAAAADoU/uNLjPomE5CI/s72-c/images.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-2656176590148336834</id><published>2011-07-08T10:11:00.002+02:00</published><updated>2011-07-08T10:16:14.835+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Opinion'/><title type='text'>La Ley del Progreso</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-hdOgZR-nyqc/Tha8wT3Kh2I/AAAAAAAADoI/RvpvHKS4ok8/s1600/musicos.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 147px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-hdOgZR-nyqc/Tha8wT3Kh2I/AAAAAAAADoI/RvpvHKS4ok8/s320/musicos.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5626892322597406562" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Hoy quiero ponerme un poco serio. Tan sólo un rato, lo suficiente para contar una pequeña historia que viene a colación de los controvertidos “derechos de autor” casi siempre en la palestra y hoy más que nunca con motivo del desafortunado “affaire” protagonizado por la SGAE. Uno más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La historia es la siguiente: Mi padre tenía un oficio muy peculiar. Era artesano de la madera; concretamente, tornero. Pero el oficio se morirá con él. Como tantas otras ocupaciones que se han visto avocadas a la desaparición debido a un cambio en la tecnología. Si en un momento dado, la aparición de una nueva tecnología favoreció su oficio al reemplazar su ‘torno eléctrico’ al arcaico ‘torno de pie’, décadas más tarde un nuevo cambio tecnológico, concretamente la aparición del ‘torno copiador’, acabó con su forma artesanal de tornear la madera.&lt;br /&gt;Y es que el mundo cambia en la medida que se van sucediendo distintos cambios tecnológicos. Estos favorecen a ciertos sectores de la población y perjudican a otros, pero es la “ley del progreso”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mi padre, además, complementaba sus ingresos con otra ocupación que le ayudaba a mantener a su familia: la Música. Tras haber aprendido desde la niñez a tocar un instrumento se dedicó muchos años a amenizar los bailes de aquí de allá. Dura ocupación la de este tipo de músicos: ensayos, viajes, carga y montaje de equipos, veladas interminables, ausencia de festivos... Yo no recuerdo haber pasado ninguna Nochevieja con mi padre, ni día de Reyes,  fecha similar.&lt;br /&gt;Pero este oficio, como todos los demás también está y estuvo al albur de los cambios tecnológicos. Hace unas décadas los artistas de relumbrón iban de plaza en plaza con las partituras debajo del brazo o, si acaso, acompañados de un pianista. Cuando llegaban a la sala donde actuaban allí estaba la orquesta titular conformada por músicos como mi padre. A estos les facilitaban las partituras, éstos como buenos profesionales que eran interpretaban aquellas partituras, ensayaban unas cuantas veces y actuar “en vivo” ante el público. De esta manera, parte del caché de las estrellas iba para los músicos que les acompañaban.&lt;br /&gt;Pero vino un importante cambio tecnológico: la música grabada, o sea, el conocido como “playback”. Y esto, como siempre,  favoreció a unos y perjudicó a otros. Como favorecidos, los “artistas” que ya no traían partituras ni pianista, simplemente traían la música enlatada. Ya no les hacía falta acompañamiento, ni tan siquiera ensayos, ni cuidar su voz y, lo más importante, ya no tenían que deducir parte de sus emolumentos. Y esto les pareció un invento excelente ¡cómo no! ¡que viva la tecnología! Los perjudicados fueron gente como mi padre, músicos al fin y al cabo (tanto o más que los “artistas”), que se quedaron sin esos ingresos. Pero  había que “ir con los tiempos...”&lt;br /&gt;La nueva tecnología también ofrecía a los “artistas” la oportunidad de grabar discos (que sus seguidores pagaban a precio de oro) que les permitían divulgar su música y obtener pingües beneficios sin tener que hacer viajes, cargar con el material, trasnochar, etc., etc. E incluso esa misma tecnología a ellos sí les permitía pasar la Nochevieja con su familia y amigos, viéndose a sí mismos en la televisión cantando (haciendo que cantaban) y sin ningún músico detrás. ¡Qué buena la tecnología! ¡Qué cosa más grande es esto del progreso! Mientras tanto yo seguía sin poder pasar esa misma noche con mi padre que seguía dando tumbos de escenario en escenario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero los cambios no se detienen nunca y lo que otrora te favorece más tarde te perjudica y es que arrieros somos. El paso del tiempo trajo el último cambio tecnológico: Internet. Y claro está, de nuevo hubo un sector de la población que se benefició de lo que se les ofrecía: la gente de la calle se podía obtener música sin tener que pagar por ella. Adiós a los discos a precio de oro.&lt;br /&gt;Pero, ¡ay! lamentablemente, esta vez los perjudicados iban a ser los “esforzados artistas” que, tan molestos como lo estuvo mi padre en su momento cuando los cambios acabaron con sus dos ocupaciones principales, se quejaron amargamente al ver comprometidos sus ingresos. Algunos de ellos se pusieron a temblar al pensar que en vez de comprarse dos Ferraris tal vez sólo podrían  comprar uno. ¡Qué lástima!&lt;br /&gt;No hay derecho –decían–, así se acabará con los músicos e incluso con la Música, repetían. Al parecer, aquellos a los que, en su momento, dejaron en la calle y quitaron el pan de la boca (en nombre del progreso) no eran músicos ni hacían Música. Al parecer una ocupación “vocacional” como es la Música no será apetecible para nadie si con ella no se puede uno comprar una casa en Miami.&lt;br /&gt;Mozart, que algo tenía de músico y de artista, como otros muchos murió en la más absoluta indigencia, pero estuvo creando sus obras hasta el último día de su vida sin pensar en dedicarse a otra ocupación más rentable. Y no lo hizo porque esa era su vocación además de su oficio. De hecho la creación artística, desgraciadamente, siempre ha ido pareja a una vida cargada de privaciones sin que ello haya supuesto un impedimento para los artistas vocacionales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si ahora los supuestos “músicos” identifican su dedicación con abultados ingresos y están dispuestos a renunciar a su “vocación artística” cuando éstos no están garantizados, tal vez tengamos suerte y nos libremos algún que otro advenedizo que está en esto del “arte” por lo que está. Así tal vez queden aquellos que realmente amen y entienden la música como una actividad artística y placentera y no estrictamente económica. Pretender que la Música desaparecerá porque su práctica no esté asociada a beneficios económicos es mucho suponer. Es tanto como decir que cualquier actividad placentera para un ser humano desaparecerá si ésta no es convenientemente remunerada. ¿No es esa suposición una visión demasiado mercantilista de la actividad artística?  Que el Arte (suponiendo que lo que hacen esos señores lo sea) haya devenido en una actividad remunerada no es suficiente argumento como para concluir que el dinero es la causa o principio del Arte. El que piense así debería pensarse seriamente “hacérselo mirar”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, además, a esos “artistas” nadie les prohíbe volver a sus orígenes. Siempre pueden ganarse la vida como se la ganaron muchos otros antes que ellos: viajando, ensayando, cargando y descargando el material, trasnochando y “cantando” de verdad por esos escenarios de aquí y de allá. Cuenta ahora, además, con la ventaja de que aquellos que les darán de comer pagando entradas (nada baratas) por ir a verlos, lo harán porque previamente conocieron  su “arte” gracias a la divulgación que les dará internet. Y tal vez se acuerden de favorecer a esos otros músicos (que al parecer no cuentan) llevándolos consigo a los conciertos, en lugar de llevar la música en una lata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y que tengan fe y paciencia. Si en algún momento les favoreció la tecnología y luego ésta se mostró esquiva, tal vez más adelante les vuelva a sonreír la suerte. Es la “ley del progreso”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-2656176590148336834?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/2656176590148336834/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=2656176590148336834' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/2656176590148336834'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/2656176590148336834'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2011/07/la-ley-del-progreso.html' title='La Ley del Progreso'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-hdOgZR-nyqc/Tha8wT3Kh2I/AAAAAAAADoI/RvpvHKS4ok8/s72-c/musicos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-1355244266678979740</id><published>2010-12-11T22:09:00.004+01:00</published><updated>2010-12-16T11:18:37.467+01:00</updated><title type='text'>Romántico</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/TQPpPYp7RtI/AAAAAAAADjY/a-PPlOiO1pk/s1600/roman.jpg"&gt;&lt;img style="float: right; margin: 0pt 0pt 10px 10px; cursor: pointer; width: 320px; height: 256px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/TQPpPYp7RtI/AAAAAAAADjY/a-PPlOiO1pk/s320/roman.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5549535616376194770" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Sentado en la penumbra, contemplo ante mí decenas de cabezas que la luz de la pantalla perfila en plata. Ahí delante está ocurriendo algo importante que ha vuelto pétreos a todos los espectadores.&lt;br /&gt;Una chimenea crepita en llamas. Envuelve con su bermeja luz y su cálido abrazo a dos enamorados que, sentados en una tupida alfombra de piel de oso, brindan con elegantes copas de champagne por un futuro de miel y rosas.  Una legión de velas esparcidas por doquier hacen danzar sus tenues pavesas. Las nerviosas burbujas del dorado líquido centellean  a su luz antes de perderse en sus bocas que acabarán encontrándose, voluptuosas, en un apasionado beso. El triste y meloso canto de un violín endulza la escena. El clímax romántico llega a su zénit y está a punto de reventar los henchidos corazones de los espectadores.&lt;br /&gt;Una mano cálida busca la mía y sin desviar un ápice la mirada de la romántica escena, alargo mi abrazo y rodeo tiernamente los hombros de mi entregada acompañante. Ella reclina,  mimosa, su cabeza sobre mi hombro y deja caer lánguidamente sus sedosos  cabellos sobre mi emocionado pecho. Luego, sello el encuentro recostando mi cabeza contra la suya en una íntima comunión preñada de emoción y pasión contenida.&lt;br /&gt;El romanticismo exuda por cada uno de nuestros poros. Uno desearía que aquel abrazo durara por siempre o de lo contrario que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas dando un melodramático fin a tan apasionada escena.&lt;br /&gt;Mas, algo perturba inopinadamente el momento: Desde la lejanía se deja oír apenas un murmullo grave que se acrecienta por instantes.  Un leve temblor, ajeno a nuestra emoción, sacude nuestros pies. El murmullo deviene en estruendo que confirma el  trueno. Y tras él, se adivina una intensa lluvia que va arreciando.&lt;br /&gt;De repente, se aborta el abrazo. La cabeza se envara, la mano se tensa, la alarma se manifiesta y una exclamación sottovoce sale de la boca de mi querida esposa:  ¡¡DIOS MIO, LA MI ROPA...!!&lt;br /&gt;Delante de mí, observo idéntica escena: cabezas que se separan, tensión. Y un murmullo generalizado recorre la sala: “... ropa”, “... mi ropa”, “... ropa”...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El romanticismo ha saltado por los aires. La emoción tórnase en preocupación. La pasión, en contenida ira: las unas pensando en la lavadora, los otros..., los otros no piensan. No entienden. Lo normal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Semanas más tarde, presente aún el impacto del romanticismo abortado, decido zanjar la cuestión y consumar la escena por un prurito personal de no ser rehén de lo prosaico.&lt;br /&gt;Me esfuerzo en llegar antes a casa que lo haga mi esposa. Me doy tiempo así a componer una escena perfecta antes de que ella llegue: la sorpresa forma parte del encanto.&lt;br /&gt;Me hago con un buen vino. Preparo una frugal pero exquisita cena. Elijo la música adecuada y el volumen exacto. Elijo la vajilla de los invitados y la cristalería de postín. Un capullo de rosa “rojo pasión” sobre su plato. ¿El mantel? De lino. ¿La luz? La justa. Y velas. Muchas velas. Que no sea por velas.&lt;br /&gt;Y es llegado el momento. La primera baza, la sorpresa, ya cuenta en mi favor. La he dejado sin habla. La cosa empieza bien. La cena es todo un éxito, mis poco explotadas artes culinarias han hecho un comedido furor. La luz de las velas ha templado el ambiente y la rosa ha sido un éxito. Cuando pasamos al sofá, la temperatura pasional ha subido unos cuantos grados con ayuda del alcohol.&lt;br /&gt;Prolegómenos. Esa es la clave, según tengo entendido. Una hora. Será por prolegómenos. He logrado vencer el sueño y he ahogado algún que otro bostezo por no perturbar tan mágico  momento. Todo está a punto.&lt;br /&gt;Las escenas que siguen he de obviarlas, no por censura, sino por caballerosidad. El buen romántico no ha de ser lenguaraz, antes al contrario, guardará para sí, celoso de la intimidad, todo detalle escabroso que contamine la escena y ponga en peligro el inestable equilibrio entre el verdadero amor y las más bajas pasiones.&lt;br /&gt;Así pues, encuadremos de nuevo  la escena en el momento en que me hallo entregado de pleno a la pasión (romántica, por supuesto). Al borde del paroxismo  veo reflejada en la cara de mi compañera una expresión de entrega total que acrecienta aún más el clímax de tan apasionado instante.&lt;br /&gt;Hace horas hemos emprendido juntos un tortuoso y trabajoso camino que nos ha traído a asomarnos a este vertiginoso abismo de pasión, a estos desventíos de placer por los que estamos a punto de dejarnos rodar en una arrebatada y desenfrenada caída sin control. ¡Oh, ... el romanticismo! ¡Viva la madre que parió a Gustavo Adolfo Bécquer! ¡Que Dios tenga en su gloria a Mariano José de Larra! ¡Qué grande, Dios mío, qué grande es esto...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas, un horrible rictus inunda la cara que tengo a un palmo de la mía. Los ojos perdidos en el infinito toman ahora una fija presencia que me miran con expresión de pánico. El cuerpo abandona su rítmico balanceo y se agarrota cual si estuviera disecado. ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? ¿Dónde me he equivocado? Mi cara es la esencia misma de la interrogante con un punto incluido.&lt;br /&gt;Al fin va hablar. ¡Qué angustia, madre mía! ¿Qué dirá?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;―¡EL GAS! Se "te" ha olvidado apagar la llave del gas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doyme. No puedo más. Reconozco mi absoluta incapacidad para alcanzar un clímax de pasión romántica. Abomino de cualquier pretensión de acercarme al ideal romántico. Abrazo la fe de la prosa y el realismo. Me alío a las tropas de la terrenalidad más absoluta. Soy un hombre sin sensibilidad ¡qué se le va hacer!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-1355244266678979740?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/1355244266678979740/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=1355244266678979740' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1355244266678979740'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1355244266678979740'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/12/romantico.html' title='Romántico'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/TQPpPYp7RtI/AAAAAAAADjY/a-PPlOiO1pk/s72-c/roman.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-3152311860802233833</id><published>2010-12-11T22:08:00.001+01:00</published><updated>2010-12-11T22:08:56.167+01:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-3152311860802233833?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/3152311860802233833/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=3152311860802233833' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/3152311860802233833'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/3152311860802233833'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/12/blog-post.html' title=''/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-5111184958050588708</id><published>2010-05-17T22:28:00.001+02:00</published><updated>2010-05-17T22:34:06.575+02:00</updated><title type='text'>Truman</title><content type='html'>Grande. Así lo recuerdo: gran barriga, enorme papada, manos gigantescas. Ese era el aspecto de Truman. Pepe Truman debía su apodo al hecho de que empezó a trabajar como pinche el mismo día que invistieron presidente de los EE.UU. a Harry Truman.&lt;br /&gt;De semblante serio, era sin embargo la persona más amante de la burla y la broma que jamás he conocido. Socarrón en extremo, apuntillaba cualquier comentario con un ágil chascarrillo que  parecía tener  preparado de antemano. Su ingenio vivo contrastaba con sus cachazudos ademanes. Su capacidad para pergeñar las más divertidas bromas era proverbial de manera tal que, estando él presente, cualquier travesura se le imputaba sin hacer mayores indagaciones y cuando hacía presa en algún alma cándida éste podía darse por perdido.&lt;br /&gt;Tal fue el caso de aquel pinche que tuvo en tiempos y al que él mismo apodó “Peluduru” por motivos más que evidentes. Tuvo a este infeliz zagal sumido en la más profunda de las preocupaciones durante meses al hacerle creer que era un impotente redomado.&lt;br /&gt;Como quiera que en el taller de mecánica en que trabajaban había uno de aquellos gigantescos voltímetros, hizo creer a Peluduru que aquel aparato servía también para medir la potencia sexual de los varones. Demostraba su aseveración poniendo el polo positivo en un testículo y el negativo en otro, ocultando al infeliz una hábil maniobra que consistía en unir, bajo los pliegues del mono de trabajo, ambos polos, lo que producía, claro está, una subida de la aguja hasta los niveles máximos. &lt;br /&gt;Cuando Peluduru repetía la maniobra en sus partes, pero desconocedor de la artimaña, tan solo  conseguía unos exiguos resultados que lo sumían en la más profunda depresión. Cada mañana, el pinche al entrar en el taller repetía una y otra vez la prueba en busca de mejores resultados que no se acababan de producir. Al borde de la locura y tras meses de intentos acabaron revelándole la patraña. Ante tal revelación no sabía si matar al burlón o ponerle una vela a la Virgen en señal de agradecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No mejor suerte corrió un incauto parroquiano que era un habitual del chigre donde Truman daba rienda suelta a una de sus pasiones: la sidra. Provocar a semejante personaje era hacer méritos para acabar arrepintiéndose y el incauto aún debe estar haciéndolo. Llegó éste al chigre con un paquete bajo el brazo que depositó sobre la barra. Mientras daba cuenta de unos culinos la emprendió con Truman haciéndole saber que en el interior del paquete llevaba un centollo “pelonín” del que daría cuenta no bien hubiera llegado a su casa. Se burlaba de Truman diciendo que él, en cambio, debería conformarse con una miserable loncha de jamón de york, a lo sumo.&lt;br /&gt;Insistía en la burla y Truman callaba. Pero en un instante en que el incauto hubo de ir al servicio, con una agilidad impropia de su corpachón, salió del chigre y fue a un solar contiguo donde se amontonaban escombros. Se hizo con un trozo de loza perteneciente a la taza de un inodoro de tamaño y forma semejante a un centollo. Volvió con tiempo suficiente para abrir el paquete, pegar el cambiazo y sentarse de nuevo como si tal cosa. &lt;br /&gt;Cuando el aprendiz de burlón acabó la botella se despidió ufano recordándole una vez más a Truman la diferencia de suerte que tendrían aquella noche. Y, efectivamente, así fue. Fue salir por la puerta el infortunado burlón y pedir Truman que le cociesen el centollo. Cuando el primero llegó a su casa y se topó con el trozo de váter, el segundo ya había dado cuenta del suculento manjar. No sabía con quién se la jugaba el infeliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si el mismo personaje (imagino que sí), fue también el objeto de otra de las  más celebradas ocurrencias del bueno de Truman. El día era lluvioso y el parroquiano acudió con un paraguas a tomar su “botellina”. Colgó el paraguas de la barra y se enfrascó en una discusión tan encarnizada como banal, como suele ser costumbre en esos pagos.&lt;br /&gt;Permaneció ajeno a las furtivas maniobras de Truman que, poco a poco, fue dejando caer dentro del paraguas chapas de botella que recogía del suelo del bar.&lt;br /&gt;Acabada la discusión (que habría de continuar al día siguiente) el incauto abandonó el chigre con la suerte de que no llovía en ese momento. Tomó el autobús y al bajarse en la parada correspondiente quiso la suerte que arreciara un chaparrón. Poner el pie a tierra,  abrir el paraguas y lloverle encima un diluvio de chapas con enorme estruendo fue todo uno. Despertóse gran expectación entre viajeros y viandantes y su bochorno fue tal que, presa de la ira, tomó el siguiente autobús de vuelta. Entró en el bar como un basilisco y sin preguntar quién había sido el autor de la tropelía se fue directo a Truman esgrimiendo el paraguas en inequívoca intención de atizarle un paraguazo. Así lo hizo, pero, prevenido aquél de la maniobra se acurrucó dejando franca la espalda. Allí fue a parar el mandoble que fue de tal violencia que el paraguas tomó la curvatura de la espalda. De esta guisa y acabada la retahíla de improperios que fue recopilando durante el viaje de vuelta, volvió a salir del bar. Cuando intentó abrir de nuevo el paraguas la curvatura ocasionada por el golpe lo impedía y empezó toda una suerte de forcejeos  bajo la lluvia que fue coreada desde dentro del establecimiento con grandes carcajadas que continuaron días después del celebrado hecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como estas que anteceden son legión las anécdotas que adornan la biografía del personaje. No habría espacio aquí para comentar todas sus andanzas. Pero dese una cosa por cierta: rememorar a Truman y aflorar una sonrisa en el semblante siempre van de la mano.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-5111184958050588708?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/5111184958050588708/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=5111184958050588708' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5111184958050588708'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5111184958050588708'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/05/truman.html' title='Truman'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-8266629884654617744</id><published>2010-05-10T21:01:00.000+02:00</published><updated>2010-05-10T21:03:50.355+02:00</updated><title type='text'>El platilllero</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/S-hYfl6lwNI/AAAAAAAADRM/ll8DYA1h8TE/s1600/images.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 112px; height: 112px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/S-hYfl6lwNI/AAAAAAAADRM/ll8DYA1h8TE/s320/images.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5469719047218512082" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Yo, una vez, fui platillero. Esto es algo que muy pocas criaturas pueden decir. Sin embargo, no me siento especialmente orgulloso de esta inusual proeza. Tanto las especiales circunstancias que me llevaron a ello, como las que acompañaron el pequeño período de tiempo que duró la experiencia pueden calificarse, sin lugar a dudas, de absurdas, grotescas y, como se verá, vergonzantes. De ahí que no sea yo muy dado a mencionar este episodio que ocurrió durante el mes y medio que permanecí en el campamento de instrucción previo al servicio militar (¡Dios mío, la “mili”!).&lt;br /&gt;Todo empezó en una formación de las innumerables que ocupaban nuestros días. Dos alféreces gritaban a la acobardada tropa preguntando quiénes sabían tocar algún instrumento. Un paso al frente, como siempre, era que sí.&lt;br /&gt;Pese a estar advertido de la máxima que rige la vida militar (“voluntario ni para comer”) desoí el consejo y avancé sin temer las consecuencias. A los adelantados nos fueron preguntando por el instrumento con el que estábamos familiarizados: la trompeta, uno; el saxo, el otro; aquél, el bombardino; el tambor, el de más allá. Así fueron dando cuenta  los reclutas de sus habilidades musicales.&lt;br /&gt;Cuando llegó mi turno me sentí ridículo al decir: yo, el piano.&lt;br /&gt;No, no. El piano, no. No servía. ¡Qué se le va hacer! Ya comprendía yo que, por mucho que los pianos tengan pedales, aún no se ha inventado la forma de que se parezcan a los de la bicicleta para hacerlos avanzar.&lt;br /&gt;Ya iba a volverme a mi sitio cuando uno de los brigadas me detuvo. Bien pensado, si que serviría: ¡yo sería el platillero! Y así empezó todo. Diez años de estudios codeándome con Chopin, Bach, Litz y Debussy, para acabar dándole a la síncopa con los platillos. Típica lógica militar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, a partir de ese momento me aparté de la disciplina del resto de la compañía y entré a formar parte de la honorable banda del C.I.R. Mis jefes directos eran dos brigadas: uno encargado de la sección de instrumentos de metal y el otro de la sección de cornetas y tambores. Ambas secciones ensayaban, por separado, en un enorme pinar del recinto militar, lo suficientemente alejadas una sección de la otra y ambas del resto del Regimiento. Por aquello de no molestar.&lt;br /&gt;Yo en un principio y, por intuición musical, me fui a la sección de percusión, esto es, detrás de los tambores. Pero el brigada musical no estaba muy de acuerdo con la opinión de que los platillos fuesen de su sección; entendía, en buena lógica militar (no musical) que, puesto que eran de metal, debía estar con el resto de instrumentos de esa índole y me mandó con la otra sección. Tras un pequeño peregrinaje por el bosque llegué a la par de los instrumentos de metal y me acoplé. Pero, héteme aquí, que el otro brigada discrepaba de la tesis de su compañero de armas (e instrumentos) y me expulsó a cajas destempladas (nunca mejor dicho) y me devolvió a la otra sección. Otro paseíto, otro acople y otra expulsión: yo debía estar con la otra sección... Total, que aquellos primeros días me los pasé deambulando por el bosque con los platillos bajo el brazo tratando de encontrar asilo musical en alguna de las secciones.&lt;br /&gt;Cuando ambas secciones se juntaron para un ensayo general. Yo pedí a los brigadas que aclararan definitivamente mi ubicación. Como era de esperar encontraron la solución “más lógica” (militarmente hablando): yo ensayaría sólo y me uniría a ellos durante las comparecencias generales en medio del bosque.&lt;br /&gt;Estupendo. Me había constituido en una tercera sección unipersonal y como tal busqué una parcelita en el bosque suficientemente alejada de todo y de todos. Y como no era cuestión de estar dando platillazos yo solo, como un tonto, me senté en una piedra y me coloqué los platillos a modo de espejo para dorar mi tez con el reflejo del sol. Así permanecía horas hasta que recibía aviso de un ensayo general en el que yo aprovechaba para hacer gala de mis grandes progresos y exhibía mi virtuosismo platillil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la cosa empezó a torcerse, nunca mejor dicho. Descubrí que uno de los platillos tenía una fisura en parte de su estructura, de manera tal que cuando golpeaba con fuerza uno contra otro, el defectuoso tornábase de cóncavo en convexo y así encajaba el uno en el otro y no sonaban. ¿La solución? No cabía otra que dejar de tocar, poner el platillo descompuesto en el suelo y darle una estratégica patada en el centro devolviéndole así su concavidad, pero a la par aumentando un poco más la fisura.&lt;br /&gt;La operación debía repetirse cada vez que la exigencia de la marcha militar en ejecución requería de un sonoro platillazo. Es decir, cada dos por tres (o tres por cuatro, que resulta más musical). Por ello, a cada rato, yo repetía el patadón. La cosa se complicaba cuando el ensayo general incluía la marcha al ritmo de la música. Entonces me salía de la fila (grave pecado militar), me detenía mientras los demás proseguían su marcha, echaba el platillo al suelo, pegaba el patadón y echaba a correr detrás de los otros hasta ocupar de nuevo mi lugar en la formación y seguía andando&lt;br /&gt;Todas estas maniobras desquiciaban a los brigadas y me lo hacían saber no de muy buenos modales. Yo les explicaba la circunstancia de los platillos y les solicitaba un cambio. Imposible. No había más platillos. ¿Qué hacía entonces?&lt;br /&gt;Otra muestra de lógica militar determinó que lo mejor sería que, mientras no fuese estrictamente necesario, hiciese ademán de tocar pero sin tocar. Esto es: me convertí en el primer intérprete de platillos en “play-back” de la historia militar española. Así iba yo muy ufano, pinar arriba y abajo, haciendo grandes esparavanes con los brazos pero sin emitir sonido alguno.&lt;br /&gt;Pero como quiera que, muy de cuando en cuando, era imprescindible la intervención de los platillos para la buena marcha del tema que se ejecutaba, el deterioro de los platillos iba en aumento; circunstancia de la que advertí debidamente a los brigadas que no prestaron demasiada atención.&lt;br /&gt;Pero, llegó el día de la Jura. El día de la verdad. Cinco mil reclutas poblaban el campo de maniobras. En la grada principal, la plana mayor: todos engalanados y con sable al cinto. La grada general, abarrotada de un público expectante que buscaba en vano a su retoño, entre un ejército de clones. Seguían las indicaciones previamente pactadas: soy el sexto empezando por la derecha y el decimonoveno por la derecha, de la compañía segunda contando desde atrás y quinta desde la izquierda. Yo no tenía ese problema: soy el platillero. Puesto que solo había uno, era fácil localizarme entre todo aquel mar caqui.&lt;br /&gt;Pero yo temblaba. Había llegado el gran día y nadie me había dicho si ese día tocaba o ponía el “pleibac”. La decisión fue mía: tocaría a medio gas.&lt;br /&gt;Todo parecía discurrir dentro de unos cánones normales desde una óptica militar. Pero el diablo es un profesional y quiso estar presente: llegó el momento del himno del C.I.R. que requería de un sonoro platillazo al comienzo de su ejecución. Me la jugué: sorprendí a todos que un rotundo golpe de platillo y ahí empezó mi desgracia.&lt;br /&gt;El platillo no resistió el impacto y se rompió. Cayó al suelo con enorme estruendo. Como quiera que el campo de la jura tenía una notable pendiente, quiso la desgracia que cayera de tal modo que empezó a rodar campo abajo entre las piernas de los soldados.&lt;br /&gt;Yo dudé unos segundos. Pero imprudentemente me arranqué: eché a correr tras el platillo ante el asombro de todo el mundo. Como la disciplina militar impide que, bajo ninguna circunstancia, se rompa la formación o se mueva uno lo más mínimo, todos guardaron compostura y no se rieron más que entre dientes. Pero como la grada civil no está sujeta a tales obligaciones, estalló en sonoras carcajadas siendo la rechifla y el vituperio de tan desalmada plebe.&lt;br /&gt;Pero ya era tarde para rectificar y seguí campo abajo, dando un espectáculo lamentable corriendo tras el plantillo que fue a parar a decenas de metros más allá. Luego, lo recogí y emprendí una nueva carrera campo arriba hasta situarme otra vez en mi sitio, acción que fue premiada, por toda la concurrencia, con sonoros vítores y aplausos que sonaban inequívocamente a pitorreo.&lt;br /&gt;No tan contentos parecían estar los brigadas que me miraban con los ojos sanguinolentos de incontenible ira. De no ser por la debida formación, me hubiesen disparado allí mismo, o ensartado con su batuta. Eso decían sus ojos.&lt;br /&gt;Me vi ante un pelotón de fusilamiento o cumpliendo largos años de castillo; o en el mejor de los casos, limpiando letrinas el resto de la mili. Pasaría doce meses sin volver a casa, metido entre cagajones,  por culpa de unos miserables platillos, cuya rotura se veía venir hacía semanas pero que nadie, más que yo, quiso remediar.&lt;br /&gt;En fin, acabado el acto, todos desfilamos en retirada y en el momento de romper filas, fue tal el barullo y la algarabía que me escabullí como pude de los brigadas. Dejé los platillos ocultos en unos matorrales y me perdí entre la muchedumbre de padres y reclutas que se abrazan sin cuento.&lt;br /&gt;Por una vez la uniformidad jugaba en mi favor: sin platillos en la mano era uno más de los muchísimos reclutas que por allí pululaban. Me fui del recinto militar y me incorporé días más tarde en mi nuevo destino. Nunca más hice mención de mi etapa de platillero, no fuese a ser que hubiera una orden de busca y captura y diesen conmigo.&lt;br /&gt;Aun hoy, cuando me cruzo con un militar, procuro tener los brazos lo más quietos posible no vaya a ser que ... Nunca se sabe.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-8266629884654617744?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/8266629884654617744/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=8266629884654617744' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/8266629884654617744'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/8266629884654617744'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/05/el-platilllero.html' title='El platilllero'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/S-hYfl6lwNI/AAAAAAAADRM/ll8DYA1h8TE/s72-c/images.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-7465204325844917778</id><published>2010-03-31T20:42:00.001+02:00</published><updated>2010-04-14T21:02:42.171+02:00</updated><title type='text'>Placebo</title><content type='html'>Que el efecto placebo es un factor determinante en cualquier tipo de terapia, parece una cuestión de sobra contrastada empíricamente. Pero que la soberbia de la Medicina instalada en un arrogante estatus científico ha menospreciado e infrautilizado este recurso terapéutico, como lo hace en general con el aspecto psicosomático de las dolencias, es también un hecho más que evidente.&lt;br /&gt;Es una lástima que los galenos no se aprovechen de un recurso que da tan buenos resultados en muchas personas. No en todas, claro está, pues hay algunas que los placebos parecen traerles al pairo. Pero a ese tipo de persona no solo un placebo, sino cualquier medicina por muy contrastados que estén sus efectos les va reportar beneficio alguno. Y, es que, como en el caso de los placebos, pero en este caso a la inversa, lo que cuenta es la predeterminación con que el paciente afronte un tratamiento. Si un paciente está convencido de que el tratamiento que se le prescribe no le va surtir ningún efecto, así será. O bien, de causarlo, él negará una y otra vez que la mejoría tenga, de algún modo, que ver con lo que se ha prescrito.&lt;br /&gt;Sensu contrario, yo he conocido a personas que se les ha dicho que comer rabos de pasas eran buenos para la memoria que tras engullir unas pocas unidades se han acordado del día en que nacieron.&lt;br /&gt;También he contemplado con estos ojos, que se ha de comer la tierra, cómo cierto compañero de juergas, allá por la turbulenta juventud, entraba en un estado cuasi onírico (vulgo: colocón) tras haberse fumado una china ¡de Avecrem! Efectivamente, bastó envolver un trozo de ese producto en un papel de aluminio, sacarlo del bolsillo con cierto misterio, liar a escondidas el canuto y ofrecérselo furtivamente para que el muy ingenuo alcanzase un buen colocón e incluso se permitiera el alarde de alabar la calidad del material.&lt;br /&gt;Pero el caso más sorprendente de la fuerza de la sugestión, es decir, del efecto placebo en definitiva, tuve noticia de él hace unos cuantos años.&lt;br /&gt;Por aquel entonces, la empresa Hunosa tenía repartidos por diferentes pueblos de Asturias  una serie de economatos para sus trabajadores. Como quiera que se trataba de establecimientos ubicados en núcleos rurales y que por aquellos días no todo el mundo contaba con un utilitario, muchas de las mujeres que acudían a la compra lo hacían a lomos de su burro. Amarraban el jumento a la puerta del economato y volvían a sus casas con su voluminosa compra semanal acomodada debidamente en las alforjas.&lt;br /&gt;Una de estas clientas de un economato en concreto tenía merecida fama de ser buena sanadora de muchos males a base de yerbas y ungüentos. Su avanzada edad, su mucha experiencia y algo de tradición familiar le había permitido adentrarse en mundo de la medicina natural o cuanto menos de la fitoterapia.&lt;br /&gt;Uno de dependientes de ese economato sufría por aquel entonces ciertos males que el pudor y el decoro debidos me impiden explicitar sin herir ciertas susceptibilidades. Harto de tanta sufrida y callada agonía y conocedor como era de los portentos de la buena señora, decidióse a darle cuenta de sus intimidades en busca de un rápido consuelo.&lt;br /&gt;Tras responder a una serie de preguntas un tanto embarazosas que ella escuchaba como si tal cosa, tuvo de seguido la anhelada respuesta: “Eso quítotelo yo en un santiamén”&lt;br /&gt;Le emplazó a la semana siguiente en que le traería el remedio a todos sus males en forma de unos hierbajos que le diría cómo preparar.&lt;br /&gt;Esperó inquieto ese día y se le iluminó la cara cuando vio entrar a la vieja con un paquetito bajo el brazo. Le dio una serie de instrucciones de cómo hacer la preparación y cuándo y cuánto debería tomar.&lt;br /&gt;El hombre se deshizo en agradecimientos y estoy por decir que desde ese momento ya empezó a sentir cierto alivio en sus desagradables síntomas.&lt;br /&gt;Los compañeros del paciente muy amigos de la chanza, con la debida distancia no perdieron detalle de lo allí tratado. Así, y sin ponerse tan siquiera de acuerdo, cuando su compañero se dio la vuelta les faltó tiempo para hacerse con el paquete. Salieron al patio de entrada, donde se ataban los burros, y fueron recogiendo excrementos de éstos en cantidad suficiente como para abultar lo mismo que los hierbajos de la vieja. Dieron el conveniente cambiazo y devolvieron el paquete al lugar donde lo había dejado su compañero.&lt;br /&gt;Llegado el momento de salir del trabajo, todos se despidieron como siempre. Tan solo una extraña sonrisa abundaba en el rostro de algunos de sus compañeros, pero el doliente apenas si reparó en ello.&lt;br /&gt;No bien llegó a su casa donde convivía con su madre, le dijo a ésta:&lt;br /&gt;-Vete faciéndome un fervidillo con estes hierbes que aquí te dejo…  mientres voy duchame. Tengo que tomales enantes de cenar.&lt;br /&gt;La madre se dispuso a la labor y cuando abrió el paquete reparó en que las tales hierbas no eran otra cosa de cagadas de burro. Sin entender muy bien qué era aquel asunto, llegóse a la puerta del baño y desde fuera, a gritos hizo saber al duchante, su desacuerdo con hacer semejante fervidillo.&lt;br /&gt;Su hijo, malhumorado replicó impaciente:&lt;br /&gt;-Tú fai  lo que te digo… Que a mí dixéronme que yera muy bueno pa lo mío. Asina que ya sabes… Lo que yo te diga…&lt;br /&gt;No atendió el hijo a más razones por más que porfió su madre. Así que no le quedó más remedio que acatar la voluntad de su descerebrado hijo.&lt;br /&gt;Cuando salió de la ducha y antes de cenar, como tenía prescrito por la vieja, dio buena cuenta de un buen tazón del preparado pese a que su olor no era precisamente el de la hierbabuena. Solo dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Podíes habe-y echao un pocu más de azúcar… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre calló pero pensó para sus adentros: “Esti fíu míu está como un cencerru”&lt;br /&gt;Pues bien, sepan ustedes que aquella misma noche remitieron todos sus síntomas y pudo, por primera vez en meses, conciliar un reparador sueño que le devolvió a la vida.&lt;br /&gt;He aquí un ejemplo más de la poderosa arma terapéutica que supone el placebo, pues de qué otra forma podría explicarse la milagrosa curación del dependiente.&lt;br /&gt;Efectivamente, siempre podrán decir los descreídos que los excrementos de burro tienen desconocidas propiedades terapéuticas pero eso aún está por investigar. Y me temo que seguirá así unos cuantos años.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-7465204325844917778?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/7465204325844917778/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=7465204325844917778' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/7465204325844917778'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/7465204325844917778'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/03/placebo.html' title='Placebo'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-1181291669843152448</id><published>2010-03-29T21:20:00.000+02:00</published><updated>2010-03-29T21:29:11.971+02:00</updated><title type='text'>Terapia blanca</title><content type='html'>Harto de arrastrar un humor melancólico durante algún tiempo decidí poner fin a la situación de una vez por todas. Bueno, seré sincero y diré que más que de melancolía debería hablar de una depresión de órdago, y más que de “algún tiempo” debería reconocer que estos últimos cuarenta años han sido nefastos. Y es que, parafraseando a Miguel Mihura, hay décadas que uno no está para nada.&lt;br /&gt;Efectivamente, son cerca de cuarenta años intentando conseguir sacudirme de encima esta tediosa depresión que me devora el ánimo. Siempre con la vaga ilusión de que algún día todo empezase a cambiar y me convirtiese en un hombre moderadamente feliz, de esos que salen en las pelis. Pero, la verdad, esto no ponía trazas.&lt;br /&gt;Así, pues, decidí ponerme en manos de un profesional que me echara una mano en algo que yo, al parecer, no soy capaz de solucionar por mí mismo.&lt;br /&gt;Dudé, y mucho, sobre el tipo de profesional que me convenía. Es decir, debía recurrir a la versión clásica de los “aliviapenas” o decantarme por la versión más moderna.&lt;br /&gt;Me explico: la versión clásica, la de toda la vida, sería aquella de la que han echado mano todos cuando sentían aflicción en el alma desde que el mundo es mundo: el confesor. Esta opción tenía a su favor el acreditar excelentes resultados a lo largo de la historia y tener un jefe todopoderoso del que echar mano si las cosas no iban bien.&lt;br /&gt;Pero la verdad, he de reconocer que, como hombre de mi tiempo, comprometido con la modernidad y todo eso, no me siento  excesivamente  cercano a la Iglesia. Así las cosas,  opté por una versión más actual: el psicólogo.&lt;br /&gt; ¿Qué es, al fin, un psicólogo más que un cura sin sotana? La función, la misma; las técnicas, similares. Tan sólo discrepan, y no tanto, en sus prescripciones: mientras el primero “receta” varios padrenuestros y múltiples avemarías y preconiza el arrepentimiento; el segundo, pone a disposición del afligido todo una batería de terapias envueltas en una verborrea incomprensible plagada de tecnicismos (lo que equivaldría a los latinajos del sacerdote) hasta conseguir la “modificación de la conducta” antes denominada por el clero  “propósito de la enmienda”.&lt;br /&gt;Las terapias de estos nuevos confesores son ahora cada día más absurdas y sorprendentes. Porque cuanto más audaz y peregrina sea la recomendación tanto más importantes se sienten y  tanto más “científicos” se creen. Tratan, de esta forma, de quitarse de encima la maldita y desprestigiosa etiqueta de “filósofos del sentido común”.&lt;br /&gt;Hay que decir que alguno va más allá en su intento de alcanzar el máximo estatus científico representado, a su manera de ver, por un galeno y no se sustrae a expender recetas de las de “verdad” y extienden una papela prescribiendo tisanas, fervidillos y demás remedios escritos, eso sí, con la letra más incomprensible posible para poner aún más énfasis en su afán emulador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pues, tenía que optar por encontrar un consejo de conducta dentro de los cánones del sentido común pero a cambio de vender mi vida y mi alma a la Iglesia, es decir a Dios; o por el contrario, exponerme a la heterodoxia más peregrina y  alejada del sentido común  y acercarme a las fuentes del saber universal y científico que brota del fácil verbo de los psicólogos. La elección resultó fácil. Lo cierto es que resulta prometedor ponerse en manos de una persona que, a priori, lo sabe todo de la vida: lo que es bueno, lo que es malo, lo que nos conviene y lo que no. Una persona conocedora del mundo arcano, que está próximo a lo divino y lo humano; que dicta sin ambages las recetas del bienestar cuando no de la felicidad más absoluta. Quién puede sustraerse a encomendar su vida, su alma y todo su ser a alguien tocado de semejantes atributos que le harían merecedor de un escaño  en el monte Olimpo donde codearse con sus iguales.&lt;br /&gt;En fin, que esa fue mi decisión y de seguido me encaminé a un prestigioso psicólogo en busca de una mano amiga que me reflotara de mi personal naufragio.&lt;br /&gt;Efectivamente, se cumplieron todas mis expectativas. No bien le hube contado someramente mis cuitas, que él que había escuchado muy atentamente subrayando con algún monosílabo partes de mi discurso (“efecto greenspoon” lo llaman), ya tuvo absolutamente claro cuál era mi problema. Y de inmediato dio paso a marcar las directrices generales de lo que habría de ser su intervención terapéutica.&lt;br /&gt;Como digo, mis expectativas se vieron satisfechas por completo en lo que se refiere a lo peregrino de la terapia.&lt;br /&gt;Empezó  por preguntarme si me gustaba el fútbol. Un poco extrañado y confundido le participé que no era precisamente devoto del balompié. El torció el gesto por primera vez y me adelantó que eso tenía que cambiar.&lt;br /&gt;Insistió en el tema y me espetó de repente que “¿cuál era mi equipo favorito”? Más confuso aún le dije que, pese a no ser muy aficionado, como le había comentado,  de ser forofo me sentía en la obligación de serlo del equipo de mi pueblo. ¡Qué menos!&lt;br /&gt;De nuevo torció el gesto y anotó algo en su libreta a la par que decía un: “bien, bien, bien...” que sonaba como un rotuno “mal, mal, mal”.&lt;br /&gt;La primera entrevista no dio para más. Salí intrigado y preguntándome  qué tendrían que ver mis males con el fútbol. Y debo confesar que, de camino a casa, me fui fijando en todos los televisores que desde la calle pude ver, mirando con inusitado interés los partidos de fútbol que estaban poniendo en ese momento. ¿Qué tendría que ver aquello con mi estado de ánimo?, me repetía.&lt;br /&gt;Tras una semana dándole vueltas al tema volví al “terapeuta cognitivo-conductual”, que así rezaba en la placa de su puerta.&lt;br /&gt;Sin darme apenas tiempo a sentarme, ya me estaba contando su peculiar estrategia para hacerme un hombre completamente feliz. De ahora en adelante, tendría que ver como mínimo un partido de fútbol al día. Tendría que comprar todos los días un periódico deportivo, especialmente uno que, al parecer, era muy proclive a los intereses del Real Madrid. Y, por supuesto, tendría que hacer lo posible por hacerme un “madridista” recalcitrante.&lt;br /&gt;La explicación era tan simple como convincente. Gustándole a uno el fútbol es más fácil encontrar la felicidad y despachar la depresión. Más que si a uno le gusta el hockey sobre patines, me dijo. Este puede ser un deporte muy bonito, pero resulta muy difícil asistir, y por tanto disfrutar, de sus partidos. En cambio, en el caso del fútbol, la oferta diaria es realmente numerosa. Revistas de hockey no hay en el mercado, en cambio la oferta en fútbol también es bastante copiosa. Encontrar gente afín con la que poder compartir la afición al hockey, es bastante poco probable. En cambio, de fútbol entiende todo el mundo y hay personas con las que no cabe hablar de otra cosa.&lt;br /&gt;De esta guisa, uno puede tener la mente ocupada en algo que le gusta gran parte del día, todos los días de la semana, todas las semanas del mes; es posible establecer relaciones sociales en cualquier momento y en cualquier parte. Todo esto evita el aislamiento, le aleja a uno de la paranoia y le permite experimentar la satisfacción de poder saciarse de algo que le gusta de una forma que con cualquier otra cosa sería impensable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y lo del Madrid? Pregunté, un poco apabullado. Muy fácil: Resulta más fácil ser feliz siendo del Madrid que no siéndolo. Y me puso un ejemplo: Tras un domingo tedioso en compañía de los suegros o cualquier plasta de amigo (que no habla de fútbol) y ante la perspectiva de un horrendo lunes, si al final del día “nuestro equipo” pierde, el sentimiento que nos queda es de auténtica derrota que nos acerca peligrosamente a la depresión.&lt;br /&gt;En cambio, si pese a todos esos males al final del día viene la reconfortante victoria de “nuestro Madrid” las cosas terminarán cambiando de color y alejando la depresión. No todo está perdido, pensaremos. Si, por el contrario, el domingo fue plenamente satisfactorio, una derrota empañará el contento y no así si la victoria está asegurada, lo que incrementará aún más nuestra  euforia.&lt;br /&gt;Es decir, concluyó, que para tener mayores garantías de ser feliz hay que ser forofo de un equipo que gana siempre y no hay otro que el Madrid que, aun en el caso improbable de que pierda, siempre nos quedará la convicción moral de que es el mejor equipo del mundo. O eso dicen.&lt;br /&gt;Y eso fue todo. Salí de la consulta y entré en unos grandes almacenes y me compré una bufanda del Real Madrid, una gorra a juego y con el Marca bajo el brazo me fui a mi casa  dispuesto a ser un hombre feliz.&lt;br /&gt;De esto hace unos meses. He de decir que he conseguido grandes avances. En general, me encuentro bien, apenas me doy cuenta de que la gente me mira por la calle por mi extraña indumentaria y cuando me siento recaer entro en un bar y me pongo a ver el primer partido que estén echando. Si tengo suerte y es del Madrid, me entra un subidón... ¡Ah, los psicólogos! ¡Que Dios los bendiga por tanto bien que hacen a la gente y al mundo!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-1181291669843152448?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/1181291669843152448/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=1181291669843152448' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1181291669843152448'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1181291669843152448'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/03/terapia-blanca.html' title='Terapia blanca'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-3826977988001116139</id><published>2010-02-10T21:04:00.000+01:00</published><updated>2010-02-10T21:05:38.319+01:00</updated><title type='text'>Racismo de andar por casa</title><content type='html'>Desde siempre se ha dicho que el español (y por extensión, el asturiano) no era racista. Aseveración que iba seguida, de inmediato, de una coletilla que decía que eso era porque en España no había suficientes negros;  y se remataba el argumento con una referencia a los miembros de raza gitana con lo que sí lo éramos. Conclusión: no éramos racistas porque nuestra sociedad no nos había puesto a prueba.&lt;br /&gt;Hoy la realidad socio-demográfica española ha cambiado considerablemente y merece la pena replantearse esa creencia popular sobre el racismo. Hoy hay más negros, y de otras muchas y procedencias, claro está,  y cabe preguntarse si al haberlos hay más racismo. Ahora, sí somos puestos a prueba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, era fácil no ser racista cuando en Gijón, en los años 60, solo teníamos conocimiento de dos negros: uno el Rey Baltasar, que por aquel entonces, más que negro era tiznado y que aun siendo así, en un manifiesto acto racista, desfilaba en último  lugar en la Cabalgata. El otro era Esteban. Este, en realidad, tampoco era exactamente negro (negro te lo juro por mi madre): era un mulatazo de nuestra edad cuyo origen siempre desconocimos pero que la fantasía infantil le había atribuido el título de príncipe heredero de una tribu africana. Y, bien sea por esta aureola real,  bien por su llamativo color  o por sus simpáticos rizos y desenvuelto comportamiento, he de decir que decididamente se trajo de calle al sexo opuesto, no bien despuntamos a la turbulenta adolescencia. Tanto es así, que yo durante un tiempo le envidiaba y soñaba con ser negro y me pasaba horas y horas en la playa, tostándome al sol,  tratando de conseguirlo, bien es verdad que nunca me atreví a decirle a mi madre que, para completar el cuadro, me dejara hacerme la permanente. Soy consciente de que, de haberlo hecho, hubiera sufrido serias consecuencias en un barrio donde un “niño” debía ser muy “hombre” y, además,  parecerlo so pena de mofa y vituperio de sus pares.&lt;br /&gt;Ignoro cuál fue el paradero de Esteban, pero todos guardamos un grato recuerdo de aquel personaje y nos concede un argumento a favor de la tesis de la ausencia de racismo en aquellas nuestras vidas. Pero la simpatía que despertaba en nosotros tan curioso personaje no sé si será suficiente para concluir la ausencia de racismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y lo digo porque son varios los recuerdos que tengo de aquella época que desprenden un “ligero” tufo racista que asomaba en muchos de nuestros comportamientos o actitudes. Bueno, más que en los nuestros, en los de nuestros mayores. Sirva de ejemplo de lo dicho alguna que otra “perla”  protagonizada por parientes de mi entorno más cercano.&lt;br /&gt;Mi madre, sin ir más lejos, siempre me participó con cierta severidad sobre lo inconveniente que sería que yo me casase con una negra (“¡Dios te libre de aparecerme con una negra por aquí! ¡Home, estaba pensándolo yo! ¡No me faltaba más que eso!”). A veces pienso que si yo, como es costumbre en los adolescentes, hubiese hecho justo lo contrario de lo que me decían, y hubiera aparecido con una chica de color (negro) por casa, tal hecho hubiese hecho temblar los cimientos de mi, por otra parte ya instable, estructura familiar. Una auténtica tragedia doméstica. ¿Con qué cara hubiese salido mi madre a la calle, ido a la tienda o saludado a sus amigas o vecinas? Y en el caso improbable de que dicha relación consolidase lo suficiente como para dar fruto en forma de encantador mulatillo, no quiero pensar en la cara de mi madre cuando tuviera que pasearlo por la calle. Estoy seguro que, negando la mayor, habría dicho que su color  obedecía a mis excesos playeros de los que ella, cómo no, me había advertido sobre sus desagradables consecuencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más explícita en su racismo “inconsciente”(?) era una tía mía que, sin ella saberlo, fue la que pergeñó la ideología del “apartheid” puesto en práctica, años más tarde, en la República Sudafricana. Ella, en un alarde de tolerancia, decía que eso de maltratar a los negros estaba muy feo y era manifiestamente condenable: “No, no... que les peguen, no... pobres. ¡Que los aparten, que los aparten!”. Advertida de que su actitud era manifiestamente racista, ella replicaba escandalizada que no había tal, que más que racista, ella  era “ordenada”. Por cuestión de “orden” entendía que los negros estuvieran con los negros, los chinos con los chinos ... En fin, todo un carácter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el ejemplo más sutil de un racismo que tenía tanto de ingenuo como de contumaz lo dio otro pariente mío en cierta ocasión en que presenciaba con mi hermano y conmigo el Telediario (antes sólo había uno). La noticia estrella era una visita de los, por entonces, Príncipes de España a un país centroafricano. Mientras el Rey (príncipe) oficiaba de tal y pasaba revista a las tropas extranjeras o visitaba una presa construida  con capital español; la Reina (principesa) hacía las labores propias de su sexo real: visitaba un centro de acogida y formación de niños sordomudos. Lógicamente, los alumnos eran de raza negra lo que llamó poderosamente la atención de mi pariente que, tras un momento de duda miró hacia nosotros y preguntó extrañado: “Ah, pero... ¿los negros también pueden ser sordomudos?” Un incómodo silencio inundó la estancia hasta que la  subsiguiente sección de deportes (de fútbol, me refiero) contribuyó a relajar un tanto la situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En resumen, que aunque no hubiera negros se respiraba un ambiente racista, diría yo que un tanto inconsciente pero que contradecía, bien a las claras, la creencia de que no había racismo en España; esto es, en Asturias. De ello se deduce que, siguiendo la lógica mencionada al principio, ahora que sí hay negros, deberíamos ser mucho más racistas o por lo menos más explícitos.&lt;br /&gt;Pues, no. O eso creo. Las cosas están como estaban, cuando menos respecto a los negros. Los subsaharianos (como hoy se da en llamar en un evidente eufemismo racista que olvida que también sería tal un sudafricano blanco como la leche) gozan de cierta “simpatía” que yo diría que no es extensiva a otras “razas” (clinas, dirían los antropólogos) o nacionalidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero en esa “simpatía” que aún  despiertan los “subsaharianos” hay ramalazos de racismo absolutamente inevitables, especialmente en lo tocante a las costumbres de profundo arraigo regionalista; “rasgos distintivos” que se diría por otros lares.&lt;br /&gt;Una cosa es que nos caigan simpáticos o pintorescos y otra muy diferente que asumamos sin reparos que hagan una vida de absoluta integración con los modos y costumbres propios de los asturianos, que, como “nacionalistas” (léase “regionalista” si parece excesivo el otro término) están profundamente arraigados en nuestros genes. ¿No es el nacionalismo, a la postre, una suerte de segregacionismo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Evidencia lo que digo el hecho de que pocos asturianos son los que admitan, por ejemplo, sin reparos el hecho de que un “señor de color” (negro, por supuesto), les eche un culín en una sidrería. Pase que lo haga un sudamericano (que ya se ve), pase que los concurso de echadores los ganen checos o polacos (que ya pasó), pero que un mocetón  negro como un tizón nos diga “ahí va esi culín” chirría a la mayoría de los sidreros, y alguno hay que ve cómo, con ello,  se socavan los sacrosantos principios de la asturianía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, esto no ha hecho más que empezar. De aquí a unos años, la estampa que describo no sólo será habitual sino que, por añadidura, el echador en cuestión responderá al asturianismo nombre de Xuacu Rubiera o Xicu Paniceres, será descendiente directo de “playos” (los del culo moyáu, ya saben) y hablará un asturiano más cerrado que un paisanucu de la Hueria Carrocera, allá por los confines de Carbayín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡No nos queda nada...! Así, pues, hay que pensar en dejar de ser tan  “ordenados” pues los  hechos son tozudos. Es hora ya de ir eliminando ciertos prejuicios. O eso o bien dejar de tomar sidra; y eso..., amiguín, eso sí que no. ¡Hasta ahí podíamos llegar!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-3826977988001116139?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/3826977988001116139/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=3826977988001116139' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/3826977988001116139'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/3826977988001116139'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/02/racismo-de-andar-por-casa.html' title='Racismo de andar por casa'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-7773952308343501928</id><published>2010-01-05T13:00:00.000+01:00</published><updated>2010-01-05T13:08:22.927+01:00</updated><title type='text'>Peculiar encuentro</title><content type='html'>Existe una serie de personajes que, como dicen los pedantes, son del común. Sin ser tan mediáticamente “famosos” como la ínclita Belén Esteban representante de la más vanguardista cosmología o sin ser unos modernos héroes populares tipo Cristiano Ronaldo, si están, no obstante,  en boca de todos en algún que otro momento. Con ellos ocurre lo mismo que con los personajes que dan nombre a las calles de nuestras ciudades: nos suenan todos, pero no tenemos ni idea de que son o fueron, hicieron o dejaron de hacer. Con estos otros ocurre otro tanto, tenemos una vaga referencia de sus andanzas pero no sabemos, a ciencia cierta, nada concreto sobre ellos.&lt;br /&gt;Forman parte del acervo popular, siempre hemos oído hablar de ellos relacionados con diferentes circunstancias, pero resulta difícil, por no decir imposible, hacerse una idea de cómo eran o son, en el caso de que aún existan y doy fe que alguno existe.&lt;br /&gt;Estoy hablando de criaturas como Perico, el de los palotes; o bien Antón, el pirulero; Benito el de la purga milagrosa o también Jorge el de la tripa que estira y encoje; de Piruja la inolvidable bruja...&lt;br /&gt;Cuántos y cuántos personajes de los que todos hablamos y que seguro nadie se imaginó cuál sería su aspecto o si lo imaginó lo hizo de niño que es de cuando datan nuestras primeras referencias historiográficas de los mismos. El caso es que se trata de personajes absolutamente “conocidos” sin nadie en realidad los conozca o refiera que los haya conocido.&lt;br /&gt;Pues héteme aquí, que, por increíble que parezca, en cierta ocasión tuve la inusitada oportunidad de conocer a uno de esos personajes. Fue en un viaje a lo más profundo del Magreb, ¡quién lo iba a decir!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atar, es un pueblo perdido en un pedregoso desierto de los muchos que constituyen la árida Mauritania. Es un cruce de caminos que van y vienen de sabe Alá dónde. Caminos que se pierden de vista en una trayectoria infinita apuntando a un horizonte de piedra y arena (¡qué poética imagen, pardiez! Aconsejo su relectura para empaparse hasta las trancas de tan bella escena).&lt;br /&gt;No tiene Atar más interés, a ojos de un sacrificado turista, que un destartalado mercado típico de aquellos lares en que los parroquianos acuden a hacer sus compras con tanto desinterés como desgana  parecen tener los vendedores.&lt;br /&gt;Pero es parada obligada. Varias razones así lo aconsejan: Primero, porque no son en exceso abundantes los pueblos en los desiertos (normal, si no no lo serían); segundo, porque pese a lo vasto del desierto el personal femenino no suele encontrar acomodo donde aliviar su vejiga  y tercero, porque, tras horas y horas de atravesar páramos eternos, arenales infinitos y pedregales sin límite hay que estirar las piernas y refrescar el gaznate.&lt;br /&gt;Así que allí nos hallábamos, sentados en una destartalada y polvorienta terraza de un mísero bar. Con la mente puesta en una cerveza fría pero dando cuenta de una Coca-cola caliente. Y es que la realidad se impone: en una república islámica está prohibido el consumo de alcohol (al menos en público) y, por otra parte, el concepto de “frío” en un desierto es algo muy relativo. Lo que para los mauritanos es una bebida gélida para nosotros es un sopicaldo calentorro de difícil ingestión. Pero en fin, es lo que hay.&lt;br /&gt;Allí estábamos, digo, y no muy lejos de nosotros, nuestros guías y conductores, estaban haciendo chanzas en su jerigonza incomprensible. Se reían a grandes carcajadas seguramente de nosotros. Cosa que nada tendría de extrañar que así fuese.&lt;br /&gt;Al cabo de un rato, acertó a pasar por allí una mujer con un aspecto similar al de tantas del país: enjuta, menuda y envuelta en mil sayas multicolores. Se acercó a nuestros acompañantes y se entabló una conversación en el habitual tono elevado y algo airado que se estila por esos países y del que los españoles hemos tomado cumplida herencia. Pero pronto la cosa fue a más, el tono de la charla se tornó violento y la mujer empezó a gritarles mientras ellos replicaban con más chanzas y carcajadas. Estas elevaron su volumen cuando ella se lió a darles manotazos y proferir voces que seguro no eran piropos precisamente. Escupía por aquella boca vocablos cargados de veneno y que seguro hacían una indecorosa referencia a la parentela de los interpelados que seguían tomándose a chunga el cabreo de la mujer.&lt;br /&gt;La gente cercana asistía al espectáculo con distraído interés y completa pasividad. Ella se fue alejando de ellos pero, presa de una arrebato que iba en aumento, comenzó a tirarles piedras y palos, munición bastante abundante por cierto. El grupo de hombres que la había emprendido con ella esquivaban como podían los proyectiles sin perder por ello un ápice de su hilaridad.&lt;br /&gt;Ya lejos, las piedras ni siquiera se acercaban a la diana pero no así lo insultos que se intuían muy graves a juzgar por la saña con la que los profería y en los que insistió aun cuando había desaparecido de nuestra vista.&lt;br /&gt;Con la vuelta de la normalidad, desconcertados por el espectáculo, preguntamos a los conductores que aún seguían con la sonrisa en la cara, qué había sucedido.  Por señas nos hicieron saber que nada grave, y llevando su dedo índice a la sien, en un gesto absolutamente comprensible en todo el mundo, nos transmitieron que se trataba de una loca.&lt;br /&gt;Y entonces fue cuando reparamos en un hecho insólito. Sin apenas darnos plena cuenta, habíamos asistido a un encuentro inusitado con uno de los personajes a los que antes me refería. Efectivamente habíamos tenido delante de nuestras narices, en carne y hueso,  a la mismísima  “Loca de Atar”. Tantas veces habíamos oído hablar de ella y allí estaba, ¿dónde sino? Inolvidable.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-7773952308343501928?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/7773952308343501928/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=7773952308343501928' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/7773952308343501928'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/7773952308343501928'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2010/01/peculiar-encuentro.html' title='Peculiar encuentro'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-1863112633594927095</id><published>2009-08-06T19:10:00.000+02:00</published><updated>2009-08-09T17:56:13.957+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Opinion'/><title type='text'>¿Lechuga? No, gracias</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/Sn7w_zRyuFI/AAAAAAAADBU/0vVvMnZ7VmQ/s1600-h/lechuga.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 200px; height: 200px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/Sn7w_zRyuFI/AAAAAAAADBU/0vVvMnZ7VmQ/s200/lechuga.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5367992784759470162" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recientemente ha llegado a mis manos un artículo de prensa que, en términos generales, suscribo sin reservas. Estoy convencido de que el firmante es un alma gemela a la mía lo cual me reconforta en extremo puesto que abre un esperanzador resquicio de esperanza que me libera de la angustia de sentirme solo. Efectivamente, durante todo este tiempo me creí solo ante el mundo en mi cruzada contra el “lechugismo” imperante en esta nuestra sociedad actual.&lt;br /&gt;Y entiendo por “lechugismo” a la recia dictadura que, desde distintos sectores sociales, se nos impone tratando de convencernos de todas las bondades que las ensaladas nos ofrecen. Y entiendo, a su vez, por “ensaladas” aquellos preparados en los que abunda con gran profusión toda clase de elementos del reino vegetal, pues me adelanto a aseverar que tolero aquellas otras que coquetean con elementos no precisamente vegetarianos (huevos, atún, queso...), e incluso apetezco de aquellas otras que se adentran valientemente en el ubérrimo mundo de los manjares verdaderamente suculentos, “verbi gratia”: ensalada de pulpo sobre cama de langostinos salpicado con virutillas de jamón ibérico y tropezones de higo macerado en brandy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, sostengo que existe una confabulación internacional de oscuros intereses que pretende imponer como saludable y, peor aún, como exquisita la ingesta habitual de lechugas varias y otros forrajes por el estilo. Y más tarde demostraré que se trata de una imposición que, como tal, atenta contra la esencia de la más elemental democracia gastronómica, pues si democracia implica el gobierno de las mayorías, lo es siempre con el respeto de las minorías.&lt;br /&gt;Sostengo yo y, al parecer, mi alma gemela que las ensaladas (las verdes, digo) son un auténtico coñazo que alguien (luego diré quién) inventó para entretenernos pastando hierba mientras llegan los manjares verdaderamente sabrosos, apetecibles y que hacen de nuestra vida un auténtico placer (en ausencia o escasez de otros).&lt;br /&gt;Consiento en que, puestas en la mesa, las ensaladas hacen bonito pero, ¡qué caramba!, también tiene el mismo efecto estético un florero o un sencillo centro de mesa y no por eso tengo que comérmelo. Si se trata de una cuestión estética, sea. Pero con todo y con eso, he de confesar que, en más de una ocasión y como acto de rebeldía ante la imposición lechugil, he aderezado con el aliño correspondiente un centro de mesa y luego me lo he comido antes de que me sirvieran los entremeses para escándalo de mis acompañantes y disgusto del camarero.&lt;br /&gt;Siempre estuve convencido de que en las ensaladas me encontraba con ciertos hierbajos con peor aspecto que las “malas hierbas” que yo arrancaba de mi jardín. Por ello me preguntaba: ¿porqué estas sí y aquellas no? No entendía la razón de que tuviera sobre mi plato y, peor aun, dentro de mi estómago cosas que no consideraba válidas para mi propio jardín.&lt;br /&gt;Tal es el paralelismo entre unas especies y otras que en cierto momento tentando estuve a deshacerme de la máquina cortacésped y, convoy de aliño en mano, salir al jardín, arrodillarme y ponerme a pastar directamente de la “suculenta” pradera: ¡Qué mejor! ¡Qué más fresco!&lt;br /&gt;¿Quién ha decidido qué malas hierbas pueden entrar a formar parte de mi dieta? ¿Qué criterios se han seguido para semejante elección? Me adelanto a descartar criterios de sabor habida cuenta de que, en un empírico afán de alcanzar una respuesta, he llegado a ingerir toda clase de plantas forrajeras que, convenientemente aderezadas, perfectamente podrían haber entrado a formar parte de cualquier ensalada al uso. Doy fe.&lt;br /&gt;La respuesta a tales cuestiones creo haberla encontrado en el artículo al que me refiero. Su autor, muy acertadamente, sostiene que algún astuto y avispado cocinero que, al no saber qué hacer con las malas hierbas de su jardín y tras agotársele el herbicida selectivo, las fue arrancando y dándoles sonoros nombres como rúcula, brotes de primavera, canónigo, etc. Luego se dedicó a vendérselas a sus clientes en forma de ensaladas avaladas, claro está, por su prestigio. Completaría el cuadro unos comensales tan crédulos como influenciables socialmente que lo dieron por bueno, ya que ¿quién se atreve a poner objeciones a un chef con prestigio? Convencido estoy de que si uno de estos gurús de los fogones sostiene que hay que sustituir el café por cagarrutas de cabrito el arbusto del cafeto afrontaría su pronta extinción y Juan Valdez engrosaría las listas del paro.&lt;br /&gt;Si a todo esto añadimos que la clase médica y adláteres parecen tener como único fin el hacernos la vida más ingrata y difícil (actitud manifiestamente denunciable ante el tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo y que contraviene los principios más básicos del juramento hipocrático); y para ello no escatiman en perversiones como la de recomendar la ingesta abundante y prolongada de lechugoides, ya tenemos el cuadro completo; ya están sentadas las bases de la dictadura lechugil. Comer verde no sólo resulta moderno y estético, sino saludable.&lt;br /&gt;Así las cosas no hay forma de sentarse a una mesa sin que alguien proponga con entusiasmo digno de mejor causa la feliz idea de comenzar el ágape por una ensalada. Idea secundada con no menor entusiasmo por el resto de los asistentes sin que haya lugar a discrepancia alguna. Y es aquí la dictadura toma cuerpo y se manifiesta la ruina de la democracia puesto que aunque uno haga ostensibles reparos a tal idea nadie lo librará de ver sobre la mesa tan insulso y poco aprovechable condumio. E incluso se verá obligado a la degustación con la mejor cara so pena de ser tachado de individuo socialmente “raro”.&lt;br /&gt;Y es que con la ensalada ocurre una cosa que no ocurre con el resto de las viandas. Me explico. Si a una cena asisten varios comensales con el fin de compartir unas suculentas raciones en buen amor y compaña siempre es costumbre, en virtud de un tácito acuerdo, pedir diferentes manjares que sean del agrado de todos, bien entendido que, habiendo de dónde escoger, porqué hacerlo de aquellos guisos que a alguno de los comensales disguste. Pues bien, esta regla no escrita pero absolutamente razonable no reza en el caso de las ensaladas. Si uno, como es mi caso, manifiesta abiertamente su oposición a comer tales fruslerías y entiende como mejor el trocarlas por alimentos más sustanciosos y contundentes de nada servirá. La dictadura lechugil entra en acción y aplastará sin miramientos cualquier objeción o acto rebeldía y al rato verá ante sus narices un centro de mesa supuestamente comestible que será recibido con profusión de comentarios festivos absolutamente desproporcionados. Tan desproporcionados como su precio; porque eso es otra: la tarifa que los restaurantes aplican a cuatro miserables brotes verdes está tan fuera de lugar que la OCU debería tomar cartas en el asunto, cuando no la Fiscalía pues hay hechos tipificados como estafa que son absolutamente veniales en comparación con tamaño atraco.&lt;br /&gt;Pero basta ya de tanta imposición, tanta dictadura, tanto atropello. Ahora sé que no estoy solo: cuanto menos somos dos y seguro que habrá más. Pongamos freno a tales tropelías. Es llegado el momento de que todos los que se sientan subyugados por esta dictadura lechugil unamos nuestras fuerzas y levantemos la voz. ¡Basta ya!&lt;br /&gt;Y desde aquí proclamo: Víctimas de la lechuga y el hinojo, uníos. Represaliados de la endibia y la borraja, haceros oír. Damnificados del apio y la escarola, rebelaros. Oprimidos por la rúcula y el canónigo, en pie. Todos juntos, por fin, unamos nuestras fuerzas al liberador y unánime grito de “¡¿Lechuga? No, gracias!”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-1863112633594927095?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/1863112633594927095/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=1863112633594927095' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1863112633594927095'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1863112633594927095'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2009/08/lechuga-no-gracias.html' title='¿Lechuga? No, gracias'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/Sn7w_zRyuFI/AAAAAAAADBU/0vVvMnZ7VmQ/s72-c/lechuga.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-4888969300093584875</id><published>2009-04-07T14:38:00.000+02:00</published><updated>2009-04-14T14:41:37.484+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Opinion'/><title type='text'>Locuacidad impresionante</title><content type='html'>Si hay algo que llama poderosamente mi atención es la capacidad que tienen las mujeres para entablar conversaciones duraderas a partir de un tema, aparentemente trivial.&lt;br /&gt;Claro está que su capacidad para la expresión verbal parece estar suficientemente contrastada desde un punto estrictamente científico. Son muchos los estudios que ponen de manifiesto una predisposición genética que les confiere un cerebro “lingüístico”, con un mayor número de conexiones neuronales en las áreas relacionadas con la compresión y expresión verbal.&lt;br /&gt;Bien. Pero con todo y con eso sigue maravillándome que su proverbial locuacidad sea capaz de alargar hasta extremos inverosímiles una conversación sobre un tema sobre el cual dos hombre no serían capaces de enlazar más de cuatro palabras seguidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Refrenda lo que digo la realidad cotidiana. Y mi propia realidad no es una excepción. Cada mañana me desplazo al trabajo en autobús en un trayecto que no demora más allá de treinta minutos. Pues bien, asisto maravillado, cada día, a un ejemplo de lo que digo.&lt;br /&gt;Pongo por caso lo que sigue.&lt;br /&gt;Acurrucado en mi asiento, en una suerte de catatonia directamente relacionada con lo intempestivo del horario, asisto a la subida al autobús de una fémina que da en sentarse en el asiento anterior al mío donde permanece, en estado de asombrosa vigilia, otra mujer de parecido aspecto a la recién llegada.&lt;br /&gt;No bien se acomoda se inicia el portento.&lt;br /&gt;-¡Ay! ¿Qué fuiste a la peluquería?&lt;br /&gt;-Sí, boba... Hacíame  una falta....&lt;br /&gt;-Pero ... ¿Qué pusiste meches?&lt;br /&gt;-No, no. Sólo corté les puntes y eché un plis.&lt;br /&gt;-Buena falta me hacía a mí porque téngolo...&lt;br /&gt;-No fía, tampoco está tan mal. Tú sólo con lavar y marcar ya vas lista.&lt;br /&gt;-Calla, calla, muyer, si tengo unos pelos de lloca que paqué. Pero ye que me da tanta pereza.&lt;br /&gt;-Y a mí también, chica, pero ye que llega un momento en que empieza a enrédaseme el cepillu que no hay manera...&lt;br /&gt;-Y, entonces, ¿cómo no aprovechaste pa poner les meches?&lt;br /&gt;-Ay, porque eso a mí sí que me da pereza. Casi, que prefiero haceme la permanente y así estar unos mesinos sin ir.&lt;br /&gt;-Pues a ti suele quédate muy bien.&lt;br /&gt;-¿Tú crees?&lt;br /&gt;-Sí, chica. Si fuese yo... pero tú. Quédate todo tan mono.&lt;br /&gt;-Pues tu, chica, con esi pelín tan agraciao que tienes... no sé como no lo dejes así. Con un bañín de color y listo.&lt;br /&gt;-No sé, ye que me veo rara... son tantos años... chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡¡Y así treinta minutos!! Y porque el viaje toca a su fin que si en vez de ir de Gijón a Oviedo, fuera de París a Tombuctú la conversación seguiría en los mismos términos sin solución de continuidad. ¡Qué barbaridad! ¡Qué capacidad para el diálogo!&lt;br /&gt;Por otra parte resulta imposible transcribir exactamente el transcurso literal de la conversación pues, por motivos obvios, la plasmación literaria de una conversación conlleva una sucesión temporal de intervenciones alternantes. Sin embargo, en el plano real las intervenciones tienen lugar de forma no sucesiva, sino más bien simultánea. De manera que aun cuando no haya terminado la alocución de una interlocutora, la otra ya está iniciando la respuesta que antes de acabar se verá solapada por la interpelación de la contraria y así sucesivamente. Y todo ello con la absoluta seguridad de que  ambas las dos están enterándose por completo de lo que está diciendo la otra sin perder un ápice. ¡Una maravilla! ¡Un portento!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si una situación semejante se produjera entre dos interlocutores varones, puedo dar fe que sería harto distinta.&lt;br /&gt;Cuando el recién llegado iniciase la conversación todo quedaría resuelto en escasos segundos de una manera semejante a la que sigue:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hombre... ¿Qué? ¿Vinieron los indios?&lt;br /&gt;-Ya ves... ya me hacía falta, ya.&lt;br /&gt;-Bien, hombre, bien...&lt;br /&gt;-Si.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y eso es todo. ¿Qué más se podría decir? Ya está dicho todo se dirán ambos interlocutores. Uno ha cortado el pelo y el otro, en un alarde de perspicacia y  dotes observadoras, se ha percatado de ello y se lo hace saber con una frase tan original como jocosa. El otro siente la necesidad de justificarse y el primero lo entiende y lo aprueba. Y es que lo del pelo no da para más. O eso se creen ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien. Antes de que las atentas lectoras, como siempre suele ocurrir, se sientan agraviadas con estos comentarios; algo totalmente injustificado si atendemos a la admiración que me causa lo descrito. Antes, digo, de que eso ocurra y que manifiesten (con razón, por supuesto, como siempre) que si se tratase de otros temas la cosa cambiaría, me adelanto a darles la razón, como digo.&lt;br /&gt;Efectivamente, sólo hay un tema en el que los hombres son capaces de mostrar una habilidad semejante. Se trata, por supuesto, del fútbol.&lt;br /&gt;Es curiosa esta habilidad tan específica y especializada. No hay estudios al respecto que expliquen cómo el fútbol es capaz de transformar el tosco cerebro de un hombre en un grácil y flexible cerebro de mujer dando de sí una locuacidad  sin parangón. Estaríamos hablando de un potencial lingüístico que se plasmaría en verbo fácil  a partir de un único y determinado estímulo. Sería lo que los psicólogos darían en llamar especificidad estímulo-respuesta, pero cuya funcionalidad depende de resortes y mecanismos psico-fisiológicos difíciles de interpretar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, no son escasas las veces que he asistido en el mismo escenario a una prueba palpable de lo antedicho. Hecho que añade unas peculiares características difíciles de explicar como es el hecho de la conversación se inicia, a juicio del observador (oyente), sin las claves suficientes para determinar de qué o de quién se está hablando. Hecho éste que denota, a su vez, una extraña especialización y una asombrosa capacidad para intuir, a bote pronto, de qué y quién se debe hablar en ese preciso momento.&lt;br /&gt;Así, la escena sería la siguiente: Un grupo reducido de hombres está (como siempre) medio adormilados en la última fila del autobús. Se incorpora al grupo uno con un poco más de ánimo y comienza el espectáculo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Qué... ¿viste? ¿Qué te decía yo?&lt;br /&gt;-Calla, calla. No me hables. Pa matalos.&lt;br /&gt;-Ye que así, no vamos a ninguna parte.&lt;br /&gt;-Eso mismo díjelo yo, hai un par de meses.&lt;br /&gt;-Y luego sal el otru faltosu y diz que... bueno,  ¿pa qué? ¿tú creeslo?&lt;br /&gt;-Esi, otru babayu...&lt;br /&gt;-Sí, home, sí. Babayu pero ahí lu tienes...&lt;br /&gt;-Pero ye que ye too igual ¿oíste?... Yo voy borrame.&lt;br /&gt;-Y haríes bien. Yo, si no lo hago, ye pol guaje.&lt;br /&gt;-Pues voy decite más: no voy anque me paguen.&lt;br /&gt;-Ye que non hai derechu... Con les perres que ganen.&lt;br /&gt;-Había que matalos a toos...&lt;br /&gt;-A toos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así hasta Oviedo. Obsérvese, la extraña capacidad de hablar de algo y de alguien sin haber hecho ninguna referencia a ello ni a cuándo ocurrió, y sin embargo ambos interlocutores son capaces de reconocer, no sé bien gracias a qué invisibles claves, el tema, los protagonistas, la situación espacio-temporal... todo. Se diría que se trata de una misma conversación iniciada, quién sabe cuándo, y que continúa justo en el punto donde se dejó la última vez que tuvo lugar el encuentro. Una maravilla.&lt;br /&gt;Lástima que tal capacidad en el caso de los varones se reduzca única y exclusivamente al fútbol. Suponiendo que de lo que estén hablando sea de eso, claro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-4888969300093584875?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/4888969300093584875/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=4888969300093584875' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/4888969300093584875'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/4888969300093584875'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2009/04/locuacidad-impresionante.html' title='Locuacidad impresionante'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-8899232701600043495</id><published>2009-04-07T13:31:00.000+02:00</published><updated>2009-04-08T12:27:45.591+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Biografía'/><title type='text'>Yo mismo... sin ir más lejos</title><content type='html'>Ahora que me he convertido en un hombre de mi tiempo, en una persona moderna, en un individuo de lleno inmerso en las nuevas tecnologías, todo ello gracias a montar mi propio blog y decidido como estoy a ser un “blogger” como es debido voy a seguir las reglas propias de esta actividad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Observo, no sin cierta perplejidad, que todo “bloguero” que se precie abre su alma al mundo y muestra sin tapujos sus intimidades. Así, sin recato alguno, deja plasmado su perfil indicando todo aquello que le gusta o disgusta, lo que odia o quiere, lo que apetece o abomina y sobre todo cuáles son sus manías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En principio, dos serían las objeciones que pondría yo a tal forma de proceder. La primera sería que escaso valor tiene como imagen la que uno tiene de sí mismo como no se vea complementada con la que los demás tienen de uno. La segunda es que abriendo de par en par las puertas de tu personalidad, qué interés  y atractivo  puede tener el ir descubriendo a la persona. No obstante,  hago caso omiso estas iniciales objeciones decidido como estoy, digo, en hacer lo que dicta el reglamento no escrito de un buen bloguero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vayan pues aquí una pequeña muestra de  rasgos y  manías que dan en caracterizarme. Dejo para otro momento, en que el pudor me lo permita, el desnudo integral de mi personalidad (si en realidad existe tal).&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Tengo la absurda manía de despertarme cada día a las seis de la mañana. Pero es la única manera que he encontrado de hacer callar al maldito aparato que, con gran estruendo, le da por sonar cada jornada. A continuación, suelo maldecir una y otra vez sin abrir la boca para no despertar a nadie.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Lo primero que hago al  levantarme es poner el pie derecho sobre el suelo. Manías. Lo segundo, poner el izquierdo. He intentado pasar de lo segundo pero resulta harto incómodo y me crea serios problemas de desplazamiento. No soy a moverme bien sobre un solo pie. No hay forma de llegar a tiempo a ninguna parte.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Cuando, por fin abandono mi casa y me encamino al trabajo, me despido de mis perros. Ellos apenas se enteran: abren lánguidamente un ojo pero siguen inmóviles en su camastro. Yo maldigo de nuevo en voz baja. Cien mil años de evolución, cultura, conocimiento y tecnología y ese es el resultado: yo me voy a trabajar y ellos viven mejor que yo. ¡Vida de perros... ¡ ¡La mía!&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Suelo comerme las uñas, especialmente cuando estoy nervioso o cuando veo la televisión. Intenté dejarlo pero se me llenaban de suciedad, así que procuro ponerme nervioso más a menudo como medida de higiene. Si viera más la televisión también serviría, pero entonces mermaría mi higiene mental.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Procuro ocupar  siempre la misma plaza en el tren que me lleva al trabajo. He intentado cambiar de sitio pero no es lo mismo: aunque sean más confortables creo que  las otras plazas son de pago.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Como todo el mundo (pero yo lo confieso) me hurgo la nariz en los semáforos. Con el producto de tal actividad fabrico bolitas perfectas que suelo tirar disimuladamente a los viandantes que pasan por la acera.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;(Nota: advierto al incauto lector que no todo lo que se cuenta aquí obedece fielmente a la verdad, sin ir más lejos lo de los semáforos no es del todo cierto pues también lo hago en otras ocasiones).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;No soporto la impuntualidad, me parece una falta de respeto. Tengo la manía de la precisión: cuando quedo a una hora siempre, siempre, siempre llego media hora más tarde; así todo el mundo sabe a qué hora llegaré y no les falto al respeto. ¿Impuntual?, no: preciso.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;No soporto la mentira. Prefiero faltar a la verdad antes que mentir, resulta más elegante. ¿No es cierto?&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Rechazo rotundamente cualquier comportamiento machista y, por supuesto, la violencia que genera. La deseada y deseable sumisión de la mujer debe ser consustancial a la propia naturaleza de su sexo y nunca impuesta por la fuerza. Faltaría más.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Son un agnóstico absolutamente convencido y espero serlo durante muchos años si Dios quiere.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Soy una persona en extremo tolerante, dialogante y flexible, así pues no tolero de ninguna manera bromas al respecto y esa es mi última palabra y no pienso cambiar de opinión.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Deploro los halagos pues creo que fomentan la vanidad a la que considero ajeno. Si hay algo de lo que estoy especialmente orgulloso es de haber alcanzado altos grados de perfección personal con el propio esfuerzo y sin haberme sustentado en el halago fácil de los demás, por muy merecido que éste fuera en todo momento.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Soy un hombre de sólidos principios, son los más sólidos que he tenido hasta el momento después de haber probado con muchos otros que resultaron ser poco útiles para mis propósitos en la vida.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Tras años de abnegado esfuerzo y dedicación diaria he alcanzado altísimos niveles de virtuosismo en la mediocridad. Eso implica estar tan equidistantemente alejado de la genialidad como de la idiocia.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;En absoluto son un hombre racista. Como muestra diré que a mi me parece que a los negros les sienta muy bien su color y lo considero un rasgo distintivo de su idiosincrasia que en absoluto debería ser motivo para el maltrato, antes al contrario, deberían evitar esas circunstancias apartándolos lo suficientemente lejos como para que nadie les pueda causar daño. ¿Qué tal en un continente propio?&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-8899232701600043495?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/8899232701600043495/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=8899232701600043495' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/8899232701600043495'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/8899232701600043495'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2009/04/quien-soy-como-soy.html' title='Yo mismo... sin ir más lejos'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-1587249429623288954</id><published>2008-11-21T12:11:00.000+01:00</published><updated>2008-11-27T13:25:50.908+01:00</updated><title type='text'>Asturias Masai</title><content type='html'>Cualquier tema puede ser susceptible de polémica, en especial, si un asturiano anda de por medio.&lt;br /&gt;Efectivamente, resulta notorio para cualquier foráneo que nos visita  la especial tendencia que los asturianos mostramos por la polémica: somos capaces de  iniciar una sonora trifulca por los temas más baladíes. Más que polémicos diría yo  que damos en un "pelín" pendencieros. Yo he visto con estos ojos, que se ha de comer la tierra, discutir agriamente sobre si Luis Enrique medía un metro ochenta  o tan solo un metro setenta y cinco. Cinco centímetros dan para horas de discusión.&lt;br /&gt;Pero con carácter general, en todas partes, hay temas especialmente sensibles a la  polémica. A la cabeza de los mismos se sitúan, cómo no, grandes temas como la Política y  la Religión. Tanto es así, que en la mesa de las buenas familias está  terminantemente prohibida sacar a colación esos temas y mezclar los evangelios con las patatas fritas o la socialdemocracia con la bechamel.&lt;br /&gt;No le van a la zaga otros asuntos que, de habitual, irritan ciertas sensibilidades, condición desencadenante de la polémica. Dejando a un lado las cuestiones futbolísticas (discusión que forma parte de la idiosincrasia patria),  uno de ellos es el viejo tema de las diferencias hombre/mujer (ya  abordado en otra entrada de este blog).&lt;br /&gt;Pero polémico entre los polémicos siempre está el tema de los nacionalismos y/o  regionalismos. Siempre que se suscita esta temática salen a relucir los más atávicos y ancestrales sentimientos, que promueven los más bajos instintos que ponen&lt;br /&gt;en juego  el  armamento dialéctico más pesado, cuando no, de otros argumentos manifiestamente más  contundentes.&lt;br /&gt;Pues bien, como buen asturiano que soy, no rehuyo la polémica. Antes al contrario,  no me arredro un ápice ante esa perspectiva y por ello estoy decidido a abordar hoy  un tema tan espinoso como el del "Nacionalismo Astur" sin miedo a la crítica y a las consecuencias. Pretendo arrostrar con valentía el tema tabú de los presuntos  orígenes del pueblo asturiano con el fin de entablar un fiero debate del que no dudo saldrán vencedoras mis novedosas tesis sobre el tema.&lt;br /&gt;En efecto, pretendo exponer una revolucionaria y novedosa teoría sobre el origen de  los asturianos que presumo herirá más de una sensibilidad y socavará los principios  del nacionalismo asturiano y hará temblar los sacrosantos fundamentos de los  llamados "asturtzales".&lt;br /&gt;De todos es sabido que el sentimiento nacionalista astur se asienta en el principio,  hasta ahora incuestionado e incuestionable, de un supuesto origen celta de los  actuales asturianos de pura raza, lo que nos hermanaría con conjunto de pueblos  sembrados por todo el arco atlántico europeo. Cualquier opinión en contrario sería  como mentarle a la madre a los más recios nacionaliegos, pues su tierra es su madre  y a ti te encontré en la calle. Pues bien, en un inusitado arranque de audacia pretendo refutar tal teoría por falaz  y demostrar con fehacientes pruebas que los asturianos no tenemos un origen céltico  sino que provienen de "Centro África". Sí, sí. Ya está dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hago aquí una pausa valorativa para que se asimile debidamente la enjundia de tamaña aseveración y porque narrativamente permite un momento suspense que viene muy bien para captar la curiosidad del lector. Si bien, también puede servir, me temo, para que muchos abandonen la lectura después de haber proferidos serios exabruptos atentatorios contra el buen nombre de mi estirpe. Por si sigue habiendo alguien ahí, sigo mi discurso...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras largos años de sesudos estudios y de una farragosa recopilación de datos estoy en condiciones de aseverar y demostrar que, efectivamente, lejos de provenir de  pueblos norteuropeos, los asturianos somos parientes lejanos de tribus originarias  de una amplísima zona comprendida entre  el valle del Riff hasta los vastos  territorios al sur del Níger.&lt;br /&gt;Más concretamente, estos pueblos, en una emigración tan peligrosa como enigmática y  por vía marítima a bordo de rudimentarios cayucos, habrían desembarcado en las costas  asturianas a la altura de lo que más tarde se conoció como el Puerto de Luanco, en Gozón. Pero adentrémonos decididos en las innumerables pruebas que avalan mi teoría, para  satisfacer cuanto antes la desmedida curiosidad de los más escépticos, a los que  imagino boquiabiertos y ojipláticos,  al borde del suicidio aplastándose la cabeza entre dos madreñas o abriéndolsela directamente con una fesoria. La primera prueba, paradójicamente, se puede encontrar en uno de los iconos  fundamentales del nacionalismo astur, es decir, en  Don Pelayo. Dice la leyenda que  hallada que fue su tumba, se encontró en su sarcófago un trisquel y un fémur de  grandes dimensiones. Los estudiosos, en una sesgada y torticera interpretación pronacionaliega,  centráronse únicamente en el símbolo celta como prueba irrefutable de la tesis tradicional.  Obviaron pues el peculiar resto óseo que, a mi modo de ver, tiene una vital importancia, en lo que aquí se cuenta. Este  nos hablaría de un individuo de considerables dimensiones. No es que los celtas  fuesen precisamente pigmeos pero tampoco estaban emparentados con los ancestros de Ardidas Sabonis.&lt;br /&gt;Un individuo de esta altura (aproximadamente dos metros) sólo podría ser  ¡un Masai!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es más que evidente, que el mismo origen centroafricano tienen ciertos rasgos de  nuestra lengua. Resultaría bien poco científico hacer aquí  referencia a los muy  manidos comentarios bufos que suelen hacerse sobre cómo dos aldeanos, al hablar  entre sí, recuerdan la lengua masai. Me refiero al consabido diálogo de: "U ta tu  pa?" "Ta pa Ponga" etc., etc.&lt;br /&gt;Poco científico será pero, no obstante, denota un parentesco considerable, que no  está más que haciendo referencia a un incuestionable hecho, cual es que muchos de  los topónimos asturianos, tienen una clara reminiscencia centroafricana; basta  cambiar un poco la grafía y el acento para darse cuenta de que podríamos estar  hablando perfectamente de pueblos de Kenia o Tanzania. Verbigracia: Pon-gha,  Ison-gho, Tebon-gho, Trion-gho, Karan-gha, Kolun-gha. O bien, Thara-mundhi,  Treban-dhi, Khan-ghas; y por supuesto, el mismísimo  referente de la asturianía: Kova-dhonga. Soy legión los vocablos que por su sonoridad recuerdan sobremanera al swahili o a  la lengua masai dialecto de los cuales podría considerarse nuestro asturiano, si  bien esta aseveración requiere aún más profundos estudios lingüísticos que se escapan  a mi preparación académica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Más pruebas? Por supuesto que las hay. Como antes dejé dicho sostengo que la  invasión centroafricana debió producirse por tierras de Gozón, hecho que se constata con un dato tan sutil como contundente: uno de los apellidos más notables e ilustres de la zona es el de &lt;a href="http://www.panoramio.com/photo/8602241"&gt;Mori&lt;/a&gt;, que derivó en Morís por otros lares. Pues bien, aquellos conocedores y  amantes de la buena música africana, recordarán que, en su momento, fue exportada a  la vieja Europa, y por ello no les será ajeno el nombre de un gran cantante llamado &lt;a href="http://www.morykante.com/home/index.html"&gt;Mori-Kanté&lt;/a&gt;.  Obsérvese la plena coincidencia entre  patronímicos harto significativa. Pero, aún hay más, resulta asombroso que el nombre de la canción que, a la sazón, le dio fama en nuestro país, llevaba por título el de &lt;a href="http://www.cuandocalientaelsol.net/index.php?p=%20475"&gt;"Yeke Yeke"&lt;/a&gt;. Y "ye que" no cabe mejor  demostración de la relación entre ambos pueblos ¿o no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y qué decir de aquella curiosa circunstancia, ajena por supuesto a la mera coincidencia, que significó la contratación por parte del Sporting de Gijón (otro de   los idolatrados iconos de la asturianía, al menos para algunos) de un delantero centroafricano y que  respondía al sonoro nombre de "&lt;a href="http://yojugueenelsporting.com/2008/02/21/yekini-el-padre-africano-del-gol/"&gt;Ye-Kini&lt;/a&gt;".&lt;br /&gt;--¡Ye Kini, Ye Kini!-- gritaba enfervorecida la grada.&lt;br /&gt;--Que no, coño, qué va a ser Quini, si ye negro (lease, de color) -- Respondía cierto sector del público que  asistía al encuentro desde Babia.&lt;br /&gt;Cabe decir que tan ilustre deportista que deambuló con su buen hacer por medio mundo, de equipo en equipo, cuando llegó a Gijón, fue como si hubiese retornado a su casa y en ella pretendió quedarse  y así habría sido si una inoportuna lesión de rodilla lo hubiese impedido. De no ser por este avatar aún hoy haría las delicias del público gijonés, esta vez reconvertido en el Rey Baltasar de la tradicional cabalgata; y los niños gritarían: ¡Melchor, Gaspar.... Ye-Kini! Pero me estoy yendo por la ramas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Años más tarde con el avance de la investigación técnico-genética se supo que,  efectivamente, había una relación a nivel genético entre ambos delanteros lo que explicaría que compartiesen una ancestral olfato de gol. Este  fundamental dato no se reveló en su momento por interesadas presiones  pro-nacionalistas no exentas de un tufillo bastante racista que siempre tuvieron cierta tirria al oscuro Baltasar y que se sentían más identificados con el más rubio y céltico Gaspar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Basta ya de negar la evidencia. Está claro que por estas y otras cuantiosas pruebas que sería prolijo enumerar,  se puede asegurar que asturianos y centroafricanos estamos entroncados en  un mismo pasado lejano. El hecho de que la pátina del tiempo haya aclarado nuestra piel  y suavizado ciertos rasgos, físicos y culturales, no puede ser razón suficiente para renunciar e ignorar a nuestros ancestros y con  ellos a una cultura milenaria de la que debemos estar harto orgullosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo sé que llevo dentro un negro y cada vez que oigo retumbar el "djembé" se me  saltan las lágrimas tanto o más que con el roncón de la gaita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como colofón diré que, la prueba definitiva, el determinante  absoluto de la  veracidad de mi tesis está a punto de salir a la luz, toda vez que se solucionen unos  pequeños inconvenientes de última hora. Me explico: Hace tiempo hice partícipe de mi teoría a una buena amiga, de espíritu inquieto y  vocación viajera. Esta, movida por la curiosidad que logré transmitirle, partió rumbo a  Africa, donde pasó varios meses dedicada, entre otros menesteres que no vienen al  caso, a estudios de campo que corroborasen tan arriesgada tesis.&lt;br /&gt;Pues bien, no hace mucho recibí un escueto y enigmático mensaje que decía: "¡Albricias! He  encontrado pruebas irrefutables de la existencia de tus ancestros en la zona. En  breve, te remitiré datos concretos".&lt;br /&gt;Desgraciadamente, no he vuelto a tener noticias suyas. Solo espero que esos  datos cruciales confirmatorios de mi tesis y por extensión, mi propia amiga, no se  encuentren en estos momentos en el húmedo, frío y negro vientre de un cocodrilo, en el  fondo del río Kiragüira, allá entre el Serengueti y el Masai-Mara. Sería una pena  por los datos y por ella también, claro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-1587249429623288954?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/1587249429623288954/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=1587249429623288954' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1587249429623288954'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/1587249429623288954'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2008/11/asturias-massai.html' title='Asturias Masai'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-3639222600713912990</id><published>2008-11-19T18:14:00.000+01:00</published><updated>2008-11-27T14:45:38.463+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Opinion'/><title type='text'>Clavos y Tornillos</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El estudio del dimorfismo sexual depara curiosas y sorprendentes sorpresas; basta con reparar un momento en algunas especies de aves o insectos, donde el tamaño, la forma y el color pueden ser abrumadoramente distintos. Hasta tal punto que diríase que macho y hembra son especies diferentes.&lt;br /&gt;En cambio, en el caso de la especie humana las diferencias no son en absoluto tan evidentes, siempre y cuando descartemos como tales los muchos aderezos culturales de los que ambos sexos suelen hacer gala. Más allá del tamaño y el peso, no hay más diferencias que  las que se observan  en algunos caracteres sexuales secundarios. Y ¡benditas diferencias!, pues  me apresuro a decir, que son éstas las que proporcionan abundante regocijo a unos y otras. Más a unos que a otras, me temo.&lt;br /&gt;Pero por tratarse de diferencias morfológicas bastante evidentes apenas si hay controversia respecto a las mismas. Así, pues, no es esa la aproximación que pretendo hacer aquí al tema del dimorfismo sexual humano. Para los interesados en esa perspectiva más científica remito al lector a los parsimoniosos estudios abordados por los más doctos en Psicobiología  que han tomado como paradigma de estudio una peregrina, por no decir ridícula, tesis: la contribución al dimorfismo morfológico por parte del órgano bomero-nasal de la rata de laboratorio. Profusa documentación habrán de encontrar  en  la abundante literatura científica que sobre el tema se halla  en los más especializados establecimientos del ramo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero como digo, no es ese el acercamiento  que aquí pretendo por carecer de interés la  controversia que éste pueda suscitar.  No ocurre lo mismo, ni de lejos, cuando el dimorfismo sexual entre hombre y mujer se aborda desde una perspectiva intelectual o conductual. Aquí sí que uno se adentra de lleno en un proceloso jardín del que salir indemne se torna  labor de titanes.&lt;br /&gt;Pero, en mi afán de liberarme de mis miedos, decido lanzarme al ruedo, prescindir de lo políticamente correcto y tomar el toro por los cuernos y sin medir ni temer las consecuencias de tan audaz propósito me dispongo a exponer aquí una novedosa y audaz teoría que contribuya de una manera determinante a establecer cuáles son las principales diferencias entre machos y hembras de nuestra especie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recurro para ello al conocido recurso del pensamiento analógico como medio para esclarecer cuáles son las características que permiten establecer diferencias entre los hombres y las mujeres (y viceversa). Y, aunque sea brevemente, determinar cómo esas sutiles pero claras diferencias suponen un serio revés para el definitivo entendimiento entre ambos, cuando no plantean un abierto enfrentamiento entre los mismos (y mismas); enfrentamiento que recibe por mal nombre la “guerra de sexos” y que, dada la proporción de unos y otras en la demografía mundial, adquiere unas colosales dimensiones, pudiéndose considerar, por tanto, uno de los conflictos globales de mayor calado en la Historia Universal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé que, por mi humilde condición de varón y por  todo lo que aquí se vierta seré tildado de inmediato  de “asqueroso machista” por, al menos, la mitad de los que se acerquen a este blog. ¿Adivinan qué mitad?&lt;br /&gt;Ante lo que yo considero una injusta, infundada y prejuiciosa valoración me adelanto a decir  varias  cosas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una. Que una lectura detenida y desapasionada del texto revelerá bien a las claras mi reconocimiento primero y admiración después por lo que considero una clara superioridad en las cualidades femeninas.&lt;br /&gt;Dos. Que mi condición de varón, es algo que me ha venido dado “de serie” y que, hasta ahora, poco o nada he podido hacer por remediarlo; pero sirva en mi descargo que actualmente sobrellevo del mejor modo posible una galopante crisis de identidad sexual que me aboca sin remisión hacia la transexualidad, sino física, al menos conceptual como digo más abajo. Pero eso es algo que abordaré más detenidamente  en mejor ocasión.&lt;br /&gt;Y por último: Que soy consciente de que dijera lo que dijera, cualquier aseveración está sujeta a un inevitable prejuicio “feminista”, y que cualquier acto que intentará en mi descargo, incluida una flagelación con látigo de siete colas en la plaza pública no conseguiría más que arrancar una exclamación propia de la  afamada “sensibilidad femenina” que sería del siguiente jaez:  “pues... no me das ninguna pena”. Curiosa sensibilidad es esa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero basta ya de prolegómenos, y entremos en materia, no sin antes anunciar que me hago absolutamente responsable de lo que sigue y que estoy dispuesto a dar todas las explicaciones que se consideren necesarias o acometer todos los actos de desagravio que se me exijan con cristiana e humilde resignación del que se sabe pecador. Pues antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un hombre sea perdonado por hablar (aunque sea bien) de las mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El enunciado general de mi tesis respecto al dimorfismo sexual se resume en una simple pero asequible analogía: los hombres son clavos; las mujeres, tornillos.&lt;br /&gt;El desarrollo de tan audaz y novedosa teoría, ya es harina de otro costal y requiere un parsimonioso análisis de todo lo que en sí encierra para alcanzar una correcta interpretación de tan escueta pero contundente aseveración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hagamos, pues, una detenida descripción de estos cotidianos objetos; un pequeño estudio de sus características, tipos, funcionalidades e, incluso, de su idiosincrasia, si de tal pudiera hablarse al tratarse de objetos inanimados. Luego, será el momento de extrapolar el análisis a los distintos sexos y nos pasmaremos ante la absoluta identidad entre los conceptos: hombre-clavo y&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SSUMV3-RUiI/AAAAAAAACt0/9Si-4fk5C7I/s1600-h/CLAVOS.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 124px; height: 91px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SSUMV3-RUiI/AAAAAAAACt0/9Si-4fk5C7I/s400/CLAVOS.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5270632508848951842" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; mujer-tornillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambos objetos, tienen básicamente una misma función, esto es, tienen un mismo sentido en este mundo: se les utiliza para unir fuertemente un objeto a otro con muy distintos fines. Es decir, conceptualmente podría decirse que comparten funcionalidad básica que es lo mismo que decir, que básicamente serían una misma cosa. Pero hay notables diferencias entre ambos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un clavo es un instrumento muy simple tanto en la forma como en el uso. Y subrayo lo de “simple”. Salvo en características como el tamaño, poco difieren unos de otros. Los hay más grandes y más pequeños, pero al fin y a la postre son una misma cosa. Otro tanto cabe decir de su funcionamiento. Su uso no requiere sutileza alguna, basta con golpear sobre su cabeza para que éste se introduzca en el material elegido en cada caso, siempre y cuando éste posea una dureza ligeramente inferior al propio clavo. Si el golpe no fuera suficiente, basta repetir la operación tantas veces como se considere oportuno hasta alcanzar los resultados requeridos. El instrumental necesario para tal operación tampoco requiere especial sofisticación; aunque preferentemente suele hacerse uso de un martillo, es posible realizar idéntica función con los instrumentos más variados: una piedra, un palo, un cenicero, etc. Todo depende del grado de “pensamiento divergente” que tenga el operario ocasional y que le permita transformar el objeto más insospechado en un elemento de fuerza con el que atizar sin reservas el consabido clavo.&lt;br /&gt;Su extracción (difícil por otra parte) requiere de nuevo el uso de la fuerza; cuando aquélla es  posible, siempre lo será en detrimento de la forma primigenia del artilugio, pues de habitual tal operación acaba descabezando o doblando ostensiblemente el artefacto, que sólo se enderezará de nuevo a base de golpes. En conclusión: los clavos son todos iguales; igualmente simples en su forma y en su utilización; basta aplicar con ellos un elemental mecanismo basado en la fuerza. Y una vez usados, se hace casi imposible su reutilización en condiciones óptimas y empleando de  nuevo la fuerza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tornillos, en cambio, requieren un estudio más detallado. Comparten con los clavos&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SSUMWNeA-XI/AAAAAAAACt8/d3qoh1R2u2s/s1600-h/TORNI2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 114px; height: 41px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SSUMWNeA-XI/AAAAAAAACt8/d3qoh1R2u2s/s400/TORNI2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5270632514619242866" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; su variedad en el tamaño, pero su similitud se limita a eso. Existe una amplísima variedad de formas y características cada una de ellas diseñada específicamente para cumplir una misión bien diferente. Varían en el calibre, en el paso de rosca y, sobre todo, en su cabezal que establece de manera determinante qué especializado utensilio es necesario para su uso.&lt;br /&gt;Existen tornillos de cabeza plana, redondeada, barraqueros, pavonados; a su vez, pueden ser de ranura lisa, en estrella, de tipo Allen o Torx;  los hay roscachapa, tirafondos, spitz... con tuerca y hasta con contratuerca.&lt;br /&gt;Cada uno de ellos, como digo, necesita de un utensilio que se adapte no solo en forma sino también en tamaño a sus características. De nada sirve un destornillador plano ante un tornillo de cabeza de estrella, pero de igual modo de poco sirve una llave Allen del 4 cuando el tornillo tiene cabeza del 6. Cualquier intento de utilizar una herramienta no indicada al tornillo acabará con la integridad del mismo sin haber conseguido el más mínimo resultado en la introducción del mismo allá donde se pretenda.&lt;br /&gt;Por otra parte, la introducción de los mismos, en absoluto, requiere el uso de la fuerza que, en ocasiones, llega a ser, incluso, contraproducente al extremo de descabezar la pieza. Su uso requiere de la habilidad y no de la fuerza; son necesarios sutiles movimientos de muñeca a la vez que se ejerce una leve presión sobre el mismo. Una introducción demasiado rápida puede producir el sedado de la pieza y su consecuente fractura. Es, pues, necesaria su introducción a un determinado ritmo que vendrá determinado por múltiples factores circunstancialmente concurrentes: grosor, temperatura, dureza de la pieza y velocidad de introducción... En ocasiones, resulta más fácil la introducción cuando ésta se ayuda con cualquier material deslizante como la parafina, o bien se hace necesaria la operación previa de taladrar un agujero teniendo la precaución de que éste sea del grosor y tamaño adecuado, tanto del taco que se introducirá previamente como del tornillo que en él se introducirá. Si broca, taco y/o tornillo no se adecuan unos a otros la labor será infructuosa. Toda una odisea.&lt;br /&gt;La extracción requiere de idéntica pero contraria habilidad y llevada a efecto como es preceptivo se conseguirá remover la pieza en idéntico estado que cuando se introdujo.&lt;br /&gt;En definitiva: los tornillos son todos distintos, son más sofisticados en forma y en uso,  están reñidos con la fuerza y requieren, en cada caso, de una herramienta diseñada al efecto que se adecue a sus características. Es decir, son elementos harto difíciles en su uso y las circunstancias pueden variar en cada momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Obviamente, no se les escapa al lector más avispado de quién hablamos cuando lo hacemos de clavos y de quién cuando lo hacemos de tornillos. Efectivamente, todos los hombres somos iguales e igual de simples. Sólo la fuerza tiene sentido cuando se trata con nosotros y no cabe ninguna especialización o sofisticación. Es lo que hay: cualquiera puede entender nuestro simple funcionamiento sin gran preparación. Somos clavos y punto.&lt;br /&gt;Pero los tornillos, ¡oh, cielos, los tornillos! Quién no se ha visto en la situación de tener que usar un tornillo, ir a por el correspondiente destornillador y al proceder a su uso advertir que no, que no es aquel el utensilio adecuado; dar la vuelta y cambiar un destornillador plano por otro de estrella, pero al volver advertir con disgusto que no, que no es de ese tamaño, volver y rebuscar hasta darse cuenta de que ¡no tenemos el adecuado! Y se acabó el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero esa situación se repite hasta el infinito pues cualquier labor que nos propongamos hacer y que requiera el uso de un tornillo  siempre será, cada vez, con un tipo diferente, que requerirá, claro está, unas nuevas condiciones, justo las imprescindibles para esa ocasión que no para la siguiente.&lt;br /&gt;No creo que nadie dude que las mujeres son igualmente difíciles de tratar que los tornillos y que no todos los hombres tenemos las herramientas necesarias para el uso de todos los distintos tipos de tornillos. Nadie, en su sano juicio, pondrá objeciones al hecho de que cada mujer, como cada tornillo es diferente y que se requiere un tratamiento único y especial con cada una y en cada momento. Que lo que sirve para una no sirve para otra, que lo que sirvió para una en una ocasión puede no servir para ella misma para la próxima. Hay dudas quizás sobre la idea de existe una mujer distinta (aunque sea la misma) para cada situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sólo una cosa las mujeres superan a los tornillos y es su capacidad de mutación.&lt;br /&gt;En efecto, la mujer añade sofisticación a su condición tornillística gracias a su capacidad para transformarse ora en tornillo barraquero ora en roscachapa, de cambiar de cabeza de estrella o cabeza Allen. Circunstancia ésta, claro está, que complica sobremanera la cuestión pues cuando uno cree haber encontrado la forma y manera de “tratar” un tornillo conocido, de repente, éste varía su tipología  y la herramienta que hasta ese momento servía ahora queda por completo fuera de lugar y uso. Ante nuestra frustración el tornillo "se retuerce" de risa o de furia que es peor. Vaya que si es peor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, las cosas, a veces sueño con ser un tornillo. ¡Qué vida tan interesante! ¡Qué sofisticación! ¡Qué especificidad! ¡Qué prodigio de ingenio! ¡Qué maravilla! Y yo, aquí, un simple clavo igual a cientos y cientos de clavos más, sin nada que aportar. ¡Qué mala suerte la mía! Decididamente me quiero convertir en tornillo. Aunque... si no fueran tan retorcidos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-3639222600713912990?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/3639222600713912990/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=3639222600713912990' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/3639222600713912990'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/3639222600713912990'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2008/11/clavos-y-tornillos.html' title='Clavos y Tornillos'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SSUMV3-RUiI/AAAAAAAACt0/9Si-4fk5C7I/s72-c/CLAVOS.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-5963692013309947809</id><published>2008-08-26T10:56:00.000+02:00</published><updated>2008-10-29T17:08:59.538+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Biografía'/><title type='text'>Las Metamorfosis</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;No son pocas las transformaciones físicas que experimenta una persona a lo largo de su vida. Son cambios morfológicos, afortunadamente, tan paulatinos que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;son absolutamente imperceptibles de día en día, pero que, con el transcurrir de los años, son realmente asombrosos y también, porqué no decirlo, absolutamente descorazonadores por el escarnio que operan en nuestra propia imagen.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Antes de que el amigo Louise Daguerre viniera a hacer el amor al suido (vulgo: joder la marrana) con su ocurrencia de plasmar la imagen de una persona para siempre, el único punto de referencia para advertir el cambio en nuestro aspecto físico era la memoria, propia o ajena. Y ésta, siempre era y es&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;más benévola que una cruel fotografía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Ahora basta echar un vistazo a esos álbumes familiares, dar para atrás a las hojas y ver cómo lo que otrora fueron turgentes carnes y apolíneas formas devienen hoy en flacideces varias&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y descolgamientos múltiples. Desolador.&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero no es&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;de esos cambios, que son del común, de los que quiero reflexionar aquí. Pretendo dejar constancia de otra serie de transformaciones que he ido sufriendo a lo largo de mi vida y que no resultan tan evidentes para los demás pero sí lo son para mí.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;No se trata de una transformación morfológica, sino más bien de cambios conceptuales, más emparentados con la Metafísica que con la Física misma y que tienen, como principal consecuencia,&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;una influencia atroz en mi propia autoestima como luego se verá.&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Una de esas pequeñas metamorfosis es realmente sutil, como sutil es la diferencia entre los dos conceptos que definen sus dos estados diferenciados que conforman la misma: la transparencia y la invisibilidad. Efectivamente, puedo asegurar que con los años he pasado de ser un ser transparente a ser un ente invisible y ello, insisto,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;ha sido nefasto en para mi autoestima. Me explico.&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;El concepto de “transparente” es obvio que hace referencia a aquellos cuerpos o entidades físicas a través de las cuales es posible la visión. Pongamos como ejemplo un simple cristal. En cambio, el concepto de “invisible” se refiere a algo que no podemos ver; que está ahí, pero no podemos verlo. Sería paradigmático el caso del aire. Sabemos que esta ahí, lo notamos y hasta lo respiramos, pero no podemos verlo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;No se le escapa al atento lector que, en cierta medida, son dos conceptos muy próximos y que yo diría que uno englobaría al otro pues lo invisible es, en cierta medida, transparente pues podemos ver a través de ello puesto que realmente no lo percibimos.&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pues bien, como digo, una de las transformaciones que he sufrido con&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;los años, ha sido el cambio de transparente a invisible, y todo ello referido a la visión de los distintos elementos del género femenino. &lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Efectivamente, en su momento pude comprobar que, cuando era joven, yo era completamente transparente para el género femenino. Cualquier mujer, en especial aquellas que eran de mi interés, veían a través de mí sin dificultad ninguna. Con ello quiero decir que con meridiana claridad veían cuáles eran mis intenciones. Intenciones que, aún no entiendo por qué, ellas siempre etiquetaban de “no excesivamente sanas” o de “definitivamente perniciosas”. Queda claro que con estos antecedentes uno gozaba de pocas oportunidades ante mis ocasionales interlocutoras que, de inmediato, se ponían en estado de alerta u optaban directamente por batirse en retirada. Frustración, grave frustración era lo que yo sentía y, en consecuencia, mi autoestima sufría considerablemente pues deducía de esos hechos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;mi incapacidad para acercarme al sexo opuesto sin levantar sospechas. &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero, con los años, la cosa cambió. Inicié una pequeña metamorfosis que me mudó de&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;transparente a invisible y la cosa fue a peor. Quiero decir, que a partir de cierta edad las mujeres dejaron de verme (pese a estar presente, claro está).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;No me veían ni a mí ni a mis intenciones que, me adelanto a decir, no experimentaron ningún cambio con los años como hombre de sólidos principios que soy. He constatado empíricamente este hecho con un sencillo experimento replicado una y otra vez. Cuando veo venir frente a mí a un par de ejemplares del género femenino hago lo posible por cruzarme con ellas pasando por medio ambas con evidente mala educación. Da lo&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;mismo, ellas no se percatarán del hecho, seguirán hablando de sus cosas sin interrumpir un ápice su discurso y sin hacer la más mínima mueca, sin el más mínimo atisbo de haberse percatado de que ante sus narices ha pasado un ente físico, un hombre de carne y hueso (e intenciones, por supuesto). Nada. Ni un leve pestañeo. No me ven, y sin embargo existo. Doy fe. Soy invisible, pues. ¿Acaso esto es mejor que la transparencia? Quia. Si de positivo tiene que, al fin, ya no me ven las intenciones, qué importancia tiene si ahora tampoco me ven a mí. Conclusión, de nuevo una nueva afrenta a mi&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;ya maltrecha autoestima. Uno no es nadie si no existe para, al menos, la mitad de la población mundial. Y, la verdad sea dicha, para la otra mitad no es que cuente mucho tampoco. Y así las cosas, cómo pretenden que uno mantenga unos mínimos niveles de amor propio.&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero ésta malhadada circunstancia de la transparencia vital no es más que uno de los factores que han contribuido a pulverizar mis niveles óptimos de autoestima. Otros innumerables factores, de los que hablaremos en otra ocasión, han contribuido a la merma de la misma con el paso de los años, y esta penosa merma, a su vez, ha sido la desencadenante de otra de las metamorfosis conceptuales de las que he sido sujeto a lo largo de mi desarrollo ontogenético.&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Efectivamente, con el gradual deterioro de mi autoestima he ido advirtiendo cambios en mi autopercepción personal que me han llevado a un lamentable y degradante discurrir por los distintos reinos biológicos: animal, vegetal y mineral. &lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Cuando mi autoconcepto, fruto de la excesiva juventud, era netamente positivo e incluso, diría yo, manifiestamente supravalorado, tenía yo para mí que era un “hombre”. Es más, determinadas circunstancias, que por pudor no habré de mentar aquí, me llevaron a la vanidad más absoluta y llegué a acariciar la idea de que era un “hombre objeto”. Vanidad y más vanidad. Los años y los hechos me abrieron los ojos y llegué a comprender que tenía más de lo uno que de lo otro. Esto es, era más “objeto” que “hombre”.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero asumida la idea de que no era más que un objeto, me dio por reflexionar sobre qué tipo de objeto sería. A qué reino biológico pertenecería. Estaba meridianamente claro por aquel entonces: era del reino animal. Abundaba en esa idea la opinión más cercana que tenía como referencia: mi esposa, la cual insistía a menudo que yo era un “pedazo de animal”. Opinión compartida por otras personas de mi entorno que presumían de conocerme bien.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Quedaba, pues, por establecer qué especie de animal era si asumía tal condición. Estaba claro, las mismas fuentes me daban la respuesta. Ora me veía perteneciente a la familia de los équidos, más concretamente un &lt;span style="font-style: italic;"&gt;equus asinos&lt;/span&gt; (vulgo: burro); ora como miembro de los pórquidos o suidos, concretamente un &lt;span style="font-style: italic;"&gt;sus domesticus&lt;/span&gt; (cerdo). Ambos animales estaban en boca de mi santa esposa con demasiada frecuencia cuando hacía alusión a mi humilde persona.&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SLPGK2K6xtI/AAAAAAAACHk/4SswhCfw70s/s1600-h/burro.gif"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SLPGK2K6xtI/AAAAAAAACHk/4SswhCfw70s/s320/burro.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5238748681204319954" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero los años, no pasan en balde, y el tiempo disipa la niebla y le acerca a uno a su verdadero ser. Eso, unido al hecho de que la vida de un adulto empieza a declinar;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;comienzan a desaparecer los azarosos vaivenes propios de la juventud y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;principia una vida sosegada que se torna más tarde en absoluta quietud. Digamos, en resumen,  que uno empieza a “vegetar”.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Percatarse de ello y pensar que ya no era ni siquiera “animal” fue todo uno. En efecto, fui tomando conciencia de mi condición vegetal pese a mi apariencia antropomorfa. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Mi autoestima se desmoronaba por momentos. Mi metamorfosis aún no había concluido y me estaba degradando por momentos, hundiéndome en un proceloso abismo sin fin.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Yo era un vegetal. No me quedó la menor duda de ello cuando, fui víctima de un homeópata que me hizo comer tantos congéneres del reino vegetal (puro canibalismo, pensé más tarde), que ya no hacía la digestión, sino la función clorofílica. Además, cuando, rara vez, tenía todavía algún acceso de cólera, ya no me ponía rojo de ira, sino verde como el "Increíble Hulk”.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pensar, pensaba poco; que no es propio de los miembros del reino vegetal, pero lo hacía lo suficiente como para preguntarme de nuevo por el tipo de vegetal que podría ser. Y, cómo no, las mismas fuentes me decantaron por un miembro de la familia de las crucíferas, una variedad de la&lt;span style="font-style: italic;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;a style="font-style: italic; color: rgb(255, 255, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Brassica_oleracea" title="Brassica oleracea"&gt;&lt;span style="text-decoration: none; color: rgb(250, 250, 250);"&gt;Brassica oleracea&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;. Esto es, estaba hecho un auténtico “berza”. He de añadir que, de siempre, debía haber sospechado mi tendencia al “vegetalismo”, toda vez que mucha gente siempre creyó de mí que era un auténtico “cardo borriquero”. A eso se le llama visión de futuro.&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Optimista será el que crea que la metamorfosis ha dado a su fin. Nada más lejos. Los miembros de las nuevas generaciones que me rodean manifiestan sin tapujos (ni educación, por supuesto) su opinión sobre mí repetidas veces, hasta el punto que estoy empezando a pensar que tienen razón y que soy un auténtico “fósil”. Esto da una nueva vuelta de tuerca a mi escuálida autoestima y me aproxima peligrosamente al reino de lo mineral haciéndome claro candidato a ser un fósil de origen vegetal.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero, pese a todo,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;aún me queda un prurito de vanidad y me consuelo en pensar que seré un extraño caso objeto de curiosidad de todos los miembros de la comunidad Peleobotánica. En fin, quien no se conforma, es porque no quiere. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-5963692013309947809?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/5963692013309947809/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=5963692013309947809' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5963692013309947809'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/5963692013309947809'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2008/08/las-metamorfosis.html' title='Las Metamorfosis'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SLPGK2K6xtI/AAAAAAAACHk/4SswhCfw70s/s72-c/burro.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-6661464841882961482</id><published>2008-08-19T13:33:00.000+02:00</published><updated>2008-08-19T14:37:09.429+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Viajes'/><title type='text'>De Lukla al Kalapatar (al pie del Everest)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;a href="http://picasaweb.google.es/nitramonfer/Himalaya"&gt;Fotos de la ruta&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt; &lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Por paradójico que resulte, la caminata hasta el Kala Patar, esto es, hasta&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;la base del Everest, empieza no andando, sino en avioneta. Las emociones fuertes empiezan bien pronto pues el acercamiento hasta Lukla, principio y fin de la ruta, se hace en una avioneta que aterriza en el raquítico aeropuerto de esta pequeña localidad. La pista se asoma peligrosamente a un vertiginoso precipicio y, en un escueto recorrido de una inclinación inverosímil, acaba “estrellándose” contra el&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;contundente muro que forma la montaña, a cuyos pies se levanta esta pequeña población.&lt;br /&gt;En condiciones normales de vuelo, ya supone toda &lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKq-Q_GGMDI/AAAAAAAACHY/ngmI5qmxkp0/s1600-h/IMG_3375.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKq-Q_GGMDI/AAAAAAAACHY/ngmI5qmxkp0/s320/IMG_3375.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5236206715795812402" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;una arriesgada experiencia aterrizar en Lukla; así pues, hacerlo como nosotros lo hicimos, inmersos en una espesa niebla, es algo que sobrecoge el espíritu de los más templados. Subidos a la chepa de los pilotos no pierde uno detalle de lo que hacen esperando atisbar en el más leve gesto un algo tranquilizador. Pero, ¡qué va!, bien al contrario, no es precisamente tranquilizador verlos dudar y preguntarse con la mirada uno al otro: ¿por dónde bajamos? Ni mucho menos ver asombrados cómo el copiloto, en un afán de mejorar la situación, limpia el cristal delantero del piloto con un pañuelo de papel. A uno ya no le sale la voz del cuerpo y se le congela la media sonrisa de circunstancias que había colocado en su cara en el despegue, cuando, ante una indicación del copiloto, su compañero dejar caer, literalmente, el avión siguiendo la dirección de su dedo. A la tercera repetición de semejante maniobra, uno está a punto de colgarse del cinturón de seguridad si no fuera por que lo reducido del habitáculo impide que te cuelguen los pies.&lt;br /&gt;De repente, sin saber muy bien de dónde, aparece un pedazo de tierra con rayas blancas bajo las ruedas de la avioneta contra la que ésta se estrella con estrépito: ¡la pista! Luego el aparato ruge unos breves instantes y, de pronto, un brusco giro a la derecha y una parada súbita. El primero consigue que el ala izquierda no roce el muro de final de la pista y la segunda evita entrar por la puerta del exiguo edificio que hace de terminal. Hemos llegado. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Cuando nos apeamos del aparato y, atónitos, contemplamos la pista las piernas, que habían vuelto a tomar cierta consistencia, vuelven a flojear y susurramos: ¡No puede ser!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;    Nos sobreponemos y buscamos a toda prisa un pañuelo dónde enjuagar alguna que otra furtiva lágrima antes de afrontar avergonzados a una expectante multitud que espera al borde de la pista. Se diría que acuden a una diversión fácil, y puede que la única, y uno rememora a aquellos aficionados taurinos que, desde el tendido, anhelan en el fondo de su corazón que se produzca la tragedia.&lt;br /&gt;  Pero nada de eso, en realidad, aquella pobre gente acude en espera de ser contratados como porteadores por el recién llegado turista, al que por nada del mundo quisieran&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;ver precipitarse barranco abajo, aunque sólo sea por que con ello se desprenderían también sus únicas oportunidades de trabajo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Aún con las piernas de chicle y el estómago como un higo paso, comenzamos a caminar por un resbaladizo empedrado que rodea la pista y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;nos lleva a la calle principal del Lukla: lodges, tiendas, agencias de viajes, casas de cambio, cibercafés... todo un prodigio de modernidad y actividad comercial. Un acogedor logde, el primero, nos acoge y reponemos el ánimo con un “lemon tea”. Llueve y afuera hace frío. Vamos tomando conciencia de dónde estamos y, sobre todo, para qué estamos allí. Mientras, en el patio del edificio el Sherpa Phura negocia con los porteadores que calculan con precisión mecánica los pesos y la mejor distribución de la carga. ¡Ya está! Todo listo, es la hora de partir; ¡andando! &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Al final de la calle principal hay que detenerse a cumplimentar el papeleo. Un poco ajenos al trámite, sólo nos sorprende el pequeño antro donde se realiza: está enjaezado de toda la parafernalia mahoísta, tan llamativa como naïf.&lt;br /&gt;Cumplimentado el papeleo, un primer portalón con los molinillos budistas nos aguarda: hay que cumplir con la tradición y hacerlos girar uno a uno en el sentido de la marcha. ¡Cuántas veces se repetirá luego el ritual! Uno se suma a la tradición no por creencia, claro está, si no por superstición. Pero, a decir verdad, para que la suerte acompañe el gesto debe de ser preceptiva la fe, pues nuestras cilíndricas plegarias no debieron llegar a buen destino a juzgar por la escasez de sus resultados.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Una última puerta abre (y cierra) el camino que nos espera. Tras ella, las cosas parecen ponerse serias, pues el bien empedrado camino se precipita sin cuento barranco abajo en busca del fondo del valle donde&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;aún no se ve ni oye el río.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Seguimos bajando mientras clarea algo el día. Aún así, no se ha vuelto a oír rugir el estruendo de los aviones. Esto significa que nuestro vuelo fue el único del día; el aeropuerto se ha cerrado pues las condiciones no son las más idóneas: ¡qué nos van a contar!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Cruzamos los primeros puentes colgantes, prodigio de resistencia pese a su escuálida apariencia y vertiginosa ubicación. El tráfago de gente y animales es sorprendente en este primer tramo del camino. Gran parte está compuesto por los porteadores que nos dejan atónitos: ¿Cómo es posible cargar con aquellos pesos, por aquellos caminos? No dejará de sorprendernos a lo largo de todo el recorrido. Aquellos paisanucos, piernicortos y trabados, calzados apenas con unas chanclas y sin abrigo que se precie, caminan con pasos cortos pero decididos arriba y abajo, abajo y arriba con su enorme carga a la espalda y anclada en la frente con una correa. Día y noche van y vienen; se detienen brevemente y dejan reposar su carga, sin desprenderse de ella, en unos recios bastones que llevan al efecto, o bien los apoyan en gradas de piedra o madera que, a lo largo del camino, están dispuestos para su descanso. Son como hormigas que silenciosamente se afanan en llevar las cosas más inverosímiles hasta los puntos más altos y lejanos, para que nosotros,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;“señoritos” occidentales, podamos tomar una cerveza, comprar toallitas de papel o darnos una ducha caliente a cinco mil metros de altura. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Según descendemos, el río se hace más presente, el murmullo inicial del agua deviene en estruendo. Atravesamos pequeños villorrios que, a juzgar por su apariencia, sobreviven del turismo y de pequeños cultivos dispuestos en bancales. En uno de ellos, entramos en un pequeño establecimiento, en la creencia de que se trata de un pequeño descanso; pero no, se trata de la&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;comida pese a que sólo son las once de la mañana, cuesta hacerle entender al guía que somos españoles y que esas no son horas de tales menesteres.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Más adelante, en otra pequeña aldea,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;el sherpa nos hace detenernos ante una mesa petitoria con dos jóvenes locales tras ella. En realidad, no piden nada: imponen el “impuesto revolucionario” de los mahoístas. El pago está institucionalizado y extienden hasta un pequeño recibo de su pago. No es mucho, pero todos le hacemos la misma pregunta al sherpa: ¿Qué pasa si no pagamos? Aún estamos esperando por la respuesta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El camino discurre por fondo del valle, ahora sube, ahora baja y, por fin, nos lleva hasta Pakdhin, donde acaba la primera etapa. Aún queda bastante tiempo hasta que oscurezca y afuera hace bastante frío y dentro no hay nada que hacer salvo dormir o charlar con nuestros compañeros: José Antonio, David y Julio. Esa va a ser una tónica predominante a partir de ahora: el frío y la inactividad. Antes de irnos a dormir el sherpa nos presenta a su “auxiliar”&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Manab, un jovenzuelo de 19 años tan tímido como sonriente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Pakdhin – Namche Bazar&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Amanece sobre las 6 de la mañana. Ha estado lloviendo toda la noche y aún lo hace aunque con desgana. La primera visión del día, es un grupo de japoneses en el lodge del otro lado de la calle que están realizando un tabla de estiramientos antes de empezar a caminar. Son todo un ejemplo a seguir y lo serán el resto de los días por su organización, disposición y disciplina en el andar; el problema es que, al ritmo que caminan, se necesitaría el doble de tiempo para llegar a donde se pretenda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Tras el desayuno, de nuevo en ruta. Ha dejado de llover, pero el día está nublado y tristón. El camino sigue por en fondo del valle, pasando de una orilla a otra por los consabidos puentes colgantes, en los que en ocasiones hay que esperar a que pase alguna que otra cuadrilla de yaks (o naks) o de job-job cargados de enormes fardos y arreados por los continuos gritos y silbidos del arriero. Cada vez que nos cruzamos con un grupo de estas bestias, el sherpa, presuroso y preocupado, nos echa a un lado del camino e incluso nos hace salir de él. Parece una medida desproporcionada, pero, al parecer, estos animales son bastante asustadizos, impredecibles y con malas pulgas, pero, además de todo ello, tienen unos cuernos considerables. Así, pues, pronto aprendemos a hacernos a un lado en cuanto atisbamos su presencia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  De nuevo, a una hora intempestiva, hacemos una parada para comer. Pese a nuestra reticencia inicial, hacemos bueno el refrán de “comer y rascar...” y damos buena cuenta de abundantes viandas y de nuevo al camino. En breve, la cosa se complica: desde la misma orilla de río observamos un puente que cuelga allá en lo alto. La subida hasta él no es más que el principio: a partir de ahí el camino zigzagea por entre un espeso bosque durante un buen rato. Subimos a paso lento, muy lento; a la cabeza Manab marca el ritmo con las manos en los bolsillos y silbando una canción. Paramos muy a menudo, demasiado a menudo, pero los que mandan son ellos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Por fin, el bosque clarea y aparecen las primeras casas de Namche. Parece mentira encontrar un pueblo de aquellas dimensiones, a casi diez días andando de la carretera transitable más cercana o a dos días del aeropuerto de Lukla. Dos cosas llaman en principio la atención,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;su disposición absolutamente vertical, como si se tratara de un gran anfiteatro azul y el mercadillo que hay a la entrada, justo al pie de una estupa, en la única parte plana de todo el pueblo. Se trata de un campamento de tibetanos que traen mercancías (casi todo material deportivo) del otro lado de la frontera por altísimos pasos y que ahora exponen amontonado al pie de sus tiendas.  El resto del pueblo circunda esta pequeña planicie ocupada por tan curiosos personajes y es un laberinto de estrechísimas calles escalonadas en enormes peldaños. Hay de todo: Tiendas, cibercafés, hoteles, billares y hasta una discoteca. Uno se para a pensar en todo el trabajo que cuesta llevar todo aquello hasta allí o, incluso, ¿por qué allí y no más cerca?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Llegados al hotel, subimos, no sin cierta dificultad, los últimos gigantescos peldaños que suben a las habitaciones. Todo sabe a lujo teniendo en cuenta dónde estamos. E incluso nos dejamos caer en la tentación de una cálida y confortable ducha que será la última en muchos días. Antes de la cena, aún queda tiempo para pasear un poco por las calles en busca de alguna prenda deportiva que, no sólo por el precio, nos llama con una voluptuosa voz&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que nos incita al pecado del consumismo. Y, claro, como carne débil que somos, todos caemos en mayor o menor medida. ¡Qué se le va hacer!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-GB"&gt;Namche Bazar – Khumjung&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;La idea inicial era levantarse temprano, a las cinco, para&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;ver amanecer en una collada desde donde divisaríamos las primeras cumbres nevadas. Pero, el tiempo no acompañó, y pudimos quedarnos en el calor del saco hasta un poco más tarde.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  La jornada no iba a ser muy dura, apenas tres horas andando hasta Khumjung; así pues, dispusimos de un par de horas para pasear por las empinadas calles de Namche. Phura nos llevó hasta un extremo “su” pueblo, donde al doblar un escarpe rocoso, pudimos contemplar, gracias a un claro en las nubes, nuestros primeros "seismiles" ahí, delante de nuestras narices.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Allí mismo estaba la carnicería; más bien, el almacén de carne que, colgada del techo,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;no necesitaba de ninguna otra refrigeración: la temperatura ambiente era más que suficiente. Supimos que se trataba de carne de búfalo. Como a esa altura no habíamos visto ninguno, nos contaron que la traían, como casi todo, mediante tracción humana.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Llegada la hora de marchar, nos pusimos a ello dejando atrás durante bastantes días, aquello que, en cierta forma, era algo parecido a la "civilización". El camino en un principio eran escalones propios de titanes y discurría entre las casas de piedra del pueblo, luego, un poco más arriba pasaba por un templo budista, en el que, por supuesto, entramos a rendir honores y dejar el correspondiente donativo instados por el sherpa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  A la salida, la consiguiente sesión de molinillos que rodean todo el templo y empieza la subida en serio. Muy empinada, al poco, permite ver abajo, muy abajo, la totalidad del pueblo que recuerda a un Cudillero de alta montaña.  Detrás de una collada cimera topamos con lo que, en su día pretendió ser un nuevo aeropuerto pero fue abandonado en breve debido a un accidente mortal. Dado el aspecto de la pista y su ubicación tampoco cabía esperar otra cosa. La idea (y el capital, por supuesto)&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;había sido de los japoneses; los muertos, también. Por lo que tampoco extraña la determinación de abandonar el proyecto. Ahora sólo queda una explanada arrancada a la montaña y una reliquia industrial en forma de retropala que fue llevada allí, al parecer, colgando de un helicóptero chino y que debió ser la que perpetró tamaño estropicio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Seguimos adelante por un sendero bastante más cómodo salpicado de parcelas amuralladas en las que pasta plácidamente algún que otro yak, que por ser los primeros que vemos (hasta ahora habían sido job-job), son objeto de múltiples fotografías que seguro hacen pensar a nuestros guías aquello de "estos turistas están locos", que es lo mismo que pensamos nosotros cuando vemos a los madrileños fotografiar con gran fruición a una vaca solitaria que los mira con desinterés al otro lado&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;de un "matu". Al poco, avistamos por fin Khunde. Si Namche se caracterizaba por el predominio del azul y el abigarramiento, Kundhe destaca por el verde claro de sus techumbres y lo disperso de sus edificaciones. Tiene un aspecto tranquilo&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y agradable. Discurrimos por entre sus estrechos caminos que sortean&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;casas y campos de labranza&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;hasta llegar a una edificación que apenas se diferencia del resto pero que resulta ciertamente emblemática. Se trata del Hospital Hillary.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Realmente, no sé por qué me había hecho una idea tan equivocada de lo que iba a encontrame. Debía haber imaginado que se trataría de algo modesto como realmente es. Muy modesto: apenas una sala de consulta y un anexo para "residentes". Uno o dos, todo lo más.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Un médico nepalí, estudiado en China, es quien lo atiende y quien nos lo muestra bastante orgulloso. Esta vez no se hace necesario que el guía nos inste a dejar un donativo; por propia iniciativa decidimos que siempre será mejor donar a un hospital que a un monasterio. La lógica es aplastante: siempre nos será más útil y necesario un hospital que un lamasterio. Esa lógica, más tarde, tan sólo unas horas más tarde, se verá rotundamente confirmada por los hechos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Desde la antojana del hospital, y sólo durante los breves instantes en que las nubes se entreabren, podemos contemplar entusiasmados las cumbres nevadas de unos enormes picos que parece imposible que estén ahí enfrente. Pero es sólo una visión fugaz que ese día ya no se repetirá.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Abandonamos Khunde sin llamar mucho la atención de&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;los aldeanos quienes están mucho más pendientes de las evoluciones de un gigantesco helicóptero que a las afueras de la villa se dispone a elevarse portando, cómo no, a un grupo de japoneses. Muy cerca, a más de una hora, está ya Khumjung. Apenas llegados, lo primero, por supuesto, es ir al Monasterio. Es uno de las más importantes de la zona&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y tiene de especial que atesora, en el más estricto sentido del término, el cráneo de un yeti&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;al que tendremos acceso siempre y cuando hagamos el correspondiente óbolo. Introducido el mismo por un monje en una ranura de un armario metálico, aquél abre con gran ceremonia las puertas del mismo y aparece ante nuestros ojos, lo que yo definiría como la mitad de un coco un poco deforme que podría ser el cráneo de un animal o una palangana de plástico deformada por el calor. No obstante, encima del curioso relicario, cuelga una leyenda que,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;en términos, pretenciosamente científicos enumera los distintos tipos de yetis que uno puede "encontrarse" por estos lares, dando razón de sus hábitos y costumbres, así como de su distinta apariencia. Dicha información entendemos que debe de ser de gran valor por si uno se topa con alguno de ellos, sepa en todo momento qué puede esperar de cada uno y comportarse en consecuencia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Cabe añadir que el donativo, se nos asegura que también supone una salvaguarda contra el temido mal de altura. Habida cuenta de nuestra experiencia posterior, es una suerte para el monasterio que no volviésemos por el mismo sitio, si no, hubiésemos exigido, creo que con toda la razón, la devolución del dinero más mal invertido en toda la historia del Nepal.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Un poco más adelante y ya estamos en el refugio donde pasaremos la noche. Lo malo es que aún no es ni mediodía. Aun así, comemos y se nos plantea lo de siempre: ¿qué hacer el resto de la jornada? El día, despejado hasta entonces, empieza a estropearse. Se oculta el sol y empieza a hacer un frío de muerte y no apetece más que irse al saco e intentar dormir. Pero aun así, son muchas horas y volvemos al salón, donde aún no han encendido la estufa, y tratamos de leer algo bajo un montón de mantas procurando sacar las manos lo justo e imprescindible para dar vuelta a las páginas del libro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Las horas van pasando muy lentas. El salón se animaun poco&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;con la presencia de otros turistas, sus sherpas e incluso con las travesuras de los hijos de los dueños que se empeñan en mortificar a un pequeño cachorrillo. Pero escaso entretenimiento nos parece, de todos modos. La cena se sirve muy temprano y, tras una charla amigable, nos vamos a la cama. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Khumjung&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;La hora de levantarse es siempre muy tempranera, pero casi se agradece pues llevamos mucho tiempo durmiendo. Esta vez la mañana trae sorpresa desagradable. Jose nos dice que Julio no se encuentra bien. Tiene diarrea y algún que otro malestar pero, en principio, ninguno pensamos en el mal de altura: estamos sólo a 3.800 metros y, además, él es el único que ya ha estado a gran altura en los Annapurnas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Hay que cambiar los planes sobre la marcha. Si la idea inicial de Phura era hacer una pequeña jornada hasta Phortse Tenga, ahora decidimos volver a lo que, en realidad, estaba previsto en el programa: hacer el día de aclimatación en Khumjung para seguir al día siguiente en dirección a Gokyo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Julio se queda en la cama mientras el resto salimos a dar un pequeño garbeo. Atravesamos el pueblo en dirección a una colina que está justo enfrente. A mitad de ladera, aparece por primera vez el Everest. Allí a lo lejos sólo se ve su cima con una gran melena blanca de nubes. Pero en primer término, aparece el majestuoso y elegante Amma Dablan que nos irá acompañando a largo de casi todo el camino. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Hace mucho frío y está casi todo helado, e incluso hay un poco de nieve que cayó durante la noche anterior, aun así, estamos mucho tiempo sacando fotos entusiasmados como estamos por ver al fin el Everest.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;      &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Seguimos subiendo colina arriba. Justo en&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;la cima y muy escondido está un hotel, el "Everest View", que tiene un aspecto inmejorable. Se trata, naturalmente, de una inversión japonesa, para japoneses. Estamos un rato disfrutando de las vistas que por momentos van desapareciendo para dejar paso a unas nubes que no presagian nada bueno. Tornamos pues al refugio. Julio sigue igual así que nos hacemos a la idea de que vamos a tener que pasar otra jornada encerrados allí. Pero el tiempo vuelve a mejorar y Phura nos propone bajar de nuevo al pueblo donde más tarde tendrá lugar una celebración "budista" con cánticos y bailes. Nos parece una idea atrayente. Todo es mejor que quedarse acurrucados bajo una manta en salón del refugio. Sin embargo, desde arriba sólo se ven banderas mahoístas y ninguna persona donde se supone va a tener lugar el evento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Aun así, bajamos. Somos los primeros en llegar; se ha ido de nuevo el sol y hace un frío que pela. Aquello aún no empieza, seguramente por falta de quórum. Un locutor, tras una mesa petitoria con toda la parafernalia mahoísta, arenga por megafonía a unos indecisos parroquianos que muy tímidamente se van acercando al lugar. Phura nos ha llevado a un pequeño hotel desde cuya terraza acristalada podemos ver, en primera fila, el espectáculo. Mientras, él ha ido a situarse detrás de la mesa petitoria y por su situación y comportamiento, deducimos rápidamente que se trata de un pope del aparato mahoísta local. Algo que no nos cuadra en absoluto con su afán probudista.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Comienza el espectáculo: danzarines ataviados con trajes regionales aderezados con simbología mahoísta, evolucionan descalzos pese al frío ambiental que rivaliza con la frialdad del público compuesto en su mayoría por niños.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt; Tras los bailes todo parece indicar que es llegado el momento de "pasar la gorra". Rápidamente el hasta entonces hierático Phura abandona su posición de privilegio y se dirige a nosotros seguido de un escriba. Nos insta de nuevo al donativo y a dejar constancia por escrito de nuestro contribución en el libro que porta su acompañante. Se trata, claro está, de que los turistas sirvamos de ejemplo a la masa que aún sigue retraída y que incluso se bate en retirada ante la perspectiva de tener que contribuir con la causa. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Pese a que el locutor, con una asombrosa locuacidad fruto de la improvisación habla, habla y habla suponemos que reclamando una generosa contribución, el público se hace el remolón y recula disimuladamente. Nuestro ejemplo ha servido de poco y la recaudación no prospera. La verdad es que, a juzgar por el paupérrimo aspecto del público congregado, no cabría esperar otra cosa. Cuesta imaginar que aquella gente tenga posibles suficientes como para emplear parte de ellos en algo que no sea satisfacer sus más perentorias necesidades. Y mucho menos emplearlo en hacer donativos a una fuerza política. Todo esto, por supuesto, a ojos de un español. Nuestro conocimiento de la situación social real de aquella gente y de lo que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;por ellos pueda estar haciendo el partido mahoísta no posibilita un juicio medianamente objetivo. Así que es preferible oficiar de lo que somos, esto es, turistas; lo que implica:&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;oír, ver y callar, Y,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;en este caso, también pagar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Acabado el acto volvemos a nuestro refugio envueltos en aguanieve por lo que, pese a lo desangelado del salón, proporciona una agradable sensación, aunque sea lejana y momentánea&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;de abrigo acogedor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Julio sigue igual; tan sólo con la tarde ya avanzada se atreve a levantarse. Al calor de la estufa y de una animada conversación se le ve bastante mejor. Somos optimistas, o queremos serlo: mañana estará en condiciones de seguir adelante con nosotros. Sinceramente, yo, con el pesimismo que me caracteriza, tenía el pálpito de que no sería así. Pero lo políticamente correcto era ser optimista para que él lo fuera más. Y en esas nos fuimos a la cama.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Khumjung - Phunki Tenga&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El día empezó mal. La llamada a la puerta a una hora intempestiva no presagiaba nada bueno y la voz&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;preocupada de Jose lo confirmó enseguida: Julio estaba peor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt; Habían pasado la noche en blanco. Uno padeciendo, el otro oficiando de enfermero, dándole todo lo que tenía a su alcance en un intento inútil de que mejorara. Todo en&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;vano, apenas si se tenía en pie y de su garganta salía un sonido burbujeante que nos heló el ánimo (el cuerpo ya lo teníamos) y nos dejó muy preocupados aunque tratáramos de disimularlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Llamamos cuanto antes a Phura que en seguida dispuso la forma de llevar al enfermo hasta el muy próximo hospital Hillary. El mismo Phura y Jose se lo llevaron en andas con las primeras luces.  Quedamos el resto en una preocupada espera. Cuando, pasado el tiempo no teníamos noticias nos fuimos también al hospital para saber cómo iban las cosas. Allí estaba Julio, entubado y a la espera del helicóptero que lo evacuase con urgencia a Katmandú.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Tratamos de animarlo en lo posible y nos despedimos de él un poco sobrecogidos y aprensivos, sensación que tardamos bastantes días en superar. Lógicamente, tuvimos que recomponer los planes. Ya no iríamos al Gokyo primero y al Kala Patar después, como estaba previsto. El sherpa, no sabemos muy bien por qué, consideraba que era mejor invertir el recorrido: subiríamos al Kala Patar y luego, por un paso elevado, el Chola La, pasaríamos, si estábamos "fuertes", al vecino valle del Gokyo sin tener que descender de nuevo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  En compañía de Manab y de David, emprendimos camino hacia Phunki Tenga. Prácticamente era todo en bajada y ofrecía unas vistas inmejorables del Amma Dablan, justo enfrente que aparecía y desaparecía entre los claros de un espeso bosque de coníferas. El camino está bastante concurrido entre montañeros, sherpas y cuadrillas de yaks transportando material.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  El lugar de destino estaba en lo más hondo del valle. Se trataba de un poblado de apenas tres casas y un refugio al pie de río, sobre el que recientemente se había construido un puente de madera en sustitución de otro que una riada se había llevado por delante al arrancar de cuajo una monumental piedra sobre la que se asentaba uno de los extremos del puente colgante.  Llegamos a mediodía, comimos y &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;de pasar en aquel villorrio el resto del día.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Somos pocos los que nos quedamos allí; la mayoría de la gente, después de comer sigue camino hacia arriba, hacia el monaterio deTianboche que, desde luego, descubriríamos al día siguiente, se trata de un lugar bastante más agradable que el lugar donde, al parecer, debíamos pasar la noche.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El sol brillaba y el frío no era mucho, pero la profundidad del valle adelantó mucho la oscuridad de modo que no quedaba otra que irse al saco. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Las horas pasaban y Phura y Jose, que se habían quedado a esperar el helicóptero en el que evacuarían a Julio, no llegaban. Un poco por preocupación y otro poco por matar la ociosidad, decidí volver sobre nuestros pasos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;a su encuentro camino arriba. Casi a punto de anochecer, y muy arriba, nos encontramos y me pusieron al corriente de los laboriosos trámites con el seguro y el piloto del helicóptero&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;para conseguir una rápida evacuación antes de que se metiera la niebla o la noche. A duras penas, consiguieron embarcarlo y a esas horas ya lo hacíamos en Katmandú, fuera de peligro. Al final del viaje,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;nos enteramos que estuvo hospitalizado casi una semana.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  La noche se nos echó encima. En la penumbra&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que proporcionaba la misérrima luz del refugio, cenamos aún un poco sobrecogidos y aprensivos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;por el episodio vivido durante el día. Se había acabado el día y el sitio no invitaba a otra cosa que no fuera meterse en el saco.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Phunki Tenga - Dingboche&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;La claridad del día tardó en llegar al refugio. El cielo estaba azul pero la sombra dominaba aún el fondo del valle. Empezamos una empinadísima cuesta, pero aún tardamos un rato largo antes de que el sol, asomando tímidamente entre los árboles, nos calentara levemente. Todo el camino discurría entre un frondoso bosque de rododendros que se extendía justo hasta la collada cimera donde una gran planicie herbosa alojaba uno de los más bonitos y más importantes monasterios de la zona: Thiangboche.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  A partir de ahí, el camino es más llevadero. El bosque es más ralo y el caminar se vuelve apacible. Siguiendo siempre a cierta altura sobre el río seguimos subiendo sin descanso hasta llegar a un agradable pueblo al pie del Amma Dablan. Es Pangboche. Allí comimos en un acogedor refugio, donde coincidimos con un "mañico" que bajaba del Kala Patar. A trompicones y entre bocado y bocado, nos fue relatando su experiencia por las altura, poniéndonos al corriente de lo que nos esperaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  De nuevo en ruta, de nuevo a subir. Todo en un caminar lento, lentísimo, con muchas paradas para descansar. Los efectos de la altura aún no se notan en exceso, pero nadie pone objeciones al ritmo impuesto por los sherpas: ellos sabrán. No obstante, ese paso tiende a dar una sensación de fatiga, que no responde a la realidad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Paso a paso, y a última hora de la tarde (por fin una jornada larga), llegamos a Dingboche.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Al pie de unos impresionantes seismiles, se trata de un pequeño pueblo agrícola en medio de un ancho valle glaciar parcelado de murallas de piedra que albergan las tierras de labor. En éstas se advierten, a menudo, gran número de montones de tierra que llaman nuestra atención. Más tarde sabremos que bajo los mismos se entierran las patatas durante meses. Envueltas en trapos y gracias al frío, la oscuridad y la sequedad ambiental, aguantan en esas condiciones mucho tiempo sin sufrir deterioro alguno. Y podemos dar fe de que son de inmejorable apariencia y de exquisito sabor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Apenas si hay tiempo para preparar las cosas, tomar un té, cenar en la penumbra e irse a dormir. El cielo está plagado de estrellas. Se advierte a simple vista la vía láctea, pero el frío apenas permite deleitarse unos minutos con el espectáculo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Dingboche&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Este es el segundo día dedicado a la aclimatación. Así pues, no hay mucha prisa. No obstante, nos levantamos al amanecer, el sol aún no caliente el valle que está todo blanco por la helada. Según nos levantamos Phura nos hace cambiar de refugio sin saber muy bien cuál ha sido el motivo de esa decisión. El cambio es mínimo y, en cierta medida, a peor; sólo tenemos que cruzar el camino y allá está el nuevo refugio donde desayunaremos acompañados de un gran número de gente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Luego, se impone un paseo para aclimatar. Subimos hasta un pequeño promontorio que permite ver el valle desde arriba y desde donde se ve de nuevo el Everest, amén del Island Peak y también el Makalu. Un poco más allá nos asomamos al valle vecino de unas dimensiones extraordinarias en el que se yergue Periche. Al fondo del valle se adivina el paso por el que deberemos pasar en dirección a Gokyo, el Chola - La.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Nos volvemos al pueblo donde el mayor entretenimiento será tomar el tibio sol en el porche del refugio dando cuenta de un lemon-te. De nuevo nos espera una tediosa jornada de espera. Se impone una larga siesta, pero aun así, la tarde se hace insufriblemente larga lo que nos echa al camino de nuevo: iniciamos una pequeña ascensión ladera arriba con el fin de entretenernos y de que nos sirva de aclimatación. Desde arriba se divisa todo el valle compartimentado en pequeñas parcelas de labor. Bajamos y pese al paseo, aún&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;nos sobran horas. Más vueltas: esta vez caminando por el fondo del valle, río arriba, hasta que empieza a oscurecer.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Tras la cena nos entretiene una animada charla con Phura en nuestro mal inglés, no mucho peor que el suyo. Pero pese a ello la noche se nos va hacer demasiado larga.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Dingboche - Lobuche&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El sol ya ilumina todo el valle pero el frío es mucho. Cuando emprendemos camino a cierta altura por encima del&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;valle de Periche. Subimos de continuo en&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;fácil andar, con una pendiente continua pero muy atenuada. El día es muy luminoso y estamos rodeados de picos nevados que se recortan contra un cielo color azulete.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Tras un par de horas llegamos al pie de la morrena del glaciar que baja desde el mismo Everest, es Duglha. Allí está ubicado un pequeño refugio en el que un considerable número de gente repone fuerzas antes de emprender la larga y empinada cuesta que salva la morrena.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Tras un reparador té al aire libre disfrutando de un sol que apenas calienta, acometemos la subida, como siempre, a un paso extremadamente lento, pero ahora casi se agradece pues los efectos de la altura, cerca de cinco mil metros, se hacen notar.&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Arriba descubrimos un paraje tan peculiar como bonito. Se trata de una explanada repleta por todas partes de hitos grandes y pequeños, formados por el caprichoso amontonamiento de piedras que en precario equilibrio al parecer se levantan en recuerdo de&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;los sherpas muertos. Curiosamente, es el único lugar en todo el recorrido en el que hay una relación, aunque sea mínima, con la muerte. En todo el camino no hemos visto ni veremos ningún cementerio ni lugar de cremación. Nada. Uno se pregunta que qué hacen con los muertos. O es que estos sherpas son eternos; resistentes son pero inmortales no creo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Pero la jornada aún no ha acabado. Queda seguir valle arriba, paralelos al río prácticamente helado, pero en una pendiente muy leve. Así, hasta llegar a Lobuche. Este lugar apenas si son cinco casas de las cuales cuatro son refugios. Ya no hay agricultura ni nada que se le parezca; el pueblo vive exclusivamente de los montañeros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; La entrada en el gran salón del refugio nos da una sensación de calor tan acogedora como prometedora debido al techo de uralita. Pero desafortunadamente esa sensación no la volveremos a sentir más en el resto de nuestra &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt; estancia. El frío intenso será la sensación continua que nos acompañará día y noche durante casi los dos días que pasaremos allí. Descorazonador.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;        &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Tras la comida y haciendo de tripas corazón y decidimos salir a dar una pequeña vuelta; todo sea&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;por hacer la tarde más corta. Y eso que no apetece lo más mínimo pues ya no luce el sol y el frío se ha intensificado considerablemente. Subimos trabajosamente, pues se nota la altura,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;hasta una pared lateral que contiene el glaciar Khumbu y desde donde, al otro lado, se divisa gran parte de éste. Es un glaciar bastante estrecho y de aspecto sucio, lleno de piedras. Nada que ver con los glaciares patagónicos, tan blancos y anchos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Nos bajamos rápido pues el viento azota de lo lindo. El resto de la tarde nos la pasamos tiritando de frío en el enorme y desangelado salón del refugio intentando leer o conversar. En las habitaciones hace aún mucho más frío y en el curioso pasillo, bastamente empedrado que da paso a ellas, hay un termómetro que marca tres grados bajo cero.  Los cristales de la habitación se hielan por fuera y por dentro, el agua que tenemos para beber por la noche, se hace cubitos, ir a las letrinas implica cierto riesgo pues su suelo está helado y cuesta mantener la estabilidad mientras se realizan las labores propias del lugar. En fin, que no apetece precisamente pasar mucho tiempo allí. Pero hay que aguantar y pasar dos noches. El único "consuelo" es que esa noche no se hará muy larga pues habrá que levantarse de madrugada: nos espera el Kala Patar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Lobuche - Kala Patar&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Son las cuatro de la mañana cuando nos levantamos. En el salón del refugio los porteadores y sherpas aún duermen tirados por cualquier parte y tapados con mantas. No hay más posibilidad que tomar un té y empezar a caminar. Hace mucho frío, luego Phura nos dirá que estábamos a quince bajo cero. La luz del frontal apenas nos permite ver nada. Se intuye un paisaje blanco por la helada y el crujir de nuestras pisadas lo confirma.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Seguimos como autómatas uno tras otro esperando que amanezca y, por fin,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;poco a poco, una luz plateada convierte las enormes sobras que nos flanquean en grondes masas de roca y nieve. Atravesamos un tortuoso camino que discurre entre los escarpes del glaciar hasta llegar, por fin, al último refugio antes de la cima y a un paso también del campamento base del Everest, se trata del Gorak Shep. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Entramos a reponer fuerzas y coger algo de agua caliente. El ambiente allí es extraordinario. El bullicio es grande. Hay mucha gente, que ha dormido allí. Ahora están desayunando y se palpa un ambiente de cierto nerviosismo ante la etapa final.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  No queda más, hacia arriba. El refugio se halla al pie del Kala Patar y entre uno y otro se extiende una&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;enorme planicie arenosa que hay que atravesar antes de acometer la subida final. Empezamos a un paso extraordinariamente lento, tal vez más por miedo escénico que por la propia dificultad o dureza de la subida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Llevamos ya bastante tiempo caminando cuando Phura nos muestra en lo alto las banderas que marcan la cumbre. Eso nos anima y hasta tiene uno la tentación de acelerar el paso para acabar cuanto antes. Pero las distancias engañan y las fuerzas ya son pocas; así pues, aún queda un buen rato antes de coronar. Pero al fin todo llega. Ya estamos arriba. El entusiasmo se mezcla con la fatiga, el nerviosismo con el frío, la satisfacción con cierto mareo. Todo junto en una única sensación que, afortunadamente, tiende a desaparecer. Nos calmamos un poco y pasamos de ver a contemplar: allí está el Everest. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Aquí el Nuptse, mucho más elegante e imponente; y qué decir del Pumori que casi se puede tocar con la mano o de la imponente pala de hielo del Lingtren; allá lejos el Merhra Peak, un enano de casi seis mil metros y, cómo no, el siempre visible Amma Dablam. Y abajo un lago gris y el arranque del glaciar que se ve descender por todo lo extenso del valle del Khumbu. No se ve el campo base, que se esconde allá abajo tras un escarpe, pero sí se intuye la subida más lógica al monstruo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  En la cima donde estamos hay poco espacio y empieza a llegar bastante gente. Resulta bastante difícil revolverse y las rocas heladas dificultan las maniobras. Hacemos las fotos de rigor, incluida una con la camiseta del Metro de Madrid en honor y recuerdo de nuestro compañero Julio que se lo ha perdido y estará allá en el hospital de Katmandú.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Toca bajar pero eso no implica ninguna dificultad. Nos compadecemos de aquellos que aún suben y que, a juzgar por las dificultades de muchos, se adivina que no llegarán. El camino de vuelta se hace demasiado largo y frío. Al llegar de nuevo al inhóspito refugio, esta vez,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;da cierta sensación de alivio que se va pronto cuando empezamos a pensar que aún nos queda una larga tarde y una interminable noche en aquel lugar. Queda el consuelo de que mañana empezaremos a bajar y las cosas tienen que empezar a mejorar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Lobuche - Pangboche&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Hemos desistido de pasar directamente a Gokyo por el paso de Chola La; las fuerzas no son las suficientes. Bajamos pues por donde subimos. El río del valle, esta vez, está completamente helado, hace mucho frío y no veremos los primeros rayos de sol hasta llegar al "cementerio" de los sherpas. Luego, la bajada, el espledoroso día y el paisaje hace el caminar muy apacible. Especialmente cuando llegamos al fondo del valle que lleva a Periche. Se trata de un valle glaciar de unas dimensiones grandiosas, muy llano y ancho. Caminamos muy placenteramente disfrutando del entorno. Pasamos Periche y poco más tarde atravesamos al otro lado del río por un precario puente que sustituye a otro que, cómo no, se ha llevado el río en la primavera pasada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Antes de parar a comer nos topamos con un sherpa tirado en unos matorrales del camino. Parece enfermo. Le ayudamos a caminar hasta un refugio próximo pero la actitud reticente de Phura para con él, cierto olor a alcohol y una botella vacía de whisky que porta en la parte trasera de la mochila, completan el cuadro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  La comida es un soleado cenador de un refugio que nos reconcilia con la olvidada la sensación de calor en el cuerpo. Eso y un pequeño reposo nos hacen de nuevo personas. Además, hoy también caminaremos por la tarde, lo que supone una agradable novedad. Aún tardaremos un rato en llegar a Pangboche. Ya habíamos estado en esta aldea, pero ahora se trata del&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;barrio de arriba. Donde está el monasterio y también la escuela fundada por Hillary. No tendremos ocasión de visitar ninguna de las dos: el uno está cerrado;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;la otra, demasiado arriba para nuestras fuerzas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Más que falta de fuerza, la alternativa que se nos presenta tras llegar es bastante más tentadora: aún hace un cálido sol y delante del refugio hay una espléndida antojana soleada. Nos dejamos seducir por la molicie y nos sentamos "cara al sol" a reabsorber todo el calor perdido. Sólo nos falta la cerveza, que hay, pero entendemos que sería vicio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  ¡Qué sensación más placentera! Nos dedicamos por completo al ocio, o más bien a la ociosidad: contemplamos cómo los astutos cuervos se dejan caer al patio para picotear los restos de hielo que aguantan aún en la sombra; nos divertimos con un pequeño jak que se dispone a merendar o nos hacemos fotos con los sherpas y los porteadores, que si hasta ahora fueron más bien esquivos, se muestran ahora más sociables. En la cena también reina cierto optimismo pese a la oscuridad que a duras penas trata de combatir un artilugio que la dueña del refugio se empeña en encender tantas veces como éste se apaga, que son muchas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Phura y Manab están comiendo jocosamente algo que según ellos tiene el mismo aspecto cuando entra en el cuerpo que cuando sale de él. Y efectivamente, tienen razón. Es una pasta marrón oscuro que cogen con las manos y mojan en una salsa que se adivina picantísima y engullen golosamente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  La sobremesa nos la ameniza el dueño del refugio. Un anciano sherpa que, al parecer, hacía expediciones de altura a juzgar por las fotos que cuelgan de las paredes. Pero ahora parece darse a otras aficiones a juzgar por su dificultades en el habla&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y por el oloroso aliento que despide cuando se abalanza sobre nosotros para hacer alguna comentario hilarante en su mal inglés. De todos modos, aunque hablase su lengua sherpa, las dificultades serían las mismas, seguramente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Pangboche - Phortse&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Hasta el frío matinal aquí se hace menos insufrible. Dos o tres grados bajo cero ya nos empieza a parecer una temperatura "civilizada". La suficiente como para disfrutar de salir al patio del refugio y hacer unas fotos con el peculiar personaje que anoche nos amenizó la velada. Ataviado con una estrafalaria cazadora y un generoso gorro, posa con una sonrisa de oreja a oreja entre nosotros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  A caminar. Bajamos por&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;el mismo valle de subida,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;pero a más altura. Es muy aéreo, con vistas a todo el valle y a lo lejos el monasterio de Tyangboche que siempre tendremos a la vista. A veces, se estrecha y se vuelve vertiginoso hasta llegar a una atalayada collada que da vistas al pintoresco pueblo que es nuestro destino: Phortse. Acostado, literalmente, sobre una rampa en la falda de la montaña.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Es aún muy temprano, pero ya se sabe: cuando se llega hay que comer y cumplimos con nuestra obligación. Luego, la tarde es plácida y soleada, con tiempo de sobra para pasear por el pueblo y subir al elevado Monasterio.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Los problemas de salud vendrán a la noche, son&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;lo suficientemente importantes como para cambiar nuestros planes definitivamente: bajaremos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;a Lukla y abandonaremos a Jose y David, que seguirán camino a Gokyo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-GB"&gt;Phortse – Namche Bazar&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="EN-GB"  style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;La ruta que sube a Gokyo es al pricipio la misma que lleva a Namche Bazar, así que emprendemos todos juntos la marcha. Se baja una pendiente muy pronunciada que, entre una espesa arboleda, lleva hasta el río. Allí está Phortse Tanga y allí se divide el camino, luego es hora de despedirnos de nuestros compañeros. Ellos se irán con Phura y un porteador y nosotros con Manab y el otro. Nos despedimos no si cierta envidia y aunque sabemos que nos volveremos a encontrar en Katmandú, es más un “adiós” que un simple “hasta luego”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Ahora, a nosotros nos queda una empinada cuesta hasta llegar&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;al paso de Mong La. Subimos despacio y con la cautela añadida de que en medio del camino unos tibetanos están hostigando a un yak que no puede caminar por tener la cabeza atada a una pata y está bastante cabreado. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  En el paso, un descanso y, desde ahí, todo es dejarse llevar. No&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;volveremos a pasar por Khumjung ni por Khunde. Otro camino más cómodo y también bastante más concurrido nos llevará directos a&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Namché Bazar.&lt;br /&gt;Vamos tranquilos, pero esta vez&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;no es por la altura (ya hemos bajado lo suficiente), es una mezcla de falta de fuerzas y de sensación de derrota. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  A nuestra espalda, a cada recodo del camino avistamos a lo lejos el Everest. Son los últimos vistazos, las últimas fotos que saben a despedida. El Amma Dablam, como siempre está ahí presente, como el guardián de nuestros pasos pero también dejará de serlo muy pronto. En una vuelta del camino aparece, allá abajo, Namché. Es como volver a la civilización, a un “buen clima”, a todas las “comodidades”,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;a una gratificante&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;ducha, a una cerveza hasta entonces prohibida, a las últimas compras de material deportivo. Ya casi estamos en casa. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-GB"&gt;Namche Bazar -&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Pakdhin&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="EN-GB"  style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="EN-GB"  style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Quedan aún dos días, pero como es terreno conocido, de buena gana lo haríamos todo de un tirón. Son muchos días los que llevamos de camino y tenemos ganas de llegar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  El camino hasta Pakdhin casi todo en bajada. La interminable cuesta que nos subía hasta Namche y que se nos hizo eterna, ahora la bajamos en un momento y disfrutándola un poco más. En un momento dado, en una especie de mirador, en el que no habíamos reparado al subir, Manab se detiene y nos muestra el Everest, allá a lo lejos, entre un claro del bosque. Esta sí: es la última vez que lo veremos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El resto el camino apenas tiene historia. Discurre por el fondo del valle, siempre al lado del río. Disfrutamos un poco más si cabe pues ya no hay la incertidumbre de la subida, y, además, tenemos un tiempo espléndido y vamos gozando del paisaje. Como siempre, llegamos muy temprano a Pakdhin y aun así, también como siempre, comemos. Nos alojamos en el mismo refugio donde estuvimos al subir. Qué distinto se ve todo ahora.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Como luce el sol, nos sentamos afuera, al pie del camino, disfrutando del sol y del ir y venir de gente que continuamente pasa en ambas direcciones: montañeros, sherpas, ganado, chiquillos que va (o vienen, no sabemos) del colegio. Resulta muy entretenido.  Cuando se oculta el sol desciende la temperatura y aunque no es lo mismo que por allá arriba, entendemos que es una buena disculpa para echarse una siesta. Luego matamos el&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;rato con&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;un poco de lectura. No cabe más.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  A última hora, al calor de la estufa, tenemos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;una pequeña charla en nuestro inglés de trapo con unos británicos, padre e hijo, que “suben”, pero como resulta muy trabajoso no prospera demasiado. No vamos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;pronto a la cama. Estamos deseando llegar a Lukla. Allí aún tenemos que pasar una noche más pero trataremos de convencer a Manab para que nos adelante el vuelo. Un día entero en Lukla puede hacerse bastante largo. El único entretenimiento es ver aterrizar y despejar las avionetas si hace el suficiente buen tiempo para que puedan hacerlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-GB"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-GB"&gt;Pakdhin – Lukla&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="EN-GB"  style="font-size:85%;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Ya está. Hoy es el último día. Sólo nos resta subir hasta Lukla y eso es poco menos de tres horas. No hace falta ni siquiera madrugar. Salimos al camino cuando los niños, ataviados con elegantes uniformes, van camino de sus colegios en pequeños grupos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Y llegamos a Lukla justo&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;a la hora de comer. Bueno, en realidad, como siempre, legamos y comemos, sea la hora que sea. Estamos en el mismo refugio en que iniciamos el viaje, pero ahora, que luce el sol y hemos acabado tiene un aspecto bien distinto. En plena comida Manab nos viene con la buena nueva de que hay vuelo para Katmandú ese mismo día. Aún más, en ese mismo instante. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Con la comida en la boca, literalmente, cojemos nuestros bártulos y echamos a correr hacia el aeropuerto. Apenas hay tiempo para nada: le damos las medicinas a Manab como habíamos prometido y alguna cosa más y a esperar la avioneta.   No tarda en llegar. Hace muy buen tiempo y van y vienen avionetas a todas horas. Hay que aprovechar. Cuando subimos a bordo, el piloto justo delante de nosotros está dando buena cuenta de una sopa que le sirve una azafata a pie de pista. Con la última cucharada, suelta el freno y allá que rueda pista abajo la avioneta. El despegue pese a nuestras reticencias es coser&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y cantar. Y el vuelo, con buen tiempo, una maravilla. A nuestra derecha, vemos una estupenda perspectiva de toda la cordillera del Himalaya.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  Ahora ya puede estrellarse ese maldito trasto, nosotros ya hemos cumplido, aunque a medias, con nuestro objetivo. La única incertidumbre ahora es saber si, tal y como insistimos a Manab que así fuera, hay alguien esperando en el aeropuerto de Katmandú.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;  El nos aseguró que así sería, pero... no hay nadie perfecto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-6661464841882961482?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/6661464841882961482/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=6661464841882961482' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/6661464841882961482'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/6661464841882961482'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2008/08/de-lukla-al-kalapatar.html' title='De Lukla al Kalapatar (al pie del Everest)'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKq-Q_GGMDI/AAAAAAAACHY/ngmI5qmxkp0/s72-c/IMG_3375.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-4762543488663423676</id><published>2008-08-19T13:23:00.000+02:00</published><updated>2008-08-26T11:48:01.103+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Viajes'/><title type='text'>Paseos por la Portugonia</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqvOsCsowI/AAAAAAAACHQ/SEV4-EuoVMY/s1600-h/IMG_0543C.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqvOsCsowI/AAAAAAAACHQ/SEV4-EuoVMY/s320/IMG_0543C.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5236190183647126274" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 102, 102);font-size:85%;" &gt;&lt;a href="http://picasaweb.google.es/nitramonfer/Patagonia"&gt;Fotos del viaje&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Desde Herodoto hasta Denis Tito, que al parecer ostenta el cuestionable honor de ser el primer turista espacial, el viajero que inicia su andadura lo hace movido por las más diversas razones. Los hay que buscan (y hallan) aventuras y emociones; otros aspiran a postrarse extasiados y boquiabiertos ante las maravillas que el hombre legó a la posteridad: catedrales, templos, mausoleos...; están los que anhelan escrutar hasta el último rincón de los más afamados museos en busca de las grandes obras del arte universal; o aquellos que beben los vientos por perderse en exóticos paisajes plagados de la fauna más diversa, desde la más grande y peligrosa a la más diminuta y molesta;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;sin olvidar l&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKquTKB01sI/AAAAAAAACHI/Kjn6E4xYNZw/s1600-h/IMG_0393Bb.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKquTKB01sI/AAAAAAAACHI/Kjn6E4xYNZw/s320/IMG_0393Bb.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5236189160904382146" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;os que, algo más prosaicos y ávidos de sol, sucumben al encanto de&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;playas de arenas sedosas y aguas cristalinas; y, por supuesto, están también&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;los coleccionistas de países, esto es: los que buscan contabilizar en su pasaporte el mayor número de visados posible y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;para ello atraviesan desiertos o arrostran decididos duras penalidades por ver estampado en su documento el sello de Tombouctou o Samarkanda.  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Yo, personalmente, me inclino más por la gente. Sin menospreciar, incluso compartiendo algunas de tan variopintas motivaciones, tengo para mí que conocer un país es conocer a su gente: saber cómo pulula por sus calles, cómo vocea en sus&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;mercados, susurra en los templos o conversa en los cafés. Saber qué come y cómo, qué bebe y dónde, lo que les divierte, lo que les une entre sí &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;o les separa de mí. Todo ello ayuda a componer esa imagen que, junto a paisajes, monumentos, templos o museos, nos vamos formando de un determinado país. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;El viaje a la Patagonia, no podía ser una excepción. En principio, ofrecía la oportunidad de conocer un paisaje (¡y qué paisaje!) y dos países: Argentina y Chile. Respecto a su gente, hay que admitir que, dada la idiosincrasia de la Patagonia, habría que prestar más atención a la cualidad que a la cantidad, pues la cantidad, a decir verdad, es más bien escasa. Pero, por suerte,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;lo pintoresco de sus personajes compensa con creces su escasez. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Son los patagónicos (en especial los dan en llamar “pioneros”) gente peculiar que confiere a la tierra un carácter especial. O tal vez es al contrario: es la peculiaridad de la tierra la que hace tan especial a la gente. ¡Tanto da! Sea como sea, a la Patagonia se la conoce mejor&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;charlando con personajes como Pedro, el de Lago Posadas, que sabedor de ser él mismo una leyenda, la cuenta (hasta en catalán, si se tercia) mientras la paladea orgulloso; o bien probando el exquisito “lemoncelo” que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;su esposa prepara y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;conserva claras reminiscencias de su oriunda y lejana Italia.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Se aproxima uno más a esa despoblada tierra donde los pueblos parecen islas,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;caminando y bebiendo cerveza artesanal con Pablo el guía-carpintero-lavandero de El Chaltén que, apasionado, nos dio a probar el dulce fruto de los notros como si en él se encerrara la esencia de los Andes patagónicos de los que se decía enamorado. Se la&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;entiende más y se la saborea mejor probando la deliciosa tarta de limón que ofrecía el peculiar cantinero de La Leona, cuyo aspecto sería un ejemplo de extemporaneidad y desubicación, si no estuviéramos en Patagonia. O bien, escuchando la apasionada erudición de glaciarismo de Federico de El Calafate, que aderezaba sus alocuciones con música del país y las salpicaba de alusiones políticas que me traían recuerdos de un reciente pasado español un tanto naïf.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Se empapa uno de Argentina, atendiendo serios y aplicados la verborrea del taxista que en un&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;corto trayecto desglosaba, en breve pero sesudo análisis, la situación socio-político-económica de toda América Latina&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;(¡toda!), haciendo hincapié, por supuesto,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;en la importantísima implicación que en la misma tiene la distinción entre una concepción bolivariana o sanmartiniana de la nueva América; amén de otras consideraciones y otros temas que abordó sumariamente tales como: la política de ingerencia norteamericana, la incomprensibles preferencias de los turistas fruto de una equivocada política de información turística, el problema de la seguridad ciudadana y otros temas menores, como el tráfico, la lengua, etc. Y todo ello, sólo por 20 pesos (viaje incluido, claro está).&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero si de conocer gente se trata y, por ende, de vislumbrar la esencia de un país, el periplo patagónico habría de depararme, además, una muy agradable sorpresa. Otras gentes, no precisamente patagónicas habrían de brindarme, por añadidura,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;la oportunidad de asomarme al incipiente conocimiento de otro país: Portugal. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Efectivamente, la suerte, esquiva en ocasiones anteriores se revelaba propicia esta vez y me regalaba con la grata presencia de un grupo de compañeros de viaje del “vecino país”. Fue así como cada kilómetro recorrido por la Ruta 40, me iba acercando a Ushuaia, a Bahía Lapataia,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;pero también a Portugal.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Aquellos compañeros del “ripio”, hermanos de fatigas andinas, camaradas del bife y de la “Kilmes” o el Merlot, compadres de la empanada y el mate, estoicos sufridores del viento patagónico fueron dándome a conocer un país que, sin haber pisado jamás, adivinaba ya como una buena tierra para visitar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Portugal también estaba allí, mientras trepábamos morrena arriba al pie del Fitz Roy o nos escurríamos sobre un glaciar, mientras ofrendábamos al Gauchito Gil o a la Difunta Correa, cuando contemplábamos la cachazuda placidez de las ballenas o escuchábamos el guirigay de la pingüinera (¡qué giro!),&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;cuando perseguíamos al escurridizo piche y escrutábamos al esquivo guanaco, al intentar hacer fotos (“¡fotito, fotito!) al desconfiando choique o avizorábamos al cóndor o al cauquén y disfrutábamos del lobo marino (de un pelo, que no de dos) y su primo el elefante (también marino, por supuesto); mientras nos cubría la nieve en el Lago Escondido o nos azotaba el viento en el bosque petrificado y el sol en la Cueva de las Manos.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Juntos, mientras compartíamos larguísimas galopadas por las desoladoras rutas patagónicas, escuchábamos a Gieco, voceábamos con Rodrigo (“¡Maradó, Maradó...!)&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;o tarareábamos el chamamé, fui construyendo el mosaico de un país mientras recorría otro distinto. Dos por el mismo precio ¿qué más se puede pedir?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Nada tiene de extraño que,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;meses más tarde,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;sintiera la necesidad de escaparme hasta Portugal. Cuando llegué a Lisboa, más que conocer, “reconocí” una ciudad, su ciudad, la de ellos, pero también un poco la mía. Allí estaban mis compañeros patagónicos. De nuevo juntos, tuve la sensación de hallarme de nuevo en Patagonia reviviendo cada uno de los momentos de aquel viaje. A la par, cuando pienso en Patagonia, me asaltan recuerdos de Portugal. Todo es uno, como&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;si Portugal y Patagonia fueran un continuo y no supiera dónde empieza una y termina la otra. Tanto es así que juraría que de camino a Lisboa, a la altura de Castelo Branco, creí ver una indicación en la autopista que decía “Bajo Caracoles 63 Km.” y otro que rezaba “Estancia Don Manuel 35 km.”. No sé ... tal vez lo soñé. Y soñé también que en Lisboa di cuenta de un suculento bife, regado por un merlot mientras escuchaba tangos en una establecimiento llamado Café Buenos Aires. Sí, tal vez lo soñé.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Así las cosas, me siento especialmente afortunado de haber conocido un país cuyo visado sería la envidia del coleccionista de países. Nadie busque en catálogos viajeros, ninguno espere encontrar referencia en los foros o reseñas en los libros de viajes, desistan todos de visitar y menos conocer, un lugar que sólo está en mi memoria y seguro en la de “mis portugueses”; nadie les hablará jamás de un lugar llamado Portugonia. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-4762543488663423676?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/4762543488663423676/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=4762543488663423676' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/4762543488663423676'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/4762543488663423676'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2008/08/paseos-por-la-portugonia.html' title='Paseos por la Portugonia'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqvOsCsowI/AAAAAAAACHQ/SEV4-EuoVMY/s72-c/IMG_0543C.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-8954877911691095554</id><published>2008-08-19T12:45:00.000+02:00</published><updated>2008-08-19T12:56:29.748+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Opinion'/><title type='text'>La integración china</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqmxMZVp9I/AAAAAAAACGs/jDKerZ_gj8Q/s1600-h/images.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqmxMZVp9I/AAAAAAAACGs/jDKerZ_gj8Q/s320/images.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5236180880842926034" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;De unos años a esta parte, un nuevo tipo de establecimiento comercial ha entrado a formar parte de nuestras vidas para solaz de aquellos que gustan de zambullirse en la sociedad de consumo. A nadie sorprende ya encontrarse, en los mejores locales de la ciudad, un bazar chino.  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Varias son las circunstancias que, en principio, llaman la atención de estos locales tan peculiares y que gozan de una sorprendente aceptación, únicamente explicable si atendemos a sus precios.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Dejaremos de lado las leyendas urbanas que rodean al colectivo chino en nuestro país. Leyendas&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que, sin empaque, se adentran de lleno en el escabroso y truculento asunto del canibalismo o bien rescatan una remozada versión del Sacamantecas que ahora, más acorde con&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;los tiempos, se ha reconvertido en traficante de órganos. Asuntos ambos que por el morbo que suscitan bien merecerían un largo comentario que dejaremos para mejor ocasión.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoBodyText"&gt;Hay otras curiosas circunstancias que rodean estos bazares y que no son tampoco los horarios maratonianos, ni su gran&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;tamaño y situación privilegiada, su versatilidad (uno encuentra desde paleta y caldero de playa para el niño hasta un recargador eléctrico de pilas) o su misceláneo abigarramiento.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Nada de eso. A mí me llama poderosamente la atención su nombre. Efectivamente, todos sin excepción escogen para su negocio un nombre de indudables resonancias chinas que incluso, en ocasiones, va escrito en caracteres originales. O es de suponer que eso es lo que significan esos extraños grafismos anexos al nombre en caracteres latinos. Nombres como “Hua Sing Po”, “Hi Suan Kiin” o “Toon Su Chin” ya no extrañan a nadie.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Sin embargo no conozco a nadie que cuando se dirige al&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;correspondiente bazar de su barrio diga con naturalidad: “Voy a comprar un juego de brochas al Pong Chi Sua”; si no, “voy al chino de la esquina”. Sin entrar, por otra parte, en consideraciones sobre si estará o no abierto: tenemos la seguridad de que sí lo estará aunque sean las 2 de la madrugada. Otro cantar es: ¿quién puede necesitar un juego de brochas a tan intempestivas horas?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;¿A qué se debe la elección de esos nombres? No digo yo que deban caer en el recurso facilón y llamarlos “La Flor de China”, “La Perla de Sanghai” o “La más Barata de Pekín” porque sonaría un poco antiguo. Ni que se decanten por algo tan pretendidamente chic como “Chino’s Bazar” o “Pequine’s Fashion”. Pero podrían elegir algo más propio del país y que fuera más pegadizo para los aborígenes, esto es, para&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;nosotros.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pongo como caso ejemplar aquella familia china que reconvirtió su negocio, un restaurante chino,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;en ¡una sidrería! y le puso por nombre el asturianísimo nombre de “Casa Lin”. En un paradigmático sincretismo, acertaron con algo autóctono sin renunciar a sus raíces mandarinas, toda vez, que el dueño atendía a tan escueto nombre. Pena es que tamaña audacia comercial no se viera acompañada por el éxito. La verdad sea dicha que aún existen muchos prejuicios entre los sidreros y uno de ellos es que no ven con buenos ojos que les eche un culín (Ku Lin) una joven nacida a la sombra de la portentosa muralla. Pero ese es otro tema y merece comentario aparte.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Tengo yo para mí, que esto de la elección del nombre es una muestra más de la proverbial falta de integración de la comunidad china en España, en general, y en Asturias, en particular. Efectivamente, raro es ver a un chino tomando un culín de sidra mientras da cuenta de una ración de bígaros, o a los mandos de un utilitario cagándose en la “madle que palió” al taxista que le cerró el paso. Raro es&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;verlos quemándose “les pestañes” en la foguera de San Xuan, o dando una vueltina por el Muelle de Oriente paseando a los críos por muy del oriente que sea.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Sus bazares son su&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;hogar; son su pequeña china. Ellos están allí en su país, no en el nuestro, y seguramente esperan que por la puerta entren sus paisanos de rasgados ojos y no los ojipláticos autóctonos. De ahí que el nombre de afuera sirva de reclamo a los chinos, no a los españoles que no atienden ni atienden lo que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;allí está escrito y menos cuando &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;lo escriben en su propia lengua. Sabremos que un chino está integrado cuando cambien el rótulo de su establecimiento.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;De esta conclusión se desprende un hecho altamente positivo, especialmente para aquellos que adoptan a una niña china y que últimamente son legión. Se cuenta que muchos de estos esforzados y admirables padres, con el fin de que sus hijas no olviden el poco o mucho chino que saben cuando llegan y con evidentes muestras de pensar en su futuro, las llevan a clases de chino. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pues bien, está bien pensado pero no hace falta el esfuerzo económico de unas clases particulares. Puesto que los bazares chinos son, como hemos visto, una parcelita de China en España, podrían reconvertirse&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;(sin renunciar a su proverbial espíritu mercantil) en guarderías donde las nuevas españolitas podrán empaparse de la cultura china sin salir de nuestro país. Además, se cuenta con la ventaja del horario: los padres no sólo podrán dejarlas durante el horario laboral sino que pueden salir a cenar y, después de la espuela, pasar a buscar a su niña y, de paso, comprarse el juego de cuchillos que tanto necesitaban y que se les había olvidado comprar por la mañana. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-8954877911691095554?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/8954877911691095554/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=8954877911691095554' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/8954877911691095554'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/8954877911691095554'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2008/08/la-integracin-china.html' title='La integración china'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqmxMZVp9I/AAAAAAAACGs/jDKerZ_gj8Q/s72-c/images.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3051459569703731623.post-2717510523047960878</id><published>2008-08-19T11:26:00.000+02:00</published><updated>2008-08-19T11:33:21.382+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Biografía'/><title type='text'>Historia de una cabeza</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqTBHPtI0I/AAAAAAAACGI/d2MlLHa1vhk/s1600-h/RIMG0062.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqTBHPtI0I/AAAAAAAACGI/d2MlLHa1vhk/s320/RIMG0062.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5236159164105696066" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Mi madre siempre anheló tener una familia numerosa, pero su segundo parto, a la sazón, mi nacimiento, dio al traste radicalmente con sus expectativas. Se dijo para sí e hizo saber a los demás que ese sería su último parto, que nunca más volvería a pasar por una experiencia traumática semejante. Y todo por culpa del extraordinario tamaño de parte de mi anatomía; más concretamente al volumen de mi cabeza. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Me apresuro a decir, para que los malpensados no se hagan una idea inapropiada de mi físico, que aunque éste no sea para tirar cohetes, mi cabeza actual no dista mucho de lo que podría considerarse como normal y el cuerpo está al tenor de la misma. El problema no es, sino que fue: Al nacer yo poseía una hermosa y esplendorosa cabeza propia de un adulto que remataba, prominente, mi cuerpecillo de bebé. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Con el devenir de los años, el cuerpo fue adoptando tamaño y formas propias de cada edad sin que, por el contrario, la cabeza experimentase cambio alguno en cuanto al tamaño. Tanto es así, que para constatar la veracidad de tal afirmación, puedo decir que, al día hoy, poseo una talla de cabeza exactamente igual a la&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que tenía cuando nací. Hasta tal punto esto es cierto que actualmente puedo cubrirme sin problemas con los mismos gorros que me adornaron en mi más tierna infancia. Si ir más lejos, no hace mucho me vi en la obligación de demostrar a un incrédulo interlocutor esta curiosa particularidad y busqué y hallé uno de aquellos gorros de paja con los que se enjaezaba a los infantes allá por los años sesenta y que mi madre, aquejada desde jovencita de prematuro “síndrome de Diógenes”, guardaba desde entonces. El gorro en cuestión se ajustó a mi testa como un guante a su mano respectiva. Y más allá del ridículo aspecto que me confería podría haber salido de paseo con el citado aderezo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Semejante proeza&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;se debe, según la pertinente explicación médica, a que yo tuve la ocurrencia de nacer con un pequeño trastorno sin importancia y estadísticamente muy infrecuente conocido como “adultus cápita” o también “hypercephalis infans”, esto es, poseía una cabeza propia de adulto siendo un niño. Una cabeza grande y bien formada que fue el asombro de la profesión médica que desfiló por la cabecera de la cama de madre y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;neonato en cuanto se propaló la noticia. La “Gota de Leche”, lugar de mi nacimiento, fue por aquél entonces hervidero de médicos, tráfago de pediatras que quería constatar con sus propios ojos aquel hecho sin parangón. Todos ellos, a&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;la postre convinieron en certificar que con aquella fecha y en aquel lugar se acababa de batir la plusmarca mundial de “cerramiento de fontanela”. Registro que, con orgullo, aún ostento en la actualidad y del que queda fe en una placa conmemorativa que a tal efecto tuvieron a bien fijar las autoridades competentes en la fachada de tan noble edificio gijonés y que aún se conserva para sorpresa y maravilla de los viandantes que reparan en ella: “Al ilustre patricio y prócer gijonés Armando Martín Fernández&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que dio fama a esta Santa Casa con su inaudita hipercefalea. Enero de 1960. El pueblo de Gijón”. Lo de Armando, no se trata de una equivocación; antes al contrario, pues ese fue el nombre que, presa de un enorme aturdimiento debido a la traumática experiencia, fue capaz de balbucear mi madre ante las preguntas de las atónitas enfermeras. Más tarde, recobrada&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;templanza y seso acordaron darme la gracia por la que hoy se me conoce, pero para entonces en los registros oficiales de la inveterada institución ya figuraba el nombre de Armando. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;En este curioso incidente sin importancia, se apoyan mis descreídos críticos para poner en tela de juicio la veracidad de lo que aquí se cuenta, toda vez que niegan que esa sea mi identidad. En ese dato y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;la circunstancia de que semejante plusmarca no está registrada en el afamado Libro Guinness de los Records. Esta circunstancia no hace más que evidenciar su propia ignorancia aderezada con grandes dosis de envidia, pues es sabido que dicho libro, no fue introducido en España&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;hasta años más tarde, habida cuenta de las autoridades de por aquel entonces mantenían unas actitudes absolutamente xenófobas que les hacía repudiar cualquier “invento” foráneo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Para el lector bien intencionado que dé justamente por bueno lo que antecede, diré que, si bien me siento orgulloso, como digo, de haber protagonizado un hecho tan singular, no siempre las consecuencias derivadas del mismo han sido todo lo gratificantes que cupiera esperar, más allá del hecho de que nunca, con excepción de la mencionada placa conmemorativa, se ha dado la importancia que, modestamente, creo que el hecho se merecía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Fueron (y aún hoy lo son) varias las circunstancias derivadas de mi particularidad física que me trajeron importantes consecuencias en los años sucesivos.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Uno de ellos que, aunque parezca baladí, a mí me contraría enormemente por lo que supone de merma&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;emocional, es que apenas existen documentos gráficos de mi más tierna infancia. Y si existen están borrosos o aparezco siempre en una posición de “decúbito prono”. No se conservan fotos de mi persona como las que adornan todos los álbumes familiares, es decir, en posición sedente. Las pocas que existen (no más allá de dos), siempre aparezco con el brazo de un adulto a mi espalda, tal si fuera el muñeco de un ventrílocuo. Tan enigmática mano no hacía más que preservar mi verticalidad, pues de otro modo era imposible obtener un daguerrotipo en posición de sentado pues el tamaño y peso de mi cabeza hacía que, no bien me habían situado en la posición más conveniente, al retirarse unos metros para efectuar el disparo, yo perdía de inmediato la verticalidad estampando con estruendo la cabeza contra el piso, ora hacia adelante, ora hacia atrás, ora hacia los lados. Por demás diré que semejante porrazo devenía en inconsolables llantos que resultaban muy poco fotogénicos, por cierto,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;lo que obligaba a largas sesiones de carantoñas y pantomimas hasta que se consideraba que yo volvía a estar de nuevo en perfecto estado de revista a los fines fotográficos. Y vuelta a empezar para desesperación del fotógrafo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Tan solo muchos meses más tarde y coincidiendo con una visita familiar a la playa algún ocurrente personaje, dio con el método adecuado para que mi sedente verticalidad no se viera comprometida. Era tan simple como ingenioso: bastaba con hacer un hoyo en la arena en el que poder encajar convenientemente mis posaderas y evitar el inestable balanceo de mi cabeza.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;No obstante, como digo, no son muchos los retratos que se conservan, lo que en cierta medida, supone como si parte de mi infancia me hubiera sido hurtada. Además, el hecho de que las pocas que se conserven tengan la apariencia descrita&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;sumado al proverbial escarnio que los hermanos mayores hacen con los que les suceden y que en el caso de mi hermano tuvo especial virulencia, yo crecí creyendo que era el nieto de “Doña Rogelia”.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero, con todo, no es esta una de las consecuencias más indeseables de mi hipercefalea. Quizá la más significativamente desagradable se derivó del hecho de que el abultado tamaño sólo atañía a la estructura craneal, que no a la talla cerebral. Es decir, que por muy grande que fuera mi cabeza, mi cerebro nunca estuvo en correspondencia. En consecuencia, siempre adolecí de lo que se da en llamar holgura cerebral. Esta dolencia cursa con unos síntomas tan evidentes como molestos para quien los padece. Cuando el paciente acomete un movimiento de arrancada brusco, es decir, comienza a caminar demasiado bruscamente, siente, por efecto de la inercia un pequeño golpe en la parte posterior del cráneo; de forma análoga cuando detiene su marcha de improviso por el mismo efecto físico, siente golpear en la parte frontal del cráneo. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Aunque estos síntomas resulten un poco molestos, en general se termina uno acostumbrando o bien trata de minimizarlos no realizando arranques y paradas bruscas o, bien se adquiere una extraña habilidad consistente en pequeños movimientos de cintura casi imperceptible&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que, a modo de servomecanismo, palían la rigidez del tronco y minimizan el impacto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;No obstante, en general, tiende a producirse un pequeño roce de la masa encefálica con las paredes craneales lo que trae como consecuencia una irritación cerebral (“cerebritis por holgura intracraneal”) que pese a no tener graves consecuencias, genera leves trastornos cognitivos: el acto de pensar implica un esfuerzo suplementario, toda vez que se ve acompañado un pequeño escozor. Una vez metido en materia, esto es, cuando uno lleva tiempo pensando, la zona se desensibiliza y apenas si se nota el escozor mientras no “enfríe”. Así las cosas, como consecuencia cognitivo-comportamental directa, se advierte que o bien uno rehuye cualquier tipo de actividad mental o, por el contrario, una vez iniciada se propende a no detenerla; la manifestación conductual externa de los individuos aquejados de semejante trastorno es una actitud ausente unas veces o que deriva, en ocasiones, en una verborrea incontenible y extenuante tanto para el sujeto paciente como para sus posibles interlocutores, que, en cierto modo, también pasan a “padecer” al sujeto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Son pocos los tratamientos paliativos de semejante dolencia. El más eficaz pero también el más invasivo, y por tanto poco recomendable,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;consiste en la introducción, vía trepanación, de silicona líquida neutra que al ser una sustancia inerte rellena sin más consecuencias el espacio intercraneoencefálico. Al parecer, otras pruebas realizadas con espuma de poliuretano no han sido en absoluto satisfactorias pues, dado el carácter expansivo de la materia, tendía a invadir otros compartimentos como las fosas nasales y el oído medio, lo que derivaba en consecuencia harto indeseables: sordera, anosmia, etc.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Con todo puedo decir que yo creo haber dado con una solución en absoluto invasiva y más próxima a lo que se entendería como dentro del ámbito de lo que se&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;conoce&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;como terapia cognitivo-conductual con claras implicaciones psicosomáticas, en tanto en cuanto parece existir una evidente transformación morfológica fruto de una actividad cognitiva inducida.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;En detalle, se trataría de pensar en “tonterías”. Efectivamente, he comprobado empíricamente &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;cómo las ideas absurdas y sin importancia, sin contenido racional alguno, tienen el mismo efecto en el cerebro que los gases tienen en el intestino, esto es, inflarlo sin por ello llenarlo de contenido. En consecuencia, las tonterías inflarían el cerebro de manera artificial sin que ello implicara un pensamiento racional con contenido, evitando así, una actividad cognitiva en sí misma y por ende lo que esta produce. Sin embargo, el aumento de tamaño hace que el cerebro encaje de forma natural en las paredes craneales desapareciendo así la holgura encefálica&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;determinante etiológico de la irritación y sus desagradables consecuencias.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;No me siento especialmente satisfecho de que, debido a esta singular solución, uno manifieste un comportamiento bien extraño a los demás, que desconocedores de la verdadera razón de tanta tontería,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;me asigne de forma gratuita, irracional e inmerecida la etiqueta de “tonto de remate”. No obstante, bastaría con pensar en ellas&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y no transmitirlas si no fuera porque la experiencia me dice&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que si pienso demasiadas se produce la misma&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;molesta sensación que uno tiene cuando tiene un exceso de gases intestinales, en cuyo caso la única forma de aliviar esos síntomas es proceder a&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;verbalizar las tonterías. Pero, siguiendo con la analogía, del mismo modo y manera que la liberación de gases intestinales se realiza mediante actos sonoros manifiestamente desagradables, la liberación de los “gases” cerebrales también implica actos sonoros (léase alocuciones) e igualmente desagradables, especialmente para los interlocutores que circunstancialmente se encuentren presentes a los cuales, desde aquí, pido disculpas por anticipado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3051459569703731623-2717510523047960878?l=elmundoencerosyunos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/feeds/2717510523047960878/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3051459569703731623&amp;postID=2717510523047960878' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/2717510523047960878'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3051459569703731623/posts/default/2717510523047960878'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundoencerosyunos.blogspot.com/2008/08/historia-de-una-cabeza.html' title='Historia de una cabeza'/><author><name>RAMON</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13175996434574743204</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='23' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqf7_BScwI/AAAAAAAACGU/ZWhdR2RXHVs/S220/bellota_3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_75YTe6XXI3I/SKqTBHPtI0I/AAAAAAAACGI/d2MlLHa1vhk/s72-c/RIMG0062.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry></feed>
